La Horca **

Julio 31, 2015
Extraña propuesta entre El proyecto de la bruja de Blair y Paranormal Activity, que también introduce elementos de los slasher films ochenteros.

En 1993, un chaval llamado Charlie falleció por ahorcamiento, cuando el boy estaba en plena representación de una obra de teatro amateur. Desde entonces, el instituto estadounidense de Beatrice vive con el triste recuerdo del muchacho colgado. Pero veinte años después de los sucesos mencionados, el profesor de arte dramático pretende poner en escena la misma pieza que ocasionó la muerte de Charlie. La cosa parece ir razonablemente bien, hasta que la noche anterior al estreno un grupo de estudiantes entra en el centro para destrozar los decorados. Motivo por el que el fantasma del alumno fallecido pilla un rebote y comienza a perseguirlos, con el fin de llevárselos al otro mundo.

Este es el tema de la aventura de terror adolescente que plantean Travis Cluff y Chris Lofing, para crear un nuevo mito del susto homicida en la línea de Jason Vorhees y Freddy Krueger. Sin embargo, la pareja de cineastas se queda en el mero bosquejo de un argumento que podría haber tenido su gracia, pero que sucumbe frente a la incapacidad para generar un mínimo de tensión coherente a lo largo de su caótica puesta en escena.

La acción real a través de la que Cluff y Lofing intentan narrar la película hace aguas desde casi el inicio del largometraje. A ello contribuye la acumulación de datos, giros y trampas con escasa sensación de desasosiego.

Para empezar, el vídeo sobre la muerte de Charlie se resume en una sucesión de fotogramas de aficionado, los cuales son percibidos con una indiferencia que lastra el resto de la historia.

Tras este interludio, la cinta viaja a 2013, para pegarse a un grupo de estudiantes que desea poner nuevamente en marcha The Gallows. En este tramo, los directores usan como pincel una cámara de mano, que porta uno de los protagonistas (Ryan Shoos). Una decisión comprensible para dotar al libreto de un falso ingrediente de veracidad, aunque pierde su valor nada más multiplicarse el número de personajes que comparece en cada escena.

Cluff y Lofing parecen superados ante tantas imágenes grabadas por los diferentes dispositivos; manejados intermitentemente por Ryan, Pfeifer, Reese y Cassidy. Pirueta orquestada para no traicionar un punto estilístico algo ridículo, el cual remite a odas de confusión comercial como El proyecto de la bruja de Blair.

Así, los creadores van desojando la margarita de los tópicos del género, sin darse cuenta de que en los productos de este tipo cada dato debe ganarse su sitio en el guion. En este sentido, resulta increíble que los directores obvien contar algo más sobre el fantasma llamado Charlie antes de convertirse en un espectro vengador; que no profundicen sobre por qué el padre de Reese (Reese Mishler) abandonó la obra en 1993, cuando este tenía que interpretar el papel de Charlie; o que no se den cuenta de que es imposible que la policía tenga en su poder un único vídeo de los hechos, cuando los dispositivos andaban desperdigados por todo el instituto.

En el tráiler promocional de La horca los titulares mencionan a Jason Vorhees y a Freddy Krueger; pero, salvo que la parroquia teen eleve a la categoría de mito al chaval de la soga con aptitudes especiales para el montaje cinematográfico, el señor del machete y el de las cuchillas en los dedos no tienen nada temer sobre un posible relevo generacional.

A pesar de la fiebre psicótica de los novatos, los monstruos de hace más de treinta años aún guardan mucha tralla sanguinolenta para conservar el podio de los gritos palomiteros.

Jesús Martín

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