La pirámide **

Abril 19, 2015
La pirámide. Una premisa argumental interesante que pierde su pelea con un mal guión y muchos tópicos.

De partida el asunto prometía. Sin alardes, ojo, pero prometía. Jugando en el territorio de películas como The Descent, de Neil Marshall, La pirámide parecía dispuesta a meternos de cabeza en un laberinto subterráneo egipcio donde espera el terror. Lo que ocurre es que ya desde su comienzo produce una extraña sensación de apresuramiento innecesario, de ligereza de planteamientos, de caprichoso esquema, de falta de cuidado en el detalle. Por ejemplo es ver a la rubia protagonista, muy rubia y muy pálida, pretendiendo ser egiptóloga curtida en cientos de días de sol a la vera de las pirámides, con una tez más blanca que la sábana de un anuncio de detergente y te da pos sospechar que los responsables del asunto no han hecho sus deberes. A partir de ahí, diálogos trasnochados, obvios, simplones, que en algunos momentos incluso se permite el error de afirmar aquello que el espectador ya está viendo. O repetir la misma frase varias veces –como en el caso del “¡Estoy muerto!” que profiere el cámara que manipula el robot cuando descubre lo que queda del aparatejo- para intentar darle al asunto un tono de cotidianeidad y cercanía dramática que resulta totalmente artificioso.

La pirámide produce la impresión de poder haber sido un corto curioso, incluso de esos cortos “de culto” entre los aficionados más recalcitrantes al terror, pero le faltan muchos mimbres para salir a batirse el cobre en la arena del largometraje. Buena prueba de ello es que no llegando siquiera a la hora y media de duración consiga hacerse tan repetitivo y largo en el tramo final de su metraje, principalmente porque es una de esas películas que equivocadamente creen oportuno y necesario jugar a encadenar varios momentos finales, algo que por otra parte hace con cierta torpeza, porque repite el mismo “efecto” con el monstruo en tres ocasiones, y el mismo planteamiento de fuga-escalera en dos. El otro error es su inexplicable indecisión visual a la hora de sumarse, o no, a la legión de películas que hacen uso de la cámara al hombro y la narración en primera persona para construir una narración de found footage, el ya algo manido y siempre manipulador “metraje encontrado”, que se ha constituido en el subgénero o variante del terror más y peor utilizado en los últimos tiempos. En ese territorio puede decirse que La pirámide juega en la misma liga de Así en la tierra como en el infierno, que no obstante era mejor que éste viaje a las tumbas de los faraones. El hecho de que alterne con torpeza claves del punto de vista de la cámara, metiendo con calzador pero sin ir hasta las últimas consecuencias una escena de “destape” que no viene al caso, se alía con las limitaciones de sus actores, la falta de sentido del humor, el recorrido cansino por los tópicos y los momentos totalmente previsibles que acumula en su metraje, para hacer que La pirámide pierda la oportunidad de sacarle el jugo a su esquema argumental. Por ejemplo éste habría salido muy beneficiado de un desarrollo del tema de la situación generada en las excavaciones por las revueltas de 2013 en Egipto, que era una línea argumental interesante para complementar la fábula de terror propiamente dicha.

Miguel Juan Payán

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