Crítica de la película Las brujas de Zugarramurdi.

Lo más divertido de Álex de la Iglesia en los últimos años con un reparto brillante.

Álex de la Iglesia regresa por sus fueros al cine que mejor le ha sentado en la taquilla en toda su carrera. Es un retorno a las raíces en toda regla que argumentalmente empieza en un Madrid castizo de resonancias infernales y acaba en un País Vasco montañoso, boscoso y de gruta profunda donde se celebran aquelarres dignos de aparecer en las páginas del libro Las brujas y su mundo, de Julio Caro Baroja, en el que además hay capítulo dedicado precisamente a la brujería vasca del siglo XVI y los procesos de la Inquisición de principios del siglo XVII, como el de las brujas de la localidad navarra de Zugarrarmurdi. Ese paseo por las raíces, como avisó el propio director cuando presentó y asistió a la primera proyección de la película en un cine de Madrid, es una especie de antropología del disparate con ecos del esperpento de Valle Inclán sobre todo en sus protagonistas y su arranque.

Y también un grato viaje de recuperación de las claves de su cine más taquillero, del mismo árbol genealógico de su filmografía habitado por películas como Acción mutante, El día de la bestia o La comunidad. Y en su primera parte tiene ese mismo aire de parentesco con los clásicos del humor negro español del que Álex de la Iglesia y el guionista Jorge Guerricaechevarría son dignos continuadores. Me refiero, claro está, al quinteto esencial que todo buen aficionado a la comedia debería haber visto para entender conocer una parte fundamental de cómo somos y respiramos en la piel de toro, para bien y para mal: El extraño viaje, dirigida por Fernando Fernán Gómez sobre una idea de Luis García Berlanga, El Verdugo y Plácido, dirigidas por García Berlanga, y El cochecito y El pisito, dirigidas por Marco Ferreri, las cuatro últimas con guión de Rafael Azcona. Lo que ocurre en Las brujas de Zugarramurdi es que en su primera parte tiene un ritmo y un carácter trepidante en los diálogos que me recuerda más otras señeras colaboraciones entre Berlanga y Azcona, como La escopeta nacional y La vaquilla, donde los personajes disparan sus diálogos unos contra otros, contagiando al espectador y vertiginoso pulso de su fuga mientras nos ponen al día de cómo son sus miserables vidas y cómo han llegado hasta ese punto de ruptura.