Loving Vincent ****

Enero 10, 2018
Brillante inmersión en el universo pictórico y sensitivo de Vincent van Gogh, a través de una película de animación que configura su paisaje visual a partir de los aglutinantes del postimpresionismo de finales del siglo XIX.

Al comienzo de Loving Vincent, un mensaje llena la pantalla, relativo a que la totalidad de los fotogramas del filme han sido elaborados artesanalmente y decorados al óleo por un nutrido grupo de artistas (más de 100). Un dato que ya mete en materia al espectador, antes de abrir la figurada paleta de pigmentos deslumbrantes de los que se compone la cinta.

La pintora polaca Dorota Kobiela y el productor y director Hugh Welchman (Pedro y el dragón) son los responsables de esta aventura audiovisual, en la que el pincel del creador de Los girasoles se encuentra presente en cada escena y plano (tanto en los cortos, como en las tomas generales).

La acción se sitúa nada más producirse la muerte por supuesto suicidio de Vincent van Gogh (ocurrida un 29 de julio de 1890). Denostado por la mayoría de sus vecinos en Auvers-sur-Oise (Francia), el cartero –y amigo del maestro de la plástica fallecido- recibe una misteriosa carta de Van Gogh dirigida a su hermano Theo, la cual nunca fue entregada a su destinatario. Sin posibilidad de trasladarse personalmente al lugar donde vive el pariente del pintor, el hombre encarga a su hijo Armand Roulin (a quien presta su físico el actor británico Douglas Booth) que sea él quien lleve la citada misiva a su dueño legítimo. Al principio, el joven se muestra algo contrariado; pero al final, accede a los deseos de su progenitor.