Crítica de la película El Verdugo

La gran obra maestra de Berlanga y la mejor película española de todos los tiempos

Han pasado más de 55 años desde que se estrenase El Verdugo en 1963, la obra maestra de uno de los mejores directores de cine de la historia de nuestro país: Luis García Berlanga, un director que luchó contra la dictadura desde dentro, con una asombrosa capacidad para hacer una radiografía de la sociedad española de la época y sus instituciones (fuerzas vivas: la Iglesia, La Guardia Civil y el Maestro de escuela), reflejando perfectamente nuestra cultura con sus luces y sombras, con un humor negro que aún a día de hoy asombra por su atrevimiento y frescura en un momento en el que había que tenerlos muy bien puestos para hacer este tipo de películas.

Con guión de Berlanga, Rafael Azcona y Ennio Flaiano, la película empieza dentro de una cárcel en la que uno de los guardias, Antonio Rodríguez (José Luis López Vázquez), deja entrar a su hermano José Luis (Nino Manfredi) y a su compañero Álvarez (Ángel Álvarez), que trabajan en una funeraria y han acudido a recoger el cadáver de uno de los presos y es entonces cuando aparece en escena Amadeo (José Isbert) que es el verdugo responsable de ejecutar la pena de muerte del prisionero.

Tras recoger el cadáver y cargarlo en la furgoneta, Álvarez ofrece a Amadeo llevarle hasta el metro y así puede aprovechar el viaje para tratar de sacarle información de tan morboso oficio. Cuando este dicharachero verdugo llega a su destino, olvida su maletín de trabajo con el garrote vil en la furgoneta y José Luis acepta a regañadientes llevárselo a casa, donde conoce a Carmen (Emma Panella), la hija de Amadeo, a la que nuestro protagonista no la quita ojo. Es en este momento cuando José Luis desvela su sueño de emigrar a Alemania para estudiar mecánica y labrarse un futuro prometedor y Amadeo aprovecha la visita de este joven para dignificar su trabajo de verdugo, un oficio discriminado pero “que alguien debe hacer”.