Casey Affleck y Lucas Hedges brillan con luz propia, en este convincente y profundo drama.

Tan agreste como el paisaje en que transcurre, Manchester frente al mar es una de esas películas cuyo poso queda mucho después de finalizar los títulos de crédito. Apoyado en las excelentes localizaciones de carácter costero, Kenneth Lonergan mete el frío ambiente de Massachusetts en los huesos de los personajes, como si estos se hallaran contaminados por la depresión medioambiental que domina la región norteña donde transcurre la trama.

Precisamente, el personaje principal (al que encarna con precisión milimétrica, y mimetismo asfixiante, Casey Affleck) es el más importante valedor de la apuesta del director, destinada a construir un filme carente de artificios innecesarios, y en el que cualquier elemento tiene su sentido de existencia.

Como si fuera una crónica costumbrista sobre la tristeza imperecedera del hombre contemporáneo, el guion sigue el camino hacia la huida voluntaria de Lee Chandler (Affleck): un tipo sin alegrías a las que acogerse, que malvive en Boston con un humillante trabajo. La pérdida en un incendio de sus dos hijas es lo que ha llevado a este individuo a ese estado de zozobra, hasta que recibe la terrible noticia de la muerte de su hermano, por culpa de una enfermedad cardiaca.