Película tan brillante como difícil. Perversión poética que navega hacia la tragedia.

Gusta mucho. O no gusta nada. Es película de extremos, como ocurriera con Madre! de Aronofsky. Pero en este caso Yorgos Lanthimos no está haciendo brindis al sol y su brújula no está perdida, sino todo lo contrario: sabe perfectamente hacia dónde apunta su descarga de crueldad exigente y que en ningún momento teme perder espectadores en el proceso. Es posiblemente la película más dura y la más valiente que vamos a ver este año, y posiblemente el mejor ataque contra ese carácter sin carácter y esa flojera trivial que caracteriza nuestros tiempos mudables y presas del capricho más tontorrón y falso que quepa imaginar: el de pretender ser todo aquello que no somos, mirar el orden donde sólo deberíamos ver caos, y abrazar con pasión de koala posesivo todo aquello que huela a etiqueta de modernez recauchutada con purpurina tolerante y viscosa mermelada de tópicos políticamente correctos.