Pese a los muchos seguidores que tiene en todo el mundo, la saga original de Pesadilla en Elm Street no era nada del otro mundo. La película original tenía algunos hallazgos visuales, pero poco más. No pasaba de ser un entretenimiento sin complejos que jugaba decentemente la basa de los sueños y poseía algunas imágenes turbadoras. Su éxito de taquilla es lo que, con el paso del tiempo y las secuelas, hizo elevarse la figura del villano Freddy Krueger como mito del cine, un villano que terminó por hacerse más simpático para la platea que las víctimas a las que perseguía. Un icono en el cine no sólo de terror. Y según bajaba la calidad de las secuelas (exceptuando la excelente tercera parte), aumentaba la fama del personaje.

Que sea Freddy uno de los últimos o el último gran villano del cine de terror moderno que ha sufrido el lavado de cara de los remakes (pocos más quedan) tiene sentido, porque el respeto por el personaje era tan elevado, que casi parece que el resto de remakes eran pequeñas pruebas de campo para asomarse a Freddy con la suficiente experiencia como para no acabar recibiendo palos como una estera. El resultado es, por desgracia, un quiero y no puedo que se maneja entre algunas escenas muy conseguidas y momentos de tedio muy considerable. Vamos, que se compara con la original y cuesta ver las diferencias.

Michael Bay lleva unos años produciendo este tipo de productos para cine, remakes de cine de terror que han visto alguna revisión más que decente (las dirigidas por Marcus Nispel, Viernes 13 y La Matanza de Texas, por diferentes motivos, lo eran), algún fiasco y otras como Pesadilla en Elm Street, que se queda a medio gas por culpa de no prestar atención a la base. Los detalles argumentales. Mientras que visualmente la producción está más que cuidada, aunque tiene algunos detalles que dentro de este peculiar género empiezan a cansar, el guión, sin tener lagunas ni grandes errores, falla en lo más básico, la construcción de personajes.

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No es ya que me importen o dejen de importar los jóvenes actores que van surgiendo en la pantalla y van cayendo víctimas del psicópata de los sueños. Es que no les conozco. Ni siquiera puedo decir si son buenos o malos actores. La película no se toma ni un instante en revelar algo de cada uno de ellos con un mínimo de coherencia para que les conozca. Me da igual que mueran o que vivan o que se vayan a los sanfermines. No llegan ni a dibujos. En los primeros minutos de la cinta caen como moscas sin que sepamos casi nada (nada descriptivo, nada realmente importante, no si se acostaba con fulanito). Para cuando empiezan a contarnos cosas de la gente, de los chavales, ya es demasiado tarde. En ese momento la película entra en barrena y se dedica a divagar sobre el pasado de los niños, los motivos de Freddy y las pesadillas.

Esto que podría resultar interesante no lo es tanto cuando en los primeros minutos ya has sentado las bases de la película con muertes y sangre. No hay un camino fácil a seguir, sin duda, y a un remake se le mira con lupa. Pero con todo y con eso, no puedes acelerar durante veinte minutos y luego pegar un frenazo casi en seco hasta los instantes finales de la película.

Ese problema de ritmo, consigue desesperar en algunos de los instantes supuestamente inquietantes de Pesadilla... Los sueños. Llegados a un punto son tan repetitivos (¿cuántas veces se puede aparecer en la misma zona del mismo cuarto de calderas sin llegar a cansar?) que no consiguen inquietar o dar miedo. Hay sustos, sí. Pocos y algo previsibles. Se agradece porque es un intento por parte del director de no caer en el susto fácil y tratar de elaborar una atmósfera inquietante. Pero a partir de cierto momento los sueños son todos los mismos. Los mejores apuntes corresponden a aquellas imágenes que ya estaban en el original o sus secuelas. No hay riesgo. Todo parece repetido.

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Lo que también lleva a lo que decíamos antes de los detalles visuales anodinos o repetidos por el sello de producciones de Michael Bay. Esa fotografía con tintes metálicos o crepusculares, según el momento. Esos movimientos de cámara. No parece quedar mucha inventiva en la sala.

Algunas escenas y secuencias parecen momentos sacados directamente de otras películas, grandes clásicos del cine de terror. No sé si son homenajes o plagios descarados. Pero hay momentos muy reconocibles de Halloween, Carrie o El Exorcista, que llevan a cualquier aficionado a pensar “Esto ya lo he visto antes” con demasiada frecuencia. Si la intención era homenajear quizá tenían que haber sido más obvios. Si era falta de ideas, no tanto.

Y tiene buenas ideas esta nueva Pesadilla. El villano de la función deja los chistes de Robert Englund de lado para convertirse en una presencia amenazadora y realmente intimidatoria. Su humor, si es que tiene alguno, se centra en humillar en extremo a la víctima antes de que comience la casquería (sangre hay bastante) y cosas como el concepto de los microsueños están muy conseguidas.

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Jackie Earle Haley es perfecto para este papel de psicópata, y aunque el maquillaje sea algo chocante si recordamos el original, no desentona demasiado y le va como anillo al dedo a este nuevo Krueger. Todo lo demás sigue ahí para quien quiera reconocerlo. El guante de las cuchillas, el jersey andrajoso a rayas, el sombrero...

El resultado final es una mezcla de ganas de agradar a los seguidores incondicionales de la saga que, de tanto respeto, no logra separarse lo suficiente del original como para crear su propia identidad. No termina de fracasar, pero parece que sus éxitos radican en los éxitos de aquella película de 1984. Si tan sólo hubiesen conseguido que las víctimas nos importasen más... Quizá estaríamos hablando de otra cosa. O quizá eso era lo que pretendían desde el inicio.

Jesús Usero