Parker ★★★

Marzo 02, 2013

Crítica de la película Parker 

Parker, buena propuesta de cine de tema criminal con Jason Statham en su salsa frente a una J.López tan floja como siempre.

Todo lo referido al personaje de Parker (que le encaja a Jason Statham como un guante hecho a medida), y a la trama criminal que protagoniza, está bien en esta película. Atendiendo a esos elementos es para mí una película de cuatro estrellas. Eso incluye el trabajo de actores de reparto en personajes secundarios, como Michael Chiklis, Nick Nolte y Emma Booth en el papel de Claire, la abnegada novia del protagonista, cuya relación con él queda descrita a la perfección con el mínimo de gestos, diálogo y metraje… Mucho mejor descrita que la relación entre el personaje de Parker y la ansiosa agente de ventas de casas interpretada por Jennifer López, a pesar de que ésta última tiene mucho más tiempo en pantalla e incluso llega a robarle el protagonismo al propio Statham en un momento del relato, concretamente cuando vive esa secuencia de desengaño sentimental que no pega absolutamente nada con el resto de la trama y parece escapada de cualquier otro engendro romanticoide dirigido por el mismo realizador, Taylor Hackford.

Así que lo que tenemos en esta ocasión es más o menos una buena película policíaca basada en el personaje y la novela de Donald E. Westlake (firmando con el seudónimo de Richard Stark)… y por otro lado otro de los engendros que nos caen encima cada vez que la López decide ejercer como actriz, circunstancia cada vez más lamentable. Quien lo dude que repase esa escena con Statham en la terraza en la que la co-protagonista descubre que el objetivo de Parker es cargarse a los tipos que le robaron su botín: ese gesto de asombro impostado propio de un anuncio de champú que parece decir “Oh my goooodd, umbelievable!!!”

López no es buena actriz. Nunca lo ha sido. Y en esta película tan buena en todo lo demás, esto es, en todo lo referido a la historia policíaca, que recomiendo sin dudar, la cantante da la nota discordante que casi (he dicho casi, no se alarmen) se carga la credibilidad de toda la propuesta.

Comienza el asunto muy bien, con un golpe criminal al estilo de La huida, de Sam Peckimpah, luego la traición, la fuga, el comienzo del ajuste de cuentas de Parker (un elemento esencial en los relatos protagonizados por este personaje)… Y todo va como la seda. Statham está tremendamente cómodo con el personaje y sabe cómo darle vidilla con su propio estilo, manteniéndose al nivel de otros grandes que lo han interpretado previamente, como Lee Marvin, Robert Duvall, Mel Gibson…

No hay nada que criticarle a la película en lo referido a esa faceta, la más interesante de su argumento. Tiene buenos diálogos, secuencias de acción competentes, intriga bien planteada… En serio, recomiendo la película por toda esa parte y ya les digo que merece la pena que se gasten los cuartos en verla.

Lo que ocurre es que no acierto a explicarme por qué disparatado razonamiento llegaron los artífices del invento a empeñarse en: a/ que López interpretara a la protagonista femenina; b/ que la trama de soledad sentimental y caza de maromo de dicho personaje femenino le restara metraje a la trama criminal propiamente dicha, rompiendo el ritmo de la narración que iba muy bien hasta ese momento (concretamente hasta que aparece el personaje de López, el policía que le tira los tejos, la mamá adicta a los culebrones y el perrito abominable y llorón), y c/ que para captar al público femenino tuvieran que meternos esa morcilla estilo comedia romántica en la línea de las abominaciones que suelen interpretar Jennifer Aniston y la López cada vez que algún temerario decide ponerlas delante de una cámara.

Insisto: toda la trama de la López, el asunto de comedia romántica, no aporta absolutamente nada a una historia policíaca muy bien planteada y que saldría ganando en calidad prescindiendo de todo lo relacionado con lo que podríamos denominar el “mundoLópez”. Además estoy seguro de que en manos de otra actriz ese personaje femenino quedaría mucho más convincente. Como ejemplo les propongo una mezcla similar manejada con mejores resultados en Jack Reacher. Y por si alguien quiere ponerse todavía más exquisito, les propongo que recuerden la magistral forma de incorporar las tramas románticas a dos clásicos cercanos a esta propuesta, Bullit y La huida. La relación entre el policía interpretado por Steve McQueen y la arquitecta encarnada por Jacqueline Bisset en la primera es una de las más elegantes y sutiles historias de amor del cine policíaco. La relación entre el personaje interpretado por McQueen y la esposa de éste ex convicto interpretada por Ali MacGraw en la segunda es una de las más bellas historias de amor del cine de temática criminal. Por eso pienso que había materia prima en el encuentro entre este nuevo Parker interpretado por Statham y el personaje femenino interpretado por López. Pero la cantante se carga el invento con su exceso gestualizante y su torpe manoteo dramático. No es algo nuevo en su filmografía, ya le pasó algo parecido en Un romance muy peligroso, pero en aquella Steven Soderbergh consiguió atarla más en corto de lo que la ata en Parker Taylor Hackford. Hackford no es mal director, pero es igualmente propenso a perderse en la mezcla de los géneros de sus películas, y pongo otro ejemplo para que quede más claro: Prueba de vida sería mucho más interesante y equilibrada si no hubiera metido en la trama con calzador una poco creíble relación sentimental entre el personaje del negociador-rescatador interpretado por Russell Crowe y la esposa del rehén, encarnada por Meg Ryan. No le salen las mezclas de géneros a Taylor Hackford. O al menos no le salen tan competentes como al resto de los directores y películas citados. Por cierto, reparen en que el en fondo nos encontramos en universos narrativos muy cercanos, pues la mayoría de las películas que menciono son adaptaciones de novelas de Jim Thompson, Elmore Leonard y Richard Stark, que operan en una onda muy cercana de relato criminal.

Resumiendo: insisto en que la película es totalmente recomendable por lo referido a su trama criminal, que además ocupa aproximadamente el 80 por ciento de su metraje. Así que toleren como mejor puedan el 20 por ciento restante dedicado a los aspavientos de la señora López, a quien muchos le agradeceríamos que prosiguiera con su brillante carrera musical y se tomara un largo descanso en el cine. Sin ella esta película sería de cuatro estrellas. Con ella y por su culpa se queda en tres estrellas y media.

Así que vayan a verla. El Parker de Statham lo merece, aunque la López no lo merezca.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Hansel y Gretel cazadores de brujas

Entretenida revisión de los cuentos de brujas en clave de comedia de acción.

Los cuentos infantiles siempre están ahí, agazapados por alguna esquina de los argumentos universales del cine, con sus facetas más imaginativas y siniestras. Está demostrado que quien mejor sabe lidiar con ellos es Guillermo del Toro, ya sea desde el punto de vista de la dirección o de la producción (de hecho, Mamá empieza como una variante del molde argumental de Hansel y Gretel, sin ir más lejos, aunque luego evolucione por otro camino), pero lo cierto es que el cine de los últimos años nos proporciona numerosa revisiones de los cuentos más significativos de nuestra infancia, intentando acoplarlos a los intereses e inquietudes del público adolescente actual.

Hansel y Gretel va por ese camino, pero como no podía ser de otro modo estando dirigida por Tommy Wirkola, realizador de la genéricamente irreverente Zombis nazis, se desarrolla en una clave de satírica que la instala muy cerca de la comedia de acción. Esa parte de sátira, esas pinceladas de humor (los dibujos de los niños desaparecidos en el bosque en las botellas de leche), esa capacidad para revisitar los tópicos de este tipo de historias y leyendas dándoles un aire más moderno, es la mejor baza con que cuenta la película para mostrar alguna personalidad en la pantalla. Lástima que no hayan elegido tomarse todavía menos en serio y jugar con más libertad con el disparate, asumo que siguiendo la pauta marcada por el estudio de que en definitiva la acción debía ser la parte más importante del producto.

Porque la película es eso: un producto de evasión, y no pasa nada por ello. Es entretenida, tiene algunos golpes de humor que funcionan, y hay acción. Además tanto Jeremy Renner como Gemma Arterton, plenamente conscientes de que han sido fichados más como maniquíes de acción que como actores propiamente dichos, realizan un trabajo tan convincente en su faceta como protagonistas como el que lleva a cabo en su papel como antagonista Famke Janssen, con la que se confirma la tendencia más reciente de poner en el papel de villana a brujas mucho más seductoras y atractivas que las propias protagonistas, marcada por Julia Roberts en Blancanieves, espejo, espejo y por Charlize Theron en Blancanieves y la leyenda del cazador, y confirmada por el papel de Rachel Weisz en Oz, un mundo de fantasía.

No hay pegas que sacarle a la propuesta desde ese punto de vista.

El problema es que quizá a estas alturas se le puede exigir más a este tipo de planteamientos de revisión de los cuentos clásicos. No soy precisamente un seguidor de la nueva ola de películas y series que adaptan los cuentos infantiles, quizá porque recuerdo como ejemplos mejores de tal ejercicio narrativo películas como En compañía de lobos, de Neil Jordan, y al compararlas con las fallidas El secreto de los hermanos Grimm o Caperucita Roja ¿A quién tienes miedo? comprenderán ustedes que no me sienta particularmente entusiasta.

De este nuevo intento de Wirkola esperaba o más gamberrismo desatado en clave de comedia disparatada, algo realmente poco probable tratándose de producción de gran estudio, las cosas como son, ni siquiera culpo al director, o bien una acción trepidante capaz de reescribir las claves del clásico con un tono épico que en Blancanieves y la leyenda del cazador sólo se asomó esporádicamente.

No hay nada de ello en Hansel y Gretel, que tiene una buena presentación, pero en el momento en que empieza a desarrollar su segundo acto parece conformarse en exceso con lo mínimo exigible y aún entreteniendo no consiguió emocionarme o sorprenderme. Después del encuentro de Hansel Renner con la bruja blanca en el lago, una trama romántica metida apresuradamente en el relato y con calzador, el argumento entra en el territorio de lo previsible, desperdicia el personaje del troll, y camina con paso apresurado hacia una conclusión que se me antoja prematura. Creo que es una buena idea el tema del aquelarre de brujas, pero no está del todo bien aprovechada como escena final de desenlace, especialmente si la comparamos con el desparrame de vísceras que organiza el amigo Wirkola en Zombis nazis. Inevitablemente más controlado por una producción de carácter más comercial y de gran estudio, llega hasta el límite de donde le permiten los usos y costumbres de Hollywood, lo cual le condena a no sacar el máximo partido a una escena que para funcionar debería haber sido, como mínimo, algo parecido a un final estilo Grupo salvaje en versión aquelarre y cazadores de brujas. Ese desenlace, aun siendo entretenido, llega demasiado pronto y no acaba de ser el acto final potente del drama que debería ser. Curiosamente incluso el epílogo en las arenas del desierto consigue ser más sugerente y hasta hizo que me apeteciera ver alguna entrega más libre, flexible e imaginativa de las aventuras de los hermanos cazadores de brujas y su nuevo equipo de auxiliares.

Creo que eso ocurre porque en el metraje falta un despliegue algo más amplio de narración en la segunda mitad del segundo acto, le falta algo más de metraje.

Verán ustedes, le pongo tres estrellas porque me parece muy entretenida, pero creo que a este tipo de producto debemos exigirle, como mínimo, que nos resulte además tan divertido como, por poner dos ejemplos, La momia 1 y La momia 2. O en otra línea de trabajo, algo del estilo de Sleepy Hollow.

Miguel Juan Payán

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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Crítica de la película El último desafío.

Arnold Schwarzenegger regresa a la acción con una potente propuesta en clave de western moderno

Lo primero que se me vino a la memoria cuando empecé a ver El último desafío fueron las películas del oeste que protagonizó John Wayne en la última etapa de su carrera, títulos como Los indestructibles, Chisum, La soga de la horca o Ladrones de trenes, en las cuales el veterano astro del cine de acción explotaba su imagen como icono del género en historias argumentalmente muy sencillas, pero con una clara competencia para entretener. El último desafío copia esa fórmula de las películas de la última época de John Wayne con el esquema de Río Bravo pero el espíritu del remake de ésta, El Dorado. Schwarzenegger ocupa aquí, salvando las distancias, el lugar de epicentro de la trama que ocupara en aquellas Wayne, sosteniendo su personaje con su sola presencia, con la veteranía que da la carrera que tiene a sus espaldas, capaz de garantizar que algunas de sus escenas funcionan simplemente porque él es quien es, y seguramente no funcionarían en manos de otro actor con menor carga de popularidad.

Forma también parte de esta fórmula que vimos en las últimas películas de John Wayne rodear al astro icónico que un competente reparto de actores que sustenten a los personajes secundarios envolviendo e incluso arropando al actor principal. En dicha función encontramos a otro veterano como Forrest Withaker, que aporta todo su talento al sencillo esquema argumental otorgándole mayor solidez desde el punto de vista interpretativo junto con el trabajo como villano étnico al que el español Eduardo Noriega consigue llevar más allá del carácter tópico con el que ha sido concebido inicialmente. Habrá quien mirando esta película desde la superficie, con prejuicio por tratarse del retorno del hiperactivo Schwarzgenegger a los papeles protagonistas en el cine se precipite en sus conclusiones y no valore como debiera el notable trabajo de construcción de personajes secundarios realizado por ese reparto, que sin duda aporta calidad al producto final. Junto a los citados hasta el momento encontramos en papeles de reparto a Jamie Alexander, actriz cuya carrera debería ir en ascenso y que esperamos tenga mayor papel en la segunda entrega de Thor, Peter Stormare en un papel de villano característico al que presta unos matices que sólo son posibles en actores de su experiencia, Luis Guzmán, Rodrido Santoro, Johnny Knoxville, Zach Gilford o Génesis Rodríguez, habitan con una personalidad muy especial sus aportaciones al relato, hasta conseguir que sea algo más que el simple reencuentro de Schwarzenegger con su público incondicional apretando el gatillo en un retorno con su punto de nostalgia por el cine de los ochenta, aunque en algunos momentos pueda parecer que estamos viendo una secuela de Commando en la que el protagonista ha conseguido reciclarse como sheriff de un pequeño pueblo norteamericano.

El otro elemento a tener en cuenta es la personalidad del directo encargado de orquestar visualmente este retorno de Arnold Schwarzenegger. Kim Jee-Won es una excelente elección para que El último desafío adquiera entidad propia como película de acción más allá de su naturaleza como proyecto concebido para el lucimiento de su protagonista. La primera noticia que tuvimos de este director coreano en la cartelera española fue su curiosa aproximación al género de fantasmas en una clave de intriga inquietante en Dos hermanas, pero luego nos ha regalado una de las más divertidas, originales y gamberras muestras de reciclaje y homenaje del espagueti western en El bueno, el malo y el raro y otro viaje a lo siniestro y lo inquietante con Encontré al diablo. Estas tres películas dejan claro que el responsable de El último desafío es un todoterreno capaz de sacar cosas interesantes incluso cuando se aplica a la repetición de una fórmula genérica muy explotada, y es eso precisamente lo que hace con gran eficacia en este nuevo trabajo, el primero que rueda paras el cine estadounidense. Sin apartarse de los códigos del traje a medida para explotar la imagen de Arnold Schwarzenegger consigue incorporar elementos que apartan la película de lo que podría haber sido un monólogo más previsible y menos dinámico del actor.

A título más anecdótico quedan las críticas que puedan llegar contra la película por la exhibición e incluso el carácter casi promocional de la posesión y el uso de armas de fuego que incluyen algunas de sus escenas, y más concretamente un chiste con anciana bien armada, la señora Salazar “haciendo justicia”. Estas secuencias hay que ponerlas en el contexto de la verdadera naturaleza de la película, que es eminentemente un western cronológicamente desubicado, contemporáneo. Es cine de acción con todas las consecuencias, entre las cuales destaca esa especie de culto por las armas que forma parte del género desde los primeros tiempos del cine mudo. Pero eso quizá no sea suficiente para impedir que la película suscite algún comentario negativo desde las filas de la corrección política o sea presa de algún tipo de polémica en un momento en que el tema de la regulación del uso y posesión de armas de fuego está de máxima actualidad en la sociedad estadounidense.

Miguel Juan Payán

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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Crítica de la película Django desencadenado

Casi tres horas del mejor cine de Quentin Tarantino mezclando el western mediterráneo con la blaxploitation.

Más que de Django desencadenado, hay que hablar de Tarantino desencadenado. Claramente superior en sus resultados a Malditos bastardos, la revisión del mítico personaje de Django, clave en la historia del western europeo, permite al director de Reservoir Dogs lucir la panoplia completa de sus recursos narrativos, jugando mejor que nunca con esa fórmula de reciclaje cinematográfico que tan buenos resultados le ha rendido durante toda su carrera.

En Django desencadenado ese juego con lo que ya existe previamente en forma de guiño, nunca de plagio descarado, aunque como siempre el descaro y el gamberrismo forma parte de la fórmula Tarantino, arranca con la música original compuesta por Luis Bacalov para la película original dirigida por Sergio Corbucci en 1966. A partir de ahí, Tarantino va acumulando distintos elementos y características de las historias originales del western mediterráneo, tanto en situaciones como en personajes, diálogos, paisajes e incluso expresión plástica (los primeros planos o esos zoom en momentos clave, la presentación del villano encarnado por Di Caprio…). Incluso demuestra que entiende el western mediterráneo en sus claves esenciales como variante europea del western clásico americano incorporando a su relato la mezcla de los personajes y paisajes del lejano y salvaje oeste con la mitología clásica europea. Si el western mediterráneo incorporaba personajes y argumentos universales desde la mitología griega y romana, Tarantino hace lo mismo pero añadiendo al relato una leyenda nórdica, la de Brunhilda, hija de Odín, rescatada de la vigilancia de un dragón por el héroe. La escena de justificación de la venganza en flashback o la paliza y maltrato del héroe a manos de los villanos como paso previo a su retorno de redención por el camino de la venganza, una especie de ceremonia de resurrección vinculada al argumento universal del mesías que regresa de la muerte para imponer justicia, son también dos elementos clásicos del western mediterráneo que Tarantino incorpora hábilmente a su Django desencadenado.

Naturalmente el director no se queda sólo en ese trabajo de emulación o réplica de las claves del western mediterráneo, sino que las transforma en materia prima esencial para su propia fábula, añadiendo sus propias notas y estilo al relato (como las largas secuencias de diálogo, la verborrea de sus personajes, sobre todo en el personaje del dentista reciclado en cazador de recompensas interpretado por Waltz, y el contrapunto de esas secuencias de diálogo con estallidos de violencia brutal copiosamente regada con sangre).

En Django desencadenado Tarantino encuentra un mejor equilibrio en esa hibridación de las características del western mediterráneo que toma como inspiración y sus propias constantes de estilo como director-autor del que presentaba Malditos bastardos. De hecho, explota con más habilidad y solvencia en la dirección de actores a Christoph Waltz, que fue la gran baza de Malditos bastardos pero aquí puede lucirse aún más potenciando esa faceta de pícaro parlanchín que se convierte en el guía o maestro del héroe. La relación y la química entre Waltz y Jamie Foxx (Django) es mucho más interesante que las episódicas secuencias de diálogo con distintos personajes que mantenía el nazi cazador de judíos en Malditos bastardos. Igualmente Waltz brilla mucho más en su duelo interpretativo con el gran villano que compone Leonardo Di Caprio de lo que pudo brillar frente a Brad Pitt.

Otra característica habitual del cine de Tarantino, el humor socarrón que aparece inesperadamente en los fragmentos menos previsibles y jugando con la incorrección política como quien se mete en un campo de minas voluntariamente está también en Django desencadenado. Lo encontramos por ejemplo en su sátira sobre el Ku Klux Klan, un momento cómico perfecto. Tal y como suele hacer, Tarantino construye ese momento de comedia sobre un elemento mundano, los sacos con los que los asesinos de la horda de linchamiento se cubren la cabeza, convirtiendo lo terrorífico en cotidiano y por tanto a los monstruos en imbéciles. Es una sabia manera de introducir un elemento dramático desde el humor y superar el miedo a través de la risa. Resulta lamentable que una maniobra tan astuta haya sido malinterpretada por algunos despistados que acusan a Django desencadenado y a su director de racismo. Grave despiste. Muy al contrario: Djando desencadenado no sólo no es racista, sino que desde su tratamiento del asunto desde el punto de vista de los géneros y el cine de evasión, dibuja un paisaje del racismo mucho más temible, inquietante y menos maquillado del que nos vende, por poner un ejemplo, Steven Spielberg en su Lincoln. El motivo es claro: Tarantino desciende al infierno del racismo como en su momento hiciera Spielberg con el genocidio en La lista de Schindler, y aunque lo haga desde una perspectiva de cine de evasión, su película contiene momentos tan descriptivos sobre la esclavitud y la situación de los negros en Norteamérica como la cuerda de esclavos del principio, los flashbacks que introducen en el relato los recuerdos del protagonista, las escenas de negros encadenados con dogales en el cuello, los latigazos, el ataque de los perros, la secuencia de los luchadores (que astutamente el director organiza jugando a contracorriente de lo más habitual para este tipo de escenas, optando por una pelea en una habitación, en lugar de montar un gran despliegue al estilo de las secuencias de lucha callejera de la primera película de Sherlock Holmes dirigida por Guy Ritchie). Y, junto a esos elementos, un personaje, el interpretado por Samuel L. Jackson, que refleja a la perfección la idea del Tío Tom, el negro partícipe del racismo, la figura activa del ataque contra la gente de su propia raza, que tanto el director como el actor encargado de interpretar el papel consiguen resumir lo más inquietante del racismo, incluso con unos chistes de mal gusto (Négrules por Hércules Negro).

Ese tono decadente que impera en la mansión racista de Candyland acompaña la segunda parte de la película, que es un auténtico viaje a un mundo de pesadilla.

Pensar que eso es trivializar el racismo es un grave error.

Miguel Juan Payán

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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Crítica de la película Jack Reacher

Tom Cruise está en plena forma en esta intriga de calidad con espectaculares secuencias de acción.

El guionista de Sospechosos habituales se pone tras la cámara para llevar al cine a un personaje que reúne todos los tópicos del justiciero del cine de acción mezclados con las criaturas de las novelas de intriga tipo best seller, Jack Reacher. El resultado es una entretenida película de intriga dirigida con enorme solvencia como un producto de evasión de calidad en el que se respetan las claves esenciales del género pero añadiendo a las mismas un acabado elegante incluso en sus escenas de acción más trepidantes.

Dicho de otro modo: Jack Reacher no es una película más del montón de intrigas que nos propone habitualmente el cine norteamericano cada temporada, sino que cuenta con elementos que la ponen en la liga del producto de evasión de calidad. Bien concebido. Me recuerda aquel cine de intriga policial y conspiraciones de los años setenta que ibas a ver para evadirte pero al mismo tiempo te respetaba como espectador y conseguía engancharte por su acabado perfecto. Estoy pensando ahora mismo en películas como Bullit, Los tres días del Cóndor, El último testigo, La organización criminal, El caso Thomas Crown… En definitiva un tipo de cine que aportaba evasión y entretenimiento sin bajar la guardia en lo referido a la calidad. Dicho de otro modo, Jack Reacher me recuerda un cine de intriga anterior al momento en el que el género se perdió definitivamente en la senda de la espectacularidad visual y prefirió olvidar la creación de personajes y situaciones interesantes. Ese cine de los setenta se definía precisamente por contener pocas escenas de acción, pero muy trabajadas y contundentes. Es así como despliega sus secuencias de acción Jack Reacher, que incluye una secuencia de persecución en automóvil espectacular capaz de recordarnos la de Steve McQueen en Bullit, pero haciendo que el perseguidor sea al mismo tiempo perseguido, de tal manera que se implican en la secuencia tres elementos en movimiento, el más difícil todavía. Además las secuencias de combate cuerpo a cuerpo se ven a la perfección, no hay cortes rápidos ni piruetas imposibles en esta sucesión de combates callejeros. Sólo golpes entre los participantes, con un estilo muy especial de lucha desarrollado en España que Cruise aplica con singular contundencia.

Otra característica de aquel buen cine de intriga y acción de los años setenta, era la creación de villanos consistentes, capaces de ganarse su protagonismo en la historia con muy poco tiempo de presencia en la pantalla. Eso también se cumple en Jack Reacher, donde el director alemán Werner Herzog se convierte en una grata sorpresa como actor tras haber sido durante años un maestro tras las cámaras en películas como Aguirre o la cólera de Dios, Nosferatu o Fitzcarraldo. El trabajo de Herzog interpretando al gran malo de esta intriga es modélico y narrativamente su personaje tiene algunos puntos en común con la que sigue siendo una de las grandes creaciones del director de la película, Ralph McQuarrie, como guionista, el misterioso y siniestro Kaiser Sozé de Sospechosos habituales. Ese personaje de Herzog sirve además como excelente ejemplo de los buenos resultados que pueden obtenerse en una trama aparentemente más convencional cuando se trabaja sobre la creación de personajes interesantes desde el comienzo en la fase de escritura del guión. Ocurre lo mismo con el propio protagonista, un personaje al que parecía imposible sacar del tópico pero al que esta película dota de una personalidad que va más allá de los lugares comunes de la narrativa más habitual en el campo del best seller.

Posiblemente la característica más interesante de Jack Reacher es el trabajo que hacen tanto el director y guionista, McQuarrie, como el protagonista y productor, Cruise, para tomar lo que más les interesa del personaje de las novelas originales y convertirlo en otra cosa. Las versiones cinematográficas deben desarrollar siempre su propia personalidad narrativa y visual frente a las fuentes originales de las que parten sus historias. No es un derecho, sino incluso una obligación del cine frente a la literatura o cualquier otra fuente de inspiración. En esa parcela, creo que el trabajo de adaptación de Jack Reacher supera al original en el que se basa sin renegar de sus elementos esenciales. Esa es la clave: respeta el espíritu, pero ha enriquecido el personaje protagonista con referencias propias aportadas por los responsables de la versión cinematográfica. Reacher se ha construido por tanto a la medida de Cruise, que con este trabajo en mi opinión confirma la recuperación de su carrera como estrella que inició en Misión imposible: protocolo fantasma. Pero además se adorna con características propias de la mitología del western: es un nómada, y en la versión cinematográfica está mucho más cerca de las recreaciones del pistolero errante que de las figuras propias del cine de intriga al que pertenece el entorno argumental en el que se mueve. Eso hace mucho más interesante el cruce entre personaje y argumento de lo que pude ser en la novela, más convencional.

Y acompañando a todos estos elementos y a un guión bien construido, Jack Reacher abre con una secuencia de francotirador donde el director echa el resto en lo referido a la creación de suspense visual propio de una intriga intensa de Alfred Hitchcock. Cabía temer que después de un arranque tan potente la película no pudiera mantener el tono, pero McQuarrie es suficientemente hábil al contar su historia para que el tono no sólo no decaiga, sino que progrese e incluso vaya ganando aún mayor interés al construir su intriga, alternando la acción física y de persecución con otros momentos de intriga intensa e inquietante, como la entrevista de la abogada interpretada por Rosamund Pike con el padre de una de las víctimas, el ataque que sufre el protagonista en la casa de un sospechoso o el ajuste de cuentas del villano con uno de sus sicarios a base de meterle dedos al asunto…

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película La noche más oscura (Zero Dark Thirty)

Otro gran trabajo de Kathryn Bigelow. Excelente película para empezar el año.

La directora de En tierra hostil vuelve a demostrar que domina a la perfección las claves del cine de intriga y sabe mezclarlas con el cine de acción mucho mejor que algunos de sus colegas masculinos supuestamente expertos en el tema. En La noche más oscura Bigelow recoge el testigo de la impresionante serie televisiva Homeland siguiendo sus propias reglas de estilo y su propia manera de entender el cine de suspense. El resultado es la mejor propuesta de cine de suspense que tendremos la oportunidad de ver en 2013. Durante toda la proyección de La noche más oscura no pude dejar de pensar en que Bigelow estaba haciendo con la caza de Bin Laden lo mismo que en su momento hiciera Alan J. Pakula con el caso Watergate en Todos los hombres del presidente (1976): una autopsia del asunto que la sitúa en la esfera de las películas que dirigía Oliver Stone en su mejor época como forense del imperio americano en títulos como Salvador, Platoon, Nacido el 4 de julio, J.F.K… De hecho, después de haber visto La noche más oscura y recordando al mismo tiempo En tierra hostil creo que Bigelow le ha quitado a Stone ese puesto de forense.

Como ya ocurrió con En tierra hostil, que algunos erraron en interpretar como una simple película de guerra, opine que esta película tiene cierto carácter revanchista por parte del imperio norteamericano, algo que posiblemente no habría ocurrido en una película dirigida por Oliver Stone. Pero sería poco serio reducir la película a una explicación tan simplista. El hecho de que Bigelow dedique los primeros minutos de presentación de su historia a repasar las llamadas de las víctimas el día de los atentados del 11 de septiembre de 2001 es tanto un elegante homenaje en memoria de esas víctimas como la manera más lógica de comenzar la construcción de su historia por el principio, y no es en absoluto, como pueden pensar algunos, una justificación o reivindicación de las secuencias de tortura que vamos a contemplar posteriormente ni de los métodos empleados para cazar a Bin Laden. Esto queda sobradamente explicado por la humanidad que otorga la directora al torturado y porque no ahorra ni maquilla la propia brutalidad de esas torturas. Lo interesante es que tampoco se recrea morbosamente en ellas, porque son sólo una parte más del camino que tienen que recorrer sus personajes para llegar al desenlace. Un camino que Bigelow narra sin hacer uso de melodramatismo o efectismo alguno. Por eso en la tortura hay momentos en que nos pone tanto del lado del torturado como de los torturadores sin necesitar para ello entrar en el juego del subjetivismo visual o narrativo. Si algo define la película es esa inclinación por meternos en la trama de investigación de la protagonista, una notable Jessica Chastain, desde un punto de vista eminentemente objetivo. Es un ejercicio aún más notable porque esa objetividad la obliga a realizar un difícil juego de equilibrio midiendo cuidadosamente las distancias para que como sigamos los acontecimientos como si formáramos parte de ellos en todo momento pero sin caer en trucos fáciles de empatía gratuita con los personajes y dejarse atrapar por la farsa monstruosa y miserable de la corrección política.

De ese modo Bigelow consigue algo muy difícil en este tipo de historias basadas en hechos reales y propicias a herir susceptibilidades de todo tipo en uno y otro bando: que sea el propio espectador el que llegue a sus propias conclusiones. Es así menos manipuladora de lo que siempre lo han sido las autopsias cinematográficas practicadas a los grandes temas de la historia reciente de los Estados Unidos por Oliver Stone.

La prueba de que con esa objetividad que no renuncia al suspense Bigelow consigue meternos totalmente en su película desde el primer minuto de proyección con esas voces en off de las víctimas de los atentados la encontramos en la tensión que aplica a los últimos veinte o treinta minutos de metraje, la operación de ejecución propiamente dicha. Son el gran remate para una película que en mi opinión consigue superar cualquier otra aproximación que se haya rodado hasta el momento en el cine sobre la guerra contra el terrorismo. Ya he dicho que sólo encuentro un equivalente de la misma calidad en televisión, en la serie Homeland.

Especial mención en ese trabajo para sumergirnos totalmente en la trama merece el trabajo con el sonido que brilla a lo largo de toda la película, consiguiendo que saltemos ante esas secuencias aparentemente cotidianas que quedan interrumpidas brutalmente por un disparo o una explosión. En un ejercicio de coherencia, la película desvela así su verdadera alma, su verdadero tema, que es la interrupción de la normalidad y la cotidianeidad provocada por los atentados. Bigelow pone mucho cuidado en dibujar ese paisaje de interrupción de la cotidianeidad en varias escenas como la cena y la entrevista de captación de un posible agente en la cúpula de Al Qaeda. Su película es un retrato perfecto del caos chocando y demoliendo lo cotidiano. Desde el 11-S de 2001 todos vivimos mirando al abismo de lo imprevisto. En mi opinión, La noche más oscura es la película que mejor ha sabido dibujar esa sensación colectiva a nivel global en una pantalla grande, tan bien como Homeland lo ha hecho en la televisión.

Miguel Juan Payán

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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Rompe Ralph ★★★★

Diciembre 14, 2012

Crítica de la película Rompe Ralph.

La película más friqui del año y una de las más divertidas. Riza el rizo de la sátira homenajeando con talento los videojuegos.

Doble o triple homenaje repleto de guiños es lo que nos ofrece Rompe Ralph, un dibujo animado que no se contenta con quedar confinado en el corral del entretenimiento y la evasión sino que además planta la semilla de la reflexión sobre cómo somos y cómo nos divertimos a través de su uso extremo de los tópicos. Convertidos en maleables construcciones de humor, los arquetipos básicos del cine de nuestros días se encuentran, o más bien chocan, se dan de narices, con un sencillo y no obstante entrañable homenaje a las formas de videojuegos ya descartados. Considerando la paradoja de que el argumento nos hable de las etiquetas, las apariencias que engañan, la redención y el derecho a cambiar precisamente volviendo su mirada a las formas de entretenimiento primarias del videojuego no deja de ser un buen recurso de humor particularmente sarcástico. John C. Reilly, ese gran actor habitualmente relegado a papeles de reparto, encuentra en el encargo de ponerle a Ralph una ocasión perfecta para lucirse, dando vida a un personaje que tanto por el argumento como por el tono de la historia recuerda en muchos momentos al célebre ogro Shrek antes de ser totalmente pervertido por la sobreexplotación comercial, esto es, en la primera y mejor entrega de sus aventuras cinematográficas.

Sólo con estos elementos la película sería ya un bocado apetecible, especialmente para los amigos de la animación, que tienen cita obligada con ella, pero además para cualquier otro aficionado al cine, le guste o no la animación, Rompe Ralph incluye un notable diseño visual que hace gala de originalidad casi en cada plano, apoyando la historia de cambio de Ralph con una amplia gama de sorpresas que consiguen retener la atención de los más pequeños de la audiencia al mismo tiempo que tratan con respeto a los adultos por el sencillo procedimiento de plantear alternativas sorprendentes al relato.

Esa mezcla de creatividad e imaginación hacen del cóctel de imágenes de Rompe Ralph una compañía perfecta para un argumento que esconde la misma carta marcada infalible para meterse a la taquilla en el bolsillo de la que vienen haciendo uso todas las producciones de dibujos animados que han sacado a este tipo de cine del gueto del producto infantil para convertirlo realmente en un producto para todo tipo de público incluso adolescente o adulto. Me refiero a títulos como Toy Story, la citada Shrek, ice Age, Buscando a Nemo, etcétera: bajo una trama argumental aparentemente inofensiva que cualquier niño puede consumir, lo que podríamos llamar el caramelo visual, nos encontramos una capa de sátira que pone en solfa nuestra sociedad a través de los entretenimientos que nos definen como colectivo claramente desorientado y con la moral en crisis.

Los personajes que habitan Rompe Ralph, empezando por el que da título a la película, son una fauna interesante porque en su calidad de arquetipos nos reflejan a la perfección en una u otra de nuestras neurosis individuales y colectivas. Añadan a eso que se mueven en un mundo de reglas que nos plantea como espectadores el reto de ir desentrañando las claves de los juegos a medida que la trama progresa, en una especie de juego que mezcla la deducción con la adivinación y tiene mucho de la forma en la que en el pasado nos enfrentamos a este tipo de juegos, que como corolario de lo anterior, son sólo en apariencia y nunca en la realidad más sencillos que los que hoy llenan las estanterías de la habitación de los niños y jóvenes. La sencillez oculta en este caso la complejidad, como ocurre con el personaje del propio Ralph.

Conclusión de todo lo anterior es que por debajo de la que me atrevería a decir que es la película más friqui del año, muy motivada a la hora de hacer guiños sobre las distintas variantes de ocio y los disparates con los que nos venimos divirtiendo desde hace décadas, se oculta una poderosa vocación de análisis de la evolución de los videojuegos en estas épocas que los han convertido en el objeto de ocio favorito de varias generaciones, superando en recaudación incluso a la música y el cine. Lo interesante de la película es que como he dicho al seguirle la pista a esa evolución de este producto de ocio, de manera hilarante y divertida repleta de gags humorísticos, Rompe Ralph nos está hablando también de cómo éramos y cómo hemos cambiado, afinando de paso la puntería, como debe hacer toda buena comedia, para disparar contra todo aquello que nos molesta saber de nosotros mismos pero en todo caso es necesario que reconozcamos como deficiencias de nuestra sociedad y nuestra personalidad.

Ese malo cansado de ser siempre malo es una metáfora perfecta del agotamiento de los arquetipos más convencionales y las etiquetas más sencillas como forma de entender el mundo y la vida. Dicho de otro modo: los malos que son siempre malos y los buenos que son siempre buenos ya no son suficiente para ayudarnos a explicarnos y tratar con nuestra existencia como individuos y como colectivo. Lo que viene a decirnos Rompe Ralph, en definitiva, es que ha llegado el momento de cambiar y buscar otros caminos, algo que los artífices de la película han hecho a la perfección, dándonos una joya de entrenamiento que sin asomo alguno de petulancia nos proporciona al mismo tiempo muchas cosas en qué pensar cuando salimos del cine tras habernos pasado un buen rato sumidos en la aventura y en las risas.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Resident Evil: Venganza.

Más videojuego y menos cine. Todo acción, poco diálogo, puro espectáculo visual sin argumento.

La quinta entrega de Resident Evil ha decidido quitarse la careta definitivamente y no se anda por las ramas. Quienes acudan a verla van a encontrarse menos película y más videojuego. De toda la saga es la que, tanto por su fórmula argumental como por la manera de expresarse visualmente y la convocatoria de personajes, nuevos y ya conocidos, es más cercana a los planteamientos del videojuego que inspiró la saga cinematográfica.

Bajo el punto de vista de quien esto escribe, eso no es bueno ni malo, sino simplemente una opción en la propuesta que los gestores de la franquicia han decidido hacerle al público en esta ocasión. Corre por nuestra cuenta aceptar dicha propuesta o no. Por ejemplo a mí no me ha gustado esa entrega incondicional al videojuego, aunque haya disfrutado el despliegue visual, ese alarde de acción constante y esa forma de trabajar el 3D, especialmente en las escenas de arranque que enlazan directamente con el final de la película anterior y sobre todo en su primera mitad, con ese enfrentamiento con los tipos del martillo-hacha gigante. También me ha gustado volver a ver a Milla. Siempre me gusta. Es grato para mis córneas. De ahí que en reconocimiento a mi friquismo por esta saga y a todos los friquis que la siguen, y como homenaje a los fanáticos del videojuego, le casco tres estrellas. No le puedo poner menos porque no me ha aburrido, no me ha engañado, y sobre todo es coherente con su propia propuesta interior. No le puedo poner más porque es la que más le ha dado la espalda al cine y conocedora de sus limitaciones ha decidido abrazar descaradamente su naturaleza como variante del videojuego ,sin complejos ni engaños. Un streptease definitivo de la franquicia.

Sin embargo es la más floja de toda la saga, que para mi gusto es un ejemplo perfecto de lo que le está pasando al cine comercial en los últimos años. De manera que Resident Evil cada vez me deja menos satisfecho como película y cada vez me interesa más como fenómeno cinematográfico y termómetro de la mutación y deterioro del cine de acción en beneficio de híbridos de otras formas de evasión y entretenimiento, como pueden ser el cómic, el videojuego, la televisión o el videoclip.

Lo curioso es que Resident Evil: Venganza es plenamente coherente consigo misma y se define voluntariamente a través de sus limitaciones, aceptando así plenamente su verdadera naturaleza. Sus carencias son una elección de sus creadores, no errores involuntarios. Por ejemplo no hay la menor intención de plantear una trama sólida. Muy al contrario: copian descaradamente la estructura narrativa de un videojuego, reduciendo al máximo el argumento para convertirlo en un paso de una pantalla a otra, o lo que es lo mismo, de un escenario recreado en la base submarina de Umbrella, réplicas de Nueva York, Tokio… al siguiente.

Tampoco intentan crear personajes o conflicto alguno entre los mismos. En su lugar, reclutan a clones que se dedican a agredirse indiscriminadamente e incluso pueden cambiar de bando constantemente, volviendo loco al espectador profano en la saga, por mucho que incluyan un prólogo explicativo de todo lo ocurrido en las entregas anteriores. En ese sentido la secuencia en la que Alice y la niña entran en la cadena de montaje de los clones es toda una declaración de principios, además de un guiño, no sé si voluntario o no, sobre la secuelización como fenómeno de explotación del cine convertido en franquicia que actualmente llega a la cartelera.

Esto entraña un riesgo para la película: haciendo de buena parte de sus personajes un ejército de clones hiperactivos cuya única motivación parece ser apretar el gatillo, éstos pierden automáticamente interés dramático para el espectador. No hay tensión dramática en toda la película, desprovista de argumento y sometida a diálogos muy tontorrones en los que Alice le repite una y otra vez a la niña la misma pregunta: ¿estás herida?... Y poco más.

Otro riesgo que trae aparejada esta fórmula de negación de toda construcción dramática para hiperbolizar la acción es la saturación del espectador. Las secuencias de acción encadenadas con nulo conflicto argumental conducen a un agotamiento de la atención del público, que encuentra dificultoso implicarse con la historia y los personajes y se convierte así en sujeto totalmente pasivo que apenas participa en lo que se le muestra en la pantalla. La acción necesita respirar con momentos de estructura narrativa más sólida, necesita un conflicto que construya el argumento, aunque sea tan leve como el que presentaba la saga de Resident Evil en sus cuatro entregas anteriores. La acción por la acción, sin argumento ni diálogos, conduce a ese cansancio que se hace notar especialmente en la pelea final en el hielo, que se alarga además innecesariamente y llega a hacerse algo pesada antes de encontrar su culminación.

Entiendo que el objetivo era darle al aficionado a la franquicia y al videojuego una sucesión de momentos anecdóticos en los que Resident Evil: Venganza se comporta como una especie de eco cinematográfico del videojuego, incorporando a personajes como Leon o Ada, recuperando a Rain y poniendo a Jill Valentine a darse de tortas con Alice… pero así el ritmo y el tono de la película acaba teniendo los mismos problemas que Underworld: el despertar o Ultravioleta, otra película protagonizada por Milla Jovovich. La acción y el espectáculo visual lo llenan y devoran todo, sin dar descanso al espectador ni dejar respirar una historia que queda reducida a mera anécdota argumental en su expresión más básica y cercana al videojuego: los personajes han de ir del punto A al punto B. Eso es todo.

Ojalá en próximas entregas recuperen algo del tono inquietante de la primera y deje de lado esta hipertrofia de lo trepidante que está dejando a la saga bastante desnuda de atractivos, si bien no deja de ser un entretenido espectáculo de acción y violencia inofensiva, ya sin el terror como compañero, o en todo caso convertido en un adorno más en esta tarta explosiva donde reina el gatillo fácil que me hace pensar si esa imagen del desenlace sobre el fin del mundo, que tiene la épica que le falta al resto del relato, no será una instantánea de la propia muerte del cine comercial o su mutación definitiva en un complemento de los videojuegos o de cualquier otra forma de ocio.

Inquietante, ¿verdad?

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Venganza: conexión Estambul.

Una continuación que no defrauda, aunque resulte menos frenética que la primera.

La primera entrega de Venganza fue una grata sorpresa por su desenfadada propuesta de cine de acción sin complejos, dispuesta a explotar un argumento convencional sacando el máximo partido a su protagonista. Ver a Liam Neeson, con todo su talento y su presencia ante las cámaras, convertido en una especie de versión serie A del tipo de personajes que suelen protagonizar actores icónicos del cine de acción como Steven Segal resultó muy refrescante. Neeson se pasó hora y cuarto de metraje repartiendo puñetazos y apretando el gatillo hasta encontrar a su hija secuestrada para regocijo de los espectadores y demostró que el cine de acción podía levantar una taquilla que en aquel momento estaba algo moribunda.

Ahora la secuela de aquella película intenta repetir la jugada. Suprimido el factor sorpresa, Venganza: conexión Estambul acude a explotar lo que ya conocemos de su protagonista, el padre vengador, al que se le amontona el trabajo de rescatador de la familia cuando se convierte de cazador en presa y es acosado por los parientes de todos los tipos a los que liquidó en la película anterior. La novedad, si es que hay alguna, está en la localización donde se desarrolla la trama, Estambul, y en el hecho de que esta vez el protagonista comparta la odisea con su esposa y con su hija al mismo tiempo.

Más reposada que la primera entrega en su arranque, esta segunda película parece tomarse las cosas con más calma a la hora de presentar los personajes y antes de que estalle la acción, pero tiene el mismo acierto en hacer de la sencillez de su planteamiento un poderoso aliado para contar su historia y en explotar con astucia la capacidad de Neeson para vendernos cualquier tipo de historia. En alguna ocasión he comentado ya que el actor es hoy algo así como una especie de John Wayne que por sí mismo puede sustentar cualquier tipo de argumento sólo con aparecer en pantalla y mirar al prójimo con cara de malas pulgas.

La fórmula sobre la que funciona Venganza 2 es la misma que se ha venido aplicando a la explotación del carisma de los protagonistas principales desde el momento en que el cine descubrió esa poderosa arma para vender historias que son las estrellas. En la película anterior era preciso que nos presentaran a personaje de Neeson, pero en ésta no. Basta con que nos planteemos: ¿qué va a pasar cuando estos pobres tipos mosqueen a Liam Neeson? Es algo similar a lo que ocurría con Bruce Willis en las secuelas de Jungla de cristal, con Arnold Schwarzenegger cuando le secuestraban a su hija en Commando, con Stallone cuando protagonizó Rambo, con cualquier película de John Wayne en su última época, con Clint Eastwood interpretando a Harry el Sucio, con Charles Bronson encarnando al vengativo justiciero de la ciudad en la saga de Death Wish… El espectador acude al cine esperando ver lo que ocurre cuando una de estas estrellas del cine de acción es provocada para desatar su justa venganza contra quienes osan molestarle de cualquier forma. En definitiva, la clave es la previsibilidad. Lo bueno de la serie de Venganza es que su protagonista es uno de los mejores actores de su generación y además ha demostrado ser notablemente competente en las secuencias de acción. El talento de Neeson como actor es el que sustenta las situaciones a las que es sometido su personaje, por tópicas o poco verosímiles que nos parezcan. Su carisma como estrella ante la cámara hace el resto del trabajo en las secuencias de acción. Pero lo realmente interesante de las dos películas de Venganza es que le da la vuelta a la fórmula más convencional del cine de acción, haciendo que sean las escenas más sosegadas e incluso cotidianas –en esta segunda película el personaje de Neeson limpiando el coche, hablando con su mujer, buscando a su hija en casa del novio, esperando que su hija acabe el examen de conducir- lo que sirve como cemento esencial para dar sentido a las escenas de acción, en lugar de lo contrario. Lo más habitual en el cine de acción es que sea la propia acción, el espectáculo visual, lo que nos “vende” la historia. En Venganza 2 la clave de esta franquicia es la solvencia de Neeson para construir sólidamente su personaje en esos momentos cotidianos lo que sustenta todo el disparatado rosario de secuencias de acción trepidante que viene a continuación. Porque en este caso, como en la película anterior, una vez que se dispare el mecanismo que arranca la acción, ésta ya no parará hasta que acabe la película. De manera que ese arranque, esos primeros momentos de la historia, son los más importantes y los que establecen la diferencia de la franquicia de Venganza respecto a otras propuestas de cine de acción que llegan a la cartelera.

Neeson es el encargado de otorgarle toda su personalidad a esta fórmula de evasión, distanciándola de la media de este tipo de espectáculos que suele ofrecernos el cine comercial. Sólo Neeson hace que aceptemos las inaceptables elipsis de esta saga. En la primera entrega, el salto desde el final del rescate en el barco a la llegada al aeropuerto en Estados Unidos, sin consecuencias para el protagonista a pesar del destrozo que organiza en París. En ésta segunda entrega la elipsis entre la entrada en la Embajada norteamericana en Estambul y la continuación de la misión de rescate. Aceptamos estas y otras inverosimilitudes porque Neeson nos vende su personaje y la historia con la solvencia de un John Wayne vendiéndonos Río Bravo, El Dorado o Los cuatro hijos de Katie Elder.

Se le podría reprochar a Venganza: conexión Estambul esa visión de la realidad etnocentrista al estilo americano, según la cual la inseguridad y el miedo habitan siempre en el exterior y quedan automáticamente anuladas cuando entras en la embajada norteamericana. Igualmente esta segunda entrega ha perdido la amargura que acompañaba al personaje de Neeson en el arranque de la película anterior y opta por proporcionarle un entorno más feliz. Pero, seamos sinceros: todos sabemos lo que queremos ver en Venganza 2. El planteamiento es el mismo que ante Los mercenarios 2, La jungla de cristal 2, etcétera: hemos ido a ver cómo el personaje de Liam Neeson se cabrea y se pone a repartir leña hasta que se le canse la mano. Queremos que los malos sean muy malos, incontestablemente perversos. Queremos que Neeson les dé una paliza y recupere a sus parientes. En definitiva: queremos simplemente evadirnos con una fórmula argumental sencilla. Hemos pagado para ello y al terminar la película nos dan lo que nos prometieron.

No podemos pedir más.

Miguel Juan Payán

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Salvajes ★★★★

Septiembre 17, 2012

Crítica de la película Salvajes de Oliver Stone

Buena dirección de Oliver Stone en una clave disparatada que despista y arriesga. Lo mejor: los antagonistas.

Cuidado porque Salvajes viene con sorpresa y doble lectura. No es lo que puede parecer en principio.

El regreso de Oliver Stone a la cartelera siempre es una propuesta interesante para el aficionado al cine. En esta ocasión ese interés queda reforzado porque su película adapta una novela de Don Winslow, escritor de novela policíaca que destaca entre los de su generación por su tratamiento épico del género. Su novela El poder del perro, es una de las mejores que se han publicado en los últimos años sobre el tráfico de drogas y los problemas fronterizos de Méjico y Estados Unidos. La narrativa de Winslow, con su mezcla de historia épica de las organizaciones criminales, tipo El Padrino de Mario Puzo y Francis Coppola, los elementos de corte más informativo del libro-reportaje y la violencia tipo Grupo salvaje de Sam Peckimpah, todo ello envuelto en ecos de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, ofrece numerosos puntos de contacto con la filmografía de Oliver Stone. De ahí el interés de ver cómo resultaba la alianza de ambos en pantalla. Lástima que hayan optado por adaptar Salvajes, que en mi opinión es una obra menor frente a El poder del perro, más propicia a las formas de Stone como director.