El Invitado ★★★

Febrero 11, 2012



Crítica de la película El Invitado

Cine de acción con nervio y dos grandes protagonistas, a veces pasado de revoluciones. El Invitado nos propone una curiosa mezcla dentro del género de acción más trepidante, que se degusta como un caramelo debido a la escasez que tenemos últimamente dentro del género y más si es de calidad. O con unos mínimos aceptables de calidad que demuestren que no nos toman por tontos. En este caso tenemos lo que podría considerarse una buddy movie, dos tipos contra el mundo y contra ellos mismos, pero pasado por el tamiz de la daga Bourne, que es sin duda el referente del cine de acción de mayor peso en la actualidad. Aquí se aprovecha todo de la saga de Matt Damon, desde la estética y la imagen a la narración. Con dispares resultados, eso sí.

Pero es cierto que el aficionado al cine de acción lleva un tiempo algo abandonado por las productoras. Me refiero al cine de acción más “clásico”, no a productos derivados que caen en la acción, como Sherlock Holmes o Misión Imposible. Una película del estilo de las mencionadas de Jason Bourne, o los últimos James Bond, La Jungla de Cristal… Cosas de esa terna. Nos lo ofrece El Invitado con una trama que implica a la CIA y un piso franco, su controlador, un invitado y un grupo de asesinos detrás de ambos. No conviene decir mucho más para que el público no vaya a la sala sabiendo demasiado. Aunque sus giros de guión sean algo toscos y previsibles.

Pero la película es como una descarga de adrenalina en vena. Ambientada en Sudáfrica, la textura con exceso de grano y demás de la que hablábamos antes, le sienta genial a la ciudad, que desde los pocos minutos se convierte en un laberinto de gente, asesinos, persecuciones y violencia, un territorio hostil del que nunca sabes de dónde puede venir el peligro (balas perdidas, coches que surgen de la nada o explotan sin previo aviso). Es una forma de darle realismo y tensión a la trama y funciona. No funcionan tan bien  las escenas de acción, montadas de esa forma que cuando se pelean dos tipos, no sabes qué demonios sucede en pantalla. Las persecuciones y tiroteos quedan mejor, pero las peleas… Cuenta pendiente de la película. Hay una en una barriada de chabolas, por la noche, que no sabes si está peleando Denzel Washington o se está apareando un león o están remodelando un piso. Cualquier opción podría ser.

Los actores principales se defienden solos con su nombre, lo mismo que los secundarios, aunque Denzel tiene un par de momentos que suele tener últimamente en sus películas en los que a su personaje, sin motivo aparente, se le va la pinza, empieza a hablar en plan jeroglífico. Reynolds ya ha demostrado con creces que es un gran actor (ojo a su primera muerte con sus propias manos), y estar acompañados de nombres como Brendan Gleeson, Vera Farmiga o Sam Shepard ayuda mucho. Aunque la presencia de Robert Patrick y Rubén Blades sea sólo testimonial, por desgracia.

Le falta algo de personalidad propia, de no mimetizar otras fuentes y ser una película por sí misma, pero supone un entretenimiento de lujo, más adulto de lo habitual, con un tono moral extraño hoy en día (los personajes amorales pagan sus deudas y esas cosas) y con mucha adrenalina y tensión.

Jesús Usero

Crítica de la película Millennium: los hombres que no amaban a las mujeres

La versión Fincher es mejor que la versión anterior y más fiel a la novela, es además más clara en su desarrollo y desenlace.

Tal y como ya expliqué cuando hablaba de la versión europea de esta misma novela, Millenium no me parece precisamente un dechado de originalidad, por mucho que  haya tenido éxito notable en las librerías de todo el mundo. Lo que sí hace es acertar a mezclar dos variantes de la narrativa policiaca, el relato whodunit estilo Agatha Christie, también conocido como “¿quién lo hizo?”, donde impera la intriga, el enigma y la resolución del mismo sobre la acción, y el relato hardboiled, enmarcado en la serie y el cine negro, protagonizado por un detective duro, metiéndose en todo tipo de enredos, al mismo borde de la frontera del crimen, a punto de saltársela e incluso dispuesto a enfrentarse a las autoridades de turno, esencialmente corruptas. Es el tipo de esquema que encontraríamos en clásicos del cine negro como El halcón maltés o El sueño eterno, si nos da por rebuscar en la filmografía esencial de Bogart, pero que también puede encontrar referentes en la esencial Retorno al pasado, o en las cronológicamente hablando más próximas Chinatown y Blade Runner.

Toda la trama de la desaparición de la joven en la poderosa familia que ficha al periodista interpretado por Daniel Craig responde al esquema del whodunit, es un enigma por resolver, lo que podríamos denominar su faceta Cluedo, tomando prestado el nombre del célebre juego de mesa. Todo lo referido a Lisbeth Salander responde al esquema del hardboiled. Lo curioso de esta nueva versión de Millenium es que deja aún más claro lo más interesante de mezclar esas propuestas de relato policial esencialmente diferentes: los papeles tradicionales repartidos por sexos están invertidos. El asunto tiene aún más relevancia si contamos con la participación de Craig, el James Bond más duro y brutal de la saga de 007, que le saca aquí el mayor partido a desmarcarse de su propia imagen (curiosamente mientras el actor encargado de interpretar ese mismo papel en la versión europea ha hecho lo mismo, pero en sentido contrario, en Misión imposible: protocolo fantasma).

Digo que los papeles están invertidos respecto a lo que tradicionalmente nos ha propuesto el relato policial porque, como se las ingenia para remarcar David Fincher con mayor pericia que en la versión anterior, Lisbeth es la encargada de proteger, ayudar, investigar y ser el brazo armado de Mikael. Lo que en el cine más clásico habría hecho el protagonista masculino lo hace en esta ocasión la protagonista femenina. Fincher utiliza las escenas de sexo para dejar eso aún más claro, después de que disparen contra Mikael, o tras la escena de la tortura. Entre otras cosas, eso hace mucho más creíble los personajes y las situaciones, no tanto porque se aleja del estereotipo, de lo previsible, sino porque responde coherentemente a la manera en que han sido construidos los dos personajes. Mikael es un periodista, no un tipo duro y callejero. La dura y la callejera es ella. Lógico es que, con independencia de su sexo, sus relaciones y participación en la investigación se reconstruyan según esos parámetros. Lo contrario, además de desleal para la definición de los personajes, sonaría falso, poco verosímil y totalmente previsible para el espectador: pura fórmula. Creo que Fincher trabaja mejor y más claramente esta inversión de papeles tradicionales del relato policíaco más clásico.

Lo que diferencia aún más la versión Fincher de la versión europea de Millenium es precisamente el tercer factor que entra a relacionarse eficazmente con esa especie de alianza o encuentro entre el relato whodunit y el relato hardboiled que ya etaba presente en la novela original y en la película anterior: el propio estilo Fincher. Desde el momento en que los dos personajes empiezan a descubrir las claves del asesinato en serie, que estaba presente también en el relato original y es la columna vertebral del mismo, al menos en la primera novela, nos damos cuenta de que esta historia encaja como una pieza más del puzzle de relatos siniestros presentes en la filmografía de David Fincher. Así, Millenium se desvela como una pariente muy cercana de títulos como Seven o Zodiac, pero además, por lo referido al enigma, encontramos huellas de The Game y El club de la lucha, tanto en lo estético como en lo argumental.

Tomemos como ejemplo el elemento más obvio que pone de manifiesto ese encaje perfecto en la filmografía de Fincher ya desde el principio: los títulos de crédito, mercuriales y potentes, tan cercanos a los de cualquier otra película del director, especialmente Seven, en su manera de desplegar parte de la historia, aunque en el caso que nos ocupa el ritmo de los mismos y la música que los complementa responda más a la personalidad de Lisbeth y presente y anticipe no al villano, como en aquella sino la compleja y tempestuosa relación que vincula a los dos protagonistas. El desarrollo creativo de los créditos encaja en el excelente uso que suele hacer Fincher de esa herramienta narrativa tantas veces desperdiciada o mal utilizada para presentar o anticipar elementos esenciales de la trama.  Es el primer ladrillo de un edificio que demuestra ser otra adaptación distinta de la novela original, comercial, sin duda, pero igualmente clasificable dentro de las claves de su director como autor.

Me ha gustado bastante la manera de respetar los momentos más escabrosos de la trama, sin recrearse en la violencia y la tortura innecesariamente, manera morbosa. Son tan brutales como deben ser, pero dejando que cada espectador recomponga el puzzle según le cuadre o prefiera, sin automutilarse pero sin dejar que esos fragmentos tengan más protagonismo del estrictamente necesario para componer el arco de desarrollo de la trama y los personajes.

Pero además hay un elemento que me ha llamado poderosamente la atención en esta versión y que no estaba presente, o al menos no tenía la importancia en la trama que se le da en ésta: el triángulo sentimental. Se construye sobre las relaciones de Mikael con Erika, la directora de la revista -Robin Wright en un papel breve pero decisivo- y da pie a dos de las imágenes más definitorias de los vínculos que se establecen entre los dos protagonistas: el plano en el que vemos a Mikael hablando en la calle frente a Lisbeth, con Erika en un segundo término, y un plano final que me parece muy superior, más resolutivo y explícito, más contundente, que el de la versión europea de la novela de Stieg Larsson.

Finalmente hay otro tema que es inevitable abordar antes de acabar este comentario: las comparaciones odiosas entre los protagonistas de la versión europea y la norteamericana. A la pregunta: ¿devora el estrellato de Daniel Craig a Mikael? Contestaría que no, muy al contrario: Craig encuentra en el juego a la contra de su imagen como 007 un elemento positivo, que da pruebas de su talento como actor y su capacidad para escapar al encasillamiento. A la pregunta:  ¿Qué Lisbeth es mejor, la de Noomi Rapace o la de Rooney Mara? Contestaría que son distintas. Ni mejor ni peor. Dos versiones diferentes de un mismo personaje, cada una ajustada al tipo de película en el que tiene que habitar. La Lisbeth de Rapace era la mejor posible para la versión europea, del mismo modo que la de Mara es la mejor imaginable para la versión norteamericana.

A modo de resumen: estamos ante una película distinta, cuyas diferencias sabrán apreciar los aficionados al buen cine, quienes se entienden que esto no es tanto un remake como una nueva versión de la novela de Stieg Larsson, en mi opinión más fiel a la misma en algunos aspectos fundamentales de la misma, y conste que no me refiero sólo a que aparezca la hija de Mikael o se haga el debido hincapié en su relación con Erika.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Attack the Block

Buena ciencia ficción al estilo británico y en plena celebración de la serie B con su propia personalidad.

Siempre digo que la propuesta británica de géneros es interesante como alternativa al cine que nos llega de Estados Unidos, y esta película lo confirma plenamente. Los propios lectores pueden sacar sus propias conclusiones después de verla por un procedimiento relativamente sencillo: comparen sus resultados con los de Super 8, una de las películas más taquilleras y que mejor aceptación consiguieron el pasado verano. Ambas tienen a la chavalería como protagonistas. Pero, obviamente, la chavalería estadounidense estilo Spielberg y años ochenta, no tiene nada que ver con los descarados sinvergüenzas que habitan esta otra fábula británica, y por supuesto su encuentro con los extraterrestres es más del estilo La guerra de los mundos o Invasores de Marte, esto es, a tiro limpio, que el domesticado y edulcorado hijo bastardo de las bestezuelas Disney que fue E.T. Y si a ello le añadimos un sentido del humor perverso asentado firmemente sobre la autoparodia y un cinismo social que se revela esencial como motor del sarcasmo, tenemos un espectáculo ciertamente apetecible que además ha sido recibido con justificada expectación por los aficionados no sólo al cine de ciencia ficción, sino también por los amigos del cine capaz de sorprender y dar buen juego como espectáculo y diversión respetando la inteligencia que se le supone a los espectadores.

El Londres marginal, el que salió ardiendo el pasado verano por un mosqueo del personal, es el paisaje en el que se desarrolla un encuentro en la tercera fase entre unos bandarras posiblemente incluso más peligrosos que los bichos que deciden visitar nuestro planeta con intenciones de okupas recalcitrantes y no deseados. El argumento se desenvuelve además con unas claves que inevitablemente parecen esgrimidas por el director como una especie de guiño u homenaje a un título de culto de la serie B norteamericana, Asalto a la comisaría del distrito 13, dirigida por John Carpenter, con los chavales librando la batalla contra los alienígenas en un bloque de pisos que se convierte en su reducto sitiado para resistir la invasión. Desde esa clave, la película se sitúa en una línea de trabajo que le dio también muy buenos resultados a otras dos producciones europeas, más concretamente galas, igualmente emparentadas a título de homenaje con la película de Carpenter: Nido de avispas, dirigida por Florent Emilio Siri en 2002, que se movía más en clave policíaca, y  La horda, dirigida por Yannick Dahan y Benjamin Rocher en 2009, que se movía más en el territorio del terror, haciendo su particular y recomendable propuesta sobre el cine de zombis.

Ambas películas podrían formar una buena trilogía con Attack the Block, que jugando las bazas de la ciencia ficción ha conseguido enamorar a los aficionados al género y al cine de serie B mostrándose orgullosa de pertenecer al mismo. Además de dirigir, Joe Cornish también se ha ocupado de escribir el guión, área esa de guionista en la que vista su contribución a títulos como Zombies Party y Arma fatal y además este trabajo cabe esperar con interés cómo ha escrito para el cine las aventuras de uno de los superhéroes Marvel más singulares, El Hombre Hormiga, miembro de Los Vengadores que es además todo un homenaje a otro clásico del género de ciencia ficción de los años cincuenta, El hombre menguante. Pero como realizador ha sabido otorgarle a los personajes la parte del león en su propuesta, sin que ello signifique que el hecho de estar al mando de una producción de serie B orgullosa de serlo, esto es, con presupuesto limitado respecto a lo que suelen gastar los norteamericanos en estas mismas peripecias, le lleve a descuidar la presentación de los efectos visuales de la parte más fantástica de su fábula. Muy al contrario: los alienígenas están muy logrados, resultan temibles e inquietantes, nos meten totalmente en la película. Lo que ocurre es que el mejor efecto especial esgrimido por Cornish está en sus frases de guión desternillantes y en un reparto que inevitablemente me ha recordado el tono de la serie de televisión Misfits, también británica y que anda ya por su tercera temporada.

De la alianza de esos elementos se nutre el principal logro de esta comedia de ciencia ficción, en mi opinión superior a Super 8, o por lo menos más madura y, lo que es aún más importante, menos previsible en su desarrollo argumental. Más descarada y provocadora en su planteamiento de entretenimiento sin complejos. Te ríes y además continuamente la reconoces como una aventura muy conseguida en el marco de la ciencia ficción. Por otra parte, va a coincidir en fechas próximas con la llegada a nuestra cartelera de otras dos producciones que de alguna manera forman parte de una manera similar de entender el cine de ciencia ficción de serie B sin ambiciones de ser lo que no es. Me refiero a Trollhunter, divertida producción noruega de fantasía de André Ovredal, y Rare Exports, coproducción entre Noruega, Finlandia, Suecia y Francia dirigida en 2010 por Jalmari Helander. Sobre ambas espero poder hablar también en esta página, pero anticipo ya que el trío que forman con Attack the Block es un interesante retorno de la serie B a una cartelera agotada de las poco estimulantes propuestas de serie A en clave fantástica o de ciencia ficción más convencional que están llegando a nuestra cartelera en los últimos tiempos. Del mismo modo, aprovecho para reclamar un espacio necesario y muy saludable para la explotación cinematográfica de este tipo de productos llegados de cinematografías distintas a la estadounidense, capaces de abrir puertas que la producción nacida en Hollywood nunca se atrevería ni a tocar, sumida en su empeño de llegar al mayor número de espectadores posibles y con la calificación por edades más amplia, la de “todos los públicos”, tan castrante algunas veces para la madurez de las propuestas argumentales y de lenguaje y situaciones vividas por los personajes.

Frente a todo ello, ya digo que Attack the Block es la alternativa más madura, descarada y desternillante de Super 8, reconociéndole a cada una sus aciertos, pero sin olvidar que ésta es más atrevida y original.

Miguel Juan Payán

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In Time ★★★

Noviembre 28, 2011

Crítica de la película In Time

Ciencia ficción interesante, reflexiona sobre el presente pintando un futuro con el tiempo como única moneda de curso legal. Visualmente elegante y estilizada, In Time tiene momentos que la acercan a Hijos de los hombres junto a otros que la ponen más próxima a Gattaca (debut en la realización del director de ésta), o Equlibrium, y juega más o menos en  la misma liga de otro título de culto del género de ciencia ficción, Días extraños, de Kathryn Bigelow.  Junto a todos estos referentes o pistas para que sepamos por dónde se mueve el tema, tiene un estilo visual que inevitablemente parece influenciado por los planteamientos de la nouvelle vague francesa, con los fantasmas de Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Al final de la escapada de Jean-Luc Godard planeando sobre esa fuga de los dos protagonistas, que bien podrían ser los bisnietos de aquella otra pareja de fugados.

Más interesante que la otra propuesta de ciencia ficción de la cartelera de esta semana, especialmente para los cinéfilos (me refiero a Acero azul, de la que también he hablado en esta misma página), In Time plantea un argumento que aún moviéndose entre los referentes citados, rápidamente encuentra su propia personalidad en una trama donde el tiempo se convierte en el pretexto para abrir las puertas a una reflexión sobre nuestro presente y las maniobras especulativas que están poniendo el mundo al borde del colapso económico.  Entramos así en una fábula que en realidad está vinculada tanto estética como narrativamente a la tradición de las distopías en la ciencia ficción, una clave más propia de 1984 de George Orwell, como dejan claro las escenas iniciales con el protagonista trabajando como un eslabón más de la cadena en la fábrica. A partir de ahí, la película se conduce con rasgos de personalidad que quedan expresados visualmente en algunos momentos claves de su trama, como la carrera contra el tiempo, nunca mejor dicho, de la madre y el hijo, el momento de suicidio o la elipsis con la que se resuelve la participación en la trama del amigo del protagonista, encarnado por Johnny Galecki (Leonard en la serie The Big Bang). Cada uno de esos momentos componen, junto con el personaje de cronopolicía interpretado por Cillian Murphy, lo mejor de la película. Junto a todo ello creo que acierta a lidiar con su principal hándicap: un argumento que es perfecto para el relato corto o el cortometraje, e incluso para un capítulo de serie de televisión, pero una vez desvelado lo básico de su propuesta –el ser humano ha alcanzado la posibilidad de la inmortalidad no envejeciendo más allá de los 25 años, algo parecido a lo que les ocurría a los personajes de La fuga de Logan, pero para ello la sociedad ha de pagar el precio de dividirse en ricos y pobres partiendo del tiempo como única moneda de curso legal, de modo que se puede traficar, robar y especular con segundos, minutos, horas, días y años-, corre el riesgo de haber consumido lo mejor y entrar en lo previsible o anodino. El punto de inflexión, esto es, el de mayor riesgo de que la película pierda fuelle al progresar más allá de su interesante planteamiento de partida, lo encontramos en el momento en que el protagonista decide ir a New Granach, el país de los ricos. No es algo nuevo en el mundo de las distopías de ciencia ficción: inevitablemente el arco de desarrollo del personaje principal está ligado a un viaje, lo que convierte esa progresión dramática en un reto, porque lo que encuentre ha de ser tan interesante como lo que deja atrás. En este caso es en ese viaje y su llegada a destino donde la película flojea un poco, habida cuenta de que además fruto del mismo será la historia de amor que marca el ritmo de la segunda parte de la fábula. El director, que como ya he dicho debutó en la realización con Gattaca y también dirigió otra fábula de ciencia ficción, Simone, además de El señor de la guerra, y en su faceta como escritor y productor estuvo igualmente implicado en El show de Tuman, sortea ese escollo tirando de las mismas armas que en esos trabajos anteriores, esto es, mediante un ejercicio de estilización de la imagen que con notable elegancia visual nos vende nuevamente la trama de la persecución y la fuga encadenando una serie de planos, escenas y secuencias que huelen al ya mencionado guiño u homenaje a la Nouvelle Vague francesa. Quizá desde el punto de vista de construcción narrativa de la historia habría sido más interesante que esa estilización hubiera venido acompañada por una mejor utilización del personaje de cronopolicía, que en mi opinión no está tan explotado como debiera y era un elemento propicio a un mayor despliegue y protagonismo en la segunda parte de la película. Le ocurre a este personaje lo mismo que al criminal ladrón de tiempo interpretado por Alex Pettyfer, por cirto en el mejor trabajo que le hemos visto hasta el momento. Ambos son herramientas un tanto desaprovechadas en el relato, especialmente en el segundo y tercer acto del mismo, donde bien administrados estos personajes habrían podido proporcionar mayor entidad y un desarrollo más amplio a la poco más que esbozada carrera criminal estilo Bonnie y Clyde que inician los dos protagonistas. Tanto el personaje de Cillian Murphy como el de Alex Pettyfer son las claves de cine negro que podrían haberle proporcionado mayor contraste al ir y venir de los protagonistas, que tal como está se queda como digo marcado por un carácter algo esquemático, casi un boceto. A pesar de todo ello la solvencia de Justin Timberlake y Amanda Seyfried para sacar adelante a sus personajes, arropada por el resto de los elementos citados previamente, hacen de  In Time una propuesta de cine de ciencia ficción bastante interesante que además nos propone una puesta en escena elegante y resolutiva, bien aplicada a una fábula futurista que debería darnos mucho que pensar sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo ahora mismo a la sombra de la crisis.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Asesinos de élite

Potente propuesta de cine de acción e intriga con sabor a cine de los setenta y secuencias espectaculares. Asesinos de élite es cita ineludible para los que seguimos pensando que el cine trepidante tiene un sitio entre los títulos interesantes de cada temporada y merece ocupar un puesto destacado en la cartelera como herramienta de diversión y evasión rodada con calidad.

Basada en parte en hechos reales y tomando como punto de partida el libro de Ranulp Fiennes, miembro de las SAS, fuerzas especiales del ejército británico, que participó en una misión de eliminación de los miembros de la familia de un jeque para facilitar una maniobra de gestión y control del petróleo, Asesinos de élite no tiene nada que ver con aquella otra película de Sam Peckimpah titulada The Killer Elite, que en España conocimos como Los aristócratas del crimen, filmada allá por 1975 y que a decir verdad resultó ser una de las más flojas del director de Grupo salvaje o La huida. Sin embargo comparte con ella la profesión arriesgada de sus protagonistas, que también tienen cierto aire familiar a los que protagonizaron otra película con Robert De Niro en el reparto, Ronin, dirigida en 1998 por John Frankenheimer.

La historia arranca en los años 80, un retorno al pasado que nos sitúa en un momento de caos geopolítico y facilita el caldo de cultivo para la primera escena del largometraje, que gira en torno a un asesinato que permite comprobar el pulso firme y la solvencia con la que el director va a manejar las secuencias de acción de una película que en contra de lo que pudiera sospecharse no va a volcarse sólo en lo trepidante, sino que prefiere seguir una fórmula más próxima a la de la saga de Jason Bourne, haciendo que la acción sea el complemento de una competente trama de intriga. Para ello el director ha elegido una estrategia que no suele fallar: el protagonismo bicefálico. Esto es: la trama queda dividida según dos protagonistas principales que lógicamente están en lados opuestos de la misma y por tanto se enfrentan durante todo el metraje.

Por un lado tenemos al asesino a sueldo encarnado por Jason Statham, que sale de su retiro dejándose en el horno sentimental una relación a medio cocer para ayudar a su mentor y colega, interpretado por Robert De Niro en uno de los papeles de secundario-estrella más sólido que le hemos visto en los últimos años, auténtico eco de sus personajes más completos de antaño, y que además se complementa con buena química con Jason Statham. Dicho sea de paso, sobre éste último después de Blitz y de Asesinos de élite va llegando la hora de que sus detractores más recalcitrantes empiecen a reconocerle talento y méritos que le ponen por encima del simple monigote de acción trepidante.

En el otro extremo tenemos a un ex militar veterano de las fuerzas especiales británicas al que da vida Clive Owen, empeñado en proteger a las víctimas del nuevo encargo del asesino, un grupo de comandos de las SAS.

La película se construye por tanto como un juego de caza del gato y el ratón, con Owen ocupándose casi siempre de la parte más ceñida a las claves de la intriga, en un registro similar al que ya cubriera en The International: dinero en la sombra, y que le encaja como un guante. Mientras Statham hace lo que mejor sabe hacer, habitar en las claves de la acción. La bicefalia permite además que cada uno de estos dos protagonistas incursione en el territorio del otro, generando una tensión que añade partes de intriga en la sucesión de asesinatos que va cometiendo el personaje de Statham del mismo modo que el de Owen incursiona en momentos de acción, hasta que ambos acaban cruzándose, dando lugar a un varios enfrentamientos filmados con la misma energía intensa de frenético intercambio de golpes que caracteriza los combates incluidos en la saga de Jason Bourne. En ese juego del ratón y el gato no hay buenos ni malos, sino que todos son lo que afirma el título de la película, asesinos.

Hombre, está claro que no estamos ante un ejercicio de intriga del nivel de la excelente Munich de Steven Spielberg, pero sí se trata de una competente película de intriga y acción bastante completa y con un ritmo que en ocasiones recuerda el de destacadas muestras del género en los años setenta, como Scorpio (Michael Winner, 1973), o algunas intrigas del policíaco británico protagonizadas en esa misma década por Michael Caine, como Asesino implacable (1971) o El molino negro (1974). Además, como ya he dicho, me recuerda otro buen ejemplo intriga y acción de los noventa, Ronin y a caballo entre ambas cosas, por completar la telaraña de referencias que me vinieron a la memoria mientras la veía, también Chacal, con un ritmo a medio camino entre la gran versión dirigida por Fred Zinnemann en 1973 y la actualización rodada por Michael Caton-Jones en 1997 con Bruce Willis y Richard Gere (otro caso de protagonismo bicefálico) al frente del reparto.

“Matar es fácil. Vivir con ello es lo difícil”, afirma uno de los personajes en esta recuperación del cine de intriga y acción con claves sólidas y sin tomarle el pelo al público, con actores que convencen y ayudan a que aceptemos sus personajes aportando verosimilitud a la trama. Si es caso, falla algo ese empeño algo reiterativo de utilizar el flashback para construir una historia de amor que resulta ajena al resto, como impuesta a título de adorno de cara a la taquilla, aunque  ciertamente sirva para darle a De Niro la oportunidad de lucirse en la escena de la persecución en el metro, una de las mejores de la película, lo cual redime todo el embrollo sentimental que le buscan al personaje de Statham y prácticamente hasta ese momento podíamos pensar que no viene a cuento. Casi se diría que la película contiene una especie de reconocimiento de la flojera que afecta a esos flashbacks sentimentales sin los que podría pasar perfectamente el resto de la trama en ese diálogo donde un personaje le dice a otro: “Enséñame una mujer guapa y te enseñaré a un hombre hasta las narices de la chica”.

En todo caso puede perdonársele esa innecesaria guinda romántica porque toda la parte de intriga y acción es sólida, está bien servida y es interesante.

Miguel Juan Payán

Un Golpe de Altura ★★

Noviembre 06, 2011



Crítica de la película Un Golpe de Altura

Una blandita comedia la que ha unido a dos de los más importantes actores del género de las últimas tres décadas, Ben Stiller y Eddie Murphy. Blandita, más que nada, porque partía de una historia que podía haber dado mucho más juego tal y como está el patio, pero que los responsables han dejado pasar para centrarse en las “peculiaridades” de los personajes, en sus limitados frikismos, tratando de que ellos lleven el humor a la película, sin darse cuenta de que el humor está en la situación límite que lleva a estos personajes a hacer lo que hacen.

La historia de un grupo de currantes que pierden todos sus ahorros cuando la persona en la que confiaron, un tiburón de Wall Street, se descubre como un timador que ha malversado fondos durante años y lo ha perdido todo. Trabajadores en el edificio donde el villano vive, la extrema situación les lleva a intentar un robo a lo Ocean’s Eleven para recuperar lo que es suyo, contando con la experiencia de un ladrón de la calle. Como he dicho antes, esa historia, tal y como está el patio, daba mucho pie a una película sobre las diferencias entre ricos y pobres que se han ampliado en los últimos años, para ser un poco más ácida, tener más mala uva y plantar cara a los poderosos con algo de ingenio.

Resulta que, al final, quienes hacen la película son también del grupo de poderosos y prefieren no hacer sangre en la herida abierta ni forzar la situación, buscando siempre salidas (o casi siempre, el intento de suicidio es un punto dramático interesante), que tiren por el camino de un reparto plagado de rostros muy populares y con mucho talento, antes de por el de la historia, bastante sencillita.

Tampoco es que fuese imprescindible hacer la comedia del siglo, pero la mala baba siempre le sienta bien a la comedia, y su ausencia se nota. Además si hubiesen optado por convertir esa ausencia de mala leche en un humor igualmente efectivo ni se notaría, pero resulta que la película adolece de humor en muchas partes del relato, dejando todo en una película sobre un robo aseada, decente, pero con pocas risas, menos de las prometidas. Para ser una comedia es menos divertida de lo que debería y tarda demasiado en entrar en faena. Cuando la película funciona de verdad es cuando se prepara y ejecuta el robo, algo que queda lastrado por un primer acto demasiado largo.

Y con todo la película nunca llega a aburrir. Es simpática, pero poco más. Creí que nunca iba a decir esto, pero se echa en falta más tiempo en pantalla de Eddie Murphy, que sabe hacerse el rey de la función con lo poco que le dan, mientras los demás, por talento o galones (caso de Alan Alda o Matthew Broderick, por poner sólo dos ejemplos) sacan adelante la película sin despeinarse.

Pero siempre queda la sensación de que podía haber sido una película mucho más divertida.

Jesús Usero

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Crítica de la película La Cosa (The Thing)

Más atinada de lo que me esperaba, esta precuela de La Cosa, celebrada película de John Carpenter que sigue siendo una de las obras maestras del cine de terror de los ochenta, no puede superar a su predecesora, pero ha encontrado su propio camino para desarrollarse como una mirada no exenta de nostalgia hacia el cine “gore” y los relámpagos de tortuosa imaginación terrorífica acogidos a la sombra de H.P. Lovecraft que la convierten en una pieza digna dentro de la mitología de la temible criatura enterrada en los hielos.

Cierto es que habría sido preferible que hubieran dejado a Carpenter continuar su obra, aportándole el dinero necesario para filmar esa esperada secuela de La Cosa, “su” Cosa, con submarinos soviéticos incluidos y que incluso llegó a contar con una versión en cómic de la que hablaré en algún otro momento. Pero defiendo como entretenimiento de terror curioso esta nueva  visita a los orígenes de aquella película de Carpenter nacida a principios de los años ochenta con el estigma o mandato de tener que prolongar o meter la cuchara para rebañar el éxito de Alien, de Ridley Scott, con la que inevitable e injustamente fue comparada. ¿El motivo de esta defensa? Lo asumo: en un elevado tanto por ciento, nostalgia por el cine de los ochenta (y a juzgar por el éxito que ha tenido entre nuestros lectores Super 8, no debo ser el único).  Insisto: esta nueva Cosa no es la de Carpenter, pero funciona bien como eco o espejo de aquella, sin aportar nada realmente nuevo más que un relato conciso de los acontecimientos que preceden a los narrados a partir del momento en que aparece el perro perdido por el helicóptero en la película de los ochenta. Ojo: he dicho como espejo, y sin aportar nada realmente nuevo. Lo que ocurre es que, para mi gusto, está más ceñida a los aspectos positivos de la manera en que se planteaba el terror hace dos décadas que a lo que se hace en la actualidad con los géneros, y por ahí, lo reconozco nuevamente, me pilla en positivo a consecuencia de cierta nostalgia. Confieso que el terror, tal como se fabrica hoy en día en la factoría de Hollywood, no acaba de impresionarme, y ésta, sin ponerme la piel de gallina, me recuerda a ratos, y sobre todo por el tiempo que se toma en planificar la intriga y el estallido final de criaturas imposibles, como digo relámpagos a la sombra de los monstruos lovecraftianos. Esas formas terroríficas me llaman la atención como ejemplares fuera del tiempo, ceñidos a los planteamientos visuales del original a la hora de fabricar su monstruo, y agradezco el guiño.

Ahora bien, en lo negativo, hay que apuntarle a esta Cosa varios asuntos. El primero es que no consigue replicar las claves de intensidad paranoica que lucieron las dos películas anteriores sobre el mismo asunto, el clásico en blanco y negro de los años cincuenta y el dirigido por Carpenter a principios de los ochenta. En algunos momentos casi parece ir a conseguirlo, y es por ahí por donde encuentra su propio camino para desarrollarse y encontrar un hueco propio, por ejemplo en la escena de “interrogatorio” mirando empastes… pero realmente no llega a dedicarle ni el tiempo ni el empeño necesario en el guión para que, como sucedía en los dos precedentes, la paranoia y el miedo de los propios seres humanos atrapados en esa situación y sospechando de sus prójimos se convierta en el verdadero monstruo de la película.

El segundo punto negativo que le reprocho estuvo a punto de convertirse en uno positivo… pero en mi opinión no lo logró. Sin conseguir recrear esa atmósfera de miedo, que además en un momento social, político y económico podría haber sido un excelente espejo de las señas de identidad de nuestra realidad cotidiana, a la película le quedaba entrar en la dinámica de algunas secuelas entretenidas, y especialmente parecía ir a tomar en su tramo final el camino de Depredador 2… Pero incluso en esa fase final le faltó el valor para convertir la expedición a las entrañas del problema, por decirlo así y para no destripar nada, en una pesadilla visual capaz de envolvernos. Si hubiera funcionado en ese tercer acto con algo más de metraje y mucha más intensidad, podríamos haber tenido un buen espectáculo. Pero parecen faltarle ganas para conseguir construir esa fase final de pesadilla total, o al menos tirar por lo espectacular y añadir un ladrillo más a la mitología y el universo fantástico de La Cosa.

Tal como está me parece una película entretenida, eficaz en buena parte de su metraje, que encuentra un hueco, menor pero hueco al fin, en el edificio fantástico de la criatura a la que mucho mejor partido sacó John Carpenter en los ochenta, en una versión que sigue siendo superior a ésta que ahora se nos propone. Ahora bien, lanzo una pregunta al lector, visto que a La Cosa de John Carpenter también la compararon, en desventaja en el momento de su estreno, con la versión de los años cincuenta, considerada mítica, y teniendo en cuenta que posteriormente la hemos considerado, por sus méritos, como título de culto: ¿es justo comparar esta secuela con la película de Carpenter? Cierto es que no la supera, pero hagan el ejercicio de apartarla de la sombra de la misma, de intentar olvidarse de la versión Carpenter durante el metraje y quizá así se expliquen por qué me ha convencido más de lo que me esperaba. Contemplada de ese modo, La Cosa de 2011 me parece un digno espectáculo de terror. De ahí las tres estrellas que le he puesto. Me lo pasé bien véndola, aunque al final le habría exigido algo más.

Miguel Juan Payán

Jaume Balagueró le da otra vuelta de tuerca al género de intriga con sus gotas de terror, algo que parecía imposible, o como mínimo muy difícil, consiguiendo que en Mientras duermes nos identifiquemos con la figura del monstruo, la amenaza, el motor del miedo en el relato. Vemos toda la trama a través de los ojos del portero protagonista de esta historia, hombre siniestro,  pero que nos expone sus justificaciones desde el principio y a partir de ese momento no va a dejar que nos escapemos de la trama, obligándonos a seguirle en su tortuosa senda de acoso a sus víctimas.

Balagueró saca petróleo con elementos mínimos y una sencillez elegante al tratar el cine de género, construyendo una trama en la que se dejan ver influencias de los terrores de interior de la filmografía de Polanski, como Repulsión (llevando un poco  más allá en lo sangriento la escena de asesinato en la bañera) o El quimérico inquilino, y a medida que avanza el relato deja que el ritmo se vaya acelerando en unas claves que nos recuerdan el cine de Alfred Hitchcock, y más concretamente Psicosis (salvo que Mientras duermes consigue que nos identifiquemos con el monstruo desde el principio y lo veamos todo a través de sus ojos, incluso temiendo que le descubran en sus miserables maquinaciones, con esos planos bajo la cama de su principal víctima, mientras que nuestra identificación con el temible Norman era más inocente, pues en principio desconocíamos su verdadera naturaleza como amenaza). Incluso estamos atrapados en esa inquietante identificación con el agente del terror a través del humor (su entrada en el apartamento infestado con su fingido desconocimiento del lugar, por ejemplo). De ese modo, nos ocurre algo similar a lo que sucede con el protagonista de un clásico, Pickpocket, de Robert Bresson: nos identificamos plenamente con el protagonista. Sabemos que es un tipo miserable, pero de la misma manera que él no puede escapar de esa ausencia absoluta de felicidad en su vida, nosotros no podemos escapar durante la proyección de sus actos, de manera que en cierto modo somos también un poco sus víctimas.

Destaca también la manera astuta en la que Balagueró dosifica las claves de su fábula, narrada totalmente en interiores en los cuales estamos encerrados con la amenaza y con sus víctimas, como si no pudiéramos escapar. Una clave aplicada, pero con otra fórmula y resultados totalmente distintos, en la saga de REC. La herramienta para ello es la cotidianeidad, elemento esencial para asentar las buenas fábulas de terror, como aquí ocurre. El director nos muestra en varias ocasiones la cotidianeidad de sus personajes a primera hora de la mañana, dejando que nos confiemos en esas vidas ajenas, antes de apretar el acelerador y conducirnos a un ritmo más acelerado hasta los acontecimientos que van a precipitar la tragedia haciendo que se haga plenamente presente la amenaza.

En todo ello tiene Balagueró unos aliados esenciales: los actores. Luis Tosar, Marta Etura y el resto del reparto son las mejores herramientas del director  para sembrar la inquietud  en el espectador, junto con un juego de iluminación y trabajo con el espacio que como he comentado me recuerda los terrores en interior de Polanski.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Johnny English Returns

Siempre hemos oído hablar de las virtudes del humor británico. De la inteligencia, la acidez, el humor satírico y la brillantez del humor inglés, como una de las grandes fuentes cómicas de nuestros tiempos, de la que, es cierto y no cabe duda, han surgido nombres como los Monty Python, Ricky Gervais, Matt Lucas o, para qué negarlo, también Rowan Atkinson. Gente capaz de hacer reír en medio mundo y que, habitualmente, comenzaron en la televisión para hacer reír con alguna sátira bastante acertada y luego, con mayor o menor fortuna, dieron el salto al cine.

Aunque el paradigma de este modelo siempre sean los míticos y geniales Monty Python, a día de hoy el modelo de más éxito y quizá el más brillante, ha sido el de Ricky Gervais, con un sentido del humor ácido e inteligente, que ha sabido hacer un análisis brillante de la vida y la sociedad no sólo británica, sino del mundo occidental con series como The Office o Extras. Atkinson no le anda a la zaga en éxito y repercusión mediática, aunque su sentido del humor, al menos por el que es más conocido en todo el mundo, se aleja bastante del de Gervais para ser algo más zafio, más vulgar y, quizá por ello, más popular. Y eso que aunque el papel por el que le conocemos en todo el mundo y por el que siempre será recordado sea el de Mr. Bean, sus comienzos y el papel que más veces ha interpretado sea el del protagonista de La Víbora Negra, una sátira brillante y corrosiva bastante alejada del humor de Mr.Bean.

Y sí, es cierto también, que en sus orígenes Bean era un personaje bastante salvaje y poco comedido, un tipo ruin y rastrero, tacaño y egoísta, que, pese a todo, se ganaba nuestras simpatías por su falta de vergüenza. Luego el cine se encargó de poner las cosas en su sitio con dos adaptaciones poco inspiradas y carentes de la mala uva de la serie de televisión. Algo parecido ocurrió con la primera Johnny English, donde el sentido del humor de Atkinson parecía haber evolucionado, dejando de lado toda la parte satírica de sus años de juventud, para dejarlo todo en el humor físico y el absurdo, aunque no terminaban de cuajar.

No me entiendan mal, es un humor tan válido como cualquier otro siempre que haga reír. Pero es irónico que los ingleses siempre presuman de su humor inteligente, para que todo se reduzca a un par de caídas, situaciones incómodas y la cara de un tipo que, con sólo fruncir el ceño, ya consigue que esbocemos una sonrisa. Un “clown”, un payaso, con todo el respeto del mundo. Pero esto no es La Víbora Negra. Ni por asomo. Lo que nos venden como una sátira sobre el cine de espías es, en realidad, una comedia física y absurda que bien podría haber protagonizado un Kevin James al uso si se hubiese rodado en USA.

Y si alguien se pregunta si una secuela de Johnny English (¿alguien la recuerda?) era necesaria, sólo hay que pensar que apenas costó 30 millones y recaudó 129 en todo el mundo. Sólo en España rozó los 6 millones de euros. Lo que me sorprende no es la secuela, es que hayan tardado ocho años en sacarla. Tampoco es que precisamente hayan estado trabajando en el guión… O no lo parece. Repito, puede estar ambientada en el mundo de los espías y hacer parodia de algunas cosas como los créditos iniciales o la chulería típica de Bond. Es una máscara. Su humor reside en las situaciones ridículas en las que se mete el protagonista, su peculiar torpeza, su estupidez camuflada de supuesta arrogancia, y su humor físico, lleno de caídas, golpes y similares.

Lo que sí se puede decir de Johnny English Returns es que es bastante más divertida que su primera entrega, que apenas contenía un par de sonrisas en todo su metraje, quizá demasiado absurdo, quizá demasiado infantil. Aquí el humor funciona de maravilla en escenas como la persecución en China (verdaderamente hilarante), el campo de golf, la pelea final en el teleférico… son escenas cargadas de ese humor que hacen reír. Y lo consiguen sin despeinarse.

El problema son los huecos entre esas escenas, en los que la película parece empeñada en tomarse en serio a sí misma como si realmente hiciese falta. No funcionan, no aportan nada, realmente no hay parodia del cine tipo James Bond o la saga de Jason Bourne, y además dejan claro que si hubiesen hecho un episodio de una serie de media hora, les hubiese quedado algo redondo. Se nota alargado hasta la saciedad, como lo de la asesina de la limpieza, que llega un momento en el que pierde su gracia inicial.

Y además desaprovecha su reparto, dejando como meras comparsas presencias tan interesantes como las de Gillian Anderson, Rosamund Pike o Richard Schiff, que debió rodar lo suyo en un día o algo así, pese a que en los créditos aparece de forma prominente. Es una pena porque podía haber sacado jugo de unos actores entregados a un proyecto en el que saben que lo único que importa es pasárselo en grande para que el espectador también se lo pase en grande.

En definitiva, Johnny English Returns supone el regreso de Rowan Atkinson al cine tras varios años de casi desaparición de las pantallas, con una comedia hecha a su medida pero lejos de sus mejores momentos. Sencilla, aseada y divertida por momentos, pero completamente olvidable. Sabe mal que esos momentos realmente hilarantes no sean más habituales durante el metraje, que no encuentre nunca un tono más inteligente o que desaproveche algunos rostros populares. Pero tampoco es para rasgarse las vestiduras. Es lo que es y da lo que promete. Tampoco creo que los fans del actor o el personaje vayan pidiendo otra cosa.

Jesús Usero

 

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Crítica de la película El árbol de la vida

Posiblemente Terrence Malick sea uno de los directores más peculiares, únicos e inclasificables que quedan. Un tipo que pasó 20 años retirado del cine simplemente para dedicarse a dar clases en Francia. Ha declinado dirigir películas como El Hombre Elefante, por ejemplo, y cuando se involucra en un proyecto, que suele ser muy de cuando en cuando, lo hace de una forma única y tan personal que no es difícil identificar sus películas de todas las demás. Es un personaje complejo y único dentro de Hollywood, donde lo habitual es que se produzcan películas como churros y que un director no haya terminado de completar un proyecto cuando ya está embarcándose en el siguiente.

En cierta medida su persona recuerda a la de Stanley Kubrick, aunque normalmente la gente que lo conoce dice que es una persona amable y encantadora, humilde y dulce, muy alejada de la figura de Kubrick. Pero sí hay algunos paralelismos en su manera de entender y acercarse al cine por parte de ambos. Al menos en El Árbol de la Vida, porque durante las más de dos horas de proyección no podía quitarme de la cabeza la obra maestra de Kubrick 2001, Odisea en el Espacio. Quizá sean imaginaciones mías pero creo que a fin de cuentas hay ciertos paralelismos entre ambas películas y que ambas terminan hablando de temas similares. O al menos eso me ha parecido a mí.

Una advertencia antes de ver la película. No es una película fácil de ver. No sólo por la complejidad de la historia que se nos cuenta, que en principio podría ser la más sencilla del mundo, sino por cómo se nos cuenta. Es una película complicada de ver y de asimilar. En ocasiones hipnótica, en ocasiones incómoda. Muchas veces profunda y otras veces ligera como esas cortinas y sábanas tras las que tantas cosas suceden en la pantalla. Su forma de plantearnos la historia, su forma de enredarnos inconexamente en la vida de esta familia, sus continuos saltos en el tiempo sin previo aviso… Todo ello la convierten en una película densa, en el mejor sentido de la palabra. Un film que hay que desgranar y pelar casi como si se tratase de una cebolla. Capa a capa.

También, como bien decía hace unos días mi compañero Miguel Juan Payán, no conviene guiarse por las estrellas que le he puesto en la crítica, entre otras cosas porque no son estas cuatro estrellas las mismas que puedo darle a una película como La Deuda, y porque no serían las mismas que le diese mi compañero.

Siempre me ha maravillado de Terrence Malick la habilidad que tiene para convertir las imágenes en poesía. Es un director de arte y ensayo, alejado completamente de los parámetros más comerciales, que cuenta historias de una forma tan portentosa y única que, incluso cuando no gusta, no se le puede negar su talento. Aquí aprovecha para contarnos la historia de una familia, o más concretamente del hijo mayor de la misma, a lo largo de su infancia, pasando por una horrible tragedia, hasta el presente, en el que intenta reconectar con su padre, con el que tiene una relación tortuosa.

Cuando la historia es tan inconexa y da los saltos que da, lo que menos importa, realmente, son los diálogos. O, mejor dicho, los pocos diálogos que hay importan muchísimo, pero la película no los emplea casi para narrar la historia. El Árbol de la Vida transcurre entre imágenes y sonidos, entre música y silencios, con la intención de componer una sinfonía, una banda sonora particular para esta historia pequeña, que acaba convertida en la historia de la vida. Desde los orígenes del mundo, literalmente.

La forma en que Malick mueve la cámara (casi continuamente pero para narrar), el poder de la luz, sobre todo en una casa siempre iluminada que esconde tanta oscuridad y tristeza. La puesta en escena, el poder de las imágenes, la iluminación… todo ello pesa tanto como la historia y es lo que hace que, por ejemplo, las interpretaciones de los actores sean casi lo de menos. Teniendo en cuenta, eso sí, que Brad Pitt como el padre y Jessica Chastain como la madre están brillantes, lo mismo que Hunter McCracken como el joven Jack. La pena es que la presencia de Sean Penn casi parezca un cameo.

Y toda esa complejidad y esa densidad narrativa, toda esa fuerza, para contar una historia de padres e hijos. Padres que no entienden a sus hijos e hijos que no perdonan a sus padres. Como después de todo, desde el origen del universo hasta ahora, todo se reduce a padres e hijos. Ese árbol de la vida que lleva tanto tiempo ahí y sigue creciendo con ramas nuevas. De cómo siempre acabamos pareciéndonos a nuestros padres, incluso más de lo que desearíamos. Y de cómo la tragedia nos marca por igual. A fin de cuentas todos pertenecemos a ese árbol.

Aunque nadie es perfecto y a Malick se le va un poco la mano con tanta milonga sobre el origen del mundo y demás. La película acaba siendo demasiado inaccesible para el público y no deja que cualquiera pueda disfrutarla. Porque es demasiado densa (aquí en el mal sentido de la palabra). Y confunde a veces complicada con compleja. Acaba siendo más complicada de lo que debería, creyendo que eso la hace más compleja. Le sobra algo de metraje y algo de intelectual. Debería ser más emocional que cerebral, lo que hace que a veces parezca una película fría y distante. O incluso aburrida y contemplativa.

Entre medias nos queda una película poderosa y especial. Diferente. Una película que plantea preguntas complicadas, esas que un hijo le hace a su padre sin que este sepa responderlas. Espiritual e incluso llena de fe. Una melodía arrastrada por las imágenes y la música que nos habla del principio y del fin. De lo terrenal y de nuestro propio cielo. Del perdón y la esperanza. Fascinante, bella e indescriptible.

Ahora, como una vaya buscando la última de Jackie Chan, lo lleva claro.

Jesús Usero