Crítica de la película Fight Night (Noche de miedo)

Una nueva versión del original totalmente prescindible, actualización sin la poca gracia que tenía el original rodado en 1985 por Tom Holland y que para ser sincero tampoco me pareció tan interesante o apreciable como al público más joven de aquella época, que apoyó la película en la cartelera con empeño suficiente como para conseguir que se rodara una segunda parte, Noche de miedo II, en 1988.

En su momento la versión original de Noche de miedo no me interesaba porque las comparaciones son siempre odiosas, pero inevitables, y en la frontera con la década de los setenta incluso la televisión había sido capaz de rodar una serie de tema vampírico inspirada en una novela de Stephen King que manejaba claves similares pero me parecía más inquietante, El misterio de Salem´s Lot (1979), estrenada en los cines españoles en una versión recortada como largometraje con el peregrino y oportunista título de Phantasma II, aunque no tenía nada que ver con la película Phantasma, de Don Coscarelli, que había hecho furor en la taquilla suscitando el intento de rebañar el cazo por parte de la distribuidora disfrazando esa otra producción como secuela. Además, metidos ya de lleno en la década de los ochenta, el cine propuso una película más siniestra sobre el asunto que dejaba convertida Noche de miedo en un juego de niños. Me refiero a Los viajeros de la noche, dirigida por Kathryn Bigelow en 1987, el mismo año que llegó a la cartelera otra fantasía adolescente con tema vampírico que me parecía también más jugosa, Jóvenes ocultos, dirigida por Joel Schumacher (antes de prostituir la saga de Batman). Frente a estas dos, Noche de miedo era la versión del asunto al estilo Los Goonies, aunque tenía algunos momentos particularmente siniestros, como la transformación del amiguete que en la nueva versión han desaparecido.

Así que lo primero que me pregunté cuando me enteré de este remake fue ¿para qué, si las otras dos películas originales tampoco eran nada del otro mundo? Después de ver ésta he dado en contestarme que al menos ha hecho buenas a aquellas, sin aportar nada nuevo a las mismas, excepto algunos efectismos para aprovechar el 3D.

Lo segundo que me pregunté: ¿por qué Colin Farrell para el papel del vampiro con el que Chris Sarandon se apañó mucho mejor en el original? Farrell muerde manzanas como si le fuera el alma en ello y pone cara de perverso, pero lo que le sale es una caricatura de malo de opereta. No me lo creo en ninguno de sus momentos de villano “malote”. Dado que soy heterosapiens, tampoco me pone nada. Desconozco por ello la impresión que pueda causar en las féminas o en los espectadores gays, pero por las reacciones del personal femenino que ha visto conmigo la película sospecho que lo de ejercer de “símbolo sexual” no es suficiente para convencerlas tampoco a ellas/os, por mucho que a la hora de mover publicitariamente la película los responsables de su explotación en España hayan tirado por el mismo camino de Jennifer´s Body, que explotaba el gancho de Megan Fox. La diferencia es que aquella película, además de a Megan Fox, tenía unas cuantas cosas curiosas y un juego con las claves del terror tocado por la sátira de las cuales Noche de miedo carece, por mucho que se empeñen en decirnos que Colin Farrell “las mata callando”.  Dicho sea de paso, viendo a Farrell con los colmillos me he acordado de Brad Pitt o Tom Cruise en Entrevista con el vampiro, y francamente, aunque es otro registro, no hay color.

Poco puede hacer la solvencia de Anton Yelchin para equilibrar el error de reparto de Farrell, y como a Toni Collette tampoco le dan mucha bola y la desperdician y David Tennant se incorpora tarde al asunto, no quedan muchas salidas para que la película funcione. En su primera parte es previsible y moderadamente aburrida. Luego llega Tennant, el mejor Doctor Who de fechas recientes, pero su papel es de corte secundario. Claro, cuando encima lee uno que el asunto está clasificado como comedia y repara en que no se ha reído nada, queda perplejo.

Llegados a este punto, me pasa lo mismo que con la versión original, que sale perdiendo en todas las comparaciones porque se estrena en una época en que se han estrenado cosas más curiosas sobre el tema vampírico como Daybreakers o El sicario de Dios, sin alzar mucho el listón. Si queremos poner el listón más alto, tenemos Stake Land, una joya. Junto a todas ellas, Noche de miedo no consigue el aprobado ni como entretenimiento.

Al final la fantasía juvenil de perder a la novieta maciza en manos de competidores más experimentados o simplemente más sinvergüenzas, una especie de terror adolescente que por la cantidad de películas que se han rodado en torno a este tema en Estados Unidos debe ser una de las pesadillas recurrentes de la chavalería de allí en relación al sexo (la escena del ósculo-mordida en medio de la discoteca es especialmente significativa), se queda algo caduca, porque el tiempo no pasa en balde, y los ochenta están ya demasiado lejos para que se pueda repetir casi la misma fórmula paso por paso y pensar que va a funcionar en nuestros tiempos, incluso si ese miedo a hacer el panoli y dejar que te limpien al ligue sigue anidando en los recovecos más oscuros de los complejos adolescentes. Y lo peor es que en esta nueva versión no veo el sentido del humor por ningún sitio (como no sea en la caricatura de Peter Vincent que hace Tennant, destrozando por otra parte el entrañable personaje creado en el original por Roddy McDowall, que era un homenaje a los grandes caballeros del cine de terror, como Boris Karloff o Vincent Price).

A modo de pista final, una frase del propio Peter Vincent(Tennant) que habla por sí misma de lo poco que se han currado el guión y el diálogo: “los vampiros no piensan con claridad cuando se están quemando”. ¡Nos ha jodido mayo con sus flores! Ni los vampiros, ni mi vecina, ni el fontanero, ni el perro de mi vecina, ni el sexador de pollos, ni las cucarachas, ni la madre que parió al fantasma de la ópera piensan bien cuando se están quemando vivos…

Total, muy flojilla y un flaco favor para la carrera de Farrell.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película La Piel que Habito

Dejando de lado filias y fobias personales de cada uno de nosotros, que al final de cuentas son las que nos llevan a ver una película o a que termine por gustarnos, hay que reconocerle a Almodóvar que es uno de los grandes directores españoles de nuestro tiempo. No sólo porque gran parte de la crítica, con o sin razón muchas veces, se desviva por todas y cada una de las películas del director manchego, ni porque recauden más o menos dinero en la taquilla, que también suelen hacerlo. Es su forma de entender y hacer cine lo que lo convierte en un valor tan importante para el cine español.

El hecho de que cada una de sus películas sea un evento dentro y fuera de nuestras fronteras (cada vez más fuera), que su cine cree escuela, que haya actores y actrices que se desviven por trabajar con él, que sus películas pasen a ser parte de la cultura popular en muchos casos… Todo eso lo convierte en uno de los grandes valores de nuestro cine, sin casi discusión. Puede gustarnos o no, y aquí la discusión puede alargarse en el tiempo todo lo que deseemos. Su cine puede interesarnos, dejarnos indiferentes, gustarnos o aburrirnos. Pero su importancia dentro de nuestro cine… eso no debería quitársele nunca. Algo bastante habitual, por cierto, ya que, desde que ganó el Oscar, Almodóvar tiene más seguidores fuera de España que dentro. Será la envidia, será el ego… No lo sé, pero es cierto que parte del público y la crítica nacional lleva un tiempo aprovechando la mínima ocasión para atacarle.

Puede gustarnos o no su cine, pero Almodóvar tiene una manera de contar historias visualmente poderosa, unida a sus peculiares guiones a un cuidado trabajo técnico, normalmente impecable. Quizá su particular universo, ese tan reconocible y que hace sus películas tan personales y a la vez tan difíciles de imitar, no sea del gusto de todo el mundo, pero hay mucha inteligencia y mucho talento detrás de sus películas. Con La Piel que Habito ha ido un poco más lejos para añadir nuevas aristas a su cine. Nuevos puntos de vista, si lo prefieren, a algo tan interesante como una película de género.

Porque la última película del director es una película de género, o de muchos géneros mezclados en su peculiar batidora para dar como resultado una película absorbente, única, diferente y que no deja indiferente. No hay forma de eludir sus imágenes y su trama, su puesta en escena y la forma de narrar esta historia sobre una obsesión y una venganza, sobre la locura y también la cordura, sobre lo enfermizo y lo malsano. Pero también lo bello. Cine negro, inquietante, perturbador, con gotas de ciencia ficción y a la vez con todo lo que hace las películas de Almodóvar únicas. Hay de todo en esta poderosa cinta que, como he dicho, no va a dejar a nadie indiferente.

Sorprende de inicio que la trama empieza situándose en un futuro cercano, 2012, pero un futuro a fin de cuentas. No es nuestro tiempo, parecen querer decirnos, no es el presente. Es el futuro, un paso de ciencia ficción (hay cosas que recuerdan a las primeras películas de Amenábar), cercana, realista si lo prefieren, pero ahí queda patente desde los primeros compases y desde la primera vez que nos asomamos al trabajo del médico al que interpreta Antonio Banderas, un hombre con una misión. Con una obsesión. Sin que importe a dónde le lleve su particular venganza por lo que le sucedió a su hija, ni lo que se lleva por delante en el camino. O a quien y lo que le hace.

No he tenido ocasión de leer la novela original en la que se basa la película, pero al parecer llevaba en la cabeza del director bastante tiempo, lo que le llevó a reescribirla en varias ocasiones hasta encontrar la fórmula perfecta para contarla en la gran pantalla. O al menos casi perfecta.

En los tiempos de corrección política y balones blandos y al pie que vivimos, que nos llegue una película como La Piel que Habito es como maná caído del cielo. Tan sombría, tan salvaje por momentos, tan violenta, no sólo física, sino psicológicamente. Hasta los lugares parecen violentos (hay una entrada a un garaje con el reflejo de las luces rojas en techo y suelo que clama peligro por todas partes). Es una rara avis y es un soplo de aire fresco. Es algo distinto, perturbador. Una de esas películas de las que, cuanto menos te cuenten, mejor, para poder sorprenderte y apreciarlo todo.

Como siempre el reparto está a una altura magnífica. Desde un inconmensurable Banderas de regreso al cine que le vio nacer como estrella, a una Elena Anaya cautivadora y enigmática. Eso sin contar el trabajo del siempre único Eduard Fernández, de la brillante Marisa Paredes o de Blanca Suárez, cada vez más presente en nuestro cine y con un futuro impresionante por delante. En ellos cae gran parte del peso de componer unos personajes complejos y difíciles, a veces sutiles, a veces extremos. Pero casi siempre cautivadores.

Si alguien al leer estas líneas piensa que soy un enamorado del cine de Pedro Almodóvar, se confunde. Aprecio su talento y me gustan varias de sus películas, pero su universo muchas veces se me hace ajeno, distante. En esta ocasión ha sido distinto. Nos encontramos ante una de sus mejores películas de los últimos años y, posiblemente, de su carrera. Una visión personal a una trama dura y compleja. Una película interesante de principio a fin y a la que quizá sobran algunos excesos y algunos minutos. Nada insalvable. No hace falta ser intelectual, ni progre, ni gafapasta para disfrutarla y aprender aún más del cine español.

Y encima con una película de género.

Jesús Usero.

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Crítica de la película Cowboys and Aliens

Palomitera y veraniega total, Cowboys y Aliens lleva escrita su naturaleza en su título, no engaña, da lo que promete: uno de los ratos más entretenidos que he pasado en el cine este verano. En referencia a su mezcla de géneros, acierta a manejar los elementos de los dos géneros principales que la habitan, de manera que nunca deja de ser del todo un western para convertirse en película de ciencia ficción. Eso sí, es un western más cercano a las variantes practicadas sobre dicho género en los años sesenta y setenta que a la etapa clásica del mismo, con las películas del retorno de Clint Eastwood a Estados Unidos como modelo principal para el personaje encarnado por Daniel Craig. En lo referido al elemento de ciencia ficción, estamos ante una variante de las películas de invasiones más tradicionales, las que habitaron el cine de los años cincuenta en Estados Unidos, con algunos elementos de terror incorporados en las grutas alienígenas y un aroma de serie B con presupuesto de serie A.  De todo ello se traduce un digno entretenimiento que personalmente no me ha defraudado.

La mezcla es definitivamente la baza elegida por el cine comercial y de entretenimiento de nuestros días para llevar a cabo sus asaltos a la taquilla, y en ese sentido, desde su naturaleza de híbrido movido en según las claves de la sinergia entre varios géneros, Cowboys y Aliens funciona a distintos niveles genéricos. Eso podría despistar al espectador, pero no es el caso, porque la dosificación de elementos está muy clara desde el principio y sus artífices han sabido gestionar con notable coherencia y equilibrio los elementos que forman esta especie de puzzle genérico.  La claves es que domine un género concreto como guía esencial para no desorientar o confundir al espectador, y en este caso todo se construye sobre un andamio central  formado por el western. Desde ahí, con una presentación del personaje principal que es una aceptable actualización de las claves del género para los tiempos que corren, ayudada por el carisma de Daniel Craig, que en esta ocasión recuerda incluso más que en otras al gran Steve McQueen, la película va creciendo cuando tiene que crecer incorporando elementos que sin renunciar a ese punto de partida en el cine del oeste la llevan a convertirse en una peripecia con invasiones extraterrestres capaz de recordar las claves más atractivas de los más disparatados cómics de ciencia ficción, por ejemplo en la línea de algunas historias publicadas en la revista británica 2000 A.D. Dicho sea de paso, en una revista especializada en ciencia ficción británica he leído algún que otro chiste sobre qué va a ser lo próximo que nos proponga Hollywood, y entre las propuestas estaban soldados y dinosaurios, monos y robots, piratas y ninjas, vampiros y monjas y cavernícolas y astronautas. Cachondeo al margen, la revista 2000 A.D. publicó una serie de peripecias en viñetas que en mi opinión bien merecerían su correspondiente adaptación al cine en una línea similar a la que nos ha propuesto Cowboys y Aliens, Flesh, una historia de cowboys del futuro y dinosaurios bastante curiosa y visualmente muy jugosa. Dicho cómic estaba además inspirado por otro híbrido notable en el paisaje de la ciencia ficción cinematográfica que de algún modo podríamos decir es un antecedente de Cowboys y Aliens, Almas de metal (Westworld), dirigida por Michael Crichton en 1973 con Yul Brynner encarnando a un antecedente del Terminator de James Cameron en un parque de atracciones del futuro en el que los visitantes pueden viajar al mundo del oeste para medirse con pistoleros robóticos, lo que permite al director hacer una mezcla de géneros entre western y ciencia ficción bastante curiosa y en muchos aspectos antecedente de la que ahora nos propone Jon Favreau.

La otra mezcla que preside Cowboys y Aliens es de carácter industrial. Si argumentalmente sabe sacarle partido a la mezcla poniendo en pantalla un espectáculo de evasión bastante conseguido, que tampoco aspira a más, industrialmente es ejemplo perfecto de cómo los argumentos, personajes y situaciones más tradicionales de la serie B se aplican en el cine actual a presupuestos y repartos de serie A para dar a luz esa especie de monstruos de Frankenstein cinematográficos que domina en la cartelera de la era del blockbuster. Dicho ejercicio no siempre sale bien. De hecho la mayor parte de las veces deja bastante que desear y suele defraudar, pero creo que en esta ocasión el asunto ha quedado bastante aseado y la película sabe combinar sus elementos esenciales para que nuestra atención no decaiga durante un metraje largo que no lo parece, porque se hace corto. Ello se debe a la alternancia de su arranque como western con su posterior pincelada de invasión, seguida rápidamente de un planteamiento de aventuras con viaje en el que progresa desde el protagonismo único inicial a un protagonismo más coral que administra a su grupo de personajes con acierto. El acierto al que me refiero consiste en darle cancha a los personajes secundarios a través de breves pinceladas, escenas cortas, que van construyendo cierta personalidad para los mismos buscando que sean algo más que meros comparsas del trío principal formado por Craig, Harrison Ford y Olivia Wilde. Ocurre así en la relación breve pero eficaz que se establece entre el predicador y el cantinero, o entre el niño y Ford y también en la historia del indio adoptado por Dollarhyde.

Pero a pesar de haberme resultado entretenida, la película tiene también algunos defectos, al menos en opinión de quien esto escribe. Por ejemplo, nunca debes plantear una muerte de un personaje principal en un guión si no estás dispuesto a mantenerla hasta sus últimas consecuencias. Lo contrario será visto por el espectador, con lógica aplastante, como un retroceso, una bajada de pantalones, una forma de recular ante una situación extrema que tú mismo has creado. No voy a decir más sobre el particular, pero si aclaro que esa situación pone al límite la suspensión de credibilidad del espectador frente a la historia, restándole eficacia a la película a partir de ese momento, por haber introducido en la mezcla de géneros demasiado tarde una clave más de corte fantástico que de ciencia ficción traída por los pelos, que huele a deus ex machina y nos saca totalmente de la película.

En general el guion gestiona bien casi todos sus personajes secundarios, pero llegado un momento, tras la impactante presentación de Craig, parece no saber qué hacer con ese personaje principal inicialmente tan potente, que poco a poco queda convertido en mero boceto y es el que peor gestionan y menos crece de toda la trama. Los viajes a su pasado no son suficientemente interesantes como para sustentar el crecimiento del personaje y hacer que vaya a más. Si alguien ha visto la serie Fringe, por poner un ejemplo, entenderá que un buen ejercicio de introducción del pasado para hacer crecer los personajes lo tenemos allí en toda la historia de Walter y Walternativo. Además en ese caso se cumple un axioma esencial: haz crecer bien un personaje y harás crecer bien toda la trama. En este caso, el personaje de Craig se va frenando y acaba por ser menos de lo que podría haber sido. Gestionan además mal     la peripecia romántica. Desde ese punto de vista sale mejor parado el personaje de Harrison Ford,  aunque un poco más de coherencia con su presentación inicial, más oscura, y la permanencia de la misma en el resto de la aventura no habría estado mal. En cuanto al personaje de Olivia Wilde está mal aprovechado, se desdibuja entre una función de consorte de los papeles masculinos y crece demasiado tarde en la trama para engancharnos.

Finalmente creo que la película habría ganado mucho dándole mayor protagonismo al elemento extraterrestre, que ciertamente entra en escena arrolladoramente pero demasiado hacia el final. El ejercicio me recuerda nuevamente otra película en la que trabajaron mejor ese aspecto: la primera entrega de Depredador.

Dicho todo lo anterior, insisto: no me ha defraudado, aunque podría haber llegado a mucho más. Me convence sobre todo como entretenimiento y evasión y sobre todo por su gestión de la mezcla de géneros dándole al western el mayor protagonismo. Pero en lo referido a sus personajes, gestiona mejor los secundarios que los principales.

Miguel Juan Payán

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Los pitufos ★★

Julio 29, 2011

Crítica de la película Los pitufos

Una de estas modas que tan populares se hacen en Hollywood de cuando en cuando (o desde casi siempre) para exprimir la taquilla al máximo, ha sido la de resucitar series televisivas de animación y convertirlas en películas de imagen real, con los personajes principales pasados por el filtro del diseño por ordenador y acompañados de seres humanos de carne y hueso. Ejemplos como El Oso Yogi, las dos entregas de Scooby Doo y Alvin y las Ardillas, o incluso si quieren Transformers, que también tuvo su serie animada en los 80, que es la que puso en contacto al público con los personajes en gran medida. Y si encima se hace en 3D mejor para los bolsillos (caso de la próxima entrega de Alvin)

La última en aparecer bajo estas condiciones ha sido Los Pitufos, nueva película de corte familiar, que seguro será masacrada por la crítica como todas las anteriores (que no estoy diciendo que las infantiles no se lo merecieran, porque alguna se hizo muy difícil de tragar), lo cual siempre asusta a sus responsables porque puede motivar que los padres no lleven a los niños a ver la película en cuestión. Es un miedo comprensible, aunque en este caso puede que esté mal enfocado.

Porque, admitámoslo sin tapujos, los niños se lo van a pasar teta viendo la película con los bichos azules saltando de un lado para otro y animales casi parlantes, y muchas aventuras. Eso no cabe duda, sea la película buena o mala, los niños la disfrutan como lo que son, y normalmente son los padres los que se quejan a la salida del cine. Como no creo que muchos niños vayan a leer esta crítica, nos centramos en si los padres saldrán del cine con un serio dolor de cabeza o habrán pasado un buen rato con sus hijos. Y la verdad es que, en ese sentido, Los Pitufos sorprende.

Sorprende primero porque para quienes nos criamos con los personajes la fidelidad a los mismos ha sido absoluta. Sí, cambian la aldea por Manhattan, y sí, hay un pitufo nuevo. Pero el resto es una transformación perfecta del dibujo animado a la imagen real o el ordenador. Incluso en las personalidades e incluso en algo que queda tan bizarro (y a la larga tan divertido), como Gargamel y Azrael. La película es mucho más fiel que los ejemplos antes mencionados hasta en la insoportable cancioncilla que repiten los pitufos y que allá por el minuto cinco de película ya hace que deseemos taladrarnos los tímpanos y nos temamos lo peor. Luego la película da un giro y comienza a hacer coñas con la canción, tratando de redimirse. Y ese espíritu de fidelidad hace que la cuota de nostalgia se cumpla y que padres e hijos encuentren un terreno en el que compartir algo en una sala de cine.

Es entonces cuando Los Pitufos despega y comienza la aventura. Sencilla, casi simplona, con las dosis habituales de valores tradicionales y buen rollo (aunque con algo más de elegancia que de costumbre, ante todo gracias a la pareja humana protagonista). Y entonces también aparece Gargamel, un sembrado Hank Azaria maestro de la comedia física. Y uno se sorprende riéndose a carcajadas en más de una ocasión. Porque hay chistes demenciales que funcionan como un reloj, con grandes y pequeños. La escena del restaurante, la entrada al baño portátil y su caldero, las charlas con los mendigos… Hay chistes con mucha mala uva para que los padres no pierdan comba. Incluso Pitufina, a quien pone voz en inglés Kate Perry, se sorprende diciendo “Besé a una pitufina y me gustó”, para regodeo de sus muchos fans.

El humor, sutil o no, de sal gruesa o fina, a mala uva o con cariño, funciona en la película. Y en una película a la que uno entra casi con miedo, pues le salva la función. Y te ríes. Ya lo creo que te ríes. Con homenajes a Toy Story, con las brillantes salidas de tono de Pitufo Gruñón (ojo a su historia de amor con un M&M), con ciertos chistes visuales en el taxi… te ríes mucho más de lo que puede uno imaginarse en un principio.

Y sí, es simple, es algo ñoña (son Los Pitufos, ¿qué esperamos?) y puede que la trama resulte algo floja de puro previsible. Visualmente tampoco va a emocionarnos, claro, aunque los pitufos interaccionan a la perfección con la realidad y el 3D con tanto bicho digital, está perfectamente integrado. Pero me recuerda a Como Perros y Gatos 2, con toda su mala uva y sus chistes adultos en una película para niños. Los críos la disfrutan, los mayores no la sufren. Es más, también pasan un rato entretenido. Y soltando carcajadas. Perfecta para familias y nostálgicos ¿Quién puede dar más?

Al final resulta que no tenían que tener tanto miedo sus responsables. Casi seguro que el invento funciona.

Jesús Usero

 

Paul ★★

Julio 19, 2011

Crítica de la película Paul de Greg Mottola con Simon Pegg y Nick Frost

A medio camino entre Zombies Party y Arma Fatal, Paul es una buena diversión veraniega en clave de sátira del género de alienígenas que llega a la cartelera antes que los dos pesos pesados de las invasiones veraniegas en ese terreno, Super 8 y Cowboys & Aliens, pero coindice con ellas en su tratamiento de homenaje (en su caso a base de guiños frikis) a una forma de entender este tipo de historias que se aplicaba ene el cine de los años setenta y ochenta. No se asusten, no es nostalgia, sino más bien celebración. No es casualidad que en su banda sonora tenga, como Super 8, un tema de la Electric Light Orchestra (la mítica ELO) que ayuda a marcar la pauta eminentemente optimista y de celebración del cine y la propia existencia que comparten estas tres producciones.

Cierto es que no me he reído tanto como con Zombis Party, pero Paul tiene unos cuantos golpes desternillantes y una manera de entender la comedia como mezcla del chacarrillo más obvio, el gag visual más  simple y al mismo tiempo salpicar todo eso con el humor inteligente y pícaro que caracteriza habitualmente los trabajos de sus dos protagonistas, el dúo cómico británico formado por Simon Pegg y Nick Frost, aquí bien adaptado a las claves del cine de evasión norteamericano y con muy buena química con su protagonista femenina, Kristen Wiig.

El objetivo es poner en solfa, satirizar ese cine de los setenta y ochenta, desde Encuentros en la tercera fase o E.T. hasta Men in Black, tomando como epicentro del relato a un alienígena macarrilla que aporta un aire claramente gamberro a la historia. Aunque no le han sacado el máximo jugo a Paul, imagino que porque en algún momento debieron temer que les cerraran las puertas de la calificación por edades, dejando fuera del cine en Estatados Unidos a su público esencial, los jóvenes, la película consigue colar algunos momentos hilarantes, como el de la resurrección del pájaro, la atracción morbosa que siente uno de los dos protagonistas por las chicas disfrazadas de Ewoks o la explicación de por qué los policías británicos, al contrario que los rurales norteamericanos, no llevan armas, que nos dejan ver lo que podría haber sido todo el asunto si hubieran tenido algo más de agallas para entrar a fondo en el tema. No es algo que les podamos reprochar. La comedia comercial estadounidense actual es más flojeras que la de décadas anteriores, por eso ya no hay un Blutarsky como el interpretado por John Belushi en Desmadre a la americana y el desternillante chiste del burro en Despedida de soltero con Tom Hanks se nos ha convertido en el chiste del tigre o el mono en las dos partes de Resacón en Las Vegas (aunque la segunda le eche más narices al asunto).

Paul tampoco es, como podría haber sido, el equivalente de Los cazafantasmas en el terreno de las películas con extraterrestres, pero es suficientemente divertida y moderadamente gamberra como para que pasemos el rato con ella agradablemente, especialmente cuando navega por la autoparodia, citando clásicos del cine de Spielberg, convocando a heroínas esenciales del cine de ciencia ficción o paseándonos por esa convención de cómic que en mi opinión tampoco ha sido del todo bien aprovechada y a la que podrían haberle sacado más jugo, en lugar de caer en la trampa de la parodia facilona de los fundamentalismos religiosos, que además es mera caricatura simplona e ingenua del fanatismo desaforado, en plan chiste de jardín de infancia tipo “caca-culo-pedo-pis”, como dice mi colega Jesús Usero.

Resumiendo: que Paul podría haber dado de sí más risas, pero me ha resultado más simpática, por su friquismo y su nostálgica mirada al cine cocinado en los setenta y ochenta, que Arma fatal, así que le daría un aprobado aseado como palomitero entretenimiento de cine de verano complementado con un polo o un helado bien frío o mejor aún con un par de cervezas, si bien ese final que se marcan en plan dulzón estuvo a punto de saltar de la butaca, porque es un desenlace que reniega del supuesto gamberrismo de su principio. Le falta un hervor en lo referido a gamberra, pero al mismo tiempo me temo que para algunos espectadores será ofensiva por la imagen de las creencias religiosas que utiliza de forma algo torpona y con dibujo de trazo grueso, poco estilizado. Mejor habrían invertido ese metraje en sacarle más jugo a las peripecias de los dos protagonistas perseguidos por los dos siniestros lugareños, que entran y salen de la historia precipitadamente y son malgastados en un par de chistes simplones.

Luego me hace mucha gracia a nivel personal lo ingenua que resulta en su sarcasmo en referencia al tema religioso. Dos minutos de Flanders en la serie Los Simpson superan de lejos cualquiera de las bromas que construyen los artífices de Paul sobre la religión en su forma más extremista e intolerante.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Caballeros, princesas y otras bestias

Danny McBride es otro de esos comediantes que casi nadie conoce (su serie de televisión es por cable y no es extremadamente conocida fuera de USA), que empiezan poco a poco a meter la cabeza en el mundo del cine, tratando de labrarse una carrera, y que de repente dan el salto como protagonistas indiscutibles de una película que bien puede funcionar (como en el caso de Will Ferrell), bien puede darse un batacazo de padre y muy señor mío como le ha sucedido a McBride con esta comedia en la que contaba con todos los elementos para atraer al público a las salas, pero no supo cómo mezclarlos.

Por un lado contaba con el director de Superfumados y uno de sus protagonistas, James Franco, una comedia de bastante éxito y buenas críticas. Por otro contaba con Natalie Portman, que este año ha estrenado en España cuatro películas ni más ni menos y que parece que ha aprovechado muy bien el tiempo antes de quedarse embarazada. Sobre todo porque tres de esas cuatro películas han sido éxitos de taquilla. Y además contaba con una temática, la de la fantasía épica, que a poco que uno se la curre da mucho juego a la hora de hacer coñas y echarse unas risas.

Crítica de la película Transformers, El Lado Oscuro de la Luna

A ver, con la mano en el corazón y la mayor honestidad posible, ¿cuántas veces hemos dicho que el cine de Michael Bay es malo? ¿Qué es un mal director o que sus películas no tienen guión y sólo son una acumulación de cuerpos Danone y explosiones? Más de uno y más de dos, creo. Ahora, siguiendo con la honestidad, ¿cuántas películas de Michael Bay no hemos ido a ver al cine? Desde Dos Policías Rebeldes a la saga Transformers sus películas son, con excepción de La Isla, algunos de los éxitos de taquilla más importantes de los últimos años. Y no, no estoy diciendo que eso las convierta en buenas películas, pero algo tendrá su cine cuando, pese a las críticas, sigue llenado salas de cine. Y lo seguirá haciendo.

Bay es el más listo de la clase. O de los más listos. Sabe lo que el público desea en una producción veraniega y se lo ofrece en cantidades industriales. Da lo que promete. Adrenalina, efectos visuales de última generación y un tipo de empatía con el espectador que convierte su cine en muchas ocasiones, en un placer culpable. Al menos a mí me sucede así. Su cine no es bueno (a excepción de La Roca), pero tiene algo que engancha. Como la comida basura. Pueden decirnos que las verduras son mucho más sanas, pero eso no implica que no sigamos cenando pizza de vez en cuando. Y que, sabiendo que no es buena ni saludable, encima la disfrutemos.

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Su última película, Transformers, El Lado Oscuro de la Luna, cumple con rigor con todos los preceptos del cine de Bay. Escaso desarrollo de guión o personajes, muchos efectos visuales y pirotecnia, esa épica de andar por casa tan habitual en sus películas y un reparto que mezcla actores consagrados con jóvenes de muy buen ver o prometedor futuro. Y mucha desvergüenza a la hora de mezclarlo todo en la pantalla. Pero también mucho saber y conocer al público. Es, sin lugar a dudas, la mejor entrega de la saga, la que tiene el argumento más trabajado (sin ser nada del otro mundo) y ofrece al personaje central de Sam Witwicki mayor desarrollo dramático. Es la que mejor dirigida está, seguramente para evitar marear con el 3D, así que hay mucha cámara lenta para que podamos ver cómo explotan los robots y media ciudad de Chicago sin perdernos detalle. Y cambia por completo el escenario de las dos entregas anteriores, con menos viaje por el mundo y sin un objeto que todos buscan y sólo Sam puede utilizar para salvar el día. Intenta cambiar de registro para ofrecer algo distinto a las otras dos películas y consigue uno de los espectáculos visuales más salvajes, brutales y geniales del año. Ojo, sólo como espectáculo visual, nada de guión o interpretación. No nos confundamos. Pero tampoco le hace falta y eso lo sabe el director a la perfección.

La hora final de proyección, con esa batalla que arrasa Chicago, con los buenos en inferioridad y con cientos de robots poblando el panorama, es una de las batallas más impactantes que se han rodado en los últimos años. Demencial, violenta, grandiosa y diferente a todo lo que hemos visto antes, en la saga y en la mayoría de películas que llegan a nuestras pantallas. Tiene momentos que son simplemente geniales por exceso, como ver a Optimus Prime arrasando enemigos a cámara lenta y en 3D, en un plano secuencia que te deja sin aliento y pidiendo más. De hecho, termina la película y uno acaba deseando ver más. Más de todo.

Cierto es que la película tarda un poco en arrancar y que a la hora y media de proyección se hace un pelín pesada de digerir. Marea demasiado la perdiz y uno no termina de cogerle el tranquillo a tanto ir y venir de personajes sin mucha enjundia ni rumbo. Pese a escenas de acción como la de Chernobil. Y cierto es que el guión y el director no se preocupan por presentar a los personajes de forma realista o creíble, pero no le hace falta, ni mucho menos. Todo eso lo suple Bay con mucha caradura y simpatía genuina. Si no me creen observen cómo es presentado el personaje de la nueva protagonista femenina y lo entenderán. Michael Bay es como un adolescente con las hormonas revolucionadas y quizá por ello el público, sobre todo el joven, sigue acudiendo en masa a ver sus películas.

Por cierto, hablando de Rosie Huntington-Whiteley , una mujer de bandera que alegrará las corneas de todo heterosapiens de pro, como diría mi compañero Miguel Juan Payán, pero que carece de algo que Megan Fox tiene, ese aire de animal de la pantalla que hipnotiza y hace que se te olvide cualquier otra cosa que haya en pantalla cuando ella está en el plano. Esta chica es preciosa, pero no es Megan Fox. El resto del reparto cumple con creces ante los pocos mimbres que se les da. Desde el siempre convincente Shia LaBeouf, líder indiscutible de la película, a un divertidísimo John Malkovich o un Ken Jeong que roba la película en los 10 minutos que aparece en pantalla. Todos ellos dan la impresión de que se lo están pasando en grande. Y se nota.

Además la película aprovecha que sus protagonistas no son humanos para ser ultraviolenta y casi gore, lo cual la hace aún más divertida. Eso sin contar con ese brillante e impresionante 3D que nos mete dentro de la película, sobre todo en el tramo final, y que hace que merezca la pena pagar un poco más por la entrada.

Antes de que despedacemos Transformers 3, seamos honestos y veamos a qué clase de película nos enfrentamos. Ni Bay es Christopher Nolan ni lo pretende. Sólo quiere que pasemos un rato a lo grande dejando el cerebro desconectado o en casa. Y lo consigue. De una forma incontestable. Y si alguien quiere ver algo con más enjundia o un guión impecable, quizá tendría que optar por ver la última de Woody Allen.

Los que vamos a ver Transformers sabemos a lo que venimos. Digo yo…

Jesús Usero

 

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Micmacs ★★★★

Junio 20, 2011

Crítica de la película Micmacs

Muchas veces cuando me pongo a dar la brasa en estas líneas acerca de lo tarde que nos llegan muchas películas, el lector puede pensar que hablo sólo de la filmografía americana, que, no cabe ninguna duda, es la más importante y comercial del planeta. También es de cajón que muchas películas de todos los rincones del mundo se pierden y nunca llegan, sean de lugares tan lejanos como la India, Japón o China, o tan cercanos como Francia. Todo no puede llegar. No hay sitio y seguramente tampoco haya mercado. Pero también me refiero a películas importantes, de cierto peso y relevancia. Que la última película de Jean Pierre Jeunet llegue con dos años de retraso y encima de una forma tan limitada… Pues, qué quieren que les diga, los cinéfilos y seguidores de este director deben estar algo moscas.

Porque Jeunet no es un donnadie ni un cualquiera. En su haber tiene películas como La Ciudad de los Niños Perdidos, Delicatessen o Largo Domingo de Noviazgo, sin olvidarnos de la película que le ha convertido en un ídolo en medio mundo, Amelie, de la que hay seguidores por todos los rincones, y que debería garantizar una mayor proyección internacional de su cine, que además el buen hombre hace una película cada cuatro o cinco años. Y sí, Micmacs no arrasó precisamente en la taquilla gala, pero como para tener que esperar dos años para que llegue a España… Pues es demasiado tiempo. Repito, es el director de Amelie.

Y en un verano cargado de secuelas de todos los tipos y géneros, de cintas de animación que a veces son algo cansinas, de estrenos que repiten una y otra vez las mismas claves argumentales, narrativas y visuales, la película de Jeunet es un soplo de aire fresco, algo completamente diferente a lo que podemos ver en cartelera sin dejar de llevar el sello de su creador, una mirada distinta a una película que busca entretener y emocionar. Que busca que el espectador disfrute durante 100 minutos de proyección en este peculiar universo.

Digo que lleva el sello de su creador porque si se ha visto Amelie o Delicatessen, a los 5 minutos ya sabemos de quién es la película. Tiene una forma de narrar, de contar historias, personal, única e inconfundible. Su cine está plagado de referencias y claves que llevan de una de sus películas a otra. Antes he mencionado Amelie y Delicatessen porque ésta es un cruce entre ambas con un despliegue visual y de imaginería que ya quisieran para sí el 99% de las historias que nos llegan. Es poderoso y casi hipnótico, y cae en lugares comunes (ese ojo en la cerradura…) que son parte imprescindible de sus universos.

Unos universos que son uno en realidad y cuyos personajes son perfectamente extrapolables entre películas. Bazil, el protagonista de Micmacs, bien podría ser vecino de Amelie antes de su desgracia, y si apareciese alguien tocando el serrucho en esta película, a nadie le extrañaría. Sus personajes son cautivadores, bizarros, divertidos, irrepetibles… Incluso cuando se puso más serio y nos trajo la que, para mí, es su mejor película, Largo Domingo de Noviazgo, ciertas cosas permanecían como parte imprescindible de su cine, como la presencia de Dominique Pinon. Son señas de identidad. Son las cosas que hacen que todas sus películas (a excepción de Alien Resurrección), parezcan formar parte de un mismo engranaje.

Aquí la historia nos lleva a la vida de Bazil, un joven amante del cine que ve cómo su vida es destrozada en dos ocasiones por las armas. Primero cuando pierde a su padre por una mina personal, después ya de adulto, cuando una bala perdida se le aloja en el cráneo sin poder ser extraída, lo que puede matarle en cualquier momento. Y además le hace perder su casa y su trabajo, le lleva a la calle, donde conoce a un grupo de personas sin par y además se permite preparar una venganza contra los responsables de su tragedia. Los directivos de las dos empresas fabricantes de las armas que le han llevado a ser un vagabundo. Pero también a entender la vida de otra forma.

Todo ello está contado como una fábula, un cuento con moraleja que permite a los personajes participar en las más dispares aventuras y misiones, con un aire a caballo entre la serie de televisión Misión Imposible y Ocean’s Eleven. Pero como en todo cuento, los malos son malísimos y los buenos son buenísimos. No hay grises en este mundo.

Lo que hace realmente a la película una maravilla no sólo visual, son los personajes que la habitan. Esa gente como el hombre bala, el inventor, la contorsionista, la madre o el propio protagonista, encarnado por un encantador Dany Boon. Esos personajes son tan maravillosos que no dejan que salgamos de la película en ningún momento. La llegada a la casa de los vagabundos de Bazil, con los personajes presentándose y sus historias es simplemente magistral.

El humor es blanco, como si de una peli de Pixar se tratara (tiene algo de Toy Story), y efectivo, y sirve las historias secundarias con una economía de medios y un ritmo excelente (la historia de amor, el récord Guinness…), dejando a los protagonistas en la piel de adultos con corazón de niños, porque un cuento tiene que estar protagonizado por niños. Y si no, vean cómo reaccionan al sexo, con que humor y con unos ojos casi infantiles. Sin olvidar el hecho de que son huérfanos adoptados por una peculiar madre.

El caso es que siempre queremos saber más de ellos y de sus historias. Y sí, el tema de las armas como trama central es algo obvio y peca de moralina, como todos los cuentos. Y ya no cuenta con el factor sorpresa de las películas anteriores de Jeunet. Y quizá no es tan buena como ellas. No es una película perfecta. Pero si sumamos a todo eso el homenaje al músico Max Steiner, al cine clásico y su peculiar forma de entender la vida, tenemos una muy buena película. Diferente, fresca, única.

De esas que merece mucho la pena ir a ver.

Jesús Usero

 

 



Crítica de la película Resacón 2, ¡Ahora en Tailandia!

Siempre se dice que segundas partes nunca fueron buenas. Tampoco hay que ser un experto cinéfilo que se sabe de carrerilla todas las secuelas cinematográficas de la historia para saber que esa afirmación tiene mucho de cierto. Que muchas de las secuelas que vemos no valen para mucho más que para llenar salas de cine y arcas de las distribuidoras. Películas sacacuartos que acaban decepcionando hasta a los más fervientes seguidores de la película original. Sea por falta de originalidad, por excesos visuales o por simple agotamiento de la fórmula. Las secuelas no suelen gustar. (Otra cosa es que sigamos viéndolas o no…)

Pero también hay secuelas brillantes, dignas sucesoras de la original y excelentes películas que saben enganchar al público y que a veces incluso superan al original. Películas como El Padrino 2, El Imperio Contraataca, Aliens El Regreso o Zombie, de la que hace no mucho hablábamos en uno de nuestros debates, son películas que demuestran que se pueden hacer buenas segundas partes. Muy buenas de hecho. No hace mucho en estas mismas líneas, les hablaba de Kung Fu Panda 2. Y me juego unas cañas a que Cars 2 es tan buena o más que la original. Pues algo muy parecido sucede con Resacón 2… Que es muy buena, y, por momentos, más salvaje y divertida aún que la original.

Eso sí, muchos la han despellejado ya por ser un calco de la original. Una copia que repite paso por paso todos y cada uno de los elementos de la primera película, pero situándola en un nuevo escenario, el de la ciudad de Bangkok. Y sí, es cierto, lo hace. Es un calco de Resacón en Las Vegas. Pero descarado, además. Seamos serios. O, mejor, no lo seamos tanto. Cuando en una comedia como ésta, resulta que nos repiten toda la trama de la película original, ¿no será que es un chiste más? ¿Otra broma dentro de la película? Se ve a la legua que lo que buscan los guionistas y el director Todd Phillips, es conseguir que el espectador sonría por inercia, por el mero hecho de pensar “Pero que sinvergüenzas que son…”. Es un guiño de los propios autores del asunto para con el espectador que se refleja hasta en los diálogos (como la conversación telefónica inicial). Y nosotros aceptamos ese guiño y aprovechamos para pasárnoslo en grande.

Porque Resacón 2 es una de las películas más esperadas del año, como demuestra su brutal carrera comercial en USA. Y eso que la primera parte empezó como una película algo desapercibida en nuestro país, pero gracias al boca a boca se mantuvo. Y el DVD y la televisión (y la piratería, para que engañarnos), la han convertido en una de las comedias más respetadas por la audiencia de los últimos años. Porque no tomaba prisioneros. Porque era salvaje, bestia, políticamente incorrecta y muy divertida. Y sin hacer bromas escatológicas, aunque aprovechando muy bien el cuarto de baño, hacía reír a la gente a base de bien.

La segunda parte hace reír tanto o más. De hecho es aún más salvaje, bestia y políticamente incorrecta, y ataca lo último que le quedaba por atacar. Chistes sobre la disparidad racial. No, no son chistes racistas. En manos de los tres pringados que protagonizan la cinta no podían ser racistas. Son chistes sobre el choque cultural entre Oriente y Occidente. O sobre las cosas que, pese a barreras como el idioma, nos unen a todos.

Y además se aprovecha algo que ya ocurría en la película anterior. Bangkok, como Las Vegas, aparece como pocas veces la habíamos visto en pantalla, con su cara oculta y su cara más dedicada al turismo. Y allí aparecen Bradley Cooper, Ed Helms y Zack Galifianakis (qué brillante química hay entre los tres o cuatro cuando se suma Justin Bartha), que despiertan sin recordar nada de la noche anterior y con un amigo al que encontrar. Y tendrán que revivir la noche paso a paso para recuperarle. Aunque suponga ser perseguidos por la mafia o entrar en conflicto con agentes del gobierno, sin olvidarnos de un curioso grupo de monjes y un mono para llegar a una boda, la de Stu (Helms) esta vez.

Y no importa que sepamos cómo va a transcurrir la historia porque de eso se trata. La sorpresa no está en lo que sucede a continuación, sino en cómo sucede. La sorpresa no es ver al Mr. Chow interpretado por Ken Jeong, sino cómo, dónde y cuándo aparece. La sorpresa no es que se las tengan que ver con un animal, sino lo que ése animal hace. Y la sorpresa no es que haya fotos en los títulos de crédito, sino ver las fotos y que las de la primera entrega parezcan parte de una película infantil.

Escenas como las del autobús, el monasterio, la venta de drogas o el local de striptease, hacen que se te salten las lágrimas de la risa, y siempre encuentras motivos para sonreír, al menos, durante todo el metraje. Sí, Todd Phillips no es el director con más inventiva visual de la historia, y sí, podían haberse arriesgado más y haber hecho una película diferente, menos intrascendente, más… especial. Pero entonces ya no sería Resacón 2 y quizá no hiciese reír tanto. Porque, además, esa es la única pretensión de la cinta. Hacer reír. Nada más. Y encima lo consigue. Aunque Heather Graham no aparezca por ningún lado. Todos y todo lo demás están presentes (pero todos, todos…).

Como les decía, muchos críticos la han atacado por el hecho de la falta de originalidad en lugar de aceptarlo como una broma más, otra de las muchas que aparecen en la película. Yo sólo sé que en una sala llena de periodistas las risas no escasearon durante la hora y media de proyección. Así que alguien quizá miente… Lo mejor que pueden hacer es juzgar ustedes mismos. Con un grupo de amigos y unas cervezas hay pocas películas que puedan ofrecer tanto por tan poco. Y no olviden quedarse hasta ver todas las fotos.

Estos tipos son tan buenos, que encima guardan lo mejor para el final…

Jesús Usero

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Crítica de la película Kung Fu Panda 2

Hace poco comentábamos que la avalancha de títulos de animación que estábamos viviendo, la mayoría de ellos también en 3D, estaba provocando una saturación del mercado que provocaba que muchas de esas películas no obtuviesen el éxito que se esperaba de ellas, o al menos el éxito que solían tener en el pasado, cuando lo habitual era encontrarse con muchas menos películas. En España, desde Enredados, no hemos tenido un taquillazo, aunque sí muy buenas cifras, y en Estados Unidos ha pasado algo bastante similar. No es que el público se esté cansando de las películas de animación. Es que hay demasiadas y hay que ser selectivo.

El caso de Kung Fu Panda es el de una película de la que se espera mucho de cara a la taquilla, pero que, de nuevo, en su hogar no está dando todo lo que se esperaba, sobre todo teniendo en cuenta que la primera entrega recaudó más de 215 millones de dólares, una cifra que parece demasiado lejana para esta segunda entrega, que no lo va a hacer nada mal, pero que demuestra que ya nada es infalible. Ni nadie, ni siquiera nuestro panda favorito. Aunque el mercado internacional parece que está corrigiendo ese error.

Y además es una lástima porque Kung Fu Panda 2 es más divertida y mucho más espectacular visualmente hablando que la entrega anterior. Es una cinta de cine familiar que se gana al espectador por la ternura de sus personajes y que, en este caso, sabe ir más allá del típico mensaje de superación de las cintas de género, tan habitual, para hablarnos de algo más interesante, como es el encontrar el lugar en el mundo y aceptar quiénes somos y que genera el drama a través de la peculiar relación entre padres e hijos que tiene la película. No olvidemos que Po, el protagonista, es un panda que fue adoptado por un ganso. De esa extraña relación padre/hijo, emana una historia que intenta acercarse más a los preceptos de Pixar que al pasado de Dreamworks. Vamos, que quiere seguir los pasos de Como Entrenar a tu Dragón más que los de Shrek, algo que se agradece, aunque no siempre llega a funcionar.

Visualmente, eso sí, se nota un salto evolutivo entre la primera entrega y ésta, que siempre tiene su lógica según avanza la tecnología, pero que no siempre se ve así, como sucedió con la última entrega de Shrek, que ni siquiera aprovechaba el 3D. Aquí sólo hay que fijarse en el pelaje del panda, o en los movimientos de cámara, para darse cuenta de que las cosas han evolucionado para mejor. La llegada a la ciudad, los barcos en el muelle, el castillo del villano y la secuencia que allí se vive o la impresionante batalla final son buenos ejemplos de una película que, sin llegar al nivel de Pixar que siempre anda a años luz de todo el mundo en lo visual, da un salto y es capaz de maravillar por los paisajes que muestra y cómo los muestra. Y como a casi toda cinta de animación en 3D, la proyección en 3D le sienta de maravilla, porque es como se concibió y realizó la película en un principio. Así que, esta vez sí, verla en 3D merece la pena porque aporta algo más de espectacularidad.

Luego tenemos la escenas de kung fu, que son muchas y variadas, como no podía ser de otro modo, y a las que se suman escenas de acción o aventuras (el carro suelto por la ciudad, la escapada del castillo), que son entretenidas y están planificadas de modo que todo se ve y se entiende a la perfección. Algún director de cine tradicional podía aprender del montaje y las coreografías de Kung Fu Panda 2, sobre todo cuando hay tanta película de acción en la que uno no se entera de la mitad de las cosas debido al montaje y similares. Permítanme la licencia, pero los combates molan. Vamos, que no da tiempo a aburrirse con un metraje tan ajustado que apenas llega a la hora y media.

Además se ha refinado el humor de la primera entrega, para hacerlo algo más sutil si quieren llamarlo de algún modo. Es menos divertida, en el sentido de que uno acaba riendo menos que en la anterior, pero cuando toca reír o sonreír lo hace con ganas. Como la escena de Po y su padre con éste último explicándole que es adoptado. O la mantis religiosa comentando la muerte a manos de una mantis hembra de un familiar. Los nuevos actores de doblaje, entre los que se incluye el mítico Van Damme, siguen aportando ese toque gamberro que le sienta tan bien a este universo tan particular.

Si a eso le sumamos ese empeño de hacer crecer a los personajes y hacerlos más interesantes, como en el caso de Tigresa o del propio Po, y esos flashbacks con una animación tan poco convencional y tan atractivos y oscuros, la película deja un sabor de boca cercano a muchas producciones Pixar, que, sigo diciéndolo, son los reyes en esto de las producciones animadas. Kung Fu Panda 2 se queda muy cerca del reto de llegar a ese nivel y lo hace con un espectáculo para toda la familia que llega en el momento idóneo para que los niños llenen las salas de cine.

Se echa en falta algo más de consistencia en el guión, así como más escenas entre Po y el maestro Shifu, que eran el gran punto de apoyo de la primera película, pero se agradece el esfuerzo por no repetir, aunque sea en detrimento de algo que nos gustó mucho en la primera entrega. También el papel de los Cinco Furiosos, si exceptuamos a Tigresa, sigue siendo muy reducido, lo que es una pena con el reparto que tiene. Y ojo a la banda sonora de John Powell y Hans Zimmer, que es simplemente espectacular. Yo la he podido disfrutar en versión original y ya estoy deseando repetir para escuchar el doblaje de Florentino Fernández.

Así que, si, merece la pena verla.

Jesús Usero