Crítica de la película Origen (Inception) de Christopher Nolan

Origen (por motivos del propio argumento me cuesta no llamarla por su nombre real, Inception), es sin duda la joya de la cartelera del verano. Una lección de cine total y envolvente que reinventa los códigos del relato de intriga y supera cualquier otra película de acción que hayamos visto este año. Origen es original, inteligente y sorprendente, y demuestra que Christopher Nolan es un cineasta imprescindible en estos tiempos en los cuales tantos de sus colegas se limitan a prodigarse en la repetición, la falta de originalidad y el exceso visual sin contenido.

Nolan no. Nolan sabe lo que hace. Es un maestro, como demostró con El caballero oscuro, y ésta película es una nueva prueba de ello. Habrá algunos desnortados y desnutridos de ideas propias que dejándose guiar cual rebaño de borregos por sus “guías espirituales” de la caverna “progre” e intelectualoide caigan en la misma trampa en la que ya cayeron a la hora de juzgar El caballero oscuro, y no viendo más allá de sus narices, se despisten y obvien todo el gran cine que lleva dentro esta maravilla de película  simplemente porque es una producción norteamericana.

Crítica de la película El equipo A

Nunca fui seguidor de la serie El equipo A pero creo que todos los que se confiesan incondicionales de la misma sabrán reconocer como una de sus principales virtudes el sentido del humor, que incluso devoraba a los momentos de acción, siempre tan criticados porque allí se disparaba mucho y no se mataba nada ni a nadie. El personal no seguía El Equipo A esperando ver una variante televisiva de Acorralado, Rambo, La presa de Walter Hill o las de Desaparecido en combate de Chuck Norris,  que más o menos por esas mismas fechas hacían furor en los cines. Lo que esperaban (esperábamos, que yo también la veía de vez en cuando, sobre todo la primera temporada y algunos capítulos de la última, cuando modificaron el guión y les metieron a currar en operaciones especiales) era ver la siguiente pirada de pinza de Murdock, el piloto loco, o cómo conseguirían meter a M.A. Baracus en el avión, o de qué manera Hannibal trazaría un plan de esos que siempre le gustaba que salieran bien, ayudado por el caradura de Fénix.

Quienes criticaban que allí se mataba poco deberían haber tenido en cuenta que sobre todo el asunto era una comedia de acción para toda la familia, y si dudaban bastaba con echarle un vistazo a la presentación, que no engañaba a nadie. En la misma aparecía George Peppard encarnando a Hannibal con su puro en la boca ¡y disfrazado de primo de Godzilla, como si de Mortadelo se tratara! ¡Y qué me dicen del guiño con Dirk Benedict, alias Fénix, a quien le pasaban por delante de las narices a un cylon de Galáctica, la serie que protagonizó interpretando al teniente Starbuck! ¡Y Dwight Schultz, alias Murdock, vestido de novia!

No cabía llamarse a engaño: todo aquello era coña limonera, cachondeo puro y duro moderado por las limitaciones de censura del medio televisivo en aquel momento, pero tan gamberro como era posible dadas tales circunstancias.

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Lo que han hecho en la película de El equipo A es respetar ese espíritu de cachondeo y juerga y conseguir la que no dudo en calificar como una de las películas más entretenidas del verano. Ahora sólo cabe esperar que nadie se llame a engaño y se meta en la sala esperando ver una de Ingmar Bergman o Michelangelo Antonioni, y luego salga todo indignado del cine porque esta película tiene la osadía de ser nada menos que un vehículo de entretenimiento, en lugar de internarse en las más profundas y procelosas incógnitas del alma humana para revelarnos el verdadero sentido de la vida. Sería bastante absurdo, porque además como todo buen cinéfilo amigo de divertirse en el cine sabe, el verdadero sentido de la vida no está en los paseos sadomasocas por la angustia, sino en comedias como El guateque de Blake Edwards, cualquiera de los Hermanos Marx o la propia El sentido de la vida, de los Monty Phyton, por mucho que se empeñen en lo contrario los de la caverna intelectualoide.

Así pues, aclarando, que es gerundio: El equipo A, la película, es una comedia de acción con los mismos mimbres de aquella serie que tanta gente veía y algunos veíamos a ratos en la tele hace años, pero actualizada con argumento y personajes más cercanos a nuestros tiempos (Vietnam se ha convertido en Irak y la CIA y el ejército privado de  Blackwater son las nuevas amenazas). Es la hermana mayor de la serie de televisión, concebida argumentalmente en clave de precuela, y comparte con aquella la característica esencial que le proporcionó el éxito: la capacidad de sus protagonistas para meterse al espectador en el bolsillo consiguiendo que ya desde el principio estemos dispuestos a seguirles allá a donde vayan, hagan lo que hagan, por absurdo que parezca, y sin poner pegas o  montar una pataleta pretenciosa de tontosopas adicto a escucharse a sí mismo y subirse al púlpito pidiéndole peras al olmo. Habrá alguno que  exija aquí una tesina sobre el existencialismo o  un opúsculo sobre Jung versus Freud, pero si quieren profundizar en los recovecos de la naturaleza humana yo les recomendaría que mejor se abran un libro y hasta les paso el título de uno de bolsillo facilito y muy propicio para que se inicien en el asunto (que por algunas sandeces que escuché el otro día en la rueda de prensa de esta película a algunos tampoco les va a venir nada mal): Concepciones de la naturaleza humana. Una introducción histórica, de Roger Trigg, Alianza Editorial. ¡Hala, ahí tienen a Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Hobbes, Locke, Hume, Kant, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud… y hasta Wittgenstein!

¡No me digan que no les mola mazo, como diría Camilo Sexto!

Aquí en El equipo A, como afirma la publicidad, no hay plan B, sólo nos proponen un rato de trepidante cachondeo y aventuras francamente poco creíbles, aunque no nos importa. Tenemos a Hannibal Smith, personaje que queda reforzado por Liam Neeson, como ocurre con el Fénix de Bradley Cooper, aunque lo de Sharlto Copley con Murdock frente a Dwight Schultz lo vamos a dejar en un empate técnico (con cierta ventaja para el segundo), y en lo referido a Baracus, ahí sí que gana la versión televisiva de Mr. T.

Señores, no nos pasemos de listos que luego hablamos de más y acabamos haciendo el ridículo. ¿Qué esperaban cuando les dijeron que iban a ver un largometraje de El equipo A? ¿Una reedición de Persona de Bergman? ¿El desierto rojo de Antonioni? ¿Una reedición anotada de las obras completas de Kierkegaard con prólogo de Unamuno? Es que, francamente, manda narices lo que tiene uno que oír y leer a veces.

Cada vez somos más bobos pretendiendo ser más listos.

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El equipo A no engaña. No pretende ser lo que no es. Al contrario, es justo lo que se proponía: un rato de evasión con unas cuantas escenas espectaculares y un tonillo de optimismo juerguista en su argumento general. Vamos lo que viene siendo una especie de refresco en plan “tinto de verano” que se desenvuelve como un entretenimiento bastante digno. Siempre que uno tenga claro lo que va a ver, no aburre y merece estar entre lo más divertido que  vamos a ver en el cine este verano. Y su coherencia es tal que no cabe sino considerarla película muy conseguida en su género.

Insisto: en su género, en su liga, entre las que sacan lo mejor del concepto del blockbuster, como estreno veraniego, para pasar el rato con colegas y parientes… Ustedes ya me entienden.

Pero vamos, que si alguien quiere que se lo diga con música puede recordar la sintonía de la serie de televisión.

He escrito divertido porque me lo pasé como un crío viéndola, y porque me apuntaría sin dudar a otro viaje con estos cuatro pájaros.

Ahora bien, si alguien después de ver el tráiler y leer esto sigue pensando que le engañan porque no es un sesudo testimonio de la angustia humana o similar, le recomiendo que se lo haga mirar.

En mi opinión da lo que promete y a mí me merece la pena gastarme la pasta para echar de vez en cuando un rato entretenido en el cine sin comerme el coco, algo que lamentablemente no suele ocurrirme con todas las películas de acción que se vienen estrenando. Más bien al contrario. Por eso ésta, sin embargo, me dejó bastante satisfecho.

Más claro el agua.

Un aviso final: no se pierdan lo que viene detrás de los créditos aunque en el cine les enciendan las luces, porque es ahí donde están los cameos.

Y no digo más, que luego todo se sabe, aunque como despedida cariñosa a los aficionados a subirse al púlpito y pedirle peras al olmo, ahí les dejo una frase de Séneca: “A los que corren en un laberinto, su misma velocidad los confunde”.

Miguel Juan Payán

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Noche y día ★★

Julio 15, 2010

Crítica de la película Noche y día

Sanfermines y patios andaluces. Así podría haber titulado este comentario de la locura de verano que protagonizan Tom Cruise y Cameron Díaz con el título de Noche y día. El astro de Hollywood vuelve a vérselas con la acción en una película donde la geografía española queda empaquetada en un “todo en uno”, o “todo a la vez”, en plan puzzle con las piezas cambiadas de sitio, como ya le ocurriera cuando mezcló fallas valencianas y Semana Santa sevillana en Misión imposible II, pero eso no es sino una anécdota en el esquema de esta colección de secuencias de acción levemente adornado como relato romántico que funciona como una especie de sucesión de trailers trufados de momentos espectaculares.

He escrito a propósito “locura de verano” porque creo que este término define muy bien un tipo de cine de acción cocinado específicamente para estas fechas de evasión y descanso que en el calendario vienen marcadas como vacaciones y en las que el tiempo libre cobra un protagonismo muy especial sobre todo entre el público infantil y juvenil.

Siguiendo la tradición de películas como Tras el corazón verde, La joya del Nilo, Señor y señora Smith o Seis días y siete noches, lo que propone Noche y día es simple cine de evasión, sin complicaciones, ni siquiera en su argumento. Los artífices de la película han citado como influencia referentes más “ilustres”, por decirlo así, como Charada o Arabesco, clásicos del cine de espías (mejor la primera que la segundas), pero están más cerca de estas otras propuestas más sencillas. Algo de su argumento puede hacernos pensar también, salvando todas las distancias que ustedes quieran, en una especie de eco lejano a modo de versión resumida y acelerada de Con la muerte en los talones, pero con Díaz en el papel de Cary Grant.

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En  todas las películas citadas la clave son los actores más que la acción, y más concretamente la química que sean capaces de desarrollar entre sí los integrantes de la pareja protagonista. Eso se da también en Noche y día. Cruise y Díaz tienen buena química, no cabe dudarlo, mejor por ejemplo de la que se daba entre Harrison Ford y Anne Heche en Seis días y siete noches o la que se estableció entre Gregory Peck y la reina mora Sofía Loren en Arabesco, pero les falta algo para llegar a alcanzar las cotas de complicidad que se daba entre Michael Douglas y Kathleen Turner en Tras el corazón verde, y andan más distanciados de lo conseguido por el dúo absolutamente mágico que formaron Cary Grant y Audrey Hepburn en Charada.

Quizá no se trata tanto de la química de los dos actores, como de la manera en que ésta es explotada por el guión y el diálogo, que no acaban de sacar el mejor partido posible de sus dos protagonistas. En todo caso, hay que decir que, también a consecuencia del guión, Cameron Díaz tiene un papel que le permite desenvolverse de manera más completa que Cruise, más atado al tópico y que por ello realiza un encomiable esfuerzo por darle un aire algo enloquecido y bromista a su personaje, luchando contra un guión que comete el error de no explotar convenientemente esa faceta más gamberra del mismo. Algo más de caos y locura le habría sentado bien a este espía, que no obstante Cruise intenta implementar a través de su interpretación con algunos toques que le alejen siquiera un  poco de sus antecedentes en la saga Misión imposible, si bien persisten en la película algunos elementos visuales cogidos sobre todo de la tercera entrega de la misma, dirigida por J.J. Abrams (un ejemplo: la toma que muestra la pelea dentro del avión a través de las ventanillas del mismo nos trae ecos de numerosos planos similares en la serie Alias, creada por ese mismo director, guionista y productor, lo cual, dicho sea de paso, nos da una idea de por dónde pueden ir los tiros en la próxima entrega de Misión Imposible que Cruise prepara para 2011 con Abrams).

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Desde el punto de vista del argumento estamos ante una variante de la típica fábula de féminas solteras y profesionalmente competentes que buscan la pareja perfecta atacadas por el síndrome del reloj biológico y convencidas de que se les pasa el arroz,  y por ello comparte muchas características con las comedias románticas que responden a esa misma fórmula. Esa clave es la que quizá ha llevado a hacer convivir secuencias de acción más habituales en el cine para público masculino con un planteamiento de comedia romántica no del todo desarrollado que atiende más al público femenino (la escena con los padres que referencia al espía como “buen chico” es muy reveladora en ese sentido). Quizá por eso se desaprovecha la introducción de algo más de humor gamberro, y aunque Cruise conserva el protagonismo en las secuencias de acción pierde fuerza como personaje (algo que queda demostrado claramente en el momento en que desaparece de la trama dejando paso a un fragmento de protagonismo en solitario de Díaz).

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En este sentido es interesante recordar que algunos miembros del equipo creativo de la película hacían hincapié en cierto nivel de inspiración sobre la misma ejercido por las películas protagonizadas por Jean-Paul Belmondo en los años 60 y 70, entre las cuales yo destacaría El hombre de río, una farsa de espionaje y aventuras co-protagonizada por la hermana mayor de Catherine Deneuve, Françoise Dorléac, donde queda claro cómo y por qué al personaje de Cruise le habría sentado muy bien una dosis mayor de chulería y gamberrismo sano y algo más de farsa del tópico del espía cinematográfico, si bien queda en la película el guiño genial del actor saliendo del agua al estilo de Ursula Andress en 007 contra el doctor No o Halle Berry en Muere otro día

Es entretenida, pero creo que no explota todas su posibilidades, incluso desde el punto de vista de las claves del blockbuster veraniego.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Kick Ass: Listo para machacar

En uno de esos movimientos de cartelera de última hora que a veces hacen las compañías y que casi nadie entiende, muchos de vosotros habréis notado que la película Kick-Ass que tenía previsto estrenarse el próximo 4 de Junio, ya se encuentra en la cartelera de toda España, en las llamadas sesiones golfas, en la mayor parte de cadenas de cine del país. Imagino que los motivos tendrán que ver con darle algo de cancha a la película antes de su estreno, previsto justo antes del Mundial, una mala época para un género como éste. Así que durante este fin de semana y el próximo, todos aquellos que quieran o puedan acercarse a su cine a ver esta gamberrada sin mucha vergüenza y con todo el descaro del mundo, pueden hacerlo.

Digo que es una gamberrada sin vergüenza y con descaro, pero lo hago con todo el cariño del mundo, porque es lo mejor de la película. Su falta de pretensiones, su mala uva, su descarada explotación del género de superhéroes y de la violencia más alocada y canalla que uno pueda echarse a la cara. Desde su inicio hasta los últimos momentos la película no duda de hacer de la sangre, los golpes o las palizas, los asesinatos o la justicia por cuenta propia y ajena, su canto de sirena para encandilar al público. Y lo hace con frescura y naturalidad, como si ver a una niña de diez años soltando salvajadas y destripando o desmembrando seres humanos fuese lo más natural del mundo.

Porque esto es un tebeo y aquí nada es real, nada debe tomarse en serio. Todo es tan superlativo que deja sobre todo una sonrisa o carcajada en el espectador, no es creíble, no es una violencia real. a película sabe hacer reír porque sabe reírse de sí misma. El protagonista es un lerdo de padre y muy señor mío, al que de tanto leer tebeos de superhéroes se le cruzan los cables y decide meterse en un oficio para el que no tiene no sólo preparación, sino las mínimas luces que le hagan sobrevivir. Os podéis imaginar con esos mimbres cómo sale su primer enfrentamiento con unos criminales.

Kick-Ass es un antihéroe, que, como él mismo dice, “mi mayor superpoder es soportar palizas como nadie”. Friki, medio bobo y recibiendo más palos que una estera. En ese contrapunto que suele existir entre villano y héroe, está bien que quien se opone a él sea de su misma calaña, mientras que Hit Girl y Big Daddy son dos profesionales en el arte de acabar con los villanos por la vía rápida, sin juicios y sin preguntar a nadie. Obviamente es en esa dualidad entre la incompetencia del priemro y la efectividad de esa niña que habla como un camionero y asesina como una profesional, donde reside la gracia del invento. Kick Ass es muy friki, con o sin ropa. Los otros no lo son. Kick-Ass-movie-image

Es ahí donde Kick-Ass hace cómplice al espectador, que con poco que sea seguidor del mundo del cómic seguro que se ríe aún más, por su sano giro en los tópicos habituales de estas producciones hacia un camino más salvaje. Y bastante entretenido. Matthew Vaughn deja entrever las claves de lo que será su X-Men: First Class y lo que podía haber sido X-Men 3 de haber caído en sus manos. Al menos, una aventura sin complejos ni complicaciones, con un humor bastante negro (el chiste inicial sobre la muerte de la madre del protagonista o cómo les atracan continuamente a él y sus amigos, son demenciales) pero poca enjundia, poca chicha.

 

Porque desprovista de artificios y de su sentido del humor, la película no cuenta nada del otro mundo, ni contiene una doble lectura, un mensaje, una razón de ser. Es una sucesión de momentos más o menos divertidos, que además requieren a veces de ciertos conocimientos sobre el cómic en general y Kick-Ass en particular, que la pueden hacer inaccesible al público general. La historia tarda mucho en arrancar y se acaba plagando de tópicos y situaciones reiterativas (¿cuántas veces necesita alguien ser salvado en el último suspiro?) sin nada original en sus vértebras. A veces incluso peca de pastel y ñoña, y deja claro un mensaje de “estos chicos son así porque no tienen sexo”, tan simple como poco elaborado. Porque si de algo carece la película es de un mínimo de erotismo.

Como suele ser habitual en USA, toda la fuerza la lleva la violencia, no el sexo. Así, historias tan interesantes como el pasado de Big Daddy y su relación con la policía, la relación padre hijo entre Niebla Roja y el gángster Frank D'Amico o la de Kick Ass y su padre (perfectamente desarrolladas en el tebeo) quedan cojas y abandonadas, sosas. Siendo lo más interesante, argumentalmente de la película. Por no hablar de un pequeño bache narrativo a la mitad de la cinta, que llega a desesperar... kick-ass-movie
Con todo y con eso el reparto está sembrado (sobre todo Mintz-Plasse, Strong y Moretz, una niña que roba todas las escenas sin despeinarse). Y aunque a veces uno desearía que se viesen mejor las coreografías de los tiroteos o peleas, las escenas de acción están bien dosificadas. Y reírte te ríes sin problemas cada par de minutos. Tiene suficiente mala leche como para encandilar con su humor al más pintado. Pero no acaba de rematar la faena. No termina de asimilar toda la carga del tebeo, sólo rasca la superficie.

Ser subversivo no es decir muchos tacos y mostrar mucha sangre. Es contar una historia con dureza y sin reparos, como nunca ante se había contado. En Kick Ass la clave está en las relaciones, que parecen interesar poco al director y guionista de la cinta. Prefiere quedarse con la violencia y los chistes. Una pena, porque esta historia daba mucho más de sí. Quizá en la secuela sepan aprovechar algo mejor ese potencial latente de este peculiar superhéroe. Mientras, tampoco está nada mal para echar un rato, mejor aún en compañía.

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Crítica de la película Prince of Persia. Las arenas del tiempo

Prince of Persia, las arenas del tiempo es lo que podríamos denominar una revientataquillas muy completa y conseguida. Quiere esto decir que sus artífices cumplen sobradamente con las perspectivas generadas en torno al proyecto, y será raro que los aficionados a ir al cine a entretenerse y pasar un rato divertido se sientan defraudados por el espectáculo que se les ofrece.

Lo cierto es que mientras veía la película experimentaba la misma sensación de estar recuperando una parte de mi infancia que me asaltó cuando vi por primera vez La momia, La momia 2 o Piratas del Caribe, e incluso, para ser sincero, y a título exclusivamente personal, me lo pasé mejor viendo ésta que Piratas del Caribe, quizá porque es más descarada en sus planteamientos y en ningún momento intenta venderme otra cosa que lo que es: un producto para explotación masiva en todo el planeta, con escenas de acción trepidante, una intriga competente, personajes que rápidamente adoptas como espectador y a los que te apetece seguir viendo las sucesivas peripecias que te proponen los guionistas y paisajes y entornos de carácter legendario, que encajan tanto en una imagen actualizada a los usos, gustos y costumbres actuales de las típicas aventuras de las Mil y un noches rodadas en Hollywood en los años 40 y 50 como a las recreaciones de entornos propios del género de Espada y Brujería tan habituales en el mundo de los videojuegos.

No es que Dastan sea Conan, ni tampoco lo pretende, pero algunas de sus aventuras nos recuerdan los escritos de Robert E. Howard, y por lo que se refiere al videojuego, parece que en líneas generales la adaptación cinematográfica cumple bastante fielmente con las situaciones y personajes allí utilizados, si bien han cambiado algunos nombres y han realizado los pertinentes ajustes en la historia para facilitar su traslado a la pantalla grande.

De hecho, mirando el asunto desde la eficacia y calidad de su reparto (encabezado brillantemente por ese más que competente actor que es Jake Gyllenhaal, que se lleva metiendo al espectador en el bolsillo desde Donnie Darko y tras dar la campanada internacionalmente con Jarhead y Brokeback Mountain, se ha establecido como referente en su generación con Zodiac), y  valorándolo también por los medios de producción aplicados (de hecho una infraestructura de superproducción que recuerda el despliegue visual de Piratas del Caribe), cabe concluir que es una de las más competentes y serias adaptaciones de videojuego al cine que hemos conocido hasta el momento.

Todo lo anterior podría resumirse en dos ideas claves. Al cine la mayoría del personal va a disfrutar, a olvidarse de su vida cotidiana y pasar un rato entretenido entrando en la fábula. Bajo esa perspectiva, Prince of Persia es sin duda una película perfecta.  Ahora bien, si lo que vamos buscando es reflexionar sobre las tragedias cotidianas que tanto suben la audiencia de los informativos, o si buscamos refocilarnos en las miserias que  nos rodean por el mero hecho de ser humanos, recomiendo otra elección en la cartelera, porque esta película es un muy digno espectáculo de evasión, lo que por otra parte la hace interesante, ya que replica fórmulas que llevan aplicándose en el cine desde los tiempos de la etapa muda, cuando la primera gran estrella del cine de acción de Hollywood, Douglas Fairbanks, daba saltos por los decorados de El ladrón de Bagdad, Robin de los Bosques, Los tres mosqueteros, La marca del Zorro o El pirata negro. Sería absurdo y totalmente incongruente pedirle a este largometraje producido básicamente para entretener de manera digna y sin ofender al espectador que se ajustara a suscitar planteamientos de otro tipo. Ninguna película debería ser analizada lejos y al margen de sus objetivos primarios. Contemplada según dichos objetivos,  Prince of Persia es una buena película, en su terreno. Quiere esto decir que aplica la fórmula argumental y narrativa a la que se acoge con habilidad, astucia y gran solvencia, metiéndonos de lleno en el seno de sus intrigas palaciegas, sus trepidantes escenas de acción y su historia romántica, que por ejemplo al contrario de lo que pasaba con  Furia de titanes (me la ha recordado porque comparte con la misma su protagonista femenina, así que al comparación, si bien odiosa, viene al pelo), es suficientemente competente como para que nos la creamos, sin pensar demasiado en ella, como ocurre con todo el resto de lo que ocurre en la película.

No se trata en suma de hacernos pensar sobre nada, porque su objetivo es operar sobre el espectador del mismo modo que una montaña rusa. No en vano su productor, Jerry Bruckheimer, es entre otras cosas el principal valedor de lo que los críticos, han dado en llamar “cine de montaña rusa”. Yo prefiero calificar este tipo de películas como “cine de atracciones”, que es un término que me recuerda los primeros pasos de la historia del cine, aquella época en la que todo estaba todavía por descubrir, pero la norma esencial era deslumbrar al público con momentos fantásticos imposibles como los que proponía George Méliès con su Viaje a la Luna, pero también Giovanni Pastrone con su retroceso hasta los fastos de la antigüedad  de la guerra de Roma contra Cartago en Cabiria, o David Wark Griffith con Intolerancia.

Se trata aquí por tanto de recuperar una de las más dignas funciones del arte industrial que es el cine: divertir y entretener de forma competente y sin insultar la inteligencia del espectador.

Miguel Juan Payán

Luc Besson vuelve a facturar esa especie de subgénero raro que se ha inventado y que son las películas de género estilo Hollywood pero cocinadas a la francesa. Es lo que viene haciendo tanto en su faceta como productor como cuando decide situarse detrás de las cámaras. Aquí ejerce como guionista y productor y deja que se ocupe de la dirección uno de sus acólitos más capaces, Pierre Morel (realizador de Distrito 13, Venganza y próximamente la nueva versión de Dune anunciada para 2012). Y el resultado es entretenido.

Tras un arranque que por su ritmo pausado y por el hecho de tomarse su tiempo para presentar a uno de los protagonistas parecía ir a tirar por la vía del cine de espionaje con reminiscencias del que se facturaba en Hollywood en la interesante década de los setenta, Morel no tarda en poner las cartas sobre la mesa y entregarse al desarrollo de una serie de secuencias de acción inevitablemente vinculadas a la aparición del personaje de Travolta. Éste llega al asunto caracterizado con las pintas de una especie de Vin Diesel algo más talludito, más hortera y con los modos y maneras de Vincent Vega, el papel con el que Tarantino le sacó del olvido en Pulp Fiction. De hecho y por si alguien no lo pilla así por las buenas, incluso se permiten un chiste con la hamburguesa Royale con queso que la primera vez hace gracia pero la segunda, ya en el desenlace, no tanto (un consejo: por bueno que os parezca, nunca repitáis un chiste, es como hacer desandar camino a los personajes).

El  chiste de la Royale con queso  es bastante clarificador sobre cómo se construye la película, que no es otra cosa que un entretenido ejercicio de imitación del cine de acción estadounidense cocinado en las calles de la capital francesa por unos admiradores del cine de Tarantino y de las buddy movies. Inicialmente salen bien parados del intento pero en su empeño por tocar demasiados palos a la vez acaban bastante despistados y finalmente se entregan a una sucesión de secuencias de acción encadenadas sin demasiado orden ni concierto donde los personajes desaparecen para convertirse en marionetas.

Le ocurre tanto al personaje de Rhys Davies como al del propio Travolta, que no obstante es el que sujeta la historia, porque de no ser por sus salidas de tono y su chulería, el resto sería bastante monótono y previsible. Digamos que Travolta con su topicazo de personaje y con una caracterización que compite en lo más hortera que le hemos visto con el rastafari extraterrestre de Campo de batalla: la Tierra, es no obstante lo más entretenido de la película, mayormente porque se la pasa disparando contra alguien, soltando exabruptos y repartiendo cera limonera a todo el que se le pone por delante en una especie de sátira-homenaje (más homenaje que sátira, me temo) al héroe de acción estilo yanqui años 80 y 90, empeñado en salvar el mundo en plan Bruce Willis, Arnold Schwarzenegger… aunque para ser sincero creo que el estilo Steven Seagal le pilla más cerca que el de las criaturitas de Tarantino.

Vamos que la supuesta sorpresa sobre la verdadera identidad y función en la trama de algunos personajes no es en modo alguno tal sorpresa y al menos yo me la veía venir desde la primera escenita romántica (por cierto, bastante aburrida de puro tópica).

En las escenas de acción la cosa se anima y vuelven a aplicar la fórmula de Venganza, pero como dice mi colega, y sin embargo amigo, Jesús Usero, en ésa otra lo gracioso era ver al gran Liam Neeson ejerciendo de quebrantahuesos al estilo Steven “Stopa” Seagal, y en ésta otra es menos gracioso ver a Travolta ejerciendo como Vin Diesel pero igualmente nos conformamos porque al menos hasta que intentan resolver la trama y acaban empantanados en un huerto de intriga que claramente les supera, la cosa tenía su gracia.

Pero vamos que ver saltar a Travolta por los tejados de Frenético y pasearse a tortas por París como Jet Li en El beso del dragón, tiene cierta gracia, así que, como decían en el anuncio aquél de un célebre juego de mesa: “Aceptamos barco como animal de compañía”.

Eso sí, la persecución por carretera con el lanzacohetes en ristre les ha salido más tipo película chunga de acción de Eddie Murphy en sus peores tiempos, estilo El negociador (supongo que porque no tenían tanta pasta como para marcarse un clon de Morfeo  repartiendo leña en la segunda entrega de Matrix), y más que realista resulta algo pobreta de medios para lo que se supone que quiere conseguir. La falta de medios no cuela como intento de realismo, porque además a esas alturas y en una historieta tan pasada de vueltas, el realismo no pintaría absolutamente nada.

Y por supuesto la exhibición de pistolas en la última escena suena a duelo infantil para medirse la minga en los retretes del jardín de infancia.

Lo dicho: moderadamente entretenida, pero con un tramo final francamente torpe. Sus ambiciones de clonación de Tarantino se quedan en una de “Stopa” Seagal con más dinero de lo habitual y Travolta parodiando a Vin Diesel.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película King Kong de Peter Jackson

El estreno, a principios de este 2010, de The Lovely Bones, la última película de Peter Jackson, me hizo caer en un detalle curioso, que se repitió en la gran mayoría de medios de comunicación que se hacían eco del estreno. King Kong, la anterior película del director, estrenada en todo el mundo el 14 de diciembre de 2005, no existía. En otras palabras, The Lovely Bones era el siguiente trabajo de Jackson tras su exitosa trilogía de El Señor de los Anillos, o al menos eso era lo que cualquier aficionado al cine poco espabilado podía concluir.

No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de los motivos de semejante indiferencia hacia aquella revisión de la mítica película de 1935 que Jackson abordó con desmedido entusiasmo. La película no gustó, no fue bien tratada por el público, y mucho menos por la crítica. El director neozelandés pasó de la gloria absoluta con su adaptación de los libros de Tolkien, a las críticas más severas con su Kong. Y, como en el anterior artículo del blog dedicado a Superman Returns, aquí estoy yo para llevar la contraria a tantas opiniones negativas. Porque, en mi opinión, el King Kong de Peter Jackson tampoco era tan malo...

Si Bryan Singer había apostado por ignorar absolutamente la tercera y cuarta películas sobre Superman, Jackson hizo lo propio respecto a aquel despropósito que el prolífico Dino de Laurentiis perpetró en los 70 con el simio gigante. John Gullermin, eficaz artesano, había dirigido en 1976 una versión horrible protagonizada por Jeff Bridges y Jessica Lange, que para colmo de males había tenido una infecta secuela diez años después. Jackson hizo hincapié en su intención de homenajear al Kong original, al de 1933, aquel que él había descubierto, como yo, en recordadas veladas televisivas cuando era niño, y que nos permitió otorgarle otro sentido al término “aventura”. Y es que el King Kong de Schoedak y Cooper era, sin duda, la aventura más grande jamás contada. Por eso  el proyecto de Peter Jackson despertó tanto interés desde que fue anunciado, y por eso, la decepción fue tan grande.

Han pasado casi cinco años del estreno, y vista hoy, resultan evidentes los motivos del descalabro. Pero ojo, que el Kong de Peter Jackson sí obtuvo beneficios, aunque todos sabemos ya cuál es la manera de proceder de los grandes estudios: no te gastas 200 millones de dólares para recaudar 550 (sólo 218 en territorio estadounidense). Semejante presupuesto requiere una taquilla mucho más basta, para que la película se considere rentable. Lo que ocurrió fue que la cinta se enfrentó a problemas que hubiesen sido fácilmente evitables, ya que provenían de la misma concepción del proyecto. Puede decirse que Peter Jackson murió de éxito, el que le había proporcionado su maravillosa trilogía de los anillos, venerada por todos, crítica y público. Aprovechó la descomunal repercusión de aquellas tres películas para darse un festín con su mito cinematográfico de la infancia, y, sencillamente, se pasó.

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Peter Jackson no era un director mediático antes de El Señor de los Anillos. Era un cineasta muy reconocido en los ámbitos del cine de género, el irreverente neozelandés que había divertido al personal con aquellas pequeñas películas gore a finales de los 80, y que había cambiado de rumbo con Criaturas Celestiales ya en los 90, justo antes de acogerse a los preceptos del sistema de grandes estudios con la divertida Agárrame Esos Fantasmas, un proyecto personal con el que Universal le acogió en su seno. Pero la película, protagonizada por Michael J. Fox, sólo gustó a los fans del Jackson de siempre, los mismos que habían disfrutado con Mal Gusto y Braindead. Peter Jackson no contaba con ningún taquillazo, era relativamente poco conocido, muy lejos, para entendernos, del nivel de popularidad de tipos como Spielberg, James Cameron o Tim Burton. Pero se le puso a tiro la obra de Tolkien, y lo bordó. Y de ahí, claro, a King Kong, el tipo de proyecto que Universal no pone en manos de cualquiera. En Hollywood vales lo que haya recaudado tu última película, y la última de Jackson (o mejor, las tres últimas) habían recaudado muchísimo…

Con semejante status, el director podría pedir lo que quisiera. Y no se quedó corto. Uno puede entender a priori el planteamiento: te dedicas a hacer películas, y una major pone en tus manos la posibilidad de hacer un remake de uno de los personajes más famosos e icónicos de la historia del cine, personaje que, por otra parte, forma parte de tu imaginario particular desde tu infancia, esa película que te sabes de memoria y con la que, muy probablemente, has descubierto el cine y por la que has decidido dedicar tu vida a este oficio. Como seguro haríamos cualquiera de nosotros, nuestra nueva versión sería grande, ambiciosa y excesiva. Y de eso pecó este King Kong.

El exceso llegó en dos aspectos fundamentales. El King Kong de 1933 duraba 100 minutos. Peter Jackson, y sus colaboradoras habituales en las tareas de guión, Fran Walsh y Philippa Boyens, escribieron un libreto que dio como resultado una película de 187 minutos. Más de tres horas para contar exactamente la misma historia. Es cierto que tampoco ayudaba la irregularidad narrativa, con momentos ágiles que se alternaban con otros algo plúmbeos, pero las aventuras en Isla Calavera requerían menos metraje que, por ejemplo, las películas de El Señor de los Anillos, que superaban también las tres horas, pero se debían al extensísimo material que adaptaban, que les permitía además, una importante fluidez narrativa. Es muy complicado que una película arrase en taquilla sobrepasando las tres horas. Si damos por hecho que Jackson buscaba jugar en la liga de las grandes, de las más rentables, habrá que convenir que se equivocó con semejante duración: Avatar duraba 162 minutos, la tercera entrega de Piratas del Caribe 151, El Caballero Oscuro 152, el primer Harry Potter 150, La Amenaza Fantasma 136…Son algunas de las películas más taquilleras de la historia del cine, muchas de ellas bastante más aburridas que King Kong, pero con el tirón que proporcionan las sagas populares. Y hay que tener en cuenta que la versión que finalmente pudimos ver en los cines no era la que Jackson tuvo en mente desde el principio, sino una recortada que tuvo que aceptar por exigencias del estudio. Efectivamente, el Kong de Peter Jackson era demasiado largo…

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Y, como no podía ser de otro modo, la película estaba repleta de efectos visuales. Es probable que en los últimos años hayamos visto cintas con un número de planos virtuales parecido (la reciente Furia de Titanes es un claro ejemplo), pero yo, que voy al cine una media de cuatro veces por semana y veo todo tipo de cine, blockbusters incluídos, tuve la sensación viendo King Kong de que no había visto nada igual en mi vida: cada escena, cada plano tenía algún tipo de efecto visual. El abuso de la infografía fue, en mi opinión, un error clamoroso. Desde la primera parte de la película, en la que los ordenadores ayudaban a recrear la Nueva York de los años 30, hasta el grueso de la trama, en esa Isla Calavera rebosante de bichos mastodónticos. Todo era demasiado virtual, demasiado tecnológico. Nuestro querido Kong estaba hecho de forma sublime, le notábamos respirar, le notábamos sufrir y amar a Naomi Watts, pero esa perfección se convertía en abrumadora cuando le veíamos interactuar con los dinosaurios o con la tribu de la isla. Algo chirriaba, algo se “salía de madre”. Los 200 millones de presupuesto tenían que notarse en algo, y se notaba, sobre todo, en los abundantes efectos visuales. Eran buenos, pero eran demasiados…

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Pero yo no puedo olvidarme del cásting, en mi opinión, uno de los más fallidos de los últimos tiempos. Y mira que el director había acertado de lleno en el amplio reparto de El Señor de los Anillos, pero aquí metió la pata. Uno no logra identificar a Jack Black con ese espíritu libre y aventurero que era Carl Denham en la película de 1933, en la que le puso cara y cuerpo Robert Armstrong. Tampoco Adrien Brody era el más adecuado para el papel de Jack Driscoll, un galán que a fin de cuentas pugnará con el simio por el amor de Anne, encarnada aquí por una Naomi Watts que cumplía sin más, pero que carecía del encanto de aquella intrépida Fay Wray. Individualmente no eran los más adecuados, y en conjunto tampoco lograban encandilar.

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Y vamos ya con lo bueno. El King Kong de Peter Jackson era una delicia, como comenté en mi artículo sobre Superman Returns, desde el punto de vista de la nostalgia y el homenaje a aquella maravilla de 1933. Si la versión del Hombre de Acero de Bryan Singer se deshacía en elogios y recuerdos a la película anterior, este Kong multiplicaba por mil el espíritu de Schoedak y Cooper. Se buscaba la AVENTURA, con mayúsculas, y por ello no se reparó ni en gastos ni en metros de celuloide. La película comenzaba como comienzan las grandes aventuras, con unos personajes sin oficio ni beneficio, de vidas vacías que embarcan en un viaje de desconocidas e inesperadas consecuencias. La primera hora de película era de una belleza memorable, con esa recreación de la ciudad de Nueva York justo después de la gran depresión, que parecía cebarse con los artistas, con los creadores, gentes como la actriz Anne o el guionista Jack. La llegada a Isla Calavera era también grandiosa, así como el descubrimiento del simio gigante. Después nos adentrábamos en un festival de imágenes generadas por ordenador, hasta un final emotivo, espectacular y sobrecogedor, con Kong en lo alto del Empire State. No tenía, claro, en encanto de la antigua, pero le rendía un sentido homenaje.

A mi me pasa algo curioso. Comprendo que es difícil mejorar un original, y menos uno con la grandeza de aquel King Kong de 1933. Todos tendemos a despreciar las nuevas versiones, los remakes de películas que amamos, porque consideramos que es imposible mejorarlas. Pero yo no puedo evitar emocionarme cuando veo estos lavados de cara de alguna de mis obras favoritas, aunque soy consciente de que empequeñecen en la comparación con las primeras. Evidentemente no me ocurrió con El Planeta de los Simios de Tim Burton, ni con la Psicosis de Gus Van Sant, pero cuando me ofrecen un poquito de entretenimiento mezclado con un venerable respeto al original, me ganan para su causa…

King Kong llegó a finales de 2005 nuevamente, pero no se quedó…Y estoy convencido de que tardaremos mucho tiempo en volver a verle en la gran pantalla. De hecho creo que nunca volveremos a verle. En los 70 más que un homenaje sufrió un insulto, y treinta años más tarde Peter Jackson le trató con cariño, con mimo, pero le atiborró de tecnología. Y Kong es un niño, tanto como lo éramos nosotros cuando le descubrimos, y no debe de ser mal criado. Las intenciones eran buenas, pero las expectativas no se cumplieron. Pero yo agradezco a Peter Jackson su intento por devolvernos a Isla Calavera, para vivir la aventura más grandiosa que el cine nos ha contado. Yo disfruté con este King Kong, por lo que tuvo de respetuoso y porque me hizo recordar que sólo el cine puede contarnos historias como ésta. Y qué vértigo pasé en lo alto del Empire State…

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Crítica de la película Green Zone: Distrito protegido

En principio lo que hace Paul Greengrass en Green Zone: Distrito protegido no es otra cosa que trasladar las claves de su replanteamiento del cine de espionaje en la saga de Jason Bourne a los primeros tiempos de la invasión de Irak, cuando el tema de las armas de destrucción masiva que supuestamente tenían los iraquíes preparadas para conquistar el planeta, cual marcianos de Tim Burton, se convirtieron en el McGuffin más buscado de la era Bush. No era para menos, ya que si hacemos memoria tal asunto fue la excusa esgrimida por los Estados Unidos y sus aliados para invadir el país… y luego no aparecieron las dichas armas por parte alguna.

Pero hay más cosas interesantes en la película.

Habría resultado no obstante muy fácil para el director zambullirse gustosamente en un espectáculo de acción sin trabas o ponerse panfletario con el tema de la conspiración, pero ése no sería el estilo Greengrass. Lo que más interesa de esta película es precisamente esa otra vuelta de tuerca que se le da al tema central: la manipulación de la verdad y la execrable sumisión de los medios de comunicación al poder, alentada por el terror desatado por los atentados del 11-S y amparada bajo la sombra de la resurrección del estado como paternalista sobreprotector de los ciudadanos totalmente liberado de las trabas morales y los controles de rigor.

Ese “papá estado” del “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, al que solemos invocar cuando la realidad nos impone el zarpazo del miedo, inoculado en esta ocasión en las venas de nuestra sociedad autocomplaciente a través de los ataques terroristas, es el verdadero Kraken que se ha adueñado de la historia reciente, más temible que el bicho que aparece en Furia de titanes. Porque, señores, conviene no olvidarlo: vivimos en estado de guerra.

Simplemente, estamos en guerra, no en “misión de paz”, como pretenden algunos de nuestros políticos en un impúdico alarde de optimismo injustificado en cuanto a su limitadísima capacidad para vendernos humo.

Greengrass es más cauto a la hora de hablarnos del asunto, y disfraza astutamente el posible mensaje que pudiera tener su película, en definitiva una trama de denuncia de la conspiración bastante fiel a la fórmula de este tipo de relatos, con los abalorios más elaborados y brillantes del cine de acción, llevándonos al epicentro de la invasión de Iraq, el distrito protegido que se cita en el título elegido para acompañar a la película en la cartelera española.

Su intriga en pleno entorno bélico tiene toda la capacidad de evocación y seducción que exhiben los mejores ejercicios de hibridación de géneros del cine reciente y además da muestras de una coherencia y equilibrio ejemplar en las dos historias principales que centran el relato.

La historia principal es obviamente la búsqueda de las armas de destrucción masiva, que evoluciona hacia una búsqueda de la verdad por parte del protagonista. Pero la película no está completa y sería menos brillante sin el punto de compensación y equilibrio que aporta la subtrama, no menos importante. Nace ésta en esa especie de isla en el paisaje bélico que es el distrito protegido. En ella reina el político manipulador y sinvergüenza interpretado por Greg Kinnear, cuyo pulso con la periodista-mascota y “domesticada” a la que da vida Amy Ryan va creciendo a medida que avanza la trama, mostrándose finalmente incluso más importante como tema central de la misma que la búsqueda de la verdad por parte del héroe, toda vez que dicha búsqueda se salda con el descubrimiento de una trágica mentira que se despliega como una especie de rosario de engaños y corrupción, recordándonos la frase “planes dentro de planes” que pronunciaba la bruja Bene Gesserit en la novela Dune de Frank Herbert.

En el desenlace entendemos que el verdadero corazón de la historia está representado por esa doble búsqueda de la verdad que llevan a cabo los personajes del soldado y la periodista, el primero esperando encontrar respuestas y la segunda temiendo encontrar las respuestas que ya se ha dado a sí misma. Y ambos representan el desengaño que preside el acto final de toda la trama y nos alcanza doblemente como espectadores de la película y como espectadores en la vida real de esta lamentable representación de la mentira que forma ya parte vergonzosa e indeleble de nuestra historia reciente.

Pero no teman. Para llegar a todo ello Greengrass no cocina un paseo panfletario y aburrido desde el púlpito de la tragedia, sino que nos sube a un trepidante tren de secuencias de acción lanzado a toda velocidad por las calles de Bagdad, en una trama de intriga con tensión creciente a la que se van incorporando nuevos personajes y situaciones con la narrativa reportajeada de que hacen gala las mejores series de acción facturadas por la pequeña pantalla en nuestros días y que tan buenos resultados suele dar cuando se aplica con coherencia y eficacia en las películas concebidas para la pantalla grande.

Quiere esto decir, para ser aún más claro, que Greengrass nos sitúa en el mismo centro de la acción, justo tras los talones del protagonista, dando como resultado una de las mejores películas de acción del año.

Visualmente intensa y narrativamente muy clara en su manera de exponer la trama de conspiración, Green Zone pone sobre la mesa uno de los principales talentos de su director: facturar eficaces películas de acción sin poner en duda ni ofender la inteligencia del espectador.

Llama además la atención lo hábil que es para hablarnos de la prostitución de los medios de comunicación sin cargar las tintas, a través de ese personaje de la periodista que pasa casi como una sombra por el relato arrastrando sus miserias de un modo más sobrio y contenido e incluso más demoledor, por ser menos obvio y no tirar de justificación personal alguna, que el que en su momento exhibiera el personaje interpretado por Meryl Streep en Leones por corderos, otra interesante película que se planteaba la sumisión de la prensa al poder. El duelo que en aquella mantuvieron Streep y Tom Cruise como periodista y político alcanza nuevas cotas y una plasmación en pantalla más verosímil y menos hollywoodiense en el que en esta otra película mantienen Amy Ryan y Greg Kinnear.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Millennium 3. La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire

Es bastante difícil para cualquier saga cinematográfica mantener el hilo narrativo y el interés del espectador durante tres películas sin que la trama, los personajes o el ritmo de la cinta sufran. En ese sentido, Millennium 3, La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire, consigue mantenerse a la altura con muy buen resultado, aunque no perfecto. La película funciona a muchos niveles, de forma más que correcta, pero en algunos otros baja las expectativas hasta causar la risa del espectador. Los primeros momentos se elevan por encima de los segundos, pero aún así estos permanecen en el espectador dejándole un sabor agridulce, como si la guinda del pastel de esta trilogía estuviese pocha.

Dos horas y media de proyección para finiquitar una trilogía que la mayor parte del público sabe inconclusa. Nunca sabremos qué tenía pensado Stieg Larsson para la continuación de su saga literaria. Se supone que la historia continuaría durante al menos unos cuantos libros más (o al menos eso aseguran todos sus allegados. Su viuda asegura que acababa de empezar la cuarta novela), pero la repentina muerte del autor nos lleva decir adiós a la saga aquí y ahora. No con un final abrupto e injustificado, ni mucho menos, pero sí con ganas de más. Una puerta al futuro abierta que nunca se llegará a cruzar.

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Mucha gente ha llegado a comentar que la llegada de Daniel Alfredson sustituyendo a Niels Arden Oplev entre la primera y segunda películas se debieron a problemas entre director y productores. Observando el cuadro completo, con Millennium 3 también dirigida pro Alfredson... Bueno, los motivos para el cambio quizá nunca se entiendan, pero debido a la mayor continuidad entre la anterior película y esta, nos encontramos ante un acierto con respecto a la narrativa y el estilo. Las dos últimas películas están mucho más interconectadas de lo que está la primera, lo que no quiere decir que Los Hombres que No amaban a las mujeres no pertenezca a la trilogía, simplemente que las conexiones entre estas dos son mayores, empezando por el hecho de que La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire y pretende resolver la mayor parte de tramas que quedaron abiertas en aquella. Y lo consigue. Las tramas se cierran, no quedan cabos sueltos, no quedan historias pendientes, sino esa puerta al futuro a la que nos referíamos antes.

Por supuesto el dúo protagonista, Michael Nyqvist y Noomi Rapace, se encuentran tan cómodos en sus papeles que bordan las interpretaciones. Siendo personajes tan dispares, pero en el fondo tan similares, sus interpretaciones son diferentes en matices, pero están intrínsecamente unidas por la contención y la mesura. No hay gestos de más, no hay palabras que sobren, porque saben de sobra quienes son Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander. De hecho, Rapace es quien más beneficiada sale del guión y consigue algunos de los momentos más interesantes de la película, sobre todo con el médico/cómplice que tiene en el hospital, con el que pasa de comportarse como una niña con miedo (lógico con todo lo que ha pasado, ese temor), a defenderse con rabia contenida, como la Lisbeth que todos conocemos. O su contención durante todo el juicio pese a su aspecto en el peinado y el maquillaje. La imagen de una fiera, sí, pero en sus ojos se puede ver todo el dolor, la rabia y la humillación que los recuerdos y hablar de ello en voz alta le trae a la cabeza.

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Lo mejor de la trama es que no se hace nada pesada pese a sus dos horas y media de duración. Sí, algo más de concisión y quizá alguna elipsis no le sentarían nada mal. El metraje se hace en algunos momentos algo denso, debido a que la historia frena de cuando en cuando, sobre todo en la mencionada parte de Lisbeth en el hospital. Pero son sólo ciertas partes de la película, algunos momentos. Pero la mezcla de género negro e intriga política, como la de los thrillers políticos americanos de los años 70, funciona a la perfección. La caza de Mikael sobre la sección, con tintes de ese cine pero con la esencia de las obras del cine europeo, convierten Millennium 3 en un gran entretenimiento que se disfruta de principio a fin sin problemas y que entusiasmará a los seguidores de la obra. Incluso los alicientes del más típico slasher americano de terror, con ese asesino gigante silente, que ni siente ni padece (la escena bajo al lluvia posee una atmósfera excelente), son otro aliciente más para el gran público. Además el sexo pierde parte de protagonismo, algo que distraía un poco en las anteriores películas, pese a servir para definir a los personajes y sus acciones. Un entretenimiento de primer orden.

Los problemas con la película vienen por otro camino. Primero la dirección de Alfredson, con el formato reducido, en lugar del scope empleado por Arden Oplev, su forma de contar la película... resultan demasiado televisivos. A veces emplea cámara al hombro para tratar de dinamizar las escenas más pausadas, pero no siempre funciona, y llega a abusar de sistemas de narración propios de la televisión, como el plano/contraplano en los diálogos entre personajes. Y las escenas de acción... Ahí sí reside un gran problema, un enorme pero a la película. Hay momentos básicamente ridículos que arrancan carcajadas de la platea por estar mal planificados y mal rodados (hay, por ejemplo, un lanzamiento de un bote de pintura a un metro de distancia en el que se ve perfectamente al actor que lo hace fallar a drede para no dar a la protagonista. La gente se ríe mucho con eso).

Son algunas cosas que te sacan de quicio brevemente durante la proyección y que terminan por no redondear una película que podía haber sido mejor, pero que es un buen ejemplo de cine de suspense. Eso sí, siempre que hayamos visto las dos anteriores.

Crítica de la película Shutter Island de Martin Scorsese

Impresionante es el mejor calificativo que  le cuadra al trabajo de dirección realizado por Martin Scorsese en Shutter Island, y  el mismo calificativo vale para su protagonista, Leonardo Di Caprio, que cada vez que se pone delante de una cámara deja en franca evidencia a muchos de los cromos y peluches de Hollywood que a base de lucir palmito se han abierto hueco entre las estrellas masculinas de nuestros días. Di Caprio sigue confirmándose como el actor con más talento de su generación y uno de los más competentes en cualquier tipo de registro entre los que actualmente circulan por Hollywood. No es extraño que Scorsese le haya elegido como socio creativo para esta etapa más reciente de su carrera, porque reúne todas las características de los buenos actores del cine clásico  que servidos sobradamente de talento podían permitirse el lujo de ser al mismo tiempo estrellas sin dejar de ser grandes actores, algo raro de ver en nuestros días.

Esa reunión de lo clásico y moderno, del cine más puro necesitado de la pantalla grande con las fórmulas narrativas de lo policíaco más innovadoras de nuestros días, aportadas a esta película por la novela de Dennis Lehane de la que parte, le permiten a Scorsese facturar con Shutter Island uno de sus mejores largometrajes de los últimos años, con el que ha conseguido encontrar ese camino de excelencia en la dirección de cine de suspense que se le escapó en la fallida El cabo del miedo.

Un ejemplo: la manera en la que nos presenta la primera visita a la celda de la paciente desaparecida, con un plano desde el suelo, luego en picado, luego con un montaje más rápido de planos más cortos que acaban por hacernos sentir confinados en esa celda que revisan Di Caprio y su compañero pistas.

Otro ejemplo, la forma en la que Scorsese muestra el interrogatorio de Di Caprio a Solando dentro de esa misma celda más tarde, una secuencia que acaba siendo intimista y lleva al director a jugar sobre el plano contra plano de ellos dos, sin abrir a planos de los otros personajes que están presentes en la celda, aunque Di Caprio mire en algún momento hacia ellos, porque es una secuencia esencial de máxima intimidad entre ambos personajes, y porque es un momento que al final se revelará como una de las muchas pistas sembradas a lo largo de todo el relato por el director para que entendamos que hemos estado viendo no una, sino dos películas distintas contenidas en la misma.

En ese mismo sentido llama también la atención el curioso ejercicio de arco de desarrollo de los personajes. El investigador interpretado por Di Caprio camina en un sentido contrario al progreso, crecimiento y desarrollo de los personajes que le rodean, todos ellos servidos por un reparto  perfectamente calibrado a modo de coro griego que acompaña esta terrorífica versión de lo que podría ser tanto el viaje del héroe como el recorrido por el laberinto mítico del legendario Teseo buscando las pistas que le conducirán hasta el Minotauro.

Aunque nos encontramos, o creemos encontrarnos inicialmente en un relato policial con elegante estética de cine negro, a posteriori, una vez terminada la película, descubriremos que en realidad hemos estado habitando con el atribulado y un tanto sonambúlico Di Caprio en una pesadilla terrorífica digna del gabinete del Doctor Caligari o de El resplandor, obviamente salvando todas las distancias que separan la manera de contar de Scorsese y la manera de contar de Kubrick (aunque ambos compartan ese plano aéreo sobre el vehículo que se acerca al lugar de pesadilla, el hotel vacío en la primera y el sanatorio mental aislado en Shutter Island).

Al final queda en el aire la gran incógnita: ¿es mejor vivir como un monstruo o morir como un héroe? A través de la misma Scorsese nos está planteando un montón de preguntas sobre el mundo en el que vivimos y sobre cómo hemos elegido vivir nuestra existencia, pero al mismo tiempo está enlazando con algunos de los temas clave de su filmografía, repleta de monstruos y héroes desde que dirigió Malas calles. El dilema al que se enfrenta su protagonista en esta ocasión es el mismo que ha acompañado a todos los grandes personajes de su filmografía, desde Charlie en Malas calles y Travis en Taxi Driver a Jake La Motta en Toro Salvaje o Billy Costigan en Infiltrados. Shutter Island nos confirma una vez más que el tema central de la filmografía de Scorsese es la búsqueda de la redención, lo cual en un cine como el estadounidense, cuyas fábulas tienen tendencia a centrarse más la búsqueda del éxito, no sólo le honra, sino que le sitúa en un nivel o estadio superior como autor de una filmografía única que sigue siendo excepcional por la capacidad para ejercer como un tapiz repleto de matices que convierten casi todas sus películas no sólo en una escuela de cine en sí misma, sino en una especie de reto para el espectador que como recompensa por su trabajo en el puzle recibe la garantía de ver cómo la película crece con cada nuevo visionado.

Shutter Island es efectivamente una de esas películas que crecerá cada vez que volvamos a verla, revelándonos cosas que antes no habíamos advertido, proporcionándonos otras piezas de un puzle apasionante del que debo decir que por otra parte es la película que más miedo me ha dado de todas las que he visto en el último año.

Y cuando digo miedo, me refiero a miedo de verdad, no al sus fácil. Si alguien espera encontrarse aquí con el terror del “buhhh” que te hace saltar de la butaca, que busque en otro sitio.

En Shutter Island encontrará algo mucho más difícil de conseguir: el terror existencial que se va a casa contigo y te acompaña durante un tiempo como recordatorio de que todos somos humanos y estamos sometidos a los mismos miedos .  Por eso me parece una película de cinco estrellas, porque, en contra de lo que me comentó algún colega el otro día después de verla, no importa si me sorprende o no su desenlace. Su juego con la intriga o el suspense es otro completamente distinto, e igualmente eficaz, haya caído el espectador o no en las trampas que se le tienden a lo largo del relato.

Su final es sobradamente explicativo de lo que se pretendía en el resto del metraje.

Hacernos dudar.

O lo que es lo mismo: convertirnos en protagonistas de la pesadilla en un grado que sólo un gran director con una planificación impecable  puede conseguir.

No importa si desciframos o no, ni tampoco cuándo descifremos las claves del puzle: seguiremos estando igualmente atrapados por la película.

Eso es lo que la hace grande.

Miguel Juan Payán