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Godzilla ★★★

Mayo 13, 2014

Crítica de la película Godzilla

Godzilla. Entretenida y espectacular en lo visual, falla en el desarrollo del guión, personajes y ritmo. El cine norteamericano ha vuelto a tropezar en la misma piedra que ya tropezara Roland Emmerich a la hora de adaptar Godzilla a los códigos y claves del cine estadounidense. Esta versión es sin duda mucho mejor película que la de Emmerich. Está mejor dirigida. Pero debo reconocer que la de Emmerich me resultaba más divertida. Además, está por debajo de la otra oferta de película con monstruo gigante que nos llegó el pasado verano, Pacific Rim, de Guillermo del Toro, que es mejor que ésta, de lejos.

El problema esencial es que en su traducción del célebre monstruo nipón, los norteamericanos olvidan que básicamente se trata de una criatura del cine de serie B, una gamberrada lagartona que requiere la autoparodia como sustancia esencial para plantear sus aventuras. Por el contrario, cada vez que los estadounidenses se acercan a Godzilla intentan llevárselo al territorio de la serie A y proporcionarle sobre todo seriedad como personaje. Grave error.

Godzilla es un fenómeno  construido por y para friquis. Y todo lo que suponga tomárselo en serio y con ningún sentido del humor, como pretende esta nueva propuesta norteamericana del personaje, es llevarlo a un territorio que le resulta extraño y ajeno al personaje original y genera el tipo de problemas de construcción, ritmo y funcionamiento dramático que presenta esta película.

Vamos por partes. En primer lugar hay que decir que es muy de agradecer que hayan metido todo el dinero que han aplicado a esta versión épica del asunto, sin duda mucho más espectacular que casi cualquier versión que podamos haber visto anteriormente. Pero el problema es que esto no es cuestión de dinero, sino de guión. Y creo que empiezan bien pero luego se tuercen. Creo que meten la pata prescindiendo con excesiva celeridad de personajes como el de Juliette Binoche y Bryan Cranston, que podrían haber tenido un recorrido mucho más interesante en la trama, y al menos en la primera parte de la misma demuestran que un buen actor puede marcar la diferencia incluso dando vida a personajes tan tópicos y poco desarrollados como los que se manejan en esta producción. Da la impresión de que han volcado todo el interés en el despliegue de los efectos visuales y las secuencias de acción épica, descuidando gravemente la construcción de personajes interesantes que vayan más allá del mero boceto o el tópico. Así es como se dilapida el talento de gentes como Aaron Taylor-Johnson,  Elizabeth Olsen, Ken Watanabe o David Strathairn. El personaje de Taylor-Johnson está cosido a tópicos y además su presencia como epicentro de todos los acontecimientos que se producen en la trama está bastante traída por los pelos argumentalmente hablando. Le rodea la casualidad. Y el careo final con el monstruo es excesivo incluso para el más crédulo de los espectadores. A Elizabeth Olsen parecen haberla fichado para reírse, llorar y mirar hacia arriba con cara de espanto. Y correr. Un desperdicio de una de las actrices más interesantes de nuestros días. A Ken Watanabe le han fichado porque es japonés y puede poner cara y acento de japonés cuando dice “¡Godzilla!”… aunque en realidad debería decir ¡Gojira!, pero mejor eso lo dejamos de lado y no nos ponemos exigentes. Además tiene otro “careo” absurdo con el monstruo, cuyo tamaño, dicho sea de paso, es bastante variable de un plano a otro. Tampoco nos pondremos exigentes con eso, dado que es característica habitual de casi todas las películas con monstruo gigante y edificios cercanos. Strathairn está tan desperdiciado en su papel de comandante supremo de la cosa militar como en su momento lo estuviera Liam Neeson en Battleship.

Hay momentos buenos, que suelen ser los que tienen cierto “toque Spielberg”: el niño contemplando al catástrofe de la central nuclear en el final del prólogo, la primera parte, con Cranston de protagonista, la incursión en la zona cero de la catástrofe inicial, la primera aparición del monstruo en la central nuclear, el puente por el que debe pasar el tren militar, los paracaidistas bajando sobre la ciudad… Pero es una especie de variante de Spielberg en plan guiño de J.J. Abrams. Esto es: mejor que las peripecias catastrofistas de Michael Bay en Transformers, de lejos, pero por debajo de los auténticos Spielberg, y algo por detrás del cine con ecos spielbergianos que suele marcarse J.J. Abrams.

De manera que les ha salido una película entretenida, que es más cercana al Godzilla original que la que dirigiera Roland Emmerich, aunque si les soy sincero, aquella me entretuvo más que ésta.

Creo que mis pegas para este largometraje se entenderán mejor si les propongo que la comparen con la película que sospecho han tomado como referente o fuente de inspiración los artífices de este nuevo Godzilla: Godzilla 2000, que fue la reivindicación japonesa de la franquicia tras la fallida propuesta de Roland Emmerich. Con ella comparte ese tono “spielbergiano” en algunos momentos, aunque si les soy sincero, me gusta mucho más Godzilla 2000, que es plenamente consciente de la propia identidad de la franquicia y no intenta disfrazarse de lo que no es. En este Godzilla encontramos algunos momentos, como el paso por el túnel o el ataque final de Godzilla con su aliento, que junto con esa intención de reflejar la mirada humana del monstruo como motivo central visual de la trama, comparte con Godzilla 2000. Pero creo que a Godzilla 2000 le salió mucho mejor la jugada. De hecho, creo que incluso el King Kong setentero era mejor, porque siendo flojo o regularcillo, incorporaba unas claves erótico-festivas con el personaje de Jessica Lange que no están en esta especie de equivalente actual, que además de no tener sentido del humor es argumentalmente un panfleto propagandístico de la familia y el ejército como elementos esenciales de la civilización, el último reducto de orden en el caos. Aunque lamentablemente ni siquiera esa idea está desarrollada en el argumento. Sólo está esbozada.

No puedo hablar de mucho más sin hacer spoiler o destripar temas claves de la película que prefiero que descubran ustedes mismos, así que para terminar este comentario simplemente les diré que me parece que Godzilla tiene menos protagonismo del que debería en este largometraje que a ratos (el momento del niño japonés “adoptado” por el protagonista, o ese empeño en el reencuentro familiar) me hace pensar que tenían un ojo puesto también en el cine de catástrofe más reciente y más concretamente en Lo increíble.

Para mí el error es que quieren convertir Godzilla en un personaje mainstream serie A, cuando esencialmente es cine de serie B, y para conseguirlo acuden a las más obvias y flojas claves del cine de catástrofe (la secuencia del puente en San Francisco con el autobús cargado de niños es una buena prueba de ello).

Así que la película es entretenida, visualmente espectacular, pero no me convence del todo. 

Miguel Juan Payán

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Jesús Usero

Crítica de la película Snowpiercer (Rompenieves)

Grata sorpresa. Ciencia ficción apocalíptica original y de calidad.  Muy recomendable.

Los aficionados esperaban con interés esta nueva película del surcoreano Joon-ho Bong, director de Crónica de un asesino en serie y The Host que con Rompenieves vuelve a demostrar que puede imponer un estilo propio y sorprendente a cualquier género que decida abordar. En esta ocasión, y como ya hiciera con las películas de monstruos gigantes en The Host, el realizador le da un repaso a las claves esenciales de la ciencia ficción apocalíptica mostrándonos un fin del mundo que nuevamente consigue convertir en una sucesión de sorpresas que además no se quedan en mero fuego de artificio visual, sino que sirven para reactivar la narración en ese triple viaje que nos propone la película. Porque, a su manera, Rompenieves se una roadmovie muy elaborada y con la filosofía de una muñeca rusa matrioska a la hora de ir desvelando las claves esenciales de su argumento. Como digo, la película es argumentalmente un cuádruple viaje de iniciación, autoconocimiento y desarrollo de los personajes principales que  tiene su propia carga filosófica y de reflexión. El primer viaje es el que hace todo ese tren futurista que a modo de arca y con algunas características de la ciencia ficción retrofuturista, contiene a los últimos supervivientes de la especie humana enfrentados al apocalipsis climático desatado por el propio hombre. El tren avanza imparable haciendo frente a todo tipo de obstáculos en la vía, en una incesante progresión por todo el planeta helado como una especie de reedición de la serpiente Uróboros con la cola en la boca que representa el ciclo eterno de las cosas, el eterno retorno, cuyo viaje comienza de nuevo en el mismo momento que concluye. El segundo viaje es el que emprenden los desarrapados rebeldes de los vagones de cola emprenden una revolución perpetrando su propia versión del asalto al Palacio de las Tullerías que es la cabecera del tren, donde se encuentra la máquina que impulsa todo su mundo hacia adelante, el refugio de los viajeros privilegiados. Su objetivo es subvertir el frágil orden social de castas establecido en el tren. Finalmente el antihéroe, un saludable cambio de registro para Chris Evans lejos del superhéroe marvelita Capitán América, hace su propio viaje forjándose en el liderato desde la aceptación de los pecados que le persiguen desde el pasado, hasta conocerse mejor a sí mismo. Finalmente el propio espectador viaja con los personajes descubriendo ese mundo helado y el interior del tren y sus habitantes, todo un microcosmos futurista que en opinión de quien esto escribe es uno de los más interesantes que nos ha propuesto desde hace muchos años la ciencia ficción apocalíptica, con detalles que vinculan esta visión del género con la que suelen desarrollar los cómics de ciencia ficción europeos (un ejemplo es la entrada en el vagón de los pintorescos “antidisturbios” que nos propone la película).

Añadan a todo lo anterior un reparto bien elegido para construir un sólido protagonismo coral (John Hurt, Ed Harris, Tilda Swinton, Jamie Bell, Octavia Spencer, Kang-ho Song…) que arropa al antihéroe interpretado por Chris Evans, paisajes espectaculares, secuencias de acción impactantes que recuerdan en sus combates la pelea con el martillo de Old Boy, resoluciones de secuencias que esquivan el tópico como el desenlace de la escuela, los huevos, la profesora, y un final que es toda una declaración de principios, y tendrán ante sus córneas una de las mejores propuestas de ciencia ficción que nos ha hecho el cine en mucho tiempo, perfecta para volver engancharse al género y con algunas claves, como el antihéroe, la comida de los furgones de cola, el sacrificio final del brazo, la manera de introducir un flashback verbal para explicar el pasado de los personajes que habitan la película y sus motivaciones y conflictos, que devuelven a la ciencia ficción la madurez de las propuestas cinematográficas desarrolladas por el género en los años setenta, con títulos como El planeta de los simios, El último hombre vivo, Soylent Green, cuando el destino nos alcance, La fuga de Logan, Nueva York año 2012… antes de que el fenómeno Star Wars redirigiera los esfuerzos cinematográficos en ese género hacia la space opera.

Miguel Juan Payán

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Jesús Usero

Crítica de la película 3 días para matar

Entretenida recuperación de Kevin Costner como protagonista, pero con lastre sentimentaloide.

El cine producido y/o dirigido por Luc Besson peca siempre de un exceso de formulismo comercial y tópicos de explotación que vuelven a repetirse en esta ocasión en la que además ejerce como co-guionista. La acción está bien. La intriga de partida tiene interés. La estrategia de rodear al protagonista de personajes y situaciones que se salen de los tópicos (en este caso los ocupas de su piso, la bicicleta color púrpura, el antagonista y al mismo tiempo confidente de sus problemas como padre Mitat), es acertada y funciona, presta solidez a la propuesta. Y sin duda Kevin Costner tiene la misma solvencia para manejar, resolver y darle entidad a personajes tópicos y más bien bidimensionales que Liam Neeson. De manera que esa es la parte positiva.

Lo malo es que, como ocurre siempre en el cine de Besson, la película parece servir a dos amos a la vez. Y junto a la trama de intriga, bien llevada con esos elementos que he mencionado, nos encontramos un paquete sentimentaloide de propaganda familiar que es habitual en las propuestas de este productor, guionista y director. Y servir a dos amos es la mejor manera de cargarse el invento. En la parte más moñas y simplona, de mensaje tradicionalista tontorrón, vemos al asesino de la CIA interpretado por Costner enseñando a montar en bicicleta a su hija, que por otra parte es ya demasiado zángana para dedicarse a tal menester. Además le vemos enseñándola a bailar para. Y finalmente el moribundo agente acaba por estar más vivo cuando se está muriendo y hasta le tira los tejos a su mujer, dicho sea de paso una espectacular Connie Nielsen. Rematando la faena nos tropezamos una imagen de pasteleo turístico con el protagonista destacado en la noche parisina con la torre Eiffel iluminándose al fondo del plano que casi me hace salir disparado camino del retrete para vomitar.

Esa parte, la peor de la película, convive y es un lastre para la intriga. Hay un momento concreto en la que  3 días para matar pierde todas las posibilidades de desarrollarse como una variante de Venganza, otra producción de Besson bastante mejor. Es el momento en el que el protagonista rescata a su hija de una violación en grupo, muy tópica, con un plano de salida de esa situación que parece sacado de la parte más vomitiva de El guardaespaldas, con la moza en brazos y todo. A partir de ese momento el pastelón familiar devora la intriga y lastra la acción. De hecho la película parece perder el contacto con otro de sus personajes interesantes, la maquiavélica y curvilínea Vivi interpretada por Amber Heard, personaje desaprovechado para dejarle sitio a los paseos de Costner con su niña y su bicicleta, que no nos importan absolutamente nada.

El problema es que por servir a dos amos, algo que también se observaba en la otra producción de Besson estrenada en los últimos meses, Malavita, la película acaba peleándose consigo misma, buscando una alianza imposible entre la acción y las babas. La idea de partida es prometedora, pero se frustra con un tramo final de la narración en la que la acción se convierte en un recurso manido para darle vida a una intriga que ha muerto estancada en lo sentimentaloide. Una pena, porque Costner defiende muy bien su papel y consigue hacer sobrevivir el interés y el entretenimiento incluso en el tramo final del relato, hasta el último plano de la película, un pastelón que sin su presencia habría sido intragable. A pesar de que en la resolución de las secuencias de acción abusen tanto de la imagen de Costner sufriendo los efectos alucinatorios de su enfermedad.

Podría haber sido una película mucho mejor jugando una baza más seria en el tratamiento de la familia perdida y la enfermedad. No era preciso llegar a las claves mucho más interesantes y dramáticas de, por ejemplo, El amigo americano, de Wim Wenders, pero al menos le hace falta más solidez y sobriedad en sus excesos sentimentales, las lecciones de bicicleta y demás, simplones y moñas.

Lo mejor es Costner recuperando un papel protagonista en clave de acción y demostrando que merece más oportunidades de estar encabezando el reparto en lugar de ser sólo un secundario estrella como en la última peripecia de Jack Ryan.

De hecho, después de ver la película, creo que alguien debería empezar a plantearse en serio hacer algo para poner a Liam Neeson y Costner frente a frente. Podrían saltar chispas.

Miguel Juan Payán

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Jesús Usero

Divergente ★★★

Abril 27, 2014

Crítica de la película Divergente

Acción, romance e intriga bien servidas en esta nueva saga adolescente.

Cada vez que una nueva saga de novelas para adolescentes, o para “Young adults” como las llaman los americanos, llega a nuestras pantallas nos queda el miedo de encontrarnos con una nueva saga Crepúsculo, con la que algunos ya se han lanzado a comparar a Divergente desde antes de su estreno. No tengo nada en contra de la franquicia de los vampiros, respeto a sus fans y a los millones de personas que llenaron los cines para ver las películas, pero no son plato de mi gusto. Ni me interesa el tratamiento de los vampiros que hace, demasiado lánguidos, ni me interesa que el 90% de las películas se centren en el sufrimiento de una historia de amor que para mí no tiene mucha miga ni tela que cortar. Encontrarme con otra Luna Nueva me lleva a plantearme muchas cosas, pero Divergente no tiene nada que ver con aquello. De hecho, su tratamiento sobre un universo distópico, sus personajes centrales, su historia romántica (que la tiene, por supuesto que la tiene) y de lo que acaba hablando realmente la película, tienen mucho más que ver con Los Juegos del Hambre que con la antes mencionada, Cazadores de Sombras, Hermosas Criaturas o similares.

Simplemente ver el reparto de Divergente ya te da una idea de por donde pretende el director, Neil Burger, que vayan los tiros en esta primera entrega de la franquicia, que, al contrario que varias de las antes mencionadas que fueron completos fracasos comerciales y se quedaron en una primera una única película, ha sido un completo éxito y ya prepara su segunda entrega, Insurgente, lo cual demuestra que, además, ha sabido conectar con el público a un nivel que no muchas son capaces de hacer. Trasladar la novela a la pantalla no es fácil, convencer a los fans de la misma menos, y atrapar al público general es lo que todos desean, pero muy pocos consiguen. Por eso creo que no sólo merece la pena seguir esta nueva saga, sino que merece la pena para cualquier tipo de público y edad, porque tiene cosas más que interesantes a las que hincarle el diente.

La trama nos plantea un futuro en la ciudad de Chicago en el que la gente está dividida en cinco facciones dependiendo de la aptitud que demuestren en una prueba que hacen a los 16 años. Abnegación, Erudición, Osadía, Verdad y Cordialidad se reparten los principales trabajos en una ciudad en apariencia pacífica con unas estrictas normas que nos pueden llevar a quedarnos sin facción y vivir marginados y apartados de la sociedad. En ese mundo vive Beatrice, una joven criada en Abnegación cuya prueba de aptitud no sale como la gente esperaba. Beatrice es divergente, es capaz de tener más de una aptitud, algo que se considera peligroso en la sociedad y que debe ocultar a todo el mundo. La joven dejará Abnegación para sorpresa de todos y se unirá a Osadía, lo que la llevará a conocer a su instructor, Cuatro, y un laberinto de conspiraciones, mentiras y luchas de poder para derrocar a Abnegación, la facción que, debido a su falta de egoísmo, dirige la sociedad.

Si antes mencionaba el espectacular reparto, no podemos dejar de alabar el trabajo magnífico de Shailene Woodley como protagonista. La joven actriz, vista en Los Descendientes por ejemplo, se come con patatas a casi cualquiera que le pongan por delante, mezclando con mucha determinación la ingenuidad y una fuerza interior que la hace superar cualquier obstáculo. Recuerda mucho al trabajo de Jennifer Lawrence en Los Juegos del Hambre, sobre todo porque ambas películas tienen mucho en común (género, tipo de protagonista femenina, revolución en ciernes, cierto grado de brutalidad poco común en el cine para jóvenes, la visión del futuro…). Theo James hace lo que puede a su lado, pero hay que reconocer que no está al mismo nivel, quizá por el guión. De hecho son los personajes femeninos los que más fuerza tienen, tanto por sus enormes actrices (Ashley Judd, Zoe Kravitz, Maggie Q o una siempre espectacular Kate Winslet como la villana de la función…) como por los personajes que interpretan. El reparto masculino tiene muy buenos nombres, sí, pero los personajes no están a la misma altura (Tony Goldwyn, Ray Stevenson, Jai Courtney, Miles Teller, Mekhi Pfifer…). De hecho algunos personajes como el de Stevenson apenas quedan dibujados, algo que también pasa en la novela.

Neil Burger sabe moverse entre estos personajes y la ciudad con mucho brío y estilo, manteniendo el interés en la trama sin que perdamos el hilo, y eso que la acción sólo llega al final de la película, mientras está soltada con cuentagotas, más preocupado del desarrollo de personajes y de la trama de intriga. Es bueno que haga eso, pero en una película de más de dos horas de duración hace que de vez en cuando el ritmo se resienta un poco (sobre todo en algunas alucinaciones y miedos que resultan repetitivas), porque no es cine de suspense, ni tampoco una historia romántica en sí misma. De hecho el romance, que es la parte más floja de la historia y la que menos interesa (es el punto en el que Los Juegos del hambre ganan por goleada, allí no hay romance casi y el que hay es más un juego de interés de Katniss) está tratado de una forma mucho más breve y sutil que en la novela. Mucho más breve.

Tiene momentos de gran espectacularidad hechos de cosas relativamente sencillas, como la tirolina, los duelos entre Woodsley y Winslet, las peleas en el pozo… Y sabe aprovechar muy bien la ciudad y lo que representa verla como la vemos. La película es un viaje de iniciación, un rito de paso a la madurez metáfora de lo que vive cualquier adolescente buscando su lugar en el mundo, donde encaja, y resulta una propuesta entretenida, honesta, muy bien planteada y con un gran reparto, aunque los personajes masculinos tengan menos peso, y aunque el ritmo se resienta por momentos. Quizá al final su mayor pero es que, pese a lo bien que han recortado la historia de amor (que sigue siendo su mayor pero…) algunas partes excelentes del libro (Peter siendo un psicópata, las peleas en el Pozo, el ataque a Tris de noche…) han sido suavizadas. Pero les ha quedado una buena película para todo el mundo. Esperamos ya la secuela.

Jesús Usero

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Jesús Usero

Noé ★★★★

Marzo 31, 2014

Crítica de la película Noé de Darren Aronofsky con Russell Crowe, Jennifer Connelly y Emma Watson

Darren Aronofsky planta cara al cine épico y bíblico sin perder personalidad como autor.

Totalmente imprevisible. Una sorpresa grata para quien esto escribe que puede ser al mismo tiempo una sorpresa menos grata para los espectadores que esperen ver cine de bíblico de catástrofe y estén más interesados en lo más obvio de la historia mil veces narrada de Noé, el arca, los animalejos en parejas, la lluvia a cascoporro, etcétera.

La principal virtud que tiene la película es también su principal riesgo. Y precisamente por correr ese riesgo, aceptar ese reto y tirar para adelante sin renunciar a sus claves como cineasta es por lo que creo que Darren Aronofsky ha rodado la mejor versión del asunto que aborda. La menos fácil también. La menos previsible.

Tras un arranque en el que vemos a Russell Crowe dando vida a un Noé más cercano a Mad Max, el guerrero de la carretera de Mel Gibson que a los personajes de la épica bíblica en su forma más tradicional, nos encontramos con una visión de la fase antediluviana del Antiguo Testamento que Aronofsky pinta sobre un telón de fondo árido y volcánico de erizadas rocas, sin un trazo de verde. Un paisaje casi extraterrestre capaz de equiparar los entornos más áridos de desolación paisajística que habitaban los hombres-simio de 2001 de Kubrick cuando se tropezaron con el monolito. Pienso que no son asociaciones casuales, porque en este arranque de su versión de Noé y el diluvio, Aronofsky se sitúa mucho más cerca de la ciencia ficción postapocalíptica que del relato de la más remota antigüedad bíblica. En ese mismo sentido trabaja con los personajes de los ángeles vigilantes enviados por Dios para vigilar y echarle una mano a los hombres en sus primeros pasos por este mundo. Esos vigilantes y la batalla de las cadenas en torno al Arca me han recordado mucho las novelas y paisajes de batallas épicas del universo de Warhammer 40.000 y sus Astartes. De manera que ya en esa primera fase y con estas características a cuestas, encuentro que este Noé está saludablemente alejado, incluso muy alejado, del más tradicional. Asumo que eso es lo mismo que ha molestado a los más puristas en lo referido a tratar personajes e historias bíblicas en el cine, pero también debo apuntar que me he reído mucho con algunas críticas que acusan a esta película de no responder a la historia… lo cual me hace preguntarme, reprimiendo una sonrisa: ¿Historia? ¿qué Historia?

Puedo entender que hayan quedado algo defraudados  quienes esperaban un espectáculo bíblico al estilo Cecil B. De Mille (que en sus supuestamente pías recreaciones del Antiguo Testamento, tan admiradas por algunos seguidores del asunto, enseñaba bastante más sexo y carne de lo que se permite enseñar en Noé el no obstante denostado Darren Aronofsky), mezclado con efectos visuales de diluvio en la línea del desenlace de 2012, de Roland Emmerich. Pero defiendo esta variante de Aronofsky precisamente porque no propone más de lo mismo, porque no renuncia a sus inclinaciones y aportaciones como director autor para ceder sitio al espectáculo de fuegos artificiales visuales, porque no deja que las aguas del diluvio acaben ahogando a su reflexión, su trama y sus personajes. Si alguien quiere ver la ira del Dios judeocristiano del Antiguo Testamento en plan cine de catástrofe creo que dispone ya de una variada gama de versiones anteriores de este mismo asunto en cine y televisión. Pero ya les aviso que lo que nos propone Darren Aronofsky en Noé es mucho más interesante que sumergirse por enésima vez en esas estancadas aguas del diluvio bíblico más tradicional. Y conste que eso no significa que no haya espectáculo visual en la película. Lo hay, pero muy bien dosificado para que no devore totalmente lo que verdaderamente le interesa ponernos delante de los ojos al director.

¿Y qué es eso que tanto le interesa al director? Pues los personajes, esto es, Noé y el drama de encrucijada y decisiones a que se encuentra sometido. Por primera vez Noé se muestra como héroe y villano. ¿Salvador o asesino? Eso es lo que le importa reflejar de Noé a Aronofsky, y naturalmente eso deja automáticamente en un segundo término la peripecia eminentemente marinera y natatoria de su protagonista. El director no trata de nadar y guardar la ropa para cumplir con pleitesía ciega la tradición de venerar a los iconos del texto bíblico como héroes infalibles, intachables e intocables. Muy al contrario. Asociado al talento interpretativo de Russell Crowe, el director nos presenta al Noé más cercano y humano de la historia del cine. Sospecho que eso es en parte lo que realmente ha molestado a muchos de los detractores de la película por motivos religiosos.

Aronofsky tropieza en Noé con la misma encrucijada a la que se sometió John Huston cuando rodó La Biblia. Huston salió del reto aplicando en la superficie de su película una especie de capa de imprimación visual que incorporaba ocasionalmente planos propios de los pastiches bíblicos de Cecil B. De Mille y la épica paisajística de David Lean, pero  sin renunciar en ningún momento a poner en primer término a los actores que le permitían tratar más en confianza y de manera más humana a las figuras bíblicas que retrataba. Aronofsky hace algo parecido con referentes más actuales. Incluye planos que parecen sacados de El señor de los anillos o El Hobbit, como los del ataque al arca, pero sin dejarse arrastrar a una dictadura de planos aéreos, cámaras voladoras y grandilocuentes planos generales que impongan la épica superficial y externa sobre la mirada íntima. Mantiene así su estilo visual de filmación cámara al hombro y nos mete entre sus personajes como si estuviéramos siguiendo una pieza de un reportaje televisivo. Nos muestra la épica y el diluvio como telón de fondo de la intriga y el conflicto de los personajes, nunca en un primer plano visualmente arrollador. El diluvio se pone al servicio de la intriga y el conflicto en torno a Noé, no es Noé el que se presta a ser una marioneta de la catástrofe. Y en esa intriga Aronofsky trabaja sobre todo el primer plano y la construcción de su película utilizando a los actores como su mejor efecto especial. De ese modo Noé queda dividida en dos partes, siguiendo escrupulosamente el viaje del héroe tejido por Joseph Campbell en su libro sobre mitología El héroe de las mil caras. En la primera, el héroe recibe y acepta su misión, y en ese camino llegamos hasta le ecuador del relato, la catástrofe propiamente dicha. Poner el diluvio en el ecuador del relato ya es en sí misma toda una declaración de principios por parte del director. A partir de ahí llega la segunda parte. Si la primera plantea un conflicto eminentemente exterior, la segunda nos zambulle en el conflicto interior de todos los personajes supervivientes de la catástrofe, filmado con gran coherencia desde dentro del arca en el que viajan. Hay poco paisaje exterior y el relato se desarrolla, en contraste con la primera parte, en una clave visual claustrofóbica. Y ahí es donde Aronofsky consigue hacer que la intriga y los conflictos de los personajes sean mucho más interesantes que el despliegue de épica visual de la primera parte. Noé se construye así como una balanza en equilibrio donde el platillo de la derecha es el de la épica visual más adolescente del cine de superproducción de nuestros días y el platillo de la izquierda es el viaje interior del atribulado Noé y sus compañeros, entre los cuales destacan como motores de intriga y conflictos los personajes interpretados por Emma Watson y Logan Lerman. El fiel de la balanza que registra el equilibrio de esas dos partes que integran la película es la evolución de la relación de Dios con los hombres, pasando desde el Dios temperamental y furioso que se siente traicionado por los hombres y por sus ángeles vigilantes y consecuentemente se distancia y castiga a los hombres en la primera parte al Dios que se reconcilia con lo humano otorgando a los hombres el libre albedrío en la segunda parte. Noé queda así como la historia de liberación del hombre. En ese sentido es interesante reparar en la pincelada más religiosa de toda la película, que incide con elegancia en la idea de Dios hablando o dejando de hablar con los hombres como recompensa o castigo, que desemboca en la idea de que la conversación de Dios con los hombres se torna mucho más fluida y menos traumática después del diluvio y cuando el hombre, Noé, recupera la confianza de Dios y con ello el libre albedrío, siendo así responsable de sus propias decisiones.

Sólo una pega, la misma que aqueja a otros momentos de piradas de pinza visuales de Aronofsky en La fuente de la vida: la recreación de Adán, Eva y el Pecado Universal me parece espantosa, pedante y de una simpleza que no se corresponde con el resto de la película.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Non-Stop (Sin escalas).

Una gozada de intriga y acción con Liam Neeson dándolo todo. Muy divertida.

La película no es “otra entrega de aviones en peligro”. Es mejor que el 90 por ciento de las peripecias de este tipo y en mi opinión, por lo que se refiere a dirección, está mejor que algunas de las muestras más taquilleras de este tipo de producto de la era blockbuster, como por ejemplo Speed, a la que le da cien vueltas sin despeinarse.

Robocop ★★★★

Febrero 12, 2014

Crítica de la película Robocop.

Digna heredera de la película de Paul Verhoeven. Competente actualización del tema.

En principio me daba pereza ver este remake, reboot o como ustedes elijan llamarlo, que a mí, con tanta nomenclatura para definir las variopintas  de la secuelitis me da ya lo mismo. Pero reconozco que esta nueva versión de Robocop ha sido una grata sorpresa, mucho más interesante de lo que me esperaba, así que paso a enumerar en primer lugar lo que me convence de la misma.

En primer lugar han sabido actualizar el asunto de manera sólida y con madurez. No olvidemos que el original era una sátira de la época y el cine de acción ochentero, de la Era Reagan, nada menos, que en el momento en que se estrenó la película de Paul Verhoeven (1987) estaba en su fase final (camino de 1989). La nueva versión se pone a punto con la actualidad con gran astucia y flexibilidad. Para ello desarrolla con notable solvencia la parte más “política” y “empresarial” del argumento, sostenida con eficacia por el trabajo de Michael Keaton y Gary Oldman, que ofician como pilares de una especie de duelo ético sobre las aplicaciones de los avances científicos y tecnológicos a la realidad del hombre. Oldman interpreta a un doctor Frankenstein con conciencia mientras que Keaton oficia como variante del amo de títeres al estilo del nigromante/mad doctor que creaba al robot María en el clásico Metrópolis. Ambos actores son una garantía para que esa parte del relato, que podría haber sido un enorme topicazo para salir del paso, se resuelva con interés convirtiéndose de hecho en la columna vertebral del relato.

El segundo punto fuerte del relato es la manera en la que la película muestra la tragedia del personaje protagonista a través del personaje de su esposa, que tiene más protagonismo e interés que en el original. Interpretada por Abbie Cornish, la esposa de Alex Murphy se convierte en la mejor herramienta para hacer más cercano, humano y verosímil el personaje del policía robot. De hecho, la transformación de Murphy y el propio personaje de Robocop gana en personalidad con este respaldo emotivo que se asocia a la escena de la cópula y el baile interrumpidos y marca el tono sentimental del relato sin caer en exceso en el melodrama y la baba facilona y gratuita. La buena construcción del personaje de la esposa saca al personaje de Robocop de la bidimensionalidad superheróica en la que podría haber caído, reforzando su personalidad como antihéroe, y con ello la película gana mucho.

El tercer punto fuerte es que merced a los dos aspectos destacados anteriormente, la parte más tópica, previsible, mecánica propias del ejercicio de remake: el propio Robocop. El policía-robot es la parte más plana y por ello la que más peligro corre de convertirse en lugar común o simple pretexto para la acción. El buen desarrollo de los personajes y tramas que he señalado antes, esto es, de la parte del doctor Frankenstein y el titiritero conspirador y la contribución del personaje de la esposa, permiten descargar de peso en el relato a Robocop, haciendo que la intriga de conspiración tenga incluso más peso que las escenas de acción propiamente dichas.

Otro aspecto positivo es que la resolución visual de las secuencias de acción es distinta para cada uno de los enfrentamientos, lo cual mantiene el interés del público. El arranque potente en el prólogo con esa especie de incursión en el género bélico-futurista seguido por la sátira de la manipulación de los medios de comunicación que protagoniza en una parodia de las marionetas del poder Samuel L. Jackson es un muy buen punto de partida para meternos en el relato. Luego en cada momento de acción intentan cambiar el planteamiento y la personalidad visual de los mismos, de manera que no se repiten las claves visuales del tiroteo en el almacén, en clave de western, con el asalto a la fábrica de droga del villano, desarrollada en clave de videojuego, y el tiroteo final. En general me gusta la propuesta visual de la película, que esquiva lo más repetitivo y previsible para buscar alternativas estimulantes para la mirada del espectador que le dan relieve incluso a las escenas más sencillas o previsibles. Un ejemplo: la primera conversación de Murphy con su esposa a través de la pantalla del ordenador, con una resolución visual que plantea de manera sencilla pero eficaz el dilema del protagonista frente al reencuentro con su familia.

La parte más plana de la película es la que afecta al villano traficante y la corrupción de la policía, algo lógico porque está incluida en la esfera de la parte más tópica y ochentera de la película original de Verhoeven, asociada a las peripecias policiales de Murphy, acción pura y dura.  Pero no molesta porque está sobradamente compensada por la parte más moderna, que es la aproximación a la clave más “política” que gira en torno a la derogación de la Ley Dreyfuss contra los robots y las intrigas y conspiraciones que giran en torno a la creación de Robocop y el laboratorio de Frankenstein-Goldman.

Es de agradecer que incluso con un tono más oscuro que el original de Verhoeven en algunos momentos, la película mantenga algunos toques de humor, como las alusiones al color, El mago de Oz, o esa parodia que ya he mencionado desarrollada por Samuel L. Jackson.

El resultado es una de las películas de evasión con un conjunto de elementos que consiguen esquivar lo peor de su naturaleza más tópica a través de un equilibrio de líneas argumentales que redistribuyen a su manera los temas de la película de Paul Verhoeven.

Por último, una aclaración: el debate no es si ésta película es mejor o peor que el Robocop de Paul Verhoeven. Robocop de Verhoeven fue la primera y en su momento originalísima versión de este asunto, incluso reciclando temas clásicos del género fantástico, de ciencia ficción y terror como El Golem, Frankenstein o Metrópolis. De manera que el objetivo no era tanto superarla como actualizarla con dignidad y eficacia y, dentro de lo posible, homenajearla sin que la versión nueva perdiera por ello su propia identidad. Creo que ese objetivo se ha cumplido. El nuevo Robocop es una digna heredera de la película de Verhoeven, en mi opinión sin duda superior a las secuelas de aquella, Robocop 2 y Robocop 3. Pero lo que más me gusta es que tiene su propia personalidad, lo que le permite no limitarse a ser simplemente una nueva visita a lo ya conocido y de paso construirse su propia nueva mitología en torno al personaje.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película El lobo de Wall Street de Martin Scorsese con Leonardo DiCaprio

El lobo de Wall Street. Scorsese borda una sátira a ritmo frenético en una de sus mejores películas.

La han criticado mucho. Lógico. Especialmente en Wall Street. No gusta esta versión descarnada, brutal, cruel, sin concesiones, de cómo se construyen las grandes fortunas, los tejemanejes de la Bolsa, la economía de farsa y engaño y todos esos excesos dignos de la decadencia del Imperio romano que nos han llevado hasta la crisis devastadora para tantas vidas que hoy sufrimos los mismos de siempre mientras los otros mismos de siempre se siguen forrando a nuestra costa y presentan anualmente cuentas de beneficios astronómicas.

Martin Scorsese mete el dedo en la llaga y, claro, eso resulta molesto. Especialmente porque lo hace sin falso melodramatismo de salón, sin lágrimas de cocodrilo, sin mensaje buenrrollista. Muy al contrario. Su última película es un disparate con el que ilustra ese otro disparate pero sin rasgarse las vestiduras, esto es, sin subirse al púlpito y pontificar como hacen otros. Muy al contrario: Scorsese nos hace partícipes como espectadores de ese disparate en todo momento, hasta el punto de que al acabar la proyección de su película, que alcanza un metraje próximo a las tres horas pero pasa rauda y veloz ante nuestras córneas como si sólo durara hora y media merced a su endemoniado ritmo de orgía continua, estamos tan exhaustos como los propios protagonistas, tal y como si hubiéramos participado en esa orgía de sexo, drogas y excesos personalmente. Scorsese consigue con El lobo de Wall Street un ritmo y una complicidad del espectador que consigue los mismos resultados e incluso supera la de los videojuegos de guerra en primera persona. Desde la primera secuencia de su película estamos ahí dentro, en la pantalla, somos los invitados del protagonista interpretado por Leonardo Di Caprio mirando a cámara y hablando con el espectador desde el primer momento como una especie de paso más allá de la ruptura de la cuarta pared, llevando hasta las últimas consecuencias el camino que Scorsese iniciara ya en el arranque de su carrera con los diálogos airados y desafiantes de Harvey Keitel con Dios en Malas calles, el monólogo de Travis De Niro ante el espejo en Taxi Driver, las confesiones en clave de comedia de Jake La Mota en Toro salvaje o el monólogo de Ray Liotta en Uno de los nuestros. Jordan Belfort, el sinvergüenza pícaro y seductor que interpreta Di Caprio, nos sirve como cicerone y guía en su mundo de depravación, triunfo y decadencia desde el primer momento, mostrándonos el lado más enloquecido de la doctrina del “hombre hecho a sí mismo” a ritmo de esperpento (los enanos lanzados contra las dianas, la joven secretaria que acepta raparse el pelo al cero a cambio de dinero…). Y cuando terminamos ese viaje de casi tres horas por su triunfo y caída, que por otra parte es la versión más irreflexiva y caótica de los descensos al infierno de los antihéroes de Scorsese, en coherencia con el relato basado en hechos reales que nos está contando y la personalidad volcánica, caótica e imprevisible de su protagonista, el director hace su jugada maestra, definitiva, y nos señala a todos con el dedo con ese plano del público crédulo capaz de dejarse engañar continuamente por la misma gentuza y con los mismos trucos y mensajes absurdos que han hecho del abominable mensaje “persigue tus sueños”, los libros de autoayuda y la teletienda tres de las más repugnantes muestras de la farsa en la que se han convertido nuestras vidas.

Lo que Scorsese nos dice en ese plano final y en general en toda El lobo de Wall Street, es que nosotros somos cómplices de esa farsa porque, como los clientes de Belfort y las víctimas del timo de la estampita que practicaban Tony Leblanc y Antonio Ozores en los aledaños de la madrileña estación de Atocha en una de las escenas más cómicas de Los tramposos (Pedro Lazaga, 1959), somos codiciosos, tan codiciosos que estamos incluso dispuestos a engañarnos a nosotros mismos y dejarnos engañar con tal de dar de comer a nuestros sueños de fortuna y gloria. Por eso Scorsese hace un notable trabajo de montaje y planificación para invitarnos  y hacernos partícipes de las orgías y excesos de Belfort y nos convierte en sus cómplices desde el primer minuto de proyección. Incluso el único personaje ético de su historia, el agente del FBI interpretado por Kyle Chandler, tiene ese momento final de regreso a casa en el metro en el que comparte con nosotros a través de una simple mirada a sus compañeros de vagón, una reflexión sobre si esa es realmente la vida que le gustaría vivir, y recuerda lo que le dijo Belfort/Di Caprio en su yate en una de las mejores secuencias de la película. ¿Acaso no nos gustaría a todos ser Jordan Belfort? Esa es la duda que Scorsese consigue sembrar en nuestras mentes, la misma duda que utiliza el propio Belfort y otros muchos vendedores de humos y sueños de nuestro tiempo para vaciarnos los bolsillos de sus víctimas de dinero.

Y todo eso lo hace Scorsese con el respaldo de un Leonardo Di Caprio imparable e impagable, secundado por el mejor trabajo que he visto de Jonah Hill y por la espectacular contribución de un elenco de secundarios que capitanea la breve pero contundente aparición de Matthew McConaughey, seguido por las pinceladas que aportan a esta pintura sobre el caos Rob Reiner, John Bernthal, Jon Favreau, Jean Dujardin, el ya citado Kyle Chandler, Shea Whigam (el “hermano” de la serie Boardwalk Empire aparece poco pero deja su huella con ese personaje de capitán de barco con la personalidad totalmente secuestrada por el protagonista), Kenneth Choi (memorable su manera de solucionar el robo del dinero en casa del protagonista, estallando desde ese segundo plano de repente como si reclamara más protagonismo en la historia), la impresionante Margot Robbie, que es como una mezcla de Sofía Loren con Anita Ekberg, y Joanna Lumley.

Miguel Juan Payán

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Ismael ★★★

Diciembre 27, 2013

Crítica de la película Ismael con Belén Rueda y Mario Casas

Drama familiar de buenos sentimientos y un reparto ejemplar. Y tras las cámaras un director que sabe lo que quiere y cómo quiere contarlo. Marcelo Piñeyro es un magnífico director argentino, al que muchas veces olvidamos debido al talento impresionante de gente como Juan José Campanella, pero que tiene en su haber películas tan interesante como Plata Quemada o El Método, o directamente joyas como Kamchatka (es difícil olvidar ese enorme y agridulce final), y que además tiene la virtud de saber aprovechar la posibilidad de rodar en Argentina y España. Aunque en esta ocasión no llega al nivel de trabajos anteriores, pero no por su elegante y precioso trabajo. Pero nos deja una más que apreciable película para las Navidades.

La historia de un niño de ocho años que se fuga de casa y viaja a Barcelona para conocer a su padre biológico, que no sabe nada de él. Allí conocerá a su abuela y a su padre, y, juntos, toda la familia intentará encontrar un camino que cierre viejas heridas y abra nuevos caminos. Una perfecta historia para esta época del año, con un par de giros interesantes, un muy buen director y un reparto que está a la altura de las circunstancias y nos ofrece humanidad, cercanía y sencillez en sus interpretaciones, para contar esta pequeña gran historia. Aunque, claro, habrá que quien la ataque sin piedad por su actor protagonista, lo cual empieza a ser tan obvio y ridículo que asusta.

Negarle a Mario Casas su talento a estas alturas de película resulta absurdo. El actor ha protagonizado un buen puñado de películas en las que se come la pantalla, por no hablar de lo mucho que atrae al público su presencia en una pantalla. Grupo 7, La Mula, Las Brujas de Zugarramurdi y ahora Ismael, deberían bastar para demostrar la variedad de registros y el enorme talento del actor, muchas veces encasillado por crítica y público. Si lo acompañamos de Belén Rueda (mucho más ligera y cómica que de costumbre, y se agradece ver que le dan otros papeles), el siempre enorme Sergi López, Juan Diego Botto o Ella Kweku, quien debuta junto al alma de la película, el niño Larsson do Amaral, cuya frescura resulta difícil de igualar.

Piñeyro sabe contar la historia, colocar el humor y dejar escenas muy bellas, conmovedoras, sencillas pero únicas, de tal forma que su elegancia narrativa hace que suba puntos la película, cuyo mayor pero es el guión, que no es ni mucho menos malo, pero tiene detalles que son bastante mejorables (el tema del racismo en el bar de carretera, la escena en el paseo marítimo, el pasado de la pareja, algún diálogo…). Si tirase menos de la historia romántica y más de la paternal, la película ganaría enteros. Pero con todo eso, Ismael hace sonreír, emociona y tiene golpes de humor geniales. Tiene corazón y tiene verdad detrás, tiene actores y un gran director. Y tiene detalles de Kamchatka, más que de Plata Quemada, para que me entiendan. De la vida real. Del futuro por escribir y las promesas por cumplir. Por todo ello merece la pena verla.

Jesús Usero

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Crítica de la película La leyenda del Samurái: 47 Ronin

La leyenda del samurái. 47 ronin. Entretenida fábula de espada y brujería, eficaz cine de evasión.

Me ha gustado más que El llanero solitario. Me ha gustado más que aquella absurda revisión de los clásicos del cine de artes marciales producidos por Shaw Brothers que dio en titularse El hombre de los puños de hierro. Y para ser sincero, me lo he pasado mucho mejor que viendo El último samurái. Por otro lado, es cierto que no alcanza, ni de lejos, a otras muestras esenciales recientes del cine de samuráis producidas en Japón, auténticas joyas de las que está muy lejos. Me refiero a Zatoichi, dirigida por Takeshi Kitano y 13 asesinos y Hara-Kiri: muerte de un samurái, ambas dirigidas por Takashi Miike. Con El llanero solitario tiene en común ese intento desesperado de crear espectáculo visual para ganarse el éxito en la taquilla que sufre el cine estadounidense de presupuestos más abultados. He leído cifras de presupuesto de La leyenda del samurái que van de los 175 a los 225 millones de dólares. Mucha inversión para no intentar jugar sobre seguro. Así es como entran en este baile las brujas, los dragones y la inconografía visual de gran despliegue de efectos visuales y espectáculo circense que amenaza con comerse a los personajes, el conflicto, la trama, el guión, devorándolo casi todo en beneficio de los simples fuegos artificiales. Y la copia de lo que ya ha funcionado antes, claro. Esa copia es lo que incorpora a la película influencias, apuntes o referencias de 300, Gladiator y El señor de los anillos. Pero presumo que en este tema, los árboles no les dejan ver el bosque a algunos críticos y espectadores. Lo cierto es que la película es mucho más coherente y tiene las cosas más claras de lo que nunca las tuvo El llanero solitario, que no sabía si quedarse a pares o nones, si ser comedia o ir en serio. Creo que La leyenda del samurái tiene las cosas más claras en cuanto a su tono, o dicho de otro modo, despista mucho menos al espectador en general. Está claramente afincada en el territorio del género de espada y brujería, esto es, más cerca de las historias de Conan el Bárbaro que de una reconstrucción sería de la leyenda de los 47 ronin. Y eso me lleva a trazar su parentesco con El hombre de los puños de hierro y explicar por qué creo que es mejor que aquella. Comparte con esa otra película su intento de explotar y trasladar fórmulas de las historias de caballería de oriente a occidente. Ardua tarea, especialmente si cae en manos de alguien que no pertenece a esas culturas e inevitablemente va a convertir todo eso en un pastiche, puro tópico, visita a todas las claves más superficiales del asunto. Pero en ese ejercicio, El hombre de los puños de hierro se limitaba a amontonar estereotipos sin gracia ni ritmo narrativo, desperdiciando sus mejores bazas y metiendo con calzador a un protagonista negro interpretado por el rapero Rza, director y actor principal, que no pintaba nada en la historia y era sistemáticamente devorado sin pestañear por el personaje secundario interpretado por Russell Crowe, francamente lo único que merecía la pena salvarse de aquel despropósito. La leyenda del samurái se enfrenta también a esa imposición de reforzar la presencia de Keanu Reeves en el relato, pero al menos tiene la decencia de mantener el protagonismo del personaje interpretado por Hiroyuki Sanada en el papel de Oishi, y aunque meta con calzador al personaje que encarna Reeves, Kai, su presencia en el relato no se convierte en un lastre, como sí ocurriera con la subtrama tipo Django desencadenado que se marcó Rza en El hombre de los puños de hierro. Con Oishi al frente del relato, la película mejora bastante y hasta se acerca más al trasfondo japonés de la trama de lo que nunca consiguió acercarse El último samurái. Lo cual me lleva a completar este comentario en clave de comparación aclarando que si me ha gustado más La leyenda del samurái que las aventuras de Tom Cruise en Japón no es porque crea que sea mejor película, sino porque se me antoja más descarada, más friqui y más gamberra que aquella a la hora de entrar a saco en una cultura ajena. De hecho, desde el punto de vista meramente cinematográfico, creo que es mejor El último samurái, porque si El hombre de los puños de hierro era claramente tributaria del videoclip musical más ramplón, La leyenda del samurái es visualmente heredera del videojuego más epiléptico en muchas de sus imágenes. Así que en lo referido a narración cinematográfica, está por encima El último samurái. Lo que ocurre es que aquella de Tom Cruise pretendía algo imposible, como es venderse en clave de homenaje a las tradiciones y cultura japonesas desde la americanización del argumento y protagonista, y le salió lo mismo que a John Huston cuando enganchó a John Wayne para rodar El bárbaro y la Geisha: un quiero y no puedo etnocentrista, racista y chovinista. ¡Pero de buen rollo, eh! En plan: mira los japonesitos, qué majos ellos con sus espadas y sus kimonos coloristas y tal, y tal, y tal. Por el contrario, La leyenda del samurái decide entrar a saco en una de las tramas fundacionales del espíritu de sacrificio japonés, los 47 ronin, adaptada al cine en numerosas ocasiones, y se la pasa por la piedra con singular impudicia para convertirla en el pretexto de una peripecia de espada y brujería propia de las narraciones pulp y la literatura de quiosco, digna heredera de los seriales de Fu-Manchú y las películas de serie B que veíamos en programa doble y sesión continua. Y desde esa caradura que se gasta, nos vende uno de los espectáculos más trepidantes y entretenidos que hemos podido ver en el cine este año. Algunos quizá no le perdonarán que siendo tan descaradamente serie B tenga presupuesto de serie A, pero esa es la lacra del cine de evasión de nuestros días, amigos, y La leyenda del samurái no es la primera película norteamericana que transita por esa contradicción de contar con personajes y argumentos de serie B camuflados como producción de serie A. Así que, vale, es cierto: La leyenda del samurái no es una adaptación respetuosa, ni histórica, ni siquiera digna de la historia de los 47 ronin. Observen que sólo al principio le he puesto ese apellido que no merece, 47 ronin. Secuestra y viola con enorme desvergüenza la trama de los 47 guerreros que vengan a su señor, para conocer y disfrutar la cual recomiendo cualquiera de las otras películas que le ha dedicado el cine japonés, especialmente La venganza de los cuarenta y siete samuráis, dirigida por Kenji Mizoguchi en 1941 atendiendo a una petición del gobierno militarista nipón para fabricar una película de propaganda patriótica en el escenario de la Segunda Guerra mundial. O si prefieren algo menos vinculado a la propaganda bélica, pueden probar con Chûsingura (1958), de Kunio Watanabe, que saca el máximo partido al color y el gran formato de pantalla y es cinematográficamente mucho más épica que La leyenda del samurái, lo mismo que 47 ronin, dirigida por Hiroshi Inagaki en 1962.

Entiendo que los japoneses puedan pensar que les han entrado a robar en casa, con alevosía y nocturnidad, para llevarse un monumento esencial de su cultura que es equivalente a la ressistencia en El Álamo para los tejanos, el 2 de mayo para los españoles o la resistencia de los 300 espartanos en las Termópilas para toda la cultura occidental. Pero entiendo menos que haya tantos no japoneses rasgándose las vestiduras por este acto de latrocinio tan divertido y desvergonzado. Sospecho que muchos japoneses no se sienten tan indignados como algunos gaijin simpatizantes de la cultura nipona que reaccionan ante esta película como si hubieran pillado a su parienta fornicándose a Keanu Reeves en el futón que compraron en Ikea después de mearse en la ración de sushi que habían comprado para celebrar su aniversario de boda (por cierto, incautos gaijin, aunque suene a algo japonés, Ikea es una empresa sueca y el sushi nació en China, así que tampoco nos pongamos tremendistas). Imagino que muchos japoneses pueden sentirse indignados con toda la razón, pero imagino también que muchos otros japoneses se lo tomarán a cachondeo o entre el estupor y la sonrisa, como cuando los españoles vimos a Frank Sinatra interpretando a un guerrillero de la Guerra de la Independencia contra los franceses en Orgullo y pasión, a Peter O´Toole interpretando el papel de Don Quijote en El hombre de La Mancha o a Charlton Heston dando vida a Rodrigo Díaz de Vivar en El Cid… tres películas que, dicho sea de paso, compartían un poderoso imán para que nuestra sangre española empezara a hervir y nos olvidáramos de los furores patrióticos mientras la libido se desbordaba desde nuestras córneas cuando mirábamos a Sofía Loren interpretando a una paisana guerrillera, a Dulcinea del Toboso o a Doña Jimena.

Creo que ante La leyenda del samurái toca no ser más papista que el Papa o más japonés que los japoneses (especialmente si eres un gaijin gafapasta), y entregarse con sumo cachondeo simplemente al disfrute de una de las películas más espectaculares y friquis que se asomado a la cartelera este año. Vayan verla como lo que es: una gamberrada de entre 175 y 225 millones de dólares que sólo se le puede ocurrir y puede permitirse la industria del cine estadounidense.

Miguel Juan Payán

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