El santuario ***

Febrero 10, 2011

El Santuario es una buena opción de cine de aventuras para pasar un rato entretenido y de paso sorprenderse con algunas de sus imágenes que han sacado el máximo partido a la aplicación de las tres dimensiones en una línea de trabajo que inevitablemente tiene muchos puntos en común con la explotación del 3D aplicada por su productor, James Cameron, a Avatar.

Tal y como ocurría en aquella, no obstante, el guión tiene las limitaciones propias de un espectáculo que se ha concebido más como alarde visual que como estudio de los personajes, si bien en este terreno la peripecia de los protagonistas incluye un interesante conflicto entre padre e hijo que sirve para darle cierta tensión dramática al asunto.

En todo caso, no es precisamente el deseo de contemplar una profunda inspección del alma humana lo que suele llevarnos a ver estas películas. Debemos ser coherentes y sinceros con nuestras propias expectativas cuando entramos en un cine. Hoy estamos suficientemente informados de lo que vamos a ver como para luego no tener que llamarnos a engaño. Principalmente, El santuario es un espectáculo visual, y en ese sentido, el paseo por la profundidad de la cueva es el tema central, y la cueva misma, con su variado paisaje, es una protagonista de lujo para conseguir imágenes impresionantes. Cameron ha acertado en el planteamiento de producción de esta peripecia de supervivencia que desde el punto de vista de reparto y guión no anda mal servida, si bien no aporta grandes sorpresas, pero en lo visual tiene un notable muy alto por la exploración que hace de las posibilidades del 3D más como medio de impresión, esto es, para impresionarnos, que como forma de expresión. El arte, en este caso, está en la propia naturaleza, en esa cueva protagonista que aporta un paraje perfecto para convertir a los espectadores en espeleólogos ejerciendo de turistas en peripecia de supervivencia ajena. Algunas escenas, como el ascenso de padre e hijo por una de las grietas y varias inmersiones en espacios particularmente estrechos, casi nos producen claustrofobia.

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El objetivo con esta película debe ser por tanto pasar un rato entretenido, aprovechando esa lucida mezcla de reportaje del National Geographic y cine de aventuras con su puntito de catástrofe y alguna que otra escena sangrienta como adorno, siempre jugando con unas claves que argumentalmente se sitúan a medio camino entre Límite vertical –por abajo- y ¡Viven!, por arriba. Es una fórmula que quizá no depare grandes sorpresas desde el punto de vista de arco de desarrollo de personajes o de tensión dramática entre los mismos, pero el entorno en que se desarrolla la historia bien merece la visita al cine e incluso ponerse las gafas del 3D, cosa que, como bien saben los que suelen leer mis comentarios en esta página web y en la revista Acción, no me hace ninguna gracia. No obstante, en este caso, como en Avatar, hago una excepción, porque sí creo que en este tipo de productos el 3D es más que un valor añadido el corazón de los mismos. Vista en 2D la peripecia  de El santuario sería igualmente entretenida, pero al tridimensionalidad le añade una espectacularidad visual que le viene muy bien para combatir el aire de tópico y el desarrollo un tanto previsible de su argumento, si bien al tratarse de la ilustración de una historia real tiene poco margen de maniobra en ese sentido.

Resumiendo: cine para entretenernos y disfrutar de los paisajes que van apareciendo en la pantalla, con una trama y un reparto funcionales para servir como acompañamiento al espectáculo visual.

Miguel Juan Payán