El cambio del sistema analógico al digital parecía que iba a traer consigo una mejora considerable de los contenidos televisivos. Sin embargo, o en España no entendimos muy bien el concepto de la gratuidad temática ampliada con el número de canales, o las concesiones gubernamentales se realizaron con la cabeza puesta en favorecer a los grandes grupos mediáticos y a los amigos de turno (aunque su idea de la TDT fuera tan poco atractiva como una final de la Champions League codificada). No es que la programación sea más o menos soportable (lo cierto es que la cantidad no siempre es proporcional a la calidad), ni que los espacios de emisión incentiven o no el seguimiento por parte de la población a la que supuestamente van dirigidos; lo que se echa de menos es que exista una mayor implicación por atraer a las audiencias (fragmentadas o no) alimentando la imaginación con producciones sorprendentes y con enganche.