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A las 10:35 de la mañana, Dolph Lundgren me recibe en una habitación de un céntrico hotel de Madrid para charlar brevemente, casi en tiempo récord, de los mercenarios. Antes de entrar me avisan que no puedo preguntarle ni por la trágica muerte del hijo de Sylvester Stallone ni por la masacre en el cine de Aurora y tampoco puedo pedirle autógrafos ni fotos ni nada pareció. Me parece bien porque tengo muchas otras cosas que preguntarle, aunque finalmente los cuatro minutos y pico que es el máximo que permite su apretada agenda me dejan con la mayor parte de las preguntas en el tintero. Sentado en una silla que la imponente figura de este gigantesco y veterano actor convierte automáticamente en trono, Lundgren casi parece una versión madura de Thor recién salida de la corte de Asgard pero vestida con la elegancia de un James Bond escandinavo. Afable, me cuenta lo que ha significado para él estar en Los mercenarios y Los mercenarios 2 y qué tiene de nuevo su personaje en la segunda entrega, además de darme pistas sobre sus películas favoritas.