Mátalos suavemente *****

Septiembre 13, 2012

Mátalos suavemente, brillante fábula en clave de cine negro sobre la actual situación política y social.

Brad Pitt se reúne con el director de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford para protagonizar una de las mejores películas del año. Y también una de las más difíciles de definir o clasificar. Mátalos suavemente tiene el ritmo pausado de aquella otra película. Si con El asesinato de Jesse James… Andrew Dominik reformuló de algún modo los códigos del género western llevándolos hacia otro territorio genérico más amplio y complejo, con Mátalos suavemente repite esa maniobra consiguiendo que una trama de cine negro acabe convertida en una parábola sobre la crisis económica, política y social que está definiendo estos tiempos, no sólo en Estados Unidos sino en casi cualquier lugar del mundo.

Adaptación de la novela de George V. Higgins, Mátalos suavemente comienza con un diálogo entre dos delincuentes de poca monta que recuerda las películas de Jim Jarmush. Los dos tipos podrían ser el futuro más dramático y oscuro de los protagonistas de Perdidos en el paraíso, por ejemplo. A partir de ahí progresa hacia un momento de suspense propio del cine negro en su vertiente crook story y empieza a desvelar su verdadera naturaleza como película de protagonismo coral, sustentado en un reparto donde destacan especialmente las contribuciones de Ray Liotta y James Gandolfini.

Película construida esencialmente sobre el talento de sus actores. De diálogos largos, en plano contra plano. Muy literaria en algunas secuencias. Precisamente por todo eso es por lo que incluye algunos momentos brillantes, como los diálogos de Gandolfini con Pitt en el bar y en el hotel.

Junto a esas secuencias de diálogo prolongadas más allá de lo que suele ser habitual en el epiléptico y nervioso cine actual, y sin que ello rompa el ritmo narrativo, la película incluye tres o cuatro momentos de acción totalmente diferenciados entre sí. El director ha aplicado una fórmula distinta de narrar cada uno de ellos. Alterna el planteamiento a cámara lenta, visualmente más efectista y sobrecargado en el primer asesinato que comete el personaje de Pitt, con una perspectiva más fría y distante, casi documental, propia de una pieza televisiva, en los últimos asesinatos o la brutal paliza al personaje de Ray Liotta. Demuestra así nuevamente que la violencia en el cine, cuanto más adornada y por tanto falseada visualmente, resulta más espectacular pero al mismo tiempo es menos inquietante que cuando se muestra totalmente desprovista de adornos. Más fría. Más dura. La forma en la que el personaje de Pitt perpetra los últimos asesinatos, como una actividad cotidiana que para él es sólo es un trabajo más, resulta mucho más intranquilizadora que la coreografía de imágenes a cámara lenta en la no obstante espectacular escena del tiroteo en los coches.

Ocurre lo mismo en el resto de las secuencias de la película. La pelea brutal a Liotta es finalmente menos inquietante que esa confesión de la caída en el infierno que protagoniza el personaje de James Gandolfini simplemente con el diálogo, sin ninguna secuencia de acción.

El equilibrio entre las distintas partes que integran este puzzle convierten el resultado final en un caleidoscopio en el que personajes del mundo criminal que parecen salidos de la colección de delincuentes estúpidos pero entrañables de las novelas de Elmore Leonard se ven de repente metidos en situaciones que parecen salidas de una novela del realismo sucio y minimalista de Raymond Carver. Escuchar al asesino a sueldo interpretado por Gandolfini hablar del pasado y de los problemas con su mujer es casi como releer algún párrafo de algún texto de Carver, como por ejemplo El elefante: “Sabía que era un error dejarle aquel dinero a mi hermano. ¿Qué necesidad tenía yo de más deudores … ? Pero me llamó y me dijo que no podía pagar el plazo de la casa. ¿Oué otra opción me quedaba? No había estado nunca en su casa (vivía en California, a mil quinientos kilómetros de distancia); ni siquiera la había visto, pero no quería que la perdiera. Lloraba en el teléfono, y decía que iba a perder lo que había conseguido en toda una vida de trabajo. Dijo que me devolvería el dinero. En febrero, dijo. Incluso antes. En marzo, a más tardar...”

El relato criminal es engullido en esa curiosa mezcla por la descripción de personajes que se expresan a través de lo que dicen, y no necesariamente por lo que hacen. Algo poco habitual en el cine de nuestros días. Algo que es de agradecer. Algo que convierte esta película en una de las mejores que he visto en el presente año. Un ejemplo interesante de cine policíaco que además no menosprecia al espectador limitándose a lanzarle un encadenado de secuencias de acción trepidante. Al contrario. Pide y consigue nuestra complicidad para organizar las piezas de ese puzzle de personajes marginales, maltratados y condenados a encontrarse entre sí y chocar brutalmente.

Mátalos suavemente incluye además un detalle curioso en el papel como narrador del personaje de Brad Pitt, que nos va guiando por la historia con sus diálogos con su empleador y acaba por convertirse en parte de la misma. Esa fórmula permite al director ir creando una tensión creciente sobre la irrupción en las vidas del resto de los personajes que se nos van presentando de este asesino, uno de los mejores trabajos de Brad Pitt en los últimos tiempos. Una incorporación del personaje al relato que es dinámica y fluida como todo el resto del ritmo de la narración.

En conclusión: una de las mejores asociaciones de literatura y cine, un buen ejemplo de adaptación de la narración literaria a las necesidades de la narración cinematográfica. De cinco estrellas.

Miguel Juan Payán

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