Crítica de la película El Faro

Una de las mejores y más atrevidas y estimulantes de este año.

Robert Eggers ha vuelto a hacerlo. Ya me sorprendió muy positivamente con su manera de afrontar el género de lo inquietante en La bruja y repite la jugada ahora, mejorándola, con El faro.

La película es un auténtico toque de autoridad en la cartelera. Sin concesiones. Imponiéndose al espectador con brillante solidez desde la pantalla en negro y el juego con el sonido que abre el relato antes incluso de que aparezca una sola imagen. Escuchamos ahí la voz del faro. Ese sonido que nos acompañará como un personaje más, el propio faro, en este viaje de pesadilla que compartimos desde la primera secuencia. Los protagonistas en la gabarra, de espaldas a la cámara, comprimidos en un espacio exiguo. La decisión de presentar la historia en una relación de aspecto de 1.19:1 que prácticamente convierte la imagen a proyectar en un cuadrado, comprimiendo más a los personajes contra las fronteras del encuadre, anticipa la claustrofobia que va a acompañarnos el resto de la proyección como a los propios protagonistas.