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Nuestros críticos más dicharacheros Miguel Juan Payán y Jesús Usero charlan sobre Doctor Who

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¿Has visto cómo reparte golpes Christian Bale en las películas de Batman? ¿Te gustaron las peleas de Tom Cruise en Jack Reacher? ¿Eres aficionado al cine de acción, pero te gustaría ver peleas menos trucadas y más realistas? Entonces, esta es la entrevista que tienes que leer, una charla con Justo Diéguez, fundador del método Keysi, una forma de lucha que está haciendo furor en las coreografías de acción para el cine y ha contribuido a las coreografías de combate de la saga de Batman dirigida por Christopher Nolan.

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Nacido en Londres en 1988, Jamie Campbell Bower se ha recorrido a lo largo y a lo ancho como actor el fenómeno de las sagas cinematográficas de fantasía para adolescentes, apareciendo en las aventuras de Harry Potter, Crepúsculo y ahora Cazadores de sombras: ciudad de hueso, donde ejerce el papel de torturado galán ligado sentimentalmente a la protagonista, un nuevo Romeo para esta Julieta de aventura fantástica con licántropos, vampiros y demonios que además ha ejercido como el mítico Rey Arturo en la serie Camelot. Es por tanto una voz autorizada para contarnos cómo viven este fenómeno de series juveniles los actores encargados de materializar en el cine las fantasías literarias para adolescentes.

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Nacida en 1989 en Inglaterra, ejerció como periodista cuando era más joven y ahora está al otro lado de la trinchera ejerciendo como actriz entrevistada que habla de su último personaje, la protagonista de la novela de Cazadores de sombras: ciudad de hueso. Le preguntamos a Lilly Collins cómo vive este arranque de una saga que ha sido comparada con Crepúsculo y de paso cómo ha experimentado esos curiosos cruces con la carrera de Kristen Stewart que ha vivido en su filmografía. Collins se presentó al casting de Crepúsculo y Blancanieves y la leyenda del cazador, y aunque no consiguió ninguno de esos papeles acabó siendo Blancanieves en Mirror Mirror y ahora es una heroína mucho más dura y autosuficiente que la interpretada por Stewart en Crepúsculo, lo cual lleva a pensar que tras el aspecto de frágil princesa de Hollywood habita una actriz dura de pelar y dispuesta a luchar para conseguir lo que se propone.

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Nacido en 1988 en Irlanda, Robert Sheehan empezó a trabajar como actor en 2003, desarrollando su carrera fundamentalmente en televisión, donde ha conseguido hacerse muy popular con su papel en la serie Misfits. Ahora interpreta el papel de Simon, el amigo humano (todavía) de la protagonista de Cazadores de sombras: ciudad de hueso. Simpático y francamente desatado, imprevisible y volcánico como algunos de sus más carismáticos personajes de ficción, Sheehan parece habérselo pasado muy bien encontrándose con sus fans en España, donde además le hizo bastante gracia el término “pagafantas” que le aplicó a su personaje uno de los periodistas que se entrevistaron con él. En la siguiente entrevista nos cuenta cómo suelen ser esos encuentros con sus fans utilizando epítetos que la traductora prefirió no trasladar al castellano aunque son bastante elocuentes de cómo vive este joven actor la fama, con cierto aire de estrella del glam rock.

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De vuelta de vacaciones Jesús Usero y Miguel Juan Payán descubren que les han robado su sitio en la revista Acción...

Dos tipos enmascarados.

Dos sinvergüenzas que no se atreven ni a mostrar su rostro, han entrado a saco en la redacción y les han quitado las sillas para ponerse a opinar sobre la elección del nuevo Batman...

Inquietante.

Uno dice que es el cuñado de Ben Affleck. El otro no revela su identidad secreta...

Contagiados de la ola de superhéroes espontáneos y callejeros que habita Kick Ass 2: con un par, que llega esta semana a la cartelera, estos dos individuos se zambullen en la polémica y pretenden dar las claves de la elección de Ben Affleck como nuevo Batman.

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Corre por la red como un reguero de pólvora la noticia de que Warner ya ha elegido al actor encargado de interpretar al nuevo Batman frente al Supermán al que dará vida por segunda vez Henry Cavill en El hombre de acero 2: ¡¡¡Ben Affleck!!!

Y lo cierto es que la noticia ha caído como un jarro de agua fría entre muchos aficionados que todavía están pensando inevitablemente en el Caballero Oscuro de Christopher Nolan interpretado por Christian Bale. Dejando desatados nuestros instintos más friquis, muchos nos habíamos hecho ilusiones pensando que finalmente el dinero haría valer su peso en este tipo de decisiones y una abultada suma puesta encima de la mesa por la productora más algunas palabras amables de Nolan en funciones de intermediario podrían convencer a Bale para volver a ponerse la máscara y la capa. El encuentro de Bale-Cavill habría sido un auténtico meteoro en la taquilla, pero se ha quedado en fábula y es comprensible que muchos nos sintamos como si nos hubieran pinchado el globo de las ilusiones friquis con la elección de Ben Affleck.

Sin embargo, tal y como hago en la vida real, yo en esto del cine siempre intento ser pesimista-optimista. Así que voy a hacer de abogado del diablo y cuando son muchas las voces que claman contra la elección de Affleck como Batman pretendo hacer en las siguientes líneas un balance de lo positivo y lo negativo que tiene dicha elección intentando ser lo más objetivo posible. Aclaro ya que esto no es una opinión forjada desde la profunda reflexión sobre el asunto, sino una serie de ideas cazadas al vuelo en mi último día de vacaciones que seguramente estaré masticando en los próximos días y seguramente saldrá una y otra vez en las conversaciones que mantengo con los compinches que nos siguen en la revista Acción.

Por supuesto antes de desgranar los pros y los contras que veo en la elección de Affleck, creo que conviene saber lo que opina del asunto el propio director de la película, Zack Snyder, que en mi opinión con su trabajo en El hombre de acero se ha ganado a pulso que le demos un voto de confianza en este asunto.

Snyder afirma: “Ben ofrece un interesante contrapeso al Superman de Henry (Cavill). Tiene la calidad actoral para crear una imagen de un hombre que es más viejo y más sabio que Clark Kent y lleva las cicatrices de un luchador contra el crimen experimentado, pero conserva el encanto que el mundo ve en el multimillonario Bruce Wayne. Estoy impaciente por trabajar con él”.

Lo primero que hay que aclarar es que, leída esta opinión de Snyder, está claro que desde el principio han optado por crear un Batman completamente distinto del que han construido con incuestionable brillantez Christopher Nolan y Christian Bale. Dicho de otro modo: el Batman de Snyder-Affleck no es el Caballero Oscuro de Nolan-Bale. Es Batman, el cruzado de la capa y por lo que podemos leer entre líneas en las declaraciones de Snyder, además va a ejercer un papel de mentor de Kal-El en su incorporación al universo superheróico al estilo de un “hermano mayor” que inevitablemente nos lleva hasta el siguiente paso en los planes de la Warner Bros. para los superhéroes de la DC en el cine: La Liga de la Justicia. Opino que en esa función de mentor-puente de El hombre de acero a La Liga de la Justicia no encajaría bien la visión más oscura y tenebrosa del personaje tal y como la ha desarrollado, insisto, con incuestionable brillantez y dando a luz tres clásicos del cine moderno, el tándem Nolan-Bale. Dicho de otro modo: ese no es un trabajo para el Caballero Oscuro, sino para un Batman más superheróico que gótico.

Y aquí llegamos al meollo del asunto: la visión del mundo de los superhéroes de Snyder no es la de Christopher Nolan. Principalmente porque Nolan parte de cero y ha creado su propia visión personal y totalmente intransferible de Gotham City con sus héroes y sus villanos, una irrepetible mirada al universo de los superhéroes que Zack Snyder no comparte. Planteo aquí una pregunta que puede aclarar más el asunto a los lectores: ¿Cómo habría sido la versión de Watchmen dirigida por Nolan? Respondan a eso con su imaginación y entenderán hasta qué punto la visión de Snyder y Nolan difieren a la hora de llevar a la pantalla a los superhéroes de la DC. Nolan parte de cero, toma como referente los originales y los reconstruye totalmente según sus propias constantes como autor, esas mismas características de autoría que algunos críticos despistados le niegan por el insignificante hecho de que se dedica a rodar películas de gran presupuesto y taquilleras que han elevado el cine de palomitas al nivel de obras maestras, mal que les pese a muchos. Nolan impone sus inquietudes como autor a los universos superheróicos, mientras que por el contrario Snyder está más interesado en explorar creativamente el concepto de adaptación de las viñetas a la imagen en movimiento y se ha convertido en un maestro en hibridar las formas de expresión del cómic y el cine en una variante expresiva que mezcla recursos de ambos medios con gran personalidad visual.

Por eso el Caballero Oscuro de Nolan-Bale sólo puede habitar con eficacia en una película de Nolan, de manera que la única manera de que funcione el encuentro de Batman de Nolan-Bale con el Supermán de Snyder-Cavill en El hombre de acero 2 sería que Nolan dirigiera la película, en lugar de Snyder.

Aclarado esto, era obvio que se hacía preciso buscar una alternativa a Christian Bale y partir de cero en la construcción del personaje. Llegados a este punto, la elección de Affleck despierta en muchos aficionados el fantasma de aquella floja versión de Daredevil que protagonizara el actor hace años. Pero lo cierto es que eso es como negarse a reconocer las enormes diferencias que hay entre el trabajo de Chris Evans en las dos películas de Los cuatro fantásticos y su encarnación del personaje del Capitán América en su propio largometraje sobre este otro superhéroe y en Los Vengadores. Creo que Snyder ha apostado porque el Affleck que hizo Daredevil y luego además, anecdóticamente, se puso el uniforme y la capa de Supermán para dar vida en Hollywoodland a George Reeves, el actor que consiguió el estrellato interpretando a Supermán, puede poner al servicio de una visión de Batman como figura de mentor maduro de Kal-El el talento de composición de personajes que además le ha permitido convertirse en uno de los directores más interesantes de nuestra época, con títulos como Adiós, pequeña, adiós, The Town: ciudad de ladrones y Argo. Es una apuesta arriesgada, pero calculada. Coincido en que Affleck es mejor director que actor, pero no estamos hablando de interpretar a Shakespeare, y creo que Snyder ha apostado por el instinto creativo de Affleck para componer el personaje.

Además, si me permiten le veleidad personal, soy un firme partidario de las segundas oportunidades, de las historias del Ave Fénix, de todas esas gestas bélicas épicas en las que un puñado de tipos resisten el embate de ejércitos enteros (¿recuerdan 300? ¿Zulú? ¿el sitio de Zaragoza? ¿el 2 de mayo de 1808 en Madrid?, ¿David y Goliath?) Odio juzgar un libro por las tapas. Me repugna pensar siempre lo más obvio. Y aunque me encanta la geopolítica y esos cálculos de tablero de ajedrez para predecir por dónde va el mundo, mi natural inclinación por experimentar el placer de ser sorprendido me lleva a apostar siempre por las peleas contra pronóstico.

Así que vale: Ben Affleck puede ser una elección discutible para interpretar al nuevo Batman, y sin duda todos teníamos candidatos que nos parecen más propicios y capaces para hacer ese trabajo. Pero me gusta que me sorprendan. Y estoy dispuesto a apostar contra corriente por esta elección.

Apuesto por Affleck por lo mismo que disfruté viendo cómo un tipo en camiseta y descalzo pero con mucho que perder les daba la suya y la del pulpo a un organizado comando de tipos bien entrenados y armados hasta los dientes en Jungla de cristal. Espero ver a Affleck resistiendo, cual espartano de Snyder, el asalto del nutrido ejército de críticas precipitadas que le van a caer encima antes de que el hombre tenga la oportunidad de rodar un solo plano de El hombre de acero 2.

Apuesto por lo imprevisible. Porque de lo imprevisible es de donde salen las gestas épicas y las grandes sorpresas.

Y no se me ocurre un personaje más épico en el universo de los superhéroes de la DC que Batman, el único personaje capaz de plantarse delante de Superman y cantarle las cuarenta aunque sepa que el de Krypton le puede arrancar la cabeza de un guantazo sin parpadear.

Sólo espero que no caigan en la trampa de hacer de Bruce Wayne un clon de Tony Stark.

Con eso ya me vale.

Y le deseo mucha suerte a Ben Affleck como el nuevo Hombre Murciélago, no como el Caballero Oscuro. Porque Caballero Oscuro no hay más que uno y lo interpretaba Christian Bale.

Miguel Juan Payán

En este link a change.org se hace una recopilación de firmas para solicitar a Warner que Ben Affleck no sea Batman

Y en este link a change.org se hace una recopilación de firmas para solicitar que Warner mantenga a Ben Affleck como Batman

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La novela negra y los relatos de western están de luto tras el fallecimiento el día 20 de agosto de uno de los mayores talentos en esos territorios comanches: Elmore Leonard. Los paisajes de ficción policíacos y del oeste pierden a uno de sus poetas más destacados en las últimas décadas. Pero además el cine y la televisión también han perdido a una inagotable fuente de inspiración de la que se han venido nutriendo desde que Leonard empezará a trabajar para ambos medios a finales de los años cincuenta.

Elmore John Leonard Jr. había nacido el 11 de octubre de 1925 en Nueva Orleans, y ha fallecido en Detroit, Michigan, dejando tras de sí un legado literario y cinematográfico que incluye varios clásicos tanto en el western como en el género policial. Su trabajo más reciente lo había desarrollado en la pequeña pantalla, sirviendo como inspirador y productor ejecutivo de la serie Justified, titulada en España La ley de Raylan, una de las ficciones policiales más recomendables de las últimas temporadas.


Hijo de un ejecutivo de la General Motors, se pasó la infancia trasladándose junto con sus padres y su hermana mayor de un lugar a otro, siguiendo la estela del trabajo de su progenitor, y así creció entre Dallas, Oklahoma City y Memphis, hasta que la familia se estableció finalmente en Detroit hacia 1934. Su primer trabajo como escritor se produjo como parte de su formación cuando escribió una obra teatral en la que adaptaba la novela Sin novedad en el frente, cuya primera versión cinematográfica, dirigida por Lewis Milestone en 1930, le había impresionado especialmente, forjando así esa vinculación entre cine y literatura que iba a presidir toda su obra posterior. Tras una juventud dedicada especialmente a los deportes, béisbol y rugby principalmente, y un intento fallido de alistarse en los marines, donde fue rechazado a consecuencia de sus problemas de vista, Leonard acabó en el batallón de construcción de la marina, los Seabees a los que John Wayne rendiría tributo en una de sus películas de propaganda bélica de los años 40, Batallón de construcción (Edward Ludwig, 1944). Licenciado en junio de 1946, Leonard se matriculó en la Universidad de Detroit para estudiar literatura y filosofía. Todo apuntaba a que iba dedicarse a ayudar a su padre en el nuevo negocio familiar, la venta de automóviles en un concesionario que su progenitor había abierto en Nuevo Méjico tras dejar la General Motors, pero la muerte de su padre de un infarto acabó por conducirle por otro camino profesional y le llevó a trabajar como escritor en una agencia de publicidad y más tarde a publicar sus primeros relatos y novelas del oeste en las revistas pulp de los años 40, como la célebre Argosy. Vendió su primer relato del oeste por mil dólares y decidió seguir explotando el filón de su talento literario documentándose ampliamente sobre el territorio de Arizona en los años 80 del siglo XIX y sobre los apaches, dos de sus temas favoritos como autor de novelas del oeste. Primero simultáneo esa ocupación como escritor con su trabajo en la agencia de publicidad, lo que le obligaba a levantarse a las cinco de la mañana para poder escribir antes de irse a trabajar. Pero a finales de los años 50 decidió abandonar su trabajo como publicista para dedicarse a la literatura a tiempo completo, y de paso se adaptó con gran flexibilidad al ocaso de las historias del oeste para reciclarse en autor de novelas policíacas, y en esa misma etapa comenzó a ver los frutos de su trabajo como narrador de ficción reflejados en la pantalla grande y pequeña.

En su cosecha de colaboraciones y novelas adaptadas al cine cine destacan títulos como Los cautivos (1957), un clásico western de bajo presupuesto dirigido por Budd Boetticher y protagonizado por Randolph Scott, El tren de las 3:10 (1957), que contó con un remake protagonizado por Russell Crowe y Christian Bale en 2007, La perversa (1969), protagonizada por Ryan O´Neal, El infierno del whisky (1970), con Richard Widmark, ¡Que viene Valdez! (1971), un anticipo de las claves de Acorralado protagonizado por Burt Lancaster, Joe Kidd (1972), con Clint Eastwood, Mr. Majestyk (1974), protagonizada por Charles Bronson, Embajador en Oriente Medio (1984), con unos crepusculares Rock Hudson y Robert Mitchum, Jugar duro (1985) con Burt Reynolds, 52: vive o muere (1986), con Roy Scheider y Ann Margret, El cazador de gatos (1989), una de las visitas al cine de género más curiosas del siempre imprevisible Abel Ferrara, Cómo conquistar Hollywood (1995), con John Travolta y Gene Hackman, y su secuela, Be Cool (2005), Touch (1997), Jackie Brown (1997), el homenaje de Quentin Tarantino a la blaxploitation, Un romance muy peligroso (1998), protagonizada por George Clooney, y la más reciente Life of Crime (2013), protagonizada por Isla Fisher, Tim Robbins y Jennifer Aniston.


Pero tal como me explicó cuando tuve la oportunidad de entrevistarle para esta misma revista con motivo de la presentación de su novela Tómatelo con calma allá por el año 2001, su adaptación favorita al cine de todas las que habían llevado sus personajes e historias a la pantalla grande o pequeña era Un hombre (1967), un western dirigido por Martin Ritt y protagonizado por Paul Newman en el poco previsible papel de un mestizo, mitad indio mitad blanco, John Russell, que protege a los viajeros de una diligencia asaltada por los forajidos que lidera el personaje interpretado por Richard Boone. Curiosamente yo llevaba en aquel momento en el bolsillo para que me lo firmara precisamente un ejemplar de esa misma novela, Hombre, que me había regalado para tal menester Jesús Robles, lamentablemente ya también fallecido, editor, librero y fundador de la librería 8 ½. Y en aquel ejemplar de Hombre, Elmore Leonard me dejó impreso el mejor consejo que me han dado nunca, que en un obvio alarde promocional coincidía con el título de la novela que había venido a presentar a Madrid: Take it easy, Miguel. Desde entonces ese “Tómatelo con calma, Miguel” se ha convertido para quien esto escribe en una especie de consigna que intento recordar cuando las circunstancias de la vida me llevan a pensar que estaría bien organizar un buen tiroteo al estilo de Sam Peckimpah en el principio o el final de Grupo salvaje. Porque todos los héroes de la narrativa de Leonard siempre se toman las cosas con calma. Incluso las peores cosas. Y así es como salen de los singulares embrollos en los que suele meterlos su creador.


En esa joya del western crepuscular que es Hombre, en la que Leonard revisó a su manera la claves del clásico del género La diligencia, dirigido por John Ford, como en tantas otras novelas de este mismo autor, es la sangre fría del protagonista lo que consigue sacarle de las situaciones más apuradas, o por lo menos le otorga la posibilidad de perecer en ellas con toda dignidad. Como ya he comentado en alguna otra ocasión, las historias del oeste de Elmore Leonard tienen siempre algo de novela negra, y sus historias policíacas tienen siempre algo de western. Por eso están protagonizadas por héroes poco probables, imprevistos, tipos que no quieren ser héroes o en todo caso son héroes a la fuerza, y que además lo único que quieren es seguir con sus vidas de manera tranquila y sencilla, sin meterse en problemas que no les atañen. Como ocurre con todos los personajes protagonistas de Elmore Leonard, en sus novelas y en el cine, la narración es siempre la historia de un viaje de héroe reticente desde la intención de pasar desapercibido de un tipo que no quiere problemas a su implicación directa en los acontecimientos que le rodean cuando los villanos y las circunstancias ya no le dejan otra salida.

Y con ello llegamos a la otra gran característica de las novelas de Leonard: los villanos. En las ficciones de Leonard nos tropezamos siempre con un tipo de antagonistas que viajan por la vida con el equipaje del matón y el villano, pero con frecuencia consiguen caernos incluso simpáticos, bien sea por su estupidez o por su lado pragmático. El duelo entre el héroe a la fuerza y este otro personaje con exceso de confianza en sí mismo y encantado de conocerse que suele ser el villano “made in Leonard” se constituye así en uno de los ejes sobre los que descansan las tramas de sus historias, hasta el punto de que el desenlace de dicho enfrentamiento marca el momento en el que finalmente el protagonista reticente deja el segundo plano y empieza a tomar el timón de la acción, dirigiendo los acontecimientos, un reflejo perfecto de los géneros sumidos en las turbulencia morales de las últimas décadas que arrancó en los años 60, provocando el ocaso del western y la evolución de los relatos policiales con la quiebra de los valores tradicionales en la mitología estadounidense, con los conflictos raciales y los magnicidios políticos unidos a la guerra de Vietnam.

Uno de los mejores ejemplos de esta dinámica de enfrentamiento entre el héroe reticente y el villano simpático lo encontramos en el paulatino protagonismo bicefálico que ha ido manifestándose en la temporada 3 y 4 de Justified: la ley de Raylan con el Marshal Raylan Givens interpretado por Timothy Olyphant y el delincuente habitual Boyd Crowder interpretado por el gran Walton Goggins, dos amigos de la infancia que se siguen teniendo afecto a pesar de estar en lados opuestos de la ley, como los viejos personajes del lejano y salvaje oeste, y pueden llegar a intercambiar diálogos como éste:

- No te quedan balas.
- ¿Vas a jugarte la vida a eso?
- No, Raylan. Voy a jugarme la vida a que eres el único amigo que me queda en este mundo.

Vamos a echar mucho de menos a Elmore Leonard, no sólo porque sea uno de los mejores escritores de su tiempo, sino porque cada vez que acabábamos de leer una de sus novelas podíamos experimentar una sensación de optimismo existencial derivada de la posibilidad de tomarnos las cosas con más calma.

Descanse en paz uno de los grandes maestros de la tecla.

Miguel Juan Payán

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Dolor y dinero. Michael Bay se pasea por los escombros del sueño americano con estilo y mucho humor.

Respaldado por unos Mark Wahlberg y Dwayne “La Roca” Johnson totalmente desatados como actores de comedia en clave autoparódica (sobre todo en el caso del segundo, que ha construido para esta película un reverso satírico de sus recreaciones heroicas y monolíticas para el cine de acción), Michael Bay sorprende gratamente a propios y extraños, a seguidores y detractores, con un ejercicio de cine de humor y visión crítica del “American Way of Life” y el “Hombre hecho a sí mismo”, dos farsas sobreexplotadas por el cine yanqui más bobo. En Dolor y dinero, el director de mamotretos del cine blockbuster como Transformers 1 y 2, encuentra una manera de trasladar su intranquila y nerviosa forma de mirar las cosas a través del objetivo de la cámara aplicándose a un fluido juego de montaje más coherente y sosegado que el destructivo frenetismo de edición de sus trabajos anteriores, y de ese modo parece haber encontrado un camino para contarnos una historia que es una gigantesca broma sobre todos los valores patrióticos de vía estrecha que suele esgrimir en sus peripecias más comerciales y multimillonarias con los héroes de Estados Unidos salvando el planeta a un ritmo visual más propio del rap. En esta ocasión, el ritmo visual está entre el funky y el heavy metal, lo cual es una enorme mejora respecto a sus trabajos anteriores, todo hay que decirlo.

Siempre he pensado que las películas de Michael Bay eran como peceras habitadas por pirañas hambrientas tratadas con psicotrópicos, pero con los dientes amputados para que sus mordiscos se quedaran en caricias de quiero y no puedo. Precisamente por eso no me importa (al contrario, me alegra) reconocer que su trabajo en Dolor y dinero me ha sorprendido gratamente y me ha hecho pasara dos horas y pico con las que me siento suficientemente recompensado por los pobres estímulos que he recibido de algunos de sus trabajos anteriores, como sus dos primeras entregas de la saga de robots gigantes transformables, o por cómo se cargó lo que habría podido ser una película de aventuras memorables, reedición de Doce del patíbulo en el espacio peleando contra asteroides en lugar de contra los nazis en Armaggedon. Le he perdonado incluso todo ese mareo de cámara en movimiento y corte rápido que tanto ha hecho sufrir a mis córneas en sus trabajos anteriores. E insisto: todo ese frenetismo está mejor dirigido, más astutamente aplicado y es menos molesto en la estructura visual y narrativa de Dolor y dinero.

El resultado es una especie de historia picaresca que encaja elementos propios de las comedias de pringados dirigidas por los hermanos Coen junto a unos delincuentes que parecen sacados de las muy recomendables novelas negras y de intriga de Elmore Leonard, lo cual nos lleva al territorio de las historias de delincuentes del cine negro clásico actualizadas al estilo Tarantino, en plan crook story de esta era tan influida por la narración televisiva. Ese es otro aspecto, el del lenguaje aplicado a la película, que me parece interesante. Esencialmente este largometraje es un traslado a la pantalla grande de la fórmula televisiva del falso reportaje (aunque, como se inclina a recordarnos con buenos resultados humorísticos en la secuencia de la barbacoa de manos de La Roca, todo lo que se nos narra está basado en hechos reales), que hace furor en algunos programas televisivos. Me refiero al tipo de falseados documentales que retratan la vida cotidiana de curiosos personajes del paisaje social de Estados Unidos, como Transportes imposibles, Embargo por sorpresa, Los reyes del trueque, Comida sobre ruedas, Reforma brutal… o Steven Seagal ejerciendo como Jefe Adjunto de la División de Voluntarios de la Oficina del Sheriff de Jefferson Parish, Luisiana, en la serie Lawman… Puro esperpento, se lo aseguro. El gran esperpento estadounidense, el que no nos enseña el cine casi nunca, pero que en Dolor y dinero se ha filtrado a la pantalla grande dando lugar a una de las películas más divertidas que he visto este año.

Bien pertrechada con un reparto de actores en el que brillan junto a los dos protagonistas Tony Shalhoub en su papel de víctima y Ed Harris en un personaje de detective tipo duro que se ríe de todos los estereotipos esgrimidos por el cine policíaco norteamericano durante décadas, sin histrionismo, Dolor y dinero me ha demostrado que, si quiere, Michael Bay puede ser un director muy interesante y con las ideas claras, no sólo un entregado apóstol de la doctrina de la epilepsia visual que caracteriza a las películas rompetaquillas de la era blockbuster. Wahlberg está mucho más lucido como actor de comedia que en Ted. Dwayne Johnson hace el ganso como nadie en su encarnación del azote cristiano del pecado recién salido de la cárcel. Shalhoub alcanza sus mejores momentos desde la serie Monk. El trabajo de Harris me confirma que en Hollywood deberían tratarle como un tesoro nacional y deberían darle más papeles protagonistas.

En resumen: un rato muy divertido viendo a un tipo de especímenes de la sociedad estadounidense que llena las páginas de sucesos más escabrosos y disparatados y todos esos falsos documentales televisivos que he citado, pero raramente se asoma a la pantalla grande, pero nos revela otra forma de entender el “American Way of Life”.

Miguel Juan Payán

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El llanero solitario. Dibujo animado en imagen real que certifica la mutación del cine en la era blockbuster.

Antes de nada una aclaración necesaria. Para quien esto escribe, la película está entre las dos estrellas y las tres estrellas. Por eso no me cansaré nunca de recomendar a quienes consultan estas críticas que no se queden sólo en mirar las estrellas y nos presten algo más de su tiempo leyendo los comentarios hasta el final. Y de paso que digo esto aclaro también que es el tipo de película perfecta para poner a prueba al crítico por varios motivos que explicaré a continuación. En primer lugar las películas más fáciles de comentar y calificar suelen ser las que están en 1 estrella y las que están entre 4 y 5 estrellas. Las peores y las mejores. El territorio comanche de la crítica cinematográfica, donde si te descuidas la flecha de un lector descontento se te puede clavar en la cabeza, lo constituyen las películas que navegan entre las 2 y las 3 estrellas. ¿El motivo? Estas películas son aquellas que incluyen momentos y elementos flojos o mal concebidos junto a momentos y elementos interesantes. Pero el desequilibrio entre los mismos propicia más el ejercicio de la opinión personal subjetiva que el más loable, digno y exigente ejercicio de la opinión objetiva. Miren ustedes: sobre gustos no hay nada escrito, y yo he visto a mucha gente riéndose viendo algunos momentos de El llanero solitario que a mí personalmente no me hacían ninguna gracia. Y es en ese momento cuando decido que el espectador que todo crítico lleva dentro debe dejar aparcado todo atisbo de subjetividad para aplicar la máxima objetividad en el análisis.

A título de ejemplo voy a tirar de hemeroteca y recordar aquí unos ejemplos que pueden aclarar mejor lo que estoy intentando explicar respecto a mi encuentro y opinión frente a El llanero solitario. Cuando Andrew Sarris, uno de los más prestigiosos críticos norteamericanos, defendió Psicosis en un artículo de la revista The Village Voice, recibió lo que él mismo denominó: “un aluvión envenenado de réplicas por parte de los lectores de Voice de aquella época”. Algo así como lo que hemos tenido que aguantar mi colega Jesús Usero y yo en Twitter y Facebook por defender El hombre de acero… Curiosamente Sarris libró unos cuantos pulsos de opiniones diametralmente opuestas con otra célebre – y siempre polémica- crítica de cine norteamericana, Pauline Kael, que en 1974 desató la polémica con un artículo publicado en la revista The New Yorker poniendo en duda que Orson Welles fuera el legítimo autor de Ciudadano Kane, se cubrió de gloria en las páginas de esa misma revista poniendo a caldo Ricas y famosas, la última y gran película de George Cukor, pretextando que las secuencias de sexo protagonizadas por el personaje de Jacqueline Bisset (en la mejor interpretación de toda su carrera) eran “el resultado de una mente masculina deformada”, la de Cukor, reconocido homosexual de Hollywood, y como suele decirse popularmente, se le calentó la boca calificando Eyes Wide Shut de Stanley Kubrick como “una verdadera mierda”. Tal y como señalaba otro crítico, Philip Lopate, en su artículo Para su reconsideración: sobre cambiar de opinión acerca de una película, publicado en el número de Mayo-Junio de 2009 en la revista norteamericana Film Comment (y rescatado junto con otros muchos interesantes textos en el interesante y muy recomendable libro La mirada americana. Cincuenta años de Film Comment): “Pauline Kael afirmaba que jamás regresaba a una película, ya que deseaba fiarse de su primera impresión, mientras que Andrew Sarris ha tomado un acercamiento crítico opuesto respecto a la revisión: sopesando y alterando su posicionamiento respecto a una película a lo largo de décadas”. Un servidor, como Lopate, prefiere el método Sarris al método Kael, sobre todo en lo referido a sopesar mi propio posicionamiento frente a una película.

Lo que me ocurre frente a El llanero solitario es que no me convence del todo. Pero adivino en ella algunos momentos de puro dibujo animado disparatado, de cartoon con personajes de carne y hueso, tanto en su apertura, en el tren, como en su cierre, en los trenes. Y de repente es como ver a Johnny Depp (Tonto) y Armie Hammer (el Llanero) convertidos en algo así como el Coyote y el Correcaminos de los dibujos animados de la Warner. Tren arriba, tren abajo, poniendo a prueba la credibilidad del espectador hasta el límite, estos personajes no protagonizan una adaptación seria y sólida de El llanero solitario, algo así como lo que ha venido a ser El hombre de acero respecto a Superman, sino una gigantesca, muy costosa y muy arriesgada broma sobre la mitificación de los personajes de héroes y superhéroes enmacarados en el cine. Y eso me llevó a darle otra vuelta a la película, a sopesar mi opinión sobre ella, hasta llegar a una especie de pacto entre el espectador y el crítico que llevo dentro, entre mi primera impresión subjetiva y mi más meditada impresión objetiva respecto a lo que he visto en la pantalla.

Así, tengo que aclarar que en general, esta versión de El llanero solitario me ha parecido floja. Más floja que Piratas del Caribe, construida por sus mismos artífices, que aquí han intentado replicar la misma fórmula de alternancia del humor con las aventuras trepidantes pero no consiguen los mismos resultados. Su tono me ha recordado más otra curiosa película del oeste plagada de disparates varios, Wild Wild West, o la adaptación de la serie Los Vengadores que protagonizaron Sean Connery y Uma Thurman, o Batman y Robin. Tal y como les ocurrió todas ellas, está dotada de la misma dosis de espectacularidad visual y ritmo frenético incuestionable reforzado con el trabajo de sus actores –en este caso con Johnny Depp ejerciendo como máquina que tira de todo el tren-, pero su abuso del tono paródico acaba por agotar y confundir al espectador, que no sabe a qué carta debe quedarse, esto es: si se trata de una broma hipertrofiada en su metraje, esto es, como un chiste largo, o si al mismo tiempo nos quieren contar una peripecia épica del lejano y salvaje oeste. La repetición del chiste del pájaro muerto al que Depp alimenta una y otra vez acaba por perder su gracia y es un buen ejemplo de cómo en algunos momentos el argumento parece andar en círculos sin dirigirse realmente a ninguna parte.

Pero al mismo tiempo recuerdo el momento en que el Llanero despierta de la inconsciencia en una construcción elevada por su compañero Tonto, una secuencia que sirve como ejemplo de todo lo anterior y manifiesta ese tono de gran despliegue visual épico para generar un chiste simple me ha hecho pensar que puede haber algo más detrás de todo lo que no me convence de esta película (como por ejemplo el error de casting de Armie Hammer como el Llanero, o la mala dirección que le mantiene haciendo el payaso durante todo el metraje en lugar de hacerle evolucionar desde lo paródico hacia lo heroico en una línea más cercana a lo que hicieron con el personaje de Orlando Bloom en Piratas del Caribe…). Si en la superficie la película se me antoja algo floja respecto a las expectativas creadas, rascando un poco, haciendo ese ejercicio de sopesar y cuestionar sin miedo mi primera impresión como proponía Lopate, he llegado a la conclusión de que El llanero solitario es un intento, quizá fallido en parte, pero no en todo, de dibujar una sátira del cine blockbuster y las saga de personajes del cómic que invaden la pantalla en estos tiempos. La imagen del niño enmascarado que entra en la feria y se encuentra cara a cara con uno de sus mitos, descubriendo la parte de farsa y de gran guiñol que habita en todos los mitos a través de la representación a ratos chaplinesca de Johnny Depp como Tonto, o el caballo blanco, Plata, que puede subirse a los árboles, o los roedores de la pradera, auténticas criaturas de dibujo animado gamberro al estilo Warner Bros., me hacen pensar que hay dos películas habitando en El llanero solitario. Una que no me interesa absolutamente nada, que es la protagonizada por Armie Hammer, y otra que me interesa mucho más, la protagonizada por Johnny Depp, con ese dibujo paródico de los mitos y los héroes, que si bien repite chistes como el del pájaro y está inevitablemente lastrada por los fragmentos heroicoparódicos protagonizados junto al Llanero, tiene la cualidad de ser una especie de apunte ligero en tono de cartoon sobre la muerte del cine clásico, a cuyo entierro llevamos asistiendo desde que naciera el sobreexplotado y frenético cine de blockbuster, tal y como ya anunció el padre del espagueti western, Sergio Leone, a mediados de los años ochenta cuando preparaba una de sus dos obras maestras, Érase una vez en América (la otra, si me permiten la opinión, es Hasta que llegó su hora): “Yo pertenezco a una generación que se caracteriza por el amor al cine de verdad, pero, sinceramente, sé que por desgracia el cine está a punto de cambiar de forma radical y para siempre”.

El cine se aproxima a completar esa mutación de la que ya nos avisara Sergio Leone, y El llanero solitario, con sus fragmentos de autoparodia a ritmo de cartoon que además explotan las características más obvias, físicas y superficiales de esa mitificación de la realidad esencial en un género clásico de Hollywood, el western, son un buen aviso de lo que nos espera.

Miguel Juan Payán

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