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Crítica de la película Hansel y Gretel cazadores de brujas

Entretenida revisión de los cuentos de brujas en clave de comedia de acción.

Los cuentos infantiles siempre están ahí, agazapados por alguna esquina de los argumentos universales del cine, con sus facetas más imaginativas y siniestras. Está demostrado que quien mejor sabe lidiar con ellos es Guillermo del Toro, ya sea desde el punto de vista de la dirección o de la producción (de hecho, Mamá empieza como una variante del molde argumental de Hansel y Gretel, sin ir más lejos, aunque luego evolucione por otro camino), pero lo cierto es que el cine de los últimos años nos proporciona numerosa revisiones de los cuentos más significativos de nuestra infancia, intentando acoplarlos a los intereses e inquietudes del público adolescente actual.

Hansel y Gretel va por ese camino, pero como no podía ser de otro modo estando dirigida por Tommy Wirkola, realizador de la genéricamente irreverente Zombis nazis, se desarrolla en una clave de satírica que la instala muy cerca de la comedia de acción. Esa parte de sátira, esas pinceladas de humor (los dibujos de los niños desaparecidos en el bosque en las botellas de leche), esa capacidad para revisitar los tópicos de este tipo de historias y leyendas dándoles un aire más moderno, es la mejor baza con que cuenta la película para mostrar alguna personalidad en la pantalla. Lástima que no hayan elegido tomarse todavía menos en serio y jugar con más libertad con el disparate, asumo que siguiendo la pauta marcada por el estudio de que en definitiva la acción debía ser la parte más importante del producto.

Porque la película es eso: un producto de evasión, y no pasa nada por ello. Es entretenida, tiene algunos golpes de humor que funcionan, y hay acción. Además tanto Jeremy Renner como Gemma Arterton, plenamente conscientes de que han sido fichados más como maniquíes de acción que como actores propiamente dichos, realizan un trabajo tan convincente en su faceta como protagonistas como el que lleva a cabo en su papel como antagonista Famke Janssen, con la que se confirma la tendencia más reciente de poner en el papel de villana a brujas mucho más seductoras y atractivas que las propias protagonistas, marcada por Julia Roberts en Blancanieves, espejo, espejo y por Charlize Theron en Blancanieves y la leyenda del cazador, y confirmada por el papel de Rachel Weisz en Oz, un mundo de fantasía.

No hay pegas que sacarle a la propuesta desde ese punto de vista.

El problema es que quizá a estas alturas se le puede exigir más a este tipo de planteamientos de revisión de los cuentos clásicos. No soy precisamente un seguidor de la nueva ola de películas y series que adaptan los cuentos infantiles, quizá porque recuerdo como ejemplos mejores de tal ejercicio narrativo películas como En compañía de lobos, de Neil Jordan, y al compararlas con las fallidas El secreto de los hermanos Grimm o Caperucita Roja ¿A quién tienes miedo? comprenderán ustedes que no me sienta particularmente entusiasta.

De este nuevo intento de Wirkola esperaba o más gamberrismo desatado en clave de comedia disparatada, algo realmente poco probable tratándose de producción de gran estudio, las cosas como son, ni siquiera culpo al director, o bien una acción trepidante capaz de reescribir las claves del clásico con un tono épico que en Blancanieves y la leyenda del cazador sólo se asomó esporádicamente.

No hay nada de ello en Hansel y Gretel, que tiene una buena presentación, pero en el momento en que empieza a desarrollar su segundo acto parece conformarse en exceso con lo mínimo exigible y aún entreteniendo no consiguió emocionarme o sorprenderme. Después del encuentro de Hansel Renner con la bruja blanca en el lago, una trama romántica metida apresuradamente en el relato y con calzador, el argumento entra en el territorio de lo previsible, desperdicia el personaje del troll, y camina con paso apresurado hacia una conclusión que se me antoja prematura. Creo que es una buena idea el tema del aquelarre de brujas, pero no está del todo bien aprovechada como escena final de desenlace, especialmente si la comparamos con el desparrame de vísceras que organiza el amigo Wirkola en Zombis nazis. Inevitablemente más controlado por una producción de carácter más comercial y de gran estudio, llega hasta el límite de donde le permiten los usos y costumbres de Hollywood, lo cual le condena a no sacar el máximo partido a una escena que para funcionar debería haber sido, como mínimo, algo parecido a un final estilo Grupo salvaje en versión aquelarre y cazadores de brujas. Ese desenlace, aun siendo entretenido, llega demasiado pronto y no acaba de ser el acto final potente del drama que debería ser. Curiosamente incluso el epílogo en las arenas del desierto consigue ser más sugerente y hasta hizo que me apeteciera ver alguna entrega más libre, flexible e imaginativa de las aventuras de los hermanos cazadores de brujas y su nuevo equipo de auxiliares.

Creo que eso ocurre porque en el metraje falta un despliegue algo más amplio de narración en la segunda mitad del segundo acto, le falta algo más de metraje.

Verán ustedes, le pongo tres estrellas porque me parece muy entretenida, pero creo que a este tipo de producto debemos exigirle, como mínimo, que nos resulte además tan divertido como, por poner dos ejemplos, La momia 1 y La momia 2. O en otra línea de trabajo, algo del estilo de Sleepy Hollow.

Miguel Juan Payán

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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Crítica de la película Venganza: conexión Estambul.

Una continuación que no defrauda, aunque resulte menos frenética que la primera.

La primera entrega de Venganza fue una grata sorpresa por su desenfadada propuesta de cine de acción sin complejos, dispuesta a explotar un argumento convencional sacando el máximo partido a su protagonista. Ver a Liam Neeson, con todo su talento y su presencia ante las cámaras, convertido en una especie de versión serie A del tipo de personajes que suelen protagonizar actores icónicos del cine de acción como Steven Segal resultó muy refrescante. Neeson se pasó hora y cuarto de metraje repartiendo puñetazos y apretando el gatillo hasta encontrar a su hija secuestrada para regocijo de los espectadores y demostró que el cine de acción podía levantar una taquilla que en aquel momento estaba algo moribunda.

Ahora la secuela de aquella película intenta repetir la jugada. Suprimido el factor sorpresa, Venganza: conexión Estambul acude a explotar lo que ya conocemos de su protagonista, el padre vengador, al que se le amontona el trabajo de rescatador de la familia cuando se convierte de cazador en presa y es acosado por los parientes de todos los tipos a los que liquidó en la película anterior. La novedad, si es que hay alguna, está en la localización donde se desarrolla la trama, Estambul, y en el hecho de que esta vez el protagonista comparta la odisea con su esposa y con su hija al mismo tiempo.

Más reposada que la primera entrega en su arranque, esta segunda película parece tomarse las cosas con más calma a la hora de presentar los personajes y antes de que estalle la acción, pero tiene el mismo acierto en hacer de la sencillez de su planteamiento un poderoso aliado para contar su historia y en explotar con astucia la capacidad de Neeson para vendernos cualquier tipo de historia. En alguna ocasión he comentado ya que el actor es hoy algo así como una especie de John Wayne que por sí mismo puede sustentar cualquier tipo de argumento sólo con aparecer en pantalla y mirar al prójimo con cara de malas pulgas.

La fórmula sobre la que funciona Venganza 2 es la misma que se ha venido aplicando a la explotación del carisma de los protagonistas principales desde el momento en que el cine descubrió esa poderosa arma para vender historias que son las estrellas. En la película anterior era preciso que nos presentaran a personaje de Neeson, pero en ésta no. Basta con que nos planteemos: ¿qué va a pasar cuando estos pobres tipos mosqueen a Liam Neeson? Es algo similar a lo que ocurría con Bruce Willis en las secuelas de Jungla de cristal, con Arnold Schwarzenegger cuando le secuestraban a su hija en Commando, con Stallone cuando protagonizó Rambo, con cualquier película de John Wayne en su última época, con Clint Eastwood interpretando a Harry el Sucio, con Charles Bronson encarnando al vengativo justiciero de la ciudad en la saga de Death Wish… El espectador acude al cine esperando ver lo que ocurre cuando una de estas estrellas del cine de acción es provocada para desatar su justa venganza contra quienes osan molestarle de cualquier forma. En definitiva, la clave es la previsibilidad. Lo bueno de la serie de Venganza es que su protagonista es uno de los mejores actores de su generación y además ha demostrado ser notablemente competente en las secuencias de acción. El talento de Neeson como actor es el que sustenta las situaciones a las que es sometido su personaje, por tópicas o poco verosímiles que nos parezcan. Su carisma como estrella ante la cámara hace el resto del trabajo en las secuencias de acción. Pero lo realmente interesante de las dos películas de Venganza es que le da la vuelta a la fórmula más convencional del cine de acción, haciendo que sean las escenas más sosegadas e incluso cotidianas –en esta segunda película el personaje de Neeson limpiando el coche, hablando con su mujer, buscando a su hija en casa del novio, esperando que su hija acabe el examen de conducir- lo que sirve como cemento esencial para dar sentido a las escenas de acción, en lugar de lo contrario. Lo más habitual en el cine de acción es que sea la propia acción, el espectáculo visual, lo que nos “vende” la historia. En Venganza 2 la clave de esta franquicia es la solvencia de Neeson para construir sólidamente su personaje en esos momentos cotidianos lo que sustenta todo el disparatado rosario de secuencias de acción trepidante que viene a continuación. Porque en este caso, como en la película anterior, una vez que se dispare el mecanismo que arranca la acción, ésta ya no parará hasta que acabe la película. De manera que ese arranque, esos primeros momentos de la historia, son los más importantes y los que establecen la diferencia de la franquicia de Venganza respecto a otras propuestas de cine de acción que llegan a la cartelera.

Neeson es el encargado de otorgarle toda su personalidad a esta fórmula de evasión, distanciándola de la media de este tipo de espectáculos que suele ofrecernos el cine comercial. Sólo Neeson hace que aceptemos las inaceptables elipsis de esta saga. En la primera entrega, el salto desde el final del rescate en el barco a la llegada al aeropuerto en Estados Unidos, sin consecuencias para el protagonista a pesar del destrozo que organiza en París. En ésta segunda entrega la elipsis entre la entrada en la Embajada norteamericana en Estambul y la continuación de la misión de rescate. Aceptamos estas y otras inverosimilitudes porque Neeson nos vende su personaje y la historia con la solvencia de un John Wayne vendiéndonos Río Bravo, El Dorado o Los cuatro hijos de Katie Elder.

Se le podría reprochar a Venganza: conexión Estambul esa visión de la realidad etnocentrista al estilo americano, según la cual la inseguridad y el miedo habitan siempre en el exterior y quedan automáticamente anuladas cuando entras en la embajada norteamericana. Igualmente esta segunda entrega ha perdido la amargura que acompañaba al personaje de Neeson en el arranque de la película anterior y opta por proporcionarle un entorno más feliz. Pero, seamos sinceros: todos sabemos lo que queremos ver en Venganza 2. El planteamiento es el mismo que ante Los mercenarios 2, La jungla de cristal 2, etcétera: hemos ido a ver cómo el personaje de Liam Neeson se cabrea y se pone a repartir leña hasta que se le canse la mano. Queremos que los malos sean muy malos, incontestablemente perversos. Queremos que Neeson les dé una paliza y recupere a sus parientes. En definitiva: queremos simplemente evadirnos con una fórmula argumental sencilla. Hemos pagado para ello y al terminar la película nos dan lo que nos prometieron.

No podemos pedir más.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Intocable.

Divertida e imprescindible comedia para mirar la realidad con un poco más de optimismo y menos corrección política.

Lo he dicho y no me cansaré de decirlo: la corrección política me parece castrante. Por eso me ha resultado especialmente liberadora esta comedia de origen francés que ha batido todos los récords de recaudación del país vecino y demuestra ser capaz de meterse en el bolsillo a todo tipo de audiencias, independientemente de la edad, sexo, color, procedencia cultural o cualquier otra cosa que nos separa a cada uno de nosotros de nuestro prójimo. ¿Su secreto? La sencillez.

Partiendo de una historia real, la película nos habla de algo que ha estado ocurriendo, ocurre y afortunadamente ocurrirá en nuestra sociedad, sin que ningún ministro de igualdad o bicharraco de similar calibre tenga que marcarnos la pauta de cómo hablar o cómo escribir o cómo dirigirnos a un público: gente muy distinta, de distintos estratos sociales, con distinta educación, distintos intereses, distinta condición física, color, raza, sexo, etcétera, es protagonista y como suele suceder a ratos también víctima, de un pequeño milagro consistente en descubrir que en lo esencial, todos somos iguales.

Ojo, he dicho en lo esencial. Sin eliminar las particularidades ni las características, costumbres, raíces culturales, lastres sociales o manías persecutorias que nos caracterizan como individuos y en muchos casos son las que nos hacen sacar los pies de la cama cada mañana para seguir jugando a vivir.

Intocable cuenta la historia de un tipo, negro, de suburbio, recién salido de la cárcel, que encuentra a otro tipo, blanco, con abultada fortuna y obligado a convivir con una silla de ruedas. De tan improbable asociación, que no obstante su poca probabilidad acabó dando frutos en la vida real, como nos demuestran las imágenes finales en los créditos presentándonos a los verdaderos protagonistas de la historia, sale una de las películas más frescas y humorísticamente plenas que  ha llegado a la cartelera en mucho tiempo. La asociación de la naturaleza eminentemente gamberra, pero además esencialmente ingenua de uno de los personajes, y las ganas de mandar a tomar por saco las babas y atenciones de quienes le rodean de otro, consiguen tender los puentes para que la alianza sea posible. La explicación de por qué el adinerado en silla de ruedas reconoce a su asistente torpe y básicamente ajeno como un igual radica en que éste, desde su físico en pleno funcionamiento y desde su juventud, realmente le ve como un igual,  tan igual que la mayor parte de las veces ni siquiera se acuerda de que el otro está en una silla de ruedas y no puede mover más que la cabeza, así que ni siquiera se molesta en acercarle las cosas. Más aún, el de los suburbios ni siquiera  trata al otro como su jefe, sino más bien como a un tío plasta que le puede conseguir un documento para seguir cobrando el paro al principio y más tarde simplemente como a un amiguete algo excéntrico que vive en un palacio y tiene una bañera y una secretaria que está muy buena y a la que le gustaría meter en la bañera. De la silla de ruedas, nada. Bueno, sí, algo, es un coñazo y no piensa ir con ella en una furgoneta si tiene un cochazo deportivo en el que puede acomodarse con su colega para ir a dar un paseo y correr como el demonio.

No se equivoquen: no hay un mínimo atisbo de deleznable baba buenrrollista en toda la película, no hay discursitos ministeriales de sociedad humanista perfecta y tolerancia. Lo de estos tipos no es algo tan infumable como la “tolerancia”, ese término tan curioso que básicamente consiste en que yo “tolero” a otro, es decir, le aguanto, me fastidio y soporto con los pocos gramos de humanismo gafapasta que algún otro tenga la tremenda osadía de ser distinto a mí, aunque no me guste un pelo esa diferencia. Lo exige la civilización.

Aquí simplemente lo que hay es que los dos protagonistas simplemente se reconocen como iguales pasando por encima de todas sus diferencias y de todo aquello que les separa, pero sin cometer el tremendo error de ignorar las muchas cosas en las que difieren. En lugar de barrer toda la basura bajo la alfombra y esconderla para que no se vea, aunque sigue estando allí, que viene a ser la doctrina de lo políticamente correcto y la tolerancia de las narices, asumen lo que son y tiran para adelante, porque no les queda otra, y si hay que bailar con la más fea (¡Sí, sorpréndanse, en este mundo hay gente fea! ¡y guapa! ¡y gorda! ¡y baja! ¡y demasiado alta!....), se baila, a ver si cae algo por algún sitio, que todo pudiera ser.

Esa filosofía de la vida es lo mejor de lo que nos transmite al salir del cine Intocable, un título que imagino alude a ambos protagonistas, la pareja humorística con más química y mejor conjuntada que he visto en el cine desde que Walter Matthau se peleaba con Jack Lemmon en las películas de Billy Wilder.

La película se construye sobre el protagonismo bicéfalo de estos dos personajes, y tiene mucho cuidado de no cargar las tintas en lo más dramático de sus vidas, aunque sin esconderlo. Por ejemplo la relación del tipo de suburbio con su madre y sus hermanos y hermanas queda expresada con muy pocas secuencias, eminentemente visuales, sin diálogo, pero bastante emotivas, del mismo modo que se aborda su pasado. Lo mismo ocurre con la vida que lleva el tipo de la silla de ruedas, con su hija, con esa amiga y la relación que mantiene con ella por carta, y por supuesto con la propia silla de ruedas…

Sólo hay una escena que realmente corre el riesgo de caer en lo excesivamente poético y discursivo: el vuelo en ala delta o similar –tampoco me fijé mucho en qué tipo de chisme estaban utilizando para pasearse entre las nubes-, pero se la perdonamos, porque antes tiene esa entrada decidida y sin hacer prisioneros en la historia, con la persecución de la policía, que convierte hábilmente todo el relato en una especie de flashback incorporando un cierto toque de intriga muy saludable para el relato, que se mantiene casi hasta el final sobre la pregunta: ¿qué les pasó a estos dos tipos para acabar así en esa carretera? ¿Cómo dos tíos tan distintos llegaron a esa amistad?

Si quieren pasar un buen rato y ver una buena comedia que quizá ayude de paso a cambiar algo su forma de mirar e incluso ver algunas cosas y personas que nos rodean, vayan a ver Intocable. Está entre lo más recomendable de la cartelera de este fin de semana.

Miguel Juan Payán

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Coincidiendo con el centenario del día en que zarpó el Titanic, regresa a las salas de cine una de las películas más admiradas y aclamadas de la historia en 3D. El visionario director de Avatar, James Cameron, nos ofrece la oportunidad de revisitar uno de sus más grandes éxitos de una forma completamente nueva.

In Time ★★★

Noviembre 28, 2011

Crítica de la película In Time

Ciencia ficción interesante, reflexiona sobre el presente pintando un futuro con el tiempo como única moneda de curso legal. Visualmente elegante y estilizada, In Time tiene momentos que la acercan a Hijos de los hombres junto a otros que la ponen más próxima a Gattaca (debut en la realización del director de ésta), o Equlibrium, y juega más o menos en  la misma liga de otro título de culto del género de ciencia ficción, Días extraños, de Kathryn Bigelow.  Junto a todos estos referentes o pistas para que sepamos por dónde se mueve el tema, tiene un estilo visual que inevitablemente parece influenciado por los planteamientos de la nouvelle vague francesa, con los fantasmas de Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Al final de la escapada de Jean-Luc Godard planeando sobre esa fuga de los dos protagonistas, que bien podrían ser los bisnietos de aquella otra pareja de fugados.

Más interesante que la otra propuesta de ciencia ficción de la cartelera de esta semana, especialmente para los cinéfilos (me refiero a Acero azul, de la que también he hablado en esta misma página), In Time plantea un argumento que aún moviéndose entre los referentes citados, rápidamente encuentra su propia personalidad en una trama donde el tiempo se convierte en el pretexto para abrir las puertas a una reflexión sobre nuestro presente y las maniobras especulativas que están poniendo el mundo al borde del colapso económico.  Entramos así en una fábula que en realidad está vinculada tanto estética como narrativamente a la tradición de las distopías en la ciencia ficción, una clave más propia de 1984 de George Orwell, como dejan claro las escenas iniciales con el protagonista trabajando como un eslabón más de la cadena en la fábrica. A partir de ahí, la película se conduce con rasgos de personalidad que quedan expresados visualmente en algunos momentos claves de su trama, como la carrera contra el tiempo, nunca mejor dicho, de la madre y el hijo, el momento de suicidio o la elipsis con la que se resuelve la participación en la trama del amigo del protagonista, encarnado por Johnny Galecki (Leonard en la serie The Big Bang). Cada uno de esos momentos componen, junto con el personaje de cronopolicía interpretado por Cillian Murphy, lo mejor de la película. Junto a todo ello creo que acierta a lidiar con su principal hándicap: un argumento que es perfecto para el relato corto o el cortometraje, e incluso para un capítulo de serie de televisión, pero una vez desvelado lo básico de su propuesta –el ser humano ha alcanzado la posibilidad de la inmortalidad no envejeciendo más allá de los 25 años, algo parecido a lo que les ocurría a los personajes de La fuga de Logan, pero para ello la sociedad ha de pagar el precio de dividirse en ricos y pobres partiendo del tiempo como única moneda de curso legal, de modo que se puede traficar, robar y especular con segundos, minutos, horas, días y años-, corre el riesgo de haber consumido lo mejor y entrar en lo previsible o anodino. El punto de inflexión, esto es, el de mayor riesgo de que la película pierda fuelle al progresar más allá de su interesante planteamiento de partida, lo encontramos en el momento en que el protagonista decide ir a New Granach, el país de los ricos. No es algo nuevo en el mundo de las distopías de ciencia ficción: inevitablemente el arco de desarrollo del personaje principal está ligado a un viaje, lo que convierte esa progresión dramática en un reto, porque lo que encuentre ha de ser tan interesante como lo que deja atrás. En este caso es en ese viaje y su llegada a destino donde la película flojea un poco, habida cuenta de que además fruto del mismo será la historia de amor que marca el ritmo de la segunda parte de la fábula. El director, que como ya he dicho debutó en la realización con Gattaca y también dirigió otra fábula de ciencia ficción, Simone, además de El señor de la guerra, y en su faceta como escritor y productor estuvo igualmente implicado en El show de Tuman, sortea ese escollo tirando de las mismas armas que en esos trabajos anteriores, esto es, mediante un ejercicio de estilización de la imagen que con notable elegancia visual nos vende nuevamente la trama de la persecución y la fuga encadenando una serie de planos, escenas y secuencias que huelen al ya mencionado guiño u homenaje a la Nouvelle Vague francesa. Quizá desde el punto de vista de construcción narrativa de la historia habría sido más interesante que esa estilización hubiera venido acompañada por una mejor utilización del personaje de cronopolicía, que en mi opinión no está tan explotado como debiera y era un elemento propicio a un mayor despliegue y protagonismo en la segunda parte de la película. Le ocurre a este personaje lo mismo que al criminal ladrón de tiempo interpretado por Alex Pettyfer, por cirto en el mejor trabajo que le hemos visto hasta el momento. Ambos son herramientas un tanto desaprovechadas en el relato, especialmente en el segundo y tercer acto del mismo, donde bien administrados estos personajes habrían podido proporcionar mayor entidad y un desarrollo más amplio a la poco más que esbozada carrera criminal estilo Bonnie y Clyde que inician los dos protagonistas. Tanto el personaje de Cillian Murphy como el de Alex Pettyfer son las claves de cine negro que podrían haberle proporcionado mayor contraste al ir y venir de los protagonistas, que tal como está se queda como digo marcado por un carácter algo esquemático, casi un boceto. A pesar de todo ello la solvencia de Justin Timberlake y Amanda Seyfried para sacar adelante a sus personajes, arropada por el resto de los elementos citados previamente, hacen de  In Time una propuesta de cine de ciencia ficción bastante interesante que además nos propone una puesta en escena elegante y resolutiva, bien aplicada a una fábula futurista que debería darnos mucho que pensar sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo ahora mismo a la sombra de la crisis.

Miguel Juan Payán

Jaume Balagueró le da otra vuelta de tuerca al género de intriga con sus gotas de terror, algo que parecía imposible, o como mínimo muy difícil, consiguiendo que en Mientras duermes nos identifiquemos con la figura del monstruo, la amenaza, el motor del miedo en el relato. Vemos toda la trama a través de los ojos del portero protagonista de esta historia, hombre siniestro,  pero que nos expone sus justificaciones desde el principio y a partir de ese momento no va a dejar que nos escapemos de la trama, obligándonos a seguirle en su tortuosa senda de acoso a sus víctimas.

Balagueró saca petróleo con elementos mínimos y una sencillez elegante al tratar el cine de género, construyendo una trama en la que se dejan ver influencias de los terrores de interior de la filmografía de Polanski, como Repulsión (llevando un poco  más allá en lo sangriento la escena de asesinato en la bañera) o El quimérico inquilino, y a medida que avanza el relato deja que el ritmo se vaya acelerando en unas claves que nos recuerdan el cine de Alfred Hitchcock, y más concretamente Psicosis (salvo que Mientras duermes consigue que nos identifiquemos con el monstruo desde el principio y lo veamos todo a través de sus ojos, incluso temiendo que le descubran en sus miserables maquinaciones, con esos planos bajo la cama de su principal víctima, mientras que nuestra identificación con el temible Norman era más inocente, pues en principio desconocíamos su verdadera naturaleza como amenaza). Incluso estamos atrapados en esa inquietante identificación con el agente del terror a través del humor (su entrada en el apartamento infestado con su fingido desconocimiento del lugar, por ejemplo). De ese modo, nos ocurre algo similar a lo que sucede con el protagonista de un clásico, Pickpocket, de Robert Bresson: nos identificamos plenamente con el protagonista. Sabemos que es un tipo miserable, pero de la misma manera que él no puede escapar de esa ausencia absoluta de felicidad en su vida, nosotros no podemos escapar durante la proyección de sus actos, de manera que en cierto modo somos también un poco sus víctimas.

Destaca también la manera astuta en la que Balagueró dosifica las claves de su fábula, narrada totalmente en interiores en los cuales estamos encerrados con la amenaza y con sus víctimas, como si no pudiéramos escapar. Una clave aplicada, pero con otra fórmula y resultados totalmente distintos, en la saga de REC. La herramienta para ello es la cotidianeidad, elemento esencial para asentar las buenas fábulas de terror, como aquí ocurre. El director nos muestra en varias ocasiones la cotidianeidad de sus personajes a primera hora de la mañana, dejando que nos confiemos en esas vidas ajenas, antes de apretar el acelerador y conducirnos a un ritmo más acelerado hasta los acontecimientos que van a precipitar la tragedia haciendo que se haga plenamente presente la amenaza.

En todo ello tiene Balagueró unos aliados esenciales: los actores. Luis Tosar, Marta Etura y el resto del reparto son las mejores herramientas del director  para sembrar la inquietud  en el espectador, junto con un juego de iluminación y trabajo con el espacio que como he comentado me recuerda los terrores en interior de Polanski.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Invasión a la Tierra: Batalla de Los Angeles

Me lo he pasado como un chaval viendo esta película. He gozado como un marrano en un cenagal. He recuperado mi infancia toda de golpe. Así que vayan preparando la munición de tomates para ponerme a caldo por decir que Invasión a la Tierra: Batalla Los Ángeles me parece una gozada, una película de evasión pura y dura, sin concesiones, entretenida, muy divertida, con acción a raudales y sin ninguna intención de revolucionar el arte cinematográfico, la estética del audiovisual o nuestra manera de pensar sobre nada en particular. Es puro entretenimiento. Se le podrán sacar pegas, sin duda, y casi seguro que alguna aparecerá en las líneas que siguen, pero como espectáculo de evasión en mi opinión es impecable e implacable.

Lo implacable alude a que no da cuartel. Va a la yugular del entretenimiento desde el principio, y no ahorra ni munición visual ni munición sonora para meternos de cabeza en esa batalla de Los Ángeles del título que cobra forma a nuestro alrededor como si fuéramos casi el cámara que la está filmando.

El planteamiento visual es el mismo que el aplicado en las series de televisión de acción más recientes, con la cámara pegada a los personajes, al hombro, moviéndose con ellos, lo cual, exagerado, llega a molestar, y en pantalla pequeña funciona mejor que en pantalla grande, todo hay que decirlo. Aquí me ha molestado algo tanto meneo en las secuencias de acción, pero lo he pasado tan bien viendo la película que se lo perdono. Es además una estrategia que ya empleó en su momento Ridley Scott en Black Hawk derribado, película con la que Invasión la Tierra tiene muchos puntos en común. De hecho, es uno de sus dos referentes. El otro referente inmediato, salido además de la televisión, sería la serie Generation Kill, una aproximación a la guerra de Irak ciertamente más interesante y novedosa que la mayor parte de las películas bélicas que nos llegan sobre ese conflicto.

El tercer referente es de tipo narrativo, y es el que me parece más interesante. Lo que ha hecho el director es adaptar nuevamente La guerra de los mundos de H. G. Wells, pero empleando además el mismo esquema y motivación: trae la guerra de Irak a territorio americano, o lo que es lo mismo, hace que los americanos se pongan en el lugar de los iraquíes ante una invasión exterior arrolladora, tecnológicamente superior, que quiebra casi de un solo golpe toda la resistencia humana a nivel militar. Pasando de invasores a invadidos, los marines estadounidenses recuperan el espíritu heroico de la que muchos conocen como “la última guerra justa”, esto es, la Segunda Guerra Mundial. No es extraño por ello que uno de los iconos cinematográficos del cine de propaganda bélica en aquel conflicto, John Wayne, aparezca citado en el diálogo de ésta película. Pasando a sus militares por el filtro o más bien el altar sacrificial de la invasión de su propio suelo, el director recupera el heroísmo épico del cine bélico de toda la vida.

En ese mismo sentido ejecuta una fórmula de hibridación de géneros que le da buenos resultados mezclando el bélico con la ciencia ficción. El ejercicio tiene el mismo esquema o fórmula que en su momento aplicara Ridley Scott cuando hibridó ciencia ficción con terror en Alien, y como en aquella, también aquí el director es suficientemente astuto para dejar claro desde el primer momento que la ciencia ficción es sólo el envoltorio iconográfico que prepara al espectador para el dominio posterior de la puesta en escena del género dominante en el resto del metraje (el terror en Alien, aquí el bélico).

Esta mañana, al salir del pase de prensa, un colega afirmaba categóricamente: “a mí el cine bélico me aburre”. He pasado de contestarle lo más obvio ante tamaña declaración: “eso es que no has visto buen cine bélico”.

Invasión a la Tierra es buen cine bélico, y como no podía ser de otro modo en ese género, tiene su ración de inevitable propaganda militarista. Su “momento John Wayne”, sus “Semper Fi”, sus saludos, su buen rollito con la infancia, y sí, su paternalismo de los militares frente a la sociedad civil. Como no soy militar, podría quejarme ahora de que a los periodistas (mi profesión,  a mí me pagan por esto) no están convenientemente representados. Pero si me permiten el exabrupto, eso sería una gilipollez y además un ejercicio de mediocridad por mi parte: el periodismo y la sociedad civil no pintan nada en este baile. Seamos serios y dejemos de pensar que somos el ombligo del planeta y el resto del personal está aquí para servir como secundarios y figurantes en la película de nuestra vida, que algunos cuanto más humanismo predican menos se les nota en la maneras que son humanistas y les sale el ego herido hasta por la costuras de los calzoncillos o las bragas.

No es cine antibelicista, sino cine bélico. Tampoco es cine pacifista. Ni una declaración de principios de nada. No hay que confundirse. Es simplemente una película de guerra, en la que inevitablemente, como ocurre en toda película del género cocinada en Estados Unidos, brota su segunda naturaleza como herramienta de reclutamiento. No estoy ciego ante tal evidencia. Lo que ocurre es que entiendo que allí en Estados Unidos las cosas son distintas y, dado que estoy viendo una película norteamericana, además con ese título, mi cabeza da lo suficiente de sí como para tener claro de qué va el asunto. Sabiendo lo que me espera, me predispongo a favor de ello o, caso contrario, si sintiera animadversión por la propuesta, me metería en otra sala a ver otra película. Lo que no puedo hacer como espectador es llamarme a engaño. Recuerdo que cuando salí de ver Black Hawk derribado una compañera me dejó bastante pasmado representando una especie de ceremonia de indignación teledirigid, por otra parte muy hilarante, afirmando que la película de Scott le parecía políticamente incorrecta ¡porque no reflejaba el punto de vista de los somalíes!

Para prevenir ese tipo de mítines de adoctrinamiento entre la parroquia al salir de ver esta otra película, aviso ya: en Invasión a la Tierra ¡no está el punto de vista de los extraterrestres!

Ahora bien, volviendo a lo que comentaba antes, creo que hay algo más detrás de la pirotecnia visual y el ejercicio de cine de género, vertiente bélica, desde el momento en que su ejercicio argumental admite interpretar la película como una variante válida de La guerra de los mundos de H.G. Wells. Wells con su novela quería trasladar a los lectores cómo se habían sentido los nativos de las aldeas de los lugares colonizados por las potencias europeas cuando se les venía encima un enemigo superior dispuesto a expoliar sus recursos naturales y sus riquezas en general. Para ello tuvo que convertir a los ingleses en nativos invadidos, y a los colonialistas en marcianos invasores. Más allá de la fábula estaba la importante reflexión de ponerse en el pellejo de los otros, intentar ver el mundo desde los ojos de los nativos invadidos, expoliados, violados y masacrados.

Y me pregunto yo si en esta Invasión a la Tierra, haciendo de los invasores los invadidos, no estamos en ese mismo ejercicio de cambiar la perspectiva para mirar con los ojos del otro.

El hecho de que los extraterrestres vengan a nuestro planeta buscando agua, que casualmente es su petróleo, esto es, su combustible, creo que habla por sí mismo sobre ese intento de permuta de papeles entre invasores e invadidos, esa intención de llevar la guerra de Irak a las calles de Los Ángeles.

Pero, ya digo, aquí de punto de vista de los alienígenas, nada de nada.  Para eso hay que ir a ver Distrito nueve, que también está bastante bien.

Aclaro también que ésta es una visión mucho más completa, mucho mejor, mucho más pertrechada de medios y mejor construida, narrada y pensada que Skyline, a la que también defendí en estas líneas y en las páginas de la revista, aunque por ello me cayera la del pulpo.

Aquella era serie B, pura y dura, barata, limitada y a mi parecer pasablemente distraída. Aseado producto de segunda división.

Ésta juega en la primera división. Es mucho mejor, pero además es más entretenida.

Señores, me confieso: yo al cine voy a divertirme en primer lugar. Luego si además me aportan algo más, perfecto, pero lo primero es la diversión. No voy a que me hagan soñar, ni a que me conquisten como prosélito para ideología alguna o me recluten para el ejército. Tampoco voy a hacerme pajas mentales. Ni quiero que las películas me ofrezcan una vida supletoria porque ya estoy suficientemente pleno en mi propia existencia real. Al cine voy sobre todo a pasar el rato. Y si me pongo una película en casa persigo lo mismo. A ser posible un buen rato y sin que ofendan a mi inteligencia, con un buen ejercicio cinematográfico.

Invasión a la Tierra es una buena película de guerra. El que busque otra cosa, que se vaya a otra sala.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Millennium 3. La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire

Es bastante difícil para cualquier saga cinematográfica mantener el hilo narrativo y el interés del espectador durante tres películas sin que la trama, los personajes o el ritmo de la cinta sufran. En ese sentido, Millennium 3, La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire, consigue mantenerse a la altura con muy buen resultado, aunque no perfecto. La película funciona a muchos niveles, de forma más que correcta, pero en algunos otros baja las expectativas hasta causar la risa del espectador. Los primeros momentos se elevan por encima de los segundos, pero aún así estos permanecen en el espectador dejándole un sabor agridulce, como si la guinda del pastel de esta trilogía estuviese pocha.

Dos horas y media de proyección para finiquitar una trilogía que la mayor parte del público sabe inconclusa. Nunca sabremos qué tenía pensado Stieg Larsson para la continuación de su saga literaria. Se supone que la historia continuaría durante al menos unos cuantos libros más (o al menos eso aseguran todos sus allegados. Su viuda asegura que acababa de empezar la cuarta novela), pero la repentina muerte del autor nos lleva decir adiós a la saga aquí y ahora. No con un final abrupto e injustificado, ni mucho menos, pero sí con ganas de más. Una puerta al futuro abierta que nunca se llegará a cruzar.

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Mucha gente ha llegado a comentar que la llegada de Daniel Alfredson sustituyendo a Niels Arden Oplev entre la primera y segunda películas se debieron a problemas entre director y productores. Observando el cuadro completo, con Millennium 3 también dirigida pro Alfredson... Bueno, los motivos para el cambio quizá nunca se entiendan, pero debido a la mayor continuidad entre la anterior película y esta, nos encontramos ante un acierto con respecto a la narrativa y el estilo. Las dos últimas películas están mucho más interconectadas de lo que está la primera, lo que no quiere decir que Los Hombres que No amaban a las mujeres no pertenezca a la trilogía, simplemente que las conexiones entre estas dos son mayores, empezando por el hecho de que La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire y pretende resolver la mayor parte de tramas que quedaron abiertas en aquella. Y lo consigue. Las tramas se cierran, no quedan cabos sueltos, no quedan historias pendientes, sino esa puerta al futuro a la que nos referíamos antes.

Por supuesto el dúo protagonista, Michael Nyqvist y Noomi Rapace, se encuentran tan cómodos en sus papeles que bordan las interpretaciones. Siendo personajes tan dispares, pero en el fondo tan similares, sus interpretaciones son diferentes en matices, pero están intrínsecamente unidas por la contención y la mesura. No hay gestos de más, no hay palabras que sobren, porque saben de sobra quienes son Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander. De hecho, Rapace es quien más beneficiada sale del guión y consigue algunos de los momentos más interesantes de la película, sobre todo con el médico/cómplice que tiene en el hospital, con el que pasa de comportarse como una niña con miedo (lógico con todo lo que ha pasado, ese temor), a defenderse con rabia contenida, como la Lisbeth que todos conocemos. O su contención durante todo el juicio pese a su aspecto en el peinado y el maquillaje. La imagen de una fiera, sí, pero en sus ojos se puede ver todo el dolor, la rabia y la humillación que los recuerdos y hablar de ello en voz alta le trae a la cabeza.

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Lo mejor de la trama es que no se hace nada pesada pese a sus dos horas y media de duración. Sí, algo más de concisión y quizá alguna elipsis no le sentarían nada mal. El metraje se hace en algunos momentos algo denso, debido a que la historia frena de cuando en cuando, sobre todo en la mencionada parte de Lisbeth en el hospital. Pero son sólo ciertas partes de la película, algunos momentos. Pero la mezcla de género negro e intriga política, como la de los thrillers políticos americanos de los años 70, funciona a la perfección. La caza de Mikael sobre la sección, con tintes de ese cine pero con la esencia de las obras del cine europeo, convierten Millennium 3 en un gran entretenimiento que se disfruta de principio a fin sin problemas y que entusiasmará a los seguidores de la obra. Incluso los alicientes del más típico slasher americano de terror, con ese asesino gigante silente, que ni siente ni padece (la escena bajo al lluvia posee una atmósfera excelente), son otro aliciente más para el gran público. Además el sexo pierde parte de protagonismo, algo que distraía un poco en las anteriores películas, pese a servir para definir a los personajes y sus acciones. Un entretenimiento de primer orden.

Los problemas con la película vienen por otro camino. Primero la dirección de Alfredson, con el formato reducido, en lugar del scope empleado por Arden Oplev, su forma de contar la película... resultan demasiado televisivos. A veces emplea cámara al hombro para tratar de dinamizar las escenas más pausadas, pero no siempre funciona, y llega a abusar de sistemas de narración propios de la televisión, como el plano/contraplano en los diálogos entre personajes. Y las escenas de acción... Ahí sí reside un gran problema, un enorme pero a la película. Hay momentos básicamente ridículos que arrancan carcajadas de la platea por estar mal planificados y mal rodados (hay, por ejemplo, un lanzamiento de un bote de pintura a un metro de distancia en el que se ve perfectamente al actor que lo hace fallar a drede para no dar a la protagonista. La gente se ríe mucho con eso).

Son algunas cosas que te sacan de quicio brevemente durante la proyección y que terminan por no redondear una película que podía haber sido mejor, pero que es un buen ejemplo de cine de suspense. Eso sí, siempre que hayamos visto las dos anteriores.



Para quien va al cine con la frecuencia con la que yo lo hago, ciertas películas se delatan desde el primer minuto de metraje. En estos tiempos de  blockbusters, de adaptaciones comiqueras, de secuelas y remakes que yo soy el primero en disfrutar, una obra como Up in the Air se manifiesta enseguida como un elemento extraño. Cierto es que estamos en enero, el primero de esos meses mágicos que componen el primer trimestre de cada año, cuando por aquí tenemos la fortuna de disfrutar con algunas de las películas más destacadas del año, aquéllas que estarán presentes en las principales entregas de premios. Pero en este 2010 ese cine de calidad ha llegado con un regalo sublime, una de esas películas que te sobrecogen, y que, como decía al principio, sobresale de todo lo que hemos visto en los últimos meses desde su primer fotograma. Ya entonces, los asiduos a los cines sabemos que vamos a disfrutar de algo distinto, mejor, mucho mejor...

El trabajo de Jason Reitman ya había sido elogiado en Gracias por Fumar, y, sobre todo, en Juno, dos películas interesantes, correctas, algo sobrevaloradas en mi opinión. Y lo cierto es que ambas palidecen al lado de Up in the Air, una película redonda, auténtico cine con mayúsculas impropio de alguien que todavía está empezando su carrera como cineasta. No es frecuente ver en una tercera película semejante dominio del oficio, y, sobre todo, la perfección en dos aspectos básicos: la historia y la excelente dirección de actores.

Como no podía ser de otra manera, con esos dos elementos tan bien engarzados, el resultado es el que es. Alguien dijo alguna vez que un buen guión no hay director que lo estropee, y que de uno malo no hay cineasta que haga una buena película. Reitman se merece los elogios porque no sólo no ha estropeado el buen libreto sino que además es uno de sus firmantes, junto con Sheldon Turner (responsable de los guiones de cosas tan apartadas de ésta como El Clan de los Rompehuesos o La Matanza de Texas, El Origen), a partir, eso sí, de una elogiada novela de Walter Kirn.

El estupendo guión nos cuenta la historia de  Ryan Bingham, un curioso tipo que no tiene casa, ni familia, ni amigos íntimos. Sólo tiene trabajo, concretamente uno que le permite volar por todos los estados alojándose en hoteles de lujo y viajando en primerísima clase gracias a su condición de pasajero VIP, ésa que ha obtenido al haber alcanzado un gigantesco número de horas de vuelo. Entre aeropuerto y aeropuerto, Ryan se dedica a despedir a los trabajadores de aquellas empresas del país que no se atreven a hacerlo directamente, y que contratan para ello a la empresa de nuestro protagonista, quien dedica parte de sus pocas horas libres a dar conferencias sobre su llamativo estilo de vida.

No es esta historia, por tanto un mal punto de partida para una película, aspecto que se acentúa favorablemente con los audaces diálogos que los personajes disparan con una pasmosa solvencia. Y otro punto a destacar del trabajo del joven director-guionista es la increíble dirección de actores, la que ha permitido a George Clooney estar como nunca antes había estado. El bueno de Clooney había trabajado antes con los Coen, con Soderbergh o con Terrence Malick, cineastas de un talento descomunal que no habían sido capaces de obtener del actor un talento semejante al que Jason Reitman ha obtenido. Alguien podrá restar méritos a ambos aduciendo que el actor casi se auto-interpreta, ya que su personaje es un guaperas que elude los compromisos y las ataduras inquebrantables, pero, en mi opinión, ésa sería una visión ciertamente sesgada de un Ryan Bingham que es capaz de mostrarse comprensivo y paciente con las personas a quienes despide, tratando en todo momento de aliviarles y comprenderles. Clooney, en la piel de Ryan, vuela, ríe, come, baila, despide y vuelve a volar, con una capacidad de emocionar y transmitir impagable. Y, cómo no, terminará siendo presa de ese sentimiento que a todos atrapa finalmente: el amor, el que termina sintiendo hacia el personaje de una Vera Farmiga que no desentona en absoluto. Ese amor hará que nuestro protagonista corra por una terminal como nunca en su vida había hecho, a pesar de llevar toda esa vida en los aeropuertos.

Up in the Air es comedia y drama a partes iguales, con las dosis perfectamente encajadas. Es ese cine que a Hollywood parece por momentos habérsele olvidado, ese cine que cuenta historias magníficas protagonizadas por personajes interesantes, de ésos que permanecen para siempre en nuestra memoria cinéfila. Habla de aspectos tan importantes como la soledad, el desarraigo, el amor, y de un tema tan candente como el del desempleo, que tristemente tantos titulares ocupa en la actualidad. No he encontrado puntos débiles en la película, y no porque no se los haya buscado. Yo, que no me emocioné con Juno, no daba crédito a la contundencia de la obra de un Jason Reitman que, sin duda, ya se ha convertido en mejor director que su papi Ivan, quien en los 80 nos ganó para su causa con la estupenda Los Cazafantasmas, aunque tras ella fuera incapaz de rodar una película que se acerque mínimamente a Up in the Air. Cine de altos vuelos, cine maravilloso...