Aunque sea uno de sus papeles más recordados y aunque sea también uno de los que más éxito le ha proporcionado en su carrera, Liam Neeson parece no estar interesado en repetir como Bryan Mills una vez más, incluso si la serie/precuela que se estrena en breve se convierte en un éxito. 

V3nganza ★★★

Enero 12, 2015

Crítica de la película V3nganza - Venganza 3

Sabemos a lo que venimos, así que pasen y disfruten. Lo dije desde la primera entrega de la saga, Venganza siempre me ha parecido una variante de las películas de serie B de Steven Seagal pero con un actor de verdad delante de las cámaras, lo que hace que la calidad de la película suba bastante sólo por su mera presencia. Sí, tiene mucho de aquellas películas de justicieros de los 70 y 80 con Charles Bronson y demás, pero las peleas cuerpo a cuerpo, las escenas de acción trepidantes, hasta las tramas… todo me recuerda a Seagal, quien se quejó de que Neeson les quitaba el pan a las verdaderas estrellas del cine de acción. No les quita el pan. Es que el público prefiere a Liam Neeson. Y con razón.

Mejor que la segunda entrega, con una trama de verdad, pero con el mismo descaro y la misma sana intención de entretener sin más al espectador que busca un par de horas de cine de acción sin complejos, V3nganza nos lleva a Los Angeles para presentarnos a Bryan Mills en su última peripecia, esta vez mucho más acorde con el título en castellano, porque cuando el protagonista sea acusado del asesinato de su exmujer buscará vengarse de los responsables mientras intenta no ser detenido por la policía. El resto se lo pueden imaginar sin que les dé demasiados detalles. El caos y la destrucción se desatan en la ciudad de Los Angeles y, pese a que la trama tiene un par de giros interesantes y nunca se hace aburrida, la coherencia en general del relato no es lo que más interesa a los responsables.

Por un lado cambiamos el actor que da vida al marido actual de Famke Janssen, de Xander Berkeley a Dugray Scott, por otro el final de la segunda entrega dejaba entrever que las cosas no son como al inicio de esta tercera entrega entre Neeson y Janssen, y por otro tras lo que sucede en esta película las consecuencias para el protagonista son… de chiste. Por poner unos ejemplos. Pero, ¿qué más da? Lo importante es el entretenimiento, el viaje junto a Liam Neeson, el único actor del mundo capaz de hablar con un oso de peluche gigante sin que nos entre la risa floja. Sólo por él merece la pena todo. Y si le sumamos la presencia de Forrest Whitaker, Dougray Scott, Leland Orser o Maggie Grace, pues mejor.

No, no va a ganar ningún premio. Pero el público pasará un gran rato de la mano de este enorme actor metido a héroe de acción. Está en las antípodas de Caminando entre las Tumbas, pero eso no es malo cuando se sabe a lo que se va a una sala de cine. Y no, tampoco es la primera e irrepetible entrega. Pero cumple su cometido, la ciudad de Los Angeles luce de maravilla y tiene un buen puñado de escenas de suspense y acción que harán las delicias de los fans. Es más, aunque esté anunciado que es la última entrega, si quieren hacer una cuarta, que cuenten conmigo. Sólo si vuelve Liam Neeson y el guión tiene el mismo grado de parodia y sentido del humor. Quien espere otra cosa… se ha equivocado bastante.

Jesús Usero

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Crítica de la película Caminando entre las tumbas.

Devuelve calidad y madurez al cine de intriga con un gran Liam Neeson.

El papel de Matt Scudder, detective creado por Lawrence Block para sus muy recomendables novelas policíacas, le sienta como un guante a Liam Neeson en esta adaptación de una forma de entender el relato policial que está lamentablemente muy perdida en el relato actual y algunos espectadores, incluidos algunos críticos, no saben apreciar en toda su grandeza. Tristemente ha acabado con este tipo de relato más elaborado, maduro y coherente el onanista cine blockbuster, de explotación rápida y consumo precipitado, acumulación de imágenes de acción trepidante que muchas veces no conducen a ningún sitio. Lo he dicho alguna vez en estas críticas y lo repito incansablemente en mis pases: la acción en sí misma puede ser divertida, pero no es interesante, lo interesante es lo que ocurre antes y después de esa acción. Devoramos secuencias de acción con la impaciencia nerviosa de un infante ansioso y nuestra sociedad se zambulle cada vez más en un disfrute totalmente fortuito e intrascendente de imágenes trepidantes que pretenden responder a la epidemia de déficit de atención que caracteriza al público de nuestros días.

Todo lo anterior responde a algunos comentarios que he escuchado al salir del pase de prensa y que me han hecho pensar que algunos colegas estaba esperando ver algo así como otra entrega o secuela no declarada de Venganza, película por otra parte muy divertida porque ver a Liam Neeson haciendo lo que hacen Steven Seagal o Jason Statham, esto es, repartiendo leña, pero con más poderío como actor, es realmente muy satisfactorio. Y totalmente recomendable, ojo, en plan epidérmico, eso sí. Quiero decir que Caminando entre las tumbas no es, no pretende ser y, es más, no debe ser bajo ningún concepto, una variante de Venganza.

Lo que nos propone Caminando entre las tumbas es una clave de cine policial totalmente distinta y para mi gusto más interesante. Imagino que los lectores de novela criminal me entenderán mejor si ven la película. Para empezar creo que es un traslado perfecto del alma de las historias de Matt Scudder al cine. Sin duda mejor que lo que hizo Hal Ashby en Ocho millones de maneras de morir, película que me gusta a título personal, principalmente porque el trío formado por Jeff Bridges, Andy García y Rosanna Arquette defiende muy bien el fuerte, aunque la cosa no tenga mucho que ver con las novelas ni el personaje original ni se muestre especialmente respetuoso con el mismo.  Caminando entre las tumbas me recuerda además todo ese gran cine de intriga detectivesca de finales de los sesenta y primeros años setenta que resucitó las claves del cine negro en su variante hard boiled poniéndolas al día en algunas notables adaptaciones de detectives clásicos de la novela, títulos como Harper, detective privado y Con el agua al cuello, protagonizadas por Paul Newman, la imprescindible La noche se mueve, dirigida por Arthur Penn y protagonizada por Gene Hackman, La conversación, de Francis Coppola, interpretada también por el gran Hackman, Un largo adiós, con la que Robert Altman y Elliott Gould dieron al cine una de las mejores adaptaciones/actualizaciones del detective esencial y modelo para muchos otros iconos de la novela detectivesca, Phillip Marlowe, o dos  sensacionales trabajos de Donald Sutherland, Klute, de Alan J. Pakula y Laberinto Mortal, de Claude Chabrol, filmada en 1978 y que bien podría ser el broche de oro para cerrar esa colección de títulos esenciales en la recreación del detective literario trasladado al cine.

Teniendo presentes estos referentes resulta más fácil entender por qué Caminando entre las tumbas me parece una buena película policíaca con el aroma de esos clásicos imprescindibles de los setenta, una época en la que todavía se podía contar con que el espectador disfrutara de un ritmo más pausado y casi poético de los acontecimientos que se van sucediendo en la pantalla, participando más de la reflexión del personaje central que de su juego de búsqueda de pistas, porque la buena novela y el buen cine negro, como sabe cualquier aficionado a esta forma de entender el relato policial, es ante todo un ejercicio de reflexión casi filosófica sobre la vida y la gente, más que un sudoku o un crucigrama para saber quién es el asesino. Por eso es personaje del niño, que  ha despistado a algunos críticos que lo confunden con un prescindible subrayado emocional en Caminando entre las tumbas, es por el contrario una pieza esencial para definir y mantener finalmente en pie y equilibrado el personaje de Neeson. Es la materialización de la inocencia perdida de Scudder, y salvando todas las distancias que ustedes quieran, está cumpliendo en este relato la misma función de conciencia moral que cumpliera el personaje de Martin (Jeffrey Hunter) frente al personaje de Ethan (John Wayne), en Centauros del desierto.

Dosificando cuidadosamente la violencia, sacando el máximo partido a la imponente figura de Neeson como actor completo y todo terreno al estilo clásico (es del tipo de actor que llena la pantalla, el personaje y la trama sólo con asomarse al plano y decir: “buenos días”, así que disfrútenlo, porque no nos quedan muchos de esos hoy en día), y trabajando una propuesta visual que sabe cómo tratar con las claves del relato negro sin caer en el tópico (las primeras imágenes con la chica en la cama y la canción meliflua nos remiten son una especie de versión siniestra de algunas propuestas de Agnés Varda y Chabrol para la Nouvelle Vague y sienta las bases del subtexto inquietante que define a los antagonistas de esta pesquisa), Caminando entre las tumbas devuelve calidad perdida al cine policíaco de nuestras vidas, aunque no siembre de balazos, persecuciones y patadas en la boca cada centímetro de sus planos.

Notable ejercicio de trato con el género maduro y eficaz y buena traducción del alma de la novela policíaca al cine.

Miguel Juan Payán

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Steven Seagal arremete contra Liam Neeson en una entrevista

Eso se deja entrever de lo que ha adelantado The Big Issue sobre la entrevista que publicarán recientemente con Steven Seagal y en la que el popular actor de cine de acción, sobre todo en los 80 y parte de los 90, ha arremetido contra el protagonista de Venganza, el gran Liam Neeson, en la entrevista, asegurando que es un gran actor dramático, pero que no es una estrella del cine de acción, ni un guerrero, ni sabe de artes marciales. Según Seagal, Neeson tiene suerte de estar consiguiendo tantos papeles en el cine de acción, sobre todo debido a su falta de habilidad para luchar. Algo a lo que, a lo mejor, Justo Dieguez, entrenador de artes marciales que ha causado sensación con el método Keysi, por el que Neeson se interesó durante el rodaje de Batman Begins. Suena a rabieta de Seagal aunque me apetece mucho saber qué opina el protagonista de La Lista de Schindler de todo esto…

Crítica de la película Non-Stop (Sin escalas).

Una gozada de intriga y acción con Liam Neeson dándolo todo. Muy divertida.

La película no es “otra entrega de aviones en peligro”. Es mejor que el 90 por ciento de las peripecias de este tipo y en mi opinión, por lo que se refiere a dirección, está mejor que algunas de las muestras más taquilleras de este tipo de producto de la era blockbuster, como por ejemplo Speed, a la que le da cien vueltas sin despeinarse.

Crítica de la película Venganza: conexión Estambul.

Una continuación que no defrauda, aunque resulte menos frenética que la primera.

La primera entrega de Venganza fue una grata sorpresa por su desenfadada propuesta de cine de acción sin complejos, dispuesta a explotar un argumento convencional sacando el máximo partido a su protagonista. Ver a Liam Neeson, con todo su talento y su presencia ante las cámaras, convertido en una especie de versión serie A del tipo de personajes que suelen protagonizar actores icónicos del cine de acción como Steven Segal resultó muy refrescante. Neeson se pasó hora y cuarto de metraje repartiendo puñetazos y apretando el gatillo hasta encontrar a su hija secuestrada para regocijo de los espectadores y demostró que el cine de acción podía levantar una taquilla que en aquel momento estaba algo moribunda.

Ahora la secuela de aquella película intenta repetir la jugada. Suprimido el factor sorpresa, Venganza: conexión Estambul acude a explotar lo que ya conocemos de su protagonista, el padre vengador, al que se le amontona el trabajo de rescatador de la familia cuando se convierte de cazador en presa y es acosado por los parientes de todos los tipos a los que liquidó en la película anterior. La novedad, si es que hay alguna, está en la localización donde se desarrolla la trama, Estambul, y en el hecho de que esta vez el protagonista comparta la odisea con su esposa y con su hija al mismo tiempo.

Más reposada que la primera entrega en su arranque, esta segunda película parece tomarse las cosas con más calma a la hora de presentar los personajes y antes de que estalle la acción, pero tiene el mismo acierto en hacer de la sencillez de su planteamiento un poderoso aliado para contar su historia y en explotar con astucia la capacidad de Neeson para vendernos cualquier tipo de historia. En alguna ocasión he comentado ya que el actor es hoy algo así como una especie de John Wayne que por sí mismo puede sustentar cualquier tipo de argumento sólo con aparecer en pantalla y mirar al prójimo con cara de malas pulgas.

La fórmula sobre la que funciona Venganza 2 es la misma que se ha venido aplicando a la explotación del carisma de los protagonistas principales desde el momento en que el cine descubrió esa poderosa arma para vender historias que son las estrellas. En la película anterior era preciso que nos presentaran a personaje de Neeson, pero en ésta no. Basta con que nos planteemos: ¿qué va a pasar cuando estos pobres tipos mosqueen a Liam Neeson? Es algo similar a lo que ocurría con Bruce Willis en las secuelas de Jungla de cristal, con Arnold Schwarzenegger cuando le secuestraban a su hija en Commando, con Stallone cuando protagonizó Rambo, con cualquier película de John Wayne en su última época, con Clint Eastwood interpretando a Harry el Sucio, con Charles Bronson encarnando al vengativo justiciero de la ciudad en la saga de Death Wish… El espectador acude al cine esperando ver lo que ocurre cuando una de estas estrellas del cine de acción es provocada para desatar su justa venganza contra quienes osan molestarle de cualquier forma. En definitiva, la clave es la previsibilidad. Lo bueno de la serie de Venganza es que su protagonista es uno de los mejores actores de su generación y además ha demostrado ser notablemente competente en las secuencias de acción. El talento de Neeson como actor es el que sustenta las situaciones a las que es sometido su personaje, por tópicas o poco verosímiles que nos parezcan. Su carisma como estrella ante la cámara hace el resto del trabajo en las secuencias de acción. Pero lo realmente interesante de las dos películas de Venganza es que le da la vuelta a la fórmula más convencional del cine de acción, haciendo que sean las escenas más sosegadas e incluso cotidianas –en esta segunda película el personaje de Neeson limpiando el coche, hablando con su mujer, buscando a su hija en casa del novio, esperando que su hija acabe el examen de conducir- lo que sirve como cemento esencial para dar sentido a las escenas de acción, en lugar de lo contrario. Lo más habitual en el cine de acción es que sea la propia acción, el espectáculo visual, lo que nos “vende” la historia. En Venganza 2 la clave de esta franquicia es la solvencia de Neeson para construir sólidamente su personaje en esos momentos cotidianos lo que sustenta todo el disparatado rosario de secuencias de acción trepidante que viene a continuación. Porque en este caso, como en la película anterior, una vez que se dispare el mecanismo que arranca la acción, ésta ya no parará hasta que acabe la película. De manera que ese arranque, esos primeros momentos de la historia, son los más importantes y los que establecen la diferencia de la franquicia de Venganza respecto a otras propuestas de cine de acción que llegan a la cartelera.

Neeson es el encargado de otorgarle toda su personalidad a esta fórmula de evasión, distanciándola de la media de este tipo de espectáculos que suele ofrecernos el cine comercial. Sólo Neeson hace que aceptemos las inaceptables elipsis de esta saga. En la primera entrega, el salto desde el final del rescate en el barco a la llegada al aeropuerto en Estados Unidos, sin consecuencias para el protagonista a pesar del destrozo que organiza en París. En ésta segunda entrega la elipsis entre la entrada en la Embajada norteamericana en Estambul y la continuación de la misión de rescate. Aceptamos estas y otras inverosimilitudes porque Neeson nos vende su personaje y la historia con la solvencia de un John Wayne vendiéndonos Río Bravo, El Dorado o Los cuatro hijos de Katie Elder.

Se le podría reprochar a Venganza: conexión Estambul esa visión de la realidad etnocentrista al estilo americano, según la cual la inseguridad y el miedo habitan siempre en el exterior y quedan automáticamente anuladas cuando entras en la embajada norteamericana. Igualmente esta segunda entrega ha perdido la amargura que acompañaba al personaje de Neeson en el arranque de la película anterior y opta por proporcionarle un entorno más feliz. Pero, seamos sinceros: todos sabemos lo que queremos ver en Venganza 2. El planteamiento es el mismo que ante Los mercenarios 2, La jungla de cristal 2, etcétera: hemos ido a ver cómo el personaje de Liam Neeson se cabrea y se pone a repartir leña hasta que se le canse la mano. Queremos que los malos sean muy malos, incontestablemente perversos. Queremos que Neeson les dé una paliza y recupere a sus parientes. En definitiva: queremos simplemente evadirnos con una fórmula argumental sencilla. Hemos pagado para ello y al terminar la película nos dan lo que nos prometieron.

No podemos pedir más.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Infierno blanco

Una poderosa película que devuelve el cine de aventuras a la cartelera con un inmenso Liam Neeson.

Salí del cine con ganas de meterme otra vez a verla desde el principio. No digo más. Eso sí, un aviso importante: hay que tragarse unos largos títulos de crédito hasta el final para ver la verdadera última escena de la película.

El arranque con un plano protagonizado por la naturaleza llenando la pantalla seguido en la secuencia siguiente por la industrializada imagen de la planta en la que trabaja el protagonista pone sobre la pantalla desde el primer momento la claves de naturaleza contra civilización que caracterizan al género más cinematográfico que quepa imaginar, el western, dando una pista respecto al tono épico, mítico, que va a servirle al director para desarrollar esta muestra ejemplar de relato de aventuras y supervivencia servida además por uno de los actores que puede presumir de ser capaz de ejercer como heredero de las grandes estrellas del género de épocas anteriores. Liam Neeson es lo más próximo a John Wayne, James Stewart o Henry Fonda que tenemos en nuestros días, así que esperemos que nos dure mucho tiempo, porque esa materia prima no abunda entre los actores de actuales.

No es la primera vez que se aplica el título de Infierno blanco a una película de aventuras y superviencia. Hay que recordar que como El infierno blanco (con artículo delante) llegó a las pantallas españolas y más recientemente al mercado del DVD una peripecia protagonizada por John Wayne y dirigida por William A. Wellman en 1953 que no tiene nada que ver con la que en este artículo nos ocupa, pero que recomiendo igualmente porque es una excelente compañía para hacer programa doble con la protagonizada por Neeson.

Ambas películas comparten una misma mirada épica al tema de la superviviencia, si bien inevitablemente la que estrena el próximo viernes Joe Carnahan en la cartelera española incluye a unos personajes que lo son todo en el desarrollo de su trama: los lobos. A ratos, se diría que estamos viendo un fragmento de Tiburón cambiando el escualo por los canis lupus, porque en cierto momento la película deja de lado un posible desarrollo de la trama en clave de odisea de supervivencia tipo Viven, Camino a la libertad, Bajo cero o Hasta donde los pies me lleven, para decantarse por un desarrollo de persecución y caza en el que los supervivientes de un accidente aéreo astutamente narrado en todo momento desde el punto de vista del protagonista,  tienen que convertirse prácticamente en una manada de lobos para enfrentarse a unos depredadores cuyo territorio de caza han invadido sin proponérselo.

Neeson clava el papel de líder de esa manada humana integrada por el habitualmente variopinto grupo de individuos que tienen sus enfrentamientos y en algunos momentos son, cierto es, presas del tópico, pero se le pueden perdonar esos momentos previsibles del pasado y las ensoñaciones de los personajes porque están cuidadosamente insertados en flashback en la narración y consiguen no romper el ritmo de la aventura propiamente dicha. Se le puede perdonar también que esa supuesta sorpresa final sobre el motivo que llevó al personaje de Neeson a separarse de su esposa no sea tanta sorpresa porque lo veíamos venir de lejos. Se le pueden perdonar ambas cosas porque están respaldadas por otro flashback, el del protagonista en la infancia, con su padre, y por esa poesía que marca y hace crecer el tono épico de la lucha del personaje de Neeson contra los lobos: “De nuevo en la lucha/el último gran combate que yo conoceré/Vivir y morir en este día/Vivir y morir en este día”

El tono de ese poema otorga a esta adaptación del relato Caminante fantasma de Ian Makenzie Jeffers, que ha escrito el guión junto con el propio director, un tinte épico que no es fácil ver en el cine en nuestro tiempo y que lamentablemente pocos actores pueden servir con solvencia, lo que me recuerda el papel de Ed Harris en Camino a la libertad, por ejemplo. El resultado es la mejor película dirigida hasta el momento por un director, Carnahan, que siempre me entretiene y me resulta convincente como dispensador de cine de evasión, pero hasta ahora nunca había conseguido incorporar en sus trabajos – Sangre, balas y gasolina, Narc, Ases calientes, El equipo A- ese giro final que consigue que una película nos deje con ganas de volver a entrar a verla otra vez. Con Infierno blanco, por lo menos en lo que a mí respecta, lo ha conseguido.

¿Por qué? En primer lugar por su gran capacidad para entretenerme con una trama que suele invitar a caer en el tópico, tanto en el tratamiento de los personajes como de las situaciones. De hecho, yo diría que es inevitable. Incluso el gran Robert Aldrich incurrió en algunas trampas, tópicos y estereotipos en una película que por otra parte me parece un buen ejemplo de cine de aventuras, El vuelo del Fénix, allá por 1965. No pasa nada por ello. La clave está en darle al espectador suficiente materia prima más o menos diferente o sorpresiva para que pueda tolerar esos lugares comunes casi inevitables, y Carnahan lo consigue haciendo de su película una astuta mezcla de cine de aventuras, historia de superviviencia y… ¡terror! Los ataques de los lobos permiten establecer una pauta de inquietud añadida a todo el relato,  que se convierte así en una historia de perseguidores y perseguidos en la que la belleza de los entornos naturales presente en todos y cada uno de los planos no consigue sobreponerse en protagonismo a la tensión que provoca esa carrera para huir de las dentelladas.

En segundo lugar, Infierno blanco incluye una de las escenas de muerte más inquietantes que hemos visto en los últimos meses en la pantalla. Me refiero a la que ocurre casi al principio de la odisea de supervivencia, dentro del refugio en el que se convierte el fuselaje del avión.

Finalmente, y temo que por tratarse de una muy entretenida película de aventuras esto que voy a comentar sea injustamente pasado por alto, Liam Neeson hace una composición ejemplar de su personaje en conflicto, y no me refiero tanto a las escenas de anuncio de perfume bajo la sábana con su esposa perdida, sino a esos primeros planos sobre su rostro, por ejemplo el que nos lo muestra bebiendo en el bar al principio, donde con una sola mirada perdida nos explica que su personaje lo ha perdido todo. Sospecho que el profundo dolor que aparece en los ojos de Neeson en esas secuencias nace desafortunadamente de su propia experiencia como viudo de Natasha Richardson, fallecida en un desafortunado accidente en marzo de 2009. Y esa mirada al abismo de la pérdida es lo que otorga mayor verosimilitud y consistencia a una historia que sin este enorme actor al frente sería sin duda algo menos interesante.
Por otra parte, ese final con un par de agallas hace aún más grande la película, y la convierte en una invitación a seguir luchando con uñas y dientes, algo muy esencial en estos desafortunados tiempos que vivimos.
Miguel Juan Payán

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