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Video Crítica de la película MILLENNIUM: Lo que no te mata te hace más fuerte

Video Crítica de la película MILLENNIUM: Lo que no te mata te hace más fuerte por Jesús Usero

Crítica de la película Millennium: Lo que no te mata te hace más fuerte

Entretenimiento sin complejos para recuperar a Lisbeth Salander en el cine.

Mientras que asistía a la proyección de Lo Que No te Mata te Hace más Fuerte no podía dejar de pensar en un elemento que parece imprescindible en la película. Que el guión no te estropee un gran plano. Eso parece pensar Fede Álvarez, director de la película, quien ha demostrado con creces que sabe narrar una historia, como hizo en el remake de Posesión infernal o en No Respires, y como vuelve a hacer aquí, sólo que en esta ocasión el guión no es tan sólido como en las películas antes mencionadas, y cae en diversas trampas que él mismo plantea y de las que el espectador siempre es consciente.

Crítica de la película Millennium 3. La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire

Es bastante difícil para cualquier saga cinematográfica mantener el hilo narrativo y el interés del espectador durante tres películas sin que la trama, los personajes o el ritmo de la cinta sufran. En ese sentido, Millennium 3, La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire, consigue mantenerse a la altura con muy buen resultado, aunque no perfecto. La película funciona a muchos niveles, de forma más que correcta, pero en algunos otros baja las expectativas hasta causar la risa del espectador. Los primeros momentos se elevan por encima de los segundos, pero aún así estos permanecen en el espectador dejándole un sabor agridulce, como si la guinda del pastel de esta trilogía estuviese pocha.

Dos horas y media de proyección para finiquitar una trilogía que la mayor parte del público sabe inconclusa. Nunca sabremos qué tenía pensado Stieg Larsson para la continuación de su saga literaria. Se supone que la historia continuaría durante al menos unos cuantos libros más (o al menos eso aseguran todos sus allegados. Su viuda asegura que acababa de empezar la cuarta novela), pero la repentina muerte del autor nos lleva decir adiós a la saga aquí y ahora. No con un final abrupto e injustificado, ni mucho menos, pero sí con ganas de más. Una puerta al futuro abierta que nunca se llegará a cruzar.

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Mucha gente ha llegado a comentar que la llegada de Daniel Alfredson sustituyendo a Niels Arden Oplev entre la primera y segunda películas se debieron a problemas entre director y productores. Observando el cuadro completo, con Millennium 3 también dirigida pro Alfredson... Bueno, los motivos para el cambio quizá nunca se entiendan, pero debido a la mayor continuidad entre la anterior película y esta, nos encontramos ante un acierto con respecto a la narrativa y el estilo. Las dos últimas películas están mucho más interconectadas de lo que está la primera, lo que no quiere decir que Los Hombres que No amaban a las mujeres no pertenezca a la trilogía, simplemente que las conexiones entre estas dos son mayores, empezando por el hecho de que La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire y pretende resolver la mayor parte de tramas que quedaron abiertas en aquella. Y lo consigue. Las tramas se cierran, no quedan cabos sueltos, no quedan historias pendientes, sino esa puerta al futuro a la que nos referíamos antes.

Por supuesto el dúo protagonista, Michael Nyqvist y Noomi Rapace, se encuentran tan cómodos en sus papeles que bordan las interpretaciones. Siendo personajes tan dispares, pero en el fondo tan similares, sus interpretaciones son diferentes en matices, pero están intrínsecamente unidas por la contención y la mesura. No hay gestos de más, no hay palabras que sobren, porque saben de sobra quienes son Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander. De hecho, Rapace es quien más beneficiada sale del guión y consigue algunos de los momentos más interesantes de la película, sobre todo con el médico/cómplice que tiene en el hospital, con el que pasa de comportarse como una niña con miedo (lógico con todo lo que ha pasado, ese temor), a defenderse con rabia contenida, como la Lisbeth que todos conocemos. O su contención durante todo el juicio pese a su aspecto en el peinado y el maquillaje. La imagen de una fiera, sí, pero en sus ojos se puede ver todo el dolor, la rabia y la humillación que los recuerdos y hablar de ello en voz alta le trae a la cabeza.

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Lo mejor de la trama es que no se hace nada pesada pese a sus dos horas y media de duración. Sí, algo más de concisión y quizá alguna elipsis no le sentarían nada mal. El metraje se hace en algunos momentos algo denso, debido a que la historia frena de cuando en cuando, sobre todo en la mencionada parte de Lisbeth en el hospital. Pero son sólo ciertas partes de la película, algunos momentos. Pero la mezcla de género negro e intriga política, como la de los thrillers políticos americanos de los años 70, funciona a la perfección. La caza de Mikael sobre la sección, con tintes de ese cine pero con la esencia de las obras del cine europeo, convierten Millennium 3 en un gran entretenimiento que se disfruta de principio a fin sin problemas y que entusiasmará a los seguidores de la obra. Incluso los alicientes del más típico slasher americano de terror, con ese asesino gigante silente, que ni siente ni padece (la escena bajo al lluvia posee una atmósfera excelente), son otro aliciente más para el gran público. Además el sexo pierde parte de protagonismo, algo que distraía un poco en las anteriores películas, pese a servir para definir a los personajes y sus acciones. Un entretenimiento de primer orden.

Los problemas con la película vienen por otro camino. Primero la dirección de Alfredson, con el formato reducido, en lugar del scope empleado por Arden Oplev, su forma de contar la película... resultan demasiado televisivos. A veces emplea cámara al hombro para tratar de dinamizar las escenas más pausadas, pero no siempre funciona, y llega a abusar de sistemas de narración propios de la televisión, como el plano/contraplano en los diálogos entre personajes. Y las escenas de acción... Ahí sí reside un gran problema, un enorme pero a la película. Hay momentos básicamente ridículos que arrancan carcajadas de la platea por estar mal planificados y mal rodados (hay, por ejemplo, un lanzamiento de un bote de pintura a un metro de distancia en el que se ve perfectamente al actor que lo hace fallar a drede para no dar a la protagonista. La gente se ríe mucho con eso).

Son algunas cosas que te sacan de quicio brevemente durante la proyección y que terminan por no redondear una película que podía haber sido mejor, pero que es un buen ejemplo de cine de suspense. Eso sí, siempre que hayamos visto las dos anteriores.

Crítica de la película Millennium 2: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

Poco se puede añadir, desde luego, al fenómeno Stieg Larsson. Cada novela de su trilogía Millennium ha vendido más ejemplares incluso que la anterior, a mayor gloria póstuma y alegría de su familia mientras su viuda no oficial de tantísimos años, por una obsoleta ley sueca, se ha quedado a verlas venir. Lo mejor de su literatura, representante de un género negro que sigue al alza en los países nórdicos, es sin duda su estilo: alejado, seco, sin estridencias narrativas, sin composiciones rebuscadas, su tecla se desenvuelve mejor en distancias cortas. Un narrador omnisciente que va dejando datos y pistas sin apresurarse, sin pasarse pero callándose lo justo. Teclea siempre la palabra exacta en el momento exacto. Lo dicho: un ejercicio de estilo con un punto de feminismo no homófono y de denuncia política y social que ha encontrado la llave del éxito más rotundo.

Personalmente, les diré que no he pasado del primero. No me ha caído demasiado bien Lisbeth Salander, esa hacker de aspecto freak con un más que cuestionable atractivo. Tampoco he conectado, dicho sea de paso, con Mikael Blonkvist, que me parece un héroe un tanto pasivo; en ocasiones de hecho, se queda como pasmado, ¿no? Sus historias son interesantes pero con excesiva paja, por eso la primera adaptación cinematográfica de la saga, que resume, quita y elimina pasajes enteros de la novela, me pareció una excelente película. En definitiva, no seré yo el que diga que Millennium, la iniciática (las demás dudo mucho que las lea), es una mala novela, porque sería incierto, pero sí que no me importa confesar que muy buena tampoco es. Llega ahora a nuestras pantalla una segunda entrega que, desde ya les digo, es inferior a su precursora. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Ahí es nada. Otra cosa no, pero que sus títulos cuentan cosas no lo duda nadie. Y no se pierdan la que cierra la franquicia: La reina en el palacio de las corrientes de aire. Una conseguida mezcla de originalidad y desasosiego. Si en aquella Los hombres que no amaban a las mujeres, Michael Blomkvist se erigía como protagonista absoluto de la función, aquí es la lacónica Salander la heroína que deberá esclarecer unos asesinatos que le han encasquetado a su persona. De la noche a la mañana, ha visto cómo le ponían precio a su cabeza. Mientras, en la redacción de la revista Millennium, con Blonkvist ya incorporado, se prepara un escabroso reportaje sobre la trata sexual de blancas en el que respetados altos cargos políticos, agentes de policía y personajes de elevado estrato social aparecen como puteros sin escrúpulos. Alguno de estos, prefieren, naturalmente, que el artículo no vea la luz y otros intentan confundir al personal involucrando a Salander en todo el fregado, pero Blonkvist, que cree en la inocencia de su amiga, luchará, inasequible al desaliento, por que la justicia prevalezca.

No debieron quedar muy contentos los productores con la primera entrega porque, para empezar, han cambiado al director y al guionista. Se ha demostrado que estaban errados. En aquella, Niels Arden Oplev orquestó una estupenda sinfonía de flash-backs, con suaves movimientos de cámara que adornaban una fotografía sobrecogedora y una poderosa puesta en escena en la que un halo de misterio envolvía una historia que poseía algo de fantasmal desde sus comienzos. Sin embargo, en la cinta que nos ocupa, Alfredson ha contado con una historia mucho más lineal, menos intrincada, y no se ha complicado la vida. Ha filmado académicamente, ha entregado un material digno y ha visto un producto estrenado que entretiene sin más. En gran parte, porque el camino estaba ya señalado: Arden Oplen había colocado ya las miguitas y Alfredson simplemente las ha seguido sin perderse. Sabe que el encanto de la serie se cimienta en un buen arranque y en sus dos protagonistas, y en ellos se centra; lo que suele denominarse una historia de personajes, vamos. En verdad, se vuelca tanto en ellos que, a veces, pierde el hilo de la trama pero tampoco importa demasiado. Al fin y al cabo también pasaba en la primera, pero muchísimo menos. Otro elemento vital que no se daba en aquella, por cierto: los secundarios son aquí meros comparsas que aparecen y desaparecen sin que se les eche demasiado de menos, lo que habla claramente de su importancia en la narración. Ocurre, sin embargo, que, mientras en la primera cinta, Salander y Blonkvist lo mismo se odiaban tiernamente como se hacían violentos arrumacos durante más de medio metraje, aquí se ven poco. Es decir, que donde antes había química, ahora falta la física. Y claro, el conjunto se resiente. Lo curioso es que, en aquel primer episodio, el personaje de Blonkvist, interpretado por un poco expresivo Michael Nykvist, alcanzaba mayor importancia temporal en el conjunto global de la historia pero la Salander de Noomi Rapace, nacida para el papel, se comía a su partenaire sin demasiada dificultad. En La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, paradójicamente, es Nykvist quien, con menos tiempo en pantalla, logra un sobrio nivel interpretativo mucho mayor que su compañera. Perdónenme, comprendo que estamos hablando de dos obras diferentes, pero en este caso las comparaciones son inevitables.

Para terminar: Alfredson carece de intensidad, de pulso narrativo, pero sabe colocar la cámara, casar escenas y ha demostrado que no estropea los guiones. Su posición tampoco era fácil: aunque contamos con gloriosas excepciones, la cinta central de una trilogía es siempre una especie de transición entre un comienzo arrebatador y un final esperado. Por ahora, se va cumpliendo la regla, porque, así y con todo, su epílogo es, al menos para quien esto escribe, más que deseado.

Juan Carlos Paredes

 

Crítica de la película MILLENNIUM 1: Los hombres que no amaban a las mujeres

Se puede decir más alto, pero no más claro: Millenium 1. Los hombres que no amaban a las mujeres es una de las mejores películas que he visto este año, así que he querido aprovechar este espacio de la página web de la revista para anticiparme a su estreno el próximo 29 de mayo y recomendarla. Es buen cine policíaco. Con momentos particularmente escabrosos y duros, cierto, pero incuestionablemente buen cine.

No obstante reconozco que una parte importante de la satisfacción que me ha proporcionado la película tiene que ver con lo relativamente fácil que me ha resultado traducir su esquema narrativo y ver los trucos aplicados por su autor para contar una historia que por otra parte en lo esencial es notablemente menos nueva y original de lo que algunos de sus seducidos seguidores pretenden. De ahí que al salir del pase haya experimentado también la sensación agridulce de haber visto una muy buena película… pero con un argumento del que me ha impresionado su fría eficacia en la replicación de precedentes ilustres. Casi parece un producto de laboratorio narrativo. Producto de primera calidad, cierto, pero escrito con el frío tacto de un bisturí abriéndose paso, intrépido y sagaz, por las vísceras de la narrativa policíaca de toda la vida para aplicarle a algunas de las características esenciales del género una operación de cirugía estética llamada a actualizarlas.

            En lo cinematográfico le doy un nueve sin problemas, pero las claves de su esquema narrativo la convierten en un puzzle muy curioso que precisamente por esa condición de fábula-máquina construida desde la recopilación de referencias previas me ha recordado en algún momento a Cliente muerto no paga (Carl Reiner, 1982), divertido festival de citas de los clásicos del cine negro. Ojo, no se confundan, que luego hay quien lee estos comentarios demasiado rápido y se hace un lío. No estoy diciendo que sean iguales, ni mucho menos. Cliente muerto no paga era una comedia construida a modo de monstruo de Frankenstein del cine negro sobre momentos clásicos del mismo, en definitiva un inofensivo juego de montaje llamado a servir como bufé libre para cinéfilos recuperando el celuloide de otras décadas.  Por el contrario Los hombres que no amaban a las mujeres es una trágica historia de venganza disfrazada como fábula de redención que contiene algunos momentos realmente duros capaces de otorgarle tintes de pesadilla. Lo que me ha hecho recordar a la primera cuando veía la segunda es precisamente esa cualidad compartida de ser un puzzle de lo que las precede en el género donde se desenvuelven.

            Los hombres que no amaban a las mujeres es una historia-puzzle porque contiene dentro de sí varias tramas. En todo lo referido a la investigación llevada a cabo por su protagonista masculino en el seno de una poderosa y adinerada familia con pasado oscuro nos encontramos numerosos momentos que remiten a las novelas whodunit (¿quién lo hizo?), estilo Agatha Christie. Incluso asistiremos al doble final de ese caso, al juego estilo Cluedo con varios culpables, y al tradicional momento en el que se reúnen todos los sospechosos. Pero esa faceta parece haberle parecido poco al gestor de la trama de cara a  servir como anzuelo para un público actual, o en todo caso ha querido renovarla practicando su hibridación con una trama policial que bebe también a ratos del hard-boiled protagonizado por el típico detective duro y no obstante maltratado por la vida, a caballo entre el mundo del crimen y el mundo de la ley y que inevitablemente es también maltratado físicamente a lo largo de la acción, atendiendo a una cierta vena masoquista del hard-boiled representada por brutales palizas. En la etapa clásica del cine negro americano este violento tratamiento aplicado al protagonista tenía entre sus objetivos mostrar una nueva vulnerabilidad de los héroes masculinos, espejo del hombre anímicamente semiderruido que las hazañas bélicas habían devuelto a casa desde los distintos frentes de la Segunda Guerra Mundial convertido en un despojo de sí mismo. Alan Ladd en La llave de cristal (1942), Dick Powell en Historia de un detective (1944),  Robert Mitchum en Adiós, muñeca (1975), Jack Nicholson con la nariz rajada por la navaja que empuña Roman Polanski en Chinatown (1974) o Harrison Ford recibiendo una paliza de Rutger Hauer en Blade Runner (1982) son excelentes ejemplos de esta tradición a la que también se apuntan los protagonistas de Los hombres que no amaban a las mujeres, película que además retoma con astucia otra característica esencial del cine negro clásico: el inevitable retorno del pasado.

            Es esta hibridación entre lo que podríamos llamar el estilo Agatha Christie (adornado con cierto eco melodramático asilado en un grupo familiar en conflicto que  explota la siempre eficaz fórmula de: los ricos también lloran, también matan, también delinquen, etcétera…) con  las formas y arrebatos de lo que podríamos calificar como el estilo Dashiell Hammett, la que en esta película  da paso a lo que en mi opinión son sus mayores aciertos: la bicefalia protagónica que forman el periodista Mikael Blomkvist y la hacker Lisbeth Salander, siendo a su vez ésta última un híbrido de la tradicional mujer fatal del cine negro con el detective maltratado, todo en una, por un camino en el que también aparecen ocasionalmente ecos de Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981) y Seven (David Fincher, 1995).

           

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