Super 8 ★★★

Julio 17, 2011

Crítica de la película Super 8 de de JJ Abrams y Steven Spielberg

¡Valores de producción! ¡Valores de producción! Ese podría ser el grito para definir el último trabajo de J.J. Abrams para la pantalla grande, Super 8, un cuento de hadas que mezcla lo mejor de las estrategias narrativas del cine de los ochenta, con el estilo Spielberg a la cabeza, y al mismo tiempo consigue contarnos una historia realmente muy entretenida, con un envidiable ritmo que nos mantiene pegados a sus intrigas.

Es curioso el tema de cómo la ficción de la película dentro de la película contiene su propia colección de guiños para ponernos en situación, pero también para hacer la crítica pertinente al cine de la era de blockbuster, en el que los “¡Valores de producción!”, esto es, el tren que aparece, consiguen ponerse por encima de la magia de la interpretación de la chica que les ha emocionado a todos. Los “efectos” por encima de la verdad de las interpretaciones. Es ahí, en ese momento, donde encontramos una especie de declaración de principios del director, que entona de ese modo una especie de réquiem por el cine de los setenta y ochenta y la manera en que contaba sus historias sobre los personajes, y no sobre los efectos visuales o la espectacularidad de sus escenas. De hecho conviene reparar en cómo administra las apariciones del monstruo, del mismo modo que lo hizo Spielberg con su tiburón, o Ridley Scott con su alien: la criatura apena se nos desvela al principio, y realmente no la vemos hasta la fase final del relato, el tercer acto. En ningún momento resta protagonismo a los chavales, que son las verdaderas estrella del asunto, ni a las tramas de intriga entre los personajes, que es lo que realmente nos interesa. La historia manda sobre la pirotecnia, las interpretaciones sobre los efectos visuales. Lo dicho: un cine como se hacía en los setenta y los ochenta.

Hay un ejercicio muy interesante de homenaje al cine de los ochenta en general, y a la manera de contar de Spielberg en particular, hasta el punto de que la escena inmediatamente después del accidente del tren, cuando los chavales descubren al profesor y salen huyendo de los militares, está contada exactamente igual, plano por plano, que con el estilo Spielberg, y por supuesto con la misma clave de utilización de la música, lo mismo que en el momento en que el niño busca a su perro, cuelga el aviso en el panel y descubre que todos los perros se han largado… Luego está ese plano general de noche, tras la escena del protagonista en la bañera, mostrando la localidad, que es también Spielberg cien por cien, no ya sólo como director, sino incluso como productor (hay un plano similar sobre la ciudad de Los Angeles en Poltergeist

Abrams celebra el cine de los ochenta en esta película, no sólo homenajea a las películas que han influido en toda una generación de cineastas, sino que las sigue como un mapa de carreteras para contar su historia, pero no se limita a copiar momentos, a mimetizar el ritmo y los planteamientos visuales de películas como E.T., Poltergeist, Cuenta conmigo, Los Goonies, Gremlins, etcétera, sino que además modifica esas influencias para darles sentido en su propia trama y dentro de su propio estilo. Ese plano estilo Poltergeist le sirve para marcar la amenaza con el avance del monstruo, porque en el cine y la televisión de Abrams siempre nos encontramos una vuelta de tuerca más hacia la oscuridad de los modelos que utiliza de partida, en definitiva de sus influencias. El guiño vale como adorno (por ejemplo el de Corazón de cristal del grupo Blondie sonando en el walkman del chaval de la gasolinera) siempre y cuando además aporte algo a la trama, y en el caso de Super 8 es así con cada uno de sus guiños.  Tomemos por ejemplo el papel del padre del chico, un homenaje al sheriff Brodie encarnado por Roy Scheider en Tiburón. Es un guiño, pero al mismo tiempo cumple perfectamente su función en la trama y con ese lado más oscuro que comentaba antes en las series y películas de J.J. Abrams respecto a las fábulas cinematográficas de los ochenta que aquí está homenajeando. La relación entre el padre y el hijo (tema por otra parte recurrente en las películas y series del director), y la intriga que rodea la relación del padre con el padre de la chica, van por ese camino. La incomunicación padre-hijo marca los personajes y la historia. Lástima que al final haya preferido ser fiel del modelo Spielberg y tirar por el camino de lo más ñoño, en lugar de meterle caña a ese lado más oscuro que se insinuaba, pero por otra parte es lógico, incluso coherente con el tono general de la película que haya querido cerrarla con un “momento cien por cien Spielberg”, musiquita incluida. No teman, dura poco y además luego en los títulos de crédito tienen el temita de la Electric Light Orchestra para recuperarse del estallido final almibarado.

Más espectacular aún que el muy currado momento del descarrilamiento del tren es el grupo de jóvenes a través de cuyos ojos vamos desvelando la historia, que aún contando con un final más de cuento de hadas estilo Spielberg que de las sinuosas historias que J.J. Abrams ha venido creando para la televisión en series como Alias, Perdidos, Fringe…, consigue mantenernos en la butaca y hasta hace que el perdonemos el almíbar del desenlace, demasiado dulzón para mi gusto.

Un impecable ejercicio de cine y de memoria de cómo se rodaba el cine que tiene todo el atractivo de ser además un baile con la nostalgia y los guiños y nos trae de nuevo a la cartelera una forma de contar historias que le vendría muy bien recuperar al cine comercial de nuestros días, simplemente porque aventajaba en calidad, coherencia y equilibrio a buena parte de la producción que estamos viendo en la cartelera en los últimos años…

Miguel Juan Payán

COMENTARIOS

Curiosa propuesta de cine de ciencia ficción con trasfondo social, la que nos ofrece esta semana la taquilla con la película Nunca me Abandones, una de esas películas pequeñas, sin apenas efectos especiales (por no decir que no tiene ninguno), centradas en los personajes y en la historia que quiere contarnos, sin grandes alardes ni excesos, tratando con cuidado la historia para hablarnos de muchas cosas que tienen que ver con nosotros, con lo que nos hace humanos, uno de los grandes temas del cine de ciencia ficción de ayer y de hoy.

Siempre he defendido que este género era capaz de mostrarnos, en cine o televisión, algunas de las mejores reflexiones que podían darse sobre ciertos temas quizá más cercanos al drama, pero que cuando la ciencia ficción se pone en serio a ello, supera con creces cualquier drama, no sólo por ser entretenida, sino porque gracias a la metáfora, a las segundas lecturas, a la evocación y muchas veces a los mundos lejanos y desconocidos, se permite una mayor libertad a la hora de contar historias, una mayor sutileza e inteligencia y mucha menos carga de moralina. Quizá sea que los guionistas necesitan currárselo el doble en estas circunstancias para hablar de ciertos temas en un contexto completamente ajeno (en principio) al tema y que además se entienda lo que hace este tipo de cine plataforma perfecta para hablar del ser humano.

Ya sea en cine o en televisión, ojo. Galactica sigue siendo una de las mejores revisiones al mundo tras el 11 de Septiembre jamás vistas en una pantalla. Blade Runner sigue siendo un perfecto estudio de lo que nos hace ser humanos en realidad, mientras que cualquiera de las versiones de La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (menos la de Nicole Kidman, me temo), tiene diferentes lecturas, pero permite repasar, por ejemplo, asuntos como el miedo a perder la humanidad, aquello que nos define como individuos. Y son sólo tres ejemplos. Ahora que está a punto de fallecer, recomiendo a cualquiera que repase esa joya que es Stargate Universe y se zambulla en sus personajes, situaciones y dobles lecturas. Un perfecto ejemplo de lo que estoy diciendo.

También es cierto que Nunca me Abandones tiene un presupuesto que debe de ser poco superior a cualquier episodio de cualquiera de las series antes mencionadas. Y es cierto que aquí el argumento de ciencia ficción sirve apenas como punto de partida para una historia pequeña, sobre sentimientos, que es lo que realmente acaba haciendo de ella una gran historia, su ausencia de grandilocuencia o de excesos en lo que quiere contarnos. No pretende contarnos más que el drama de tres personajes, lo que hace que su historia sea más universal.

El punto de partida es la clonación y el uso de dobles para mantenernos con vida más allá de lo normal, lo que nos ha llevado a criar a estos dobles como personas ajenas al mundo para poder emplearlos cuando llegue el momento de necesitarlo. Nuestra propia granja de miembros sanos en caso de enfermedad. Este mundo paralelo, tan similar y tan distinto al nuestro, es donde los tres personajes protagonistas, tres dobles criados para donar órganos, viven, crecen, se enamoran y mueren. Y la película aprovecha todo ello para crear un escalofriante relato sobre el ser humano y lo que nos da derecho a la vida.

No hay efectos especiales, como decía al principio, ni alardes de pirotecnia. Sólo una historia gris, dura, a veces cruel, a veces escalofriante por su frialdad, sobre esas tres personas a las que el mundo no ve (o mejor dicho, no quiere ver) como auténticos seres humanos, sino como animales de granja. La historia comienza en los 70 y a lo largo de tres décadas nos permite ver crecer y evolucionar a los tres personajes centrales, con un cariño y un mimo por ellos realmente único.

Vamos, que Nunca me Abandones es coger la historia de La Isla y quitarle toda la acción y los efectos especiales para contar una historia centrada en sus personajes, sus ilusiones, miedos, esperanzas, victorias y derrotas. Inevitables derrotas, porque la película crea una espiral que poco a poco te va absorbiendo y que lleva, de una u otra forma, a una gran y terrible derrota moral para el espectador. Un golpe en la boca del estómago en el que la esperanza reside en el nivel de credulidad que tengamos. En lo que sigamos creyendo en sueños y cuentos de hadas o la fría realidad.

Mark Romanek (Retratos de una Obsesión) y Alex Garland (guionista de 28 Días Después o Sunshine entre otras), componen un relato que convierte en terrorífico lo común, como esa escena en la que Keira Knightley aguarda en el umbral de la puerta para hablar con Carey Mulligan, como si fuese un asesino de una película de terror, y en trágico lo natural, haciendo que ciertas cosas (el mercadillo de cosas usadas en el colegio de los dobles, el viaje a la playa, la última donación de Knightley que resulta brutal, el desayuno en soledad de Carey Mulligan…) se conviertan en detalles brillantes y complejos, pese a su sencillo origen.

Y los actores, ejemplares, con Knightley y Andrew Garfield (qué gran actor hay detrás del nuevo Spiderman) guardando las espaldas a una contenida Carey Mulligan, auténtico motor y narradora de la historia, que acaba siendo simplemente sublime en su despedida de Garfield… Un grupo de jóvenes actores que ayudan a la credibilidad de la película de forma brillante.

No todo es alegría para el espectador. Que sea una historia de amor hace que sea un pelín moñas en muchos momentos, y algunos pasajes de la cinta de puro contemplativos hacen sufrir al ritmo de la película, por no decir que desaprovecha el humor que podía tener (la escena en el restaurante, por ejemplo). No es redonda. Pero es valiente y deja un poso en el espectador para meditar sobre la condición humana, el alma y cómo nos tratamos (ojo a la gente normal evitando a los dobles, quizá por miedo, quizá por no encariñarse con quienes van a morir, quizá por conciencia culpable). Sobre lo que somos capaces de hacer por alargar nuestra vida, a quién y cómo se la negamos. Sobre nuestras miserias y sobre el amor. Perfecta para pensar y sentirse un poco peor al acabar la proyección. Como debe ser un buen drama, de ciencia ficción o de cualquier otro género.

Jesús Usero

Crítica de la película Destino oculto con Matt Damon

Empiezo aclarando, para que luego el personal más despistado no se despiste y prepare los tomatazos de rigor para un servidor: sí, vale, ésta película se basa en un relato de Phillip K. Dick, y sí, a mí me ha gustado bastante, pero no esperen ver ni Blade Runner, ni Desafío total, ni Minority Report, que esto va de otro palo. Saca a la luz de una manera original y hasta cierto punto novedosa en su hibridación de géneros, lo mejor de las reflexiones paranoicas y de teoría de conspiración de este autor genial y esencial en la literatura estadounidense… moviéndose en los términos y el territorio de las historias románticas.

Sigo aclarando la fórmula, porque puede despistar en su comienzo. Empieza como lo que parece ir a convertirse en una historia centrada en la política, estilo El candidato, aquella de Michael Ritchie protagonizada por Robert Redford.

Luego da un giro y parece que estuviera uno viendo la comedia romántica de rigor, más entretenida, más creíble y mejor escrita que la media de las comedias románticas de rigor que nos caen encima en la cartelera en estos días, construida sobre la química de sus dos actores protagonistas, en una escena en un baño que, aunque el romanticismo de fórmula cinematográfica “made in Hollywood” te de cien patadas, consigue ganarte y hacer que te intereses por cómo van a acabar esos dos pardillos que se ponen a ligar en un retrete, o excusado, si son ustedes de la parte alta y finolis de la ciudad. Es entonces cuando advertí una estructura de cine más clásico de Hollywood, estilo Frank Capra, que no es mi director favorito precisamente pero nunca he sido tan imbécil como para negar que era un maestro en esto de tejer historias de “American Way of Life” y “hombre hecho a sí mismo”, de ésas que tanto les gustan a los estadounidenses y se venden tan bien fuera idealizando esta realidad perra que nos rodea para que nos parezca un cuento de Disney en el que además no han matado a la madre de Bamby.

Viene a continuación un giro inquietante que por unos momentos me hizo temer que me la habían colado doblada otra vez con un pestiño tipo ¿Conoces a Joe Black? (pues no, no le conocía, pero no me iría a tomar dos cañas con él aunque le tocara pagar después de tragarme esa abominación de más de dos horas sólo tolerable a ratos por los ojos de Claire Forlani y con Brad Pitt más empanado que nunca y Anthony Hopkins urgentemente necesitado de convertirse en Hannibal Lecter y regalarse un ración de sesos). ¡Falsa alarma! Afortunadamente Destino oculto no es algo parecido a ¿Conoces a Joe Black?

A partir de ese inquietante momento, la cosa se enfoca finalmente y se orienta más hacia el relato fantástico que hacia la ciencia ficción. Y una vez orientada, funciona muy bien, porque mantiene un curioso equilibrio entre el relato romántico con fundamento y la fábula sobre la teoría de la conspiración que tanto obsesionaba a Dick. Algún listo vendrá diciendo ahora que han copiado el argumento de Matrix, así, con un par, y estará olvidando que lo que ocurre es que los Wachowski saquearon a modo, con cierto talento para el pastiche y la mezcla en la primera entrega (de las otras dos, mejor no hablar) la narrativa de Phillip K. Dick. Siendo Destino oculto la adaptación de una de las obras de este autor, lógico es que se detecten puntos en común entre ambas.

Pero la oferta de Destino oculto va por otro camino.  En mi opinión su aportación  principal reside en su habilidad para trabajar la mezcla de géneros sin traicionar el interés inicial que suscita en el espectador. La historia sigue teniendo el vínculo romántico de los dos pardillos del retrete como epicentro,  y seguimos interesados  por lo que les pueda ocurrir. Pero cuando parece que va a estancarse en eso, da un giro que hace crecer no sólo la trama, sino los propios personajes. Y eso caminando por el filo de la navaja, al borde de un abismo que en cualquier momento podría haber sumergido toda la historia en las pantanosas aguas de bodrios infumables y “moñoños” (calificativo favorito de mi colega y sin embargo amigo Usero), como Xanadú o Tal para cual, esas dos atrocidades que machacaron la carrera cinematográfica de Olivia Newton-John, una de mis musas del paso de la infancia a la adolescencia, dicho sea de paso… Estaba totalmente encoñado con ella cuando me empecé a quitar de encima los granos, no me importa reconocerlo. Vayan al Youtube, escriban The Rumor Olivia Newton John y ya me dirán si la chica no estaba para tirarse por un barranco, o lo que toque, y con una voz para escucharla, aunque ciertamente las letras de las canciones fueran muy moñas.

Destino oculto se aparta de ese insondable abismo de moñez en el que se precipitaron Xanadú y Tal para cual y vuela más alto en su peripecia romántica precisamente cuando incorpora a la misma la trama de conspiración paranoide de clave fantástica. Conste que un servidor el romanticismo lo aguanta sólo si está muy bien hecho, si lo cantan Olivia Newton-John, Carly Simon (en mi opinión el tema Nobody Does it Better en La espía que me amó es el mejor de toda la saga de 007), Basia con su basianova, o Phil Collins, pero éste sólo si es cantando el tema Against All Odds (Take a look at me now) en los títulos de crédito de la película Contra todo riesgo y está allí Rachel Ward. A pesar de eso Destino oculto me parece una buena opción para ver cine romántico con fundamento, sin moñadas, y creíble… Y con creíble quiero decir que, como en ese tema de Phil Collins, comprendamos que, como el protagonista, estamos dispuestos a hacer todo lo que sea preciso saltándonos los planes del temible Equipo de Ajuste de Phillip K. Dick (o incluso pillando una hipoteca asesina, doy fé de ello después de 20 años de matrimonio) simplemente para que ella se vuelva a mirarnos cuando damos con la Mujer, así, con mayúscula, como decía Sherlock Holmes hablando de Irene Adler, la única fémina que le puso el mundo del revés y las hormonas a bailar la conga.

¡A ver si al final resulta que Frank Capra llevaba razón…!

¡Vaya! Ahora para quitarme toda esta tiña romántica que se me ha quedado pegada tendré que ver otra vez Grupo salvaje como penitencia… y de paso impedir por todos los medios que mi mujer lea esta crítica para que no me suba los impuestos conyugales.

Miguel Juan Payán

Iron Man 2 ★★★

Abril 29, 2010

Crítica de la película Iron Man 2

Lo diré rápido y fácil, como los GEO de REC 2: Iron Man 2 me gusta más que Iron Man 1, y aquélla ya me pareció bastante buena.

La primera entrega de Iron Man era bastante mejor que casi todas las adaptaciones de los superhéroes Marvel que se habían hecho hasta ese momento, con la excepción de las dos primeras entregas de X-Men, y sin la excepción del Spiderman de Raimi, que en su primera entrega no me acabó de gustar, quizá por exceso de moñez babosa y falta de cera limonera de la buena, y en las dos siguientes mejoró algo (vamos que había más leña y más supervillanos y menos besuqueo tontarras para adolescentes), pero sin llegar a impresionarme tanto como a otros.

La segunda me parece aún más divertida si cabe.

Cierto es que, como dice mi colega Jesús Usero, contiene algunas incongruencias de guión (caso del agente de SHIELD que dejan como niñera de Tony Stark y ni se entera de que el pájaro ha volado después de soltarle un discursito amenazador algo soplagaitas, la verdad) y otras que afectan a su función como pieza de la operación de desembarco de los superhéroes Marvel en el cine, como el hecho de que finalmente la relación o vinculación de Stark con la organización que dirige Nick Furia no sea tal y como la proponían en el desenlace de la versión más reciente de Hulk, donde el general Ross encarnado por William Hurt le comenta a Stark su participación en la Iniciativa Vengadores), pero esa falta de coherencia con el puzzle de traslado del Universo Marvel a la pantalla grande no me molesta, porque siempre he pensado que a veces cargamos a las películas con un lastre que no les corresponde, que pertenece a cuestiones ajenas de algún modo a la propia película. De manera que la falta de continuidad que puede observarse en este Universo Marvel cinematográfico actualmente en construcción se me antojan leves para la propia coherencia de Iron Man 2.

Dicho esto, y advirtiendo que, como al amigo Usero a mí también me habría gustado que le dieran más tiempo y participación en el relato a la Viuda Negra (Scarlett Johasson), que no en vano protagoniza la escena de acción mejor coreografiada y visualmente expresada de toda la película (cuestión de alegrarse las córneas, dicho sea de paso), no tengo nada realmente serio que reprocharle a esta película. Obviamente no es lo que fue El caballero oscuro para Batman Begins, ni yo lo esperaba porque obviamente el personaje del Hombre de Hierro, por mucha saga de El demonio en la botella que esgrimamos sus seguidores, entre los cuales me cuento, para demostrar la madurez de sus planteamientos argumentales, no es el Hombre Murciélago: Tony Stark puede protagonizar una caída al infierno, pero Batman directamente vive en su propio infierno.  No obstante, Iron Man 2 cumple de sobra con lo prometido, que no es otra cosa que un buen rato de entretenimiento, secuencias de acción y espectáculo garantizado por una historia que al menos funciona y no ofende la inteligencia del espectador, y en la que, si bien el enfrentamiento con los drones y el ataque contra la convención Stark es visualmente confuso, encontramos varios momentos de combate con el villano de turno, servido con eficacia y su muy peculiar estilo por Mickey Rourke (que compone su personaje sobre todo con la voz), que rescatan para el cine el verdadero espíritu cañero de los combates de Iron Man en las viñetas, con los rayos repulsores a tope.

Además creo que han organizado bastante bien la incorporación al relato de Máquina de Guerra, y me parece que Jon Favreau ha captado muy bien la esencia de lo que debe ser una película de superhéroes, tomando prestado el espíritu del tebeo de superhéroes para el cine. Si a ello le añadimos otros detalles, como la química que han conseguido desarrollar Robert Downey Jr. y Gwyneth Paltrow, o la capacidad del primero para dar al cine una de las imágenes más humorísticas, chulescas y al mismo tiempo humanas del superhéroe tradicional, no cabe sino limitarse a disfrutar de este nuevo encuentro con la versión cinematográfica de el Hombre de Hierro.

Eso sí, he echado en falta más cameos, por lo menos de Bruce Banner, aunque el chiste con el escudo del Capitán América está muy bien. Ni al pobre Stan Lee, que sale sólo en plan relámpago, le han dejado lucirse.

Por cierto: ¡Película de la Viuda Negra para ya mismo, por favor!

Lo de Scarlett Johansson me recordó, salvando las distancias, lo de Michelle Pfeiffer como Catwoman en Batman vuelve.

Como dice el amigo Usero: no me importaría que esta mujer me diera una paliza.

Miguel Juan Payán

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