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Crítica de la película Non-Stop (Sin escalas).

Una gozada de intriga y acción con Liam Neeson dándolo todo. Muy divertida.

La película no es “otra entrega de aviones en peligro”. Es mejor que el 90 por ciento de las peripecias de este tipo y en mi opinión, por lo que se refiere a dirección, está mejor que algunas de las muestras más taquilleras de este tipo de producto de la era blockbuster, como por ejemplo Speed, a la que le da cien vueltas sin despeinarse.

Crítica de la película Robocop.

Digna heredera de la película de Paul Verhoeven. Competente actualización del tema.

En principio me daba pereza ver este remake, reboot o como ustedes elijan llamarlo, que a mí, con tanta nomenclatura para definir las variopintas  de la secuelitis me da ya lo mismo. Pero reconozco que esta nueva versión de Robocop ha sido una grata sorpresa, mucho más interesante de lo que me esperaba, así que paso a enumerar en primer lugar lo que me convence de la misma.

En primer lugar han sabido actualizar el asunto de manera sólida y con madurez. No olvidemos que el original era una sátira de la época y el cine de acción ochentero, de la Era Reagan, nada menos, que en el momento en que se estrenó la película de Paul Verhoeven (1987) estaba en su fase final (camino de 1989). La nueva versión se pone a punto con la actualidad con gran astucia y flexibilidad. Para ello desarrolla con notable solvencia la parte más “política” y “empresarial” del argumento, sostenida con eficacia por el trabajo de Michael Keaton y Gary Oldman, que ofician como pilares de una especie de duelo ético sobre las aplicaciones de los avances científicos y tecnológicos a la realidad del hombre. Oldman interpreta a un doctor Frankenstein con conciencia mientras que Keaton oficia como variante del amo de títeres al estilo del nigromante/mad doctor que creaba al robot María en el clásico Metrópolis. Ambos actores son una garantía para que esa parte del relato, que podría haber sido un enorme topicazo para salir del paso, se resuelva con interés convirtiéndose de hecho en la columna vertebral del relato.

El segundo punto fuerte del relato es la manera en la que la película muestra la tragedia del personaje protagonista a través del personaje de su esposa, que tiene más protagonismo e interés que en el original. Interpretada por Abbie Cornish, la esposa de Alex Murphy se convierte en la mejor herramienta para hacer más cercano, humano y verosímil el personaje del policía robot. De hecho, la transformación de Murphy y el propio personaje de Robocop gana en personalidad con este respaldo emotivo que se asocia a la escena de la cópula y el baile interrumpidos y marca el tono sentimental del relato sin caer en exceso en el melodrama y la baba facilona y gratuita. La buena construcción del personaje de la esposa saca al personaje de Robocop de la bidimensionalidad superheróica en la que podría haber caído, reforzando su personalidad como antihéroe, y con ello la película gana mucho.

El tercer punto fuerte es que merced a los dos aspectos destacados anteriormente, la parte más tópica, previsible, mecánica propias del ejercicio de remake: el propio Robocop. El policía-robot es la parte más plana y por ello la que más peligro corre de convertirse en lugar común o simple pretexto para la acción. El buen desarrollo de los personajes y tramas que he señalado antes, esto es, de la parte del doctor Frankenstein y el titiritero conspirador y la contribución del personaje de la esposa, permiten descargar de peso en el relato a Robocop, haciendo que la intriga de conspiración tenga incluso más peso que las escenas de acción propiamente dichas.

Otro aspecto positivo es que la resolución visual de las secuencias de acción es distinta para cada uno de los enfrentamientos, lo cual mantiene el interés del público. El arranque potente en el prólogo con esa especie de incursión en el género bélico-futurista seguido por la sátira de la manipulación de los medios de comunicación que protagoniza en una parodia de las marionetas del poder Samuel L. Jackson es un muy buen punto de partida para meternos en el relato. Luego en cada momento de acción intentan cambiar el planteamiento y la personalidad visual de los mismos, de manera que no se repiten las claves visuales del tiroteo en el almacén, en clave de western, con el asalto a la fábrica de droga del villano, desarrollada en clave de videojuego, y el tiroteo final. En general me gusta la propuesta visual de la película, que esquiva lo más repetitivo y previsible para buscar alternativas estimulantes para la mirada del espectador que le dan relieve incluso a las escenas más sencillas o previsibles. Un ejemplo: la primera conversación de Murphy con su esposa a través de la pantalla del ordenador, con una resolución visual que plantea de manera sencilla pero eficaz el dilema del protagonista frente al reencuentro con su familia.

La parte más plana de la película es la que afecta al villano traficante y la corrupción de la policía, algo lógico porque está incluida en la esfera de la parte más tópica y ochentera de la película original de Verhoeven, asociada a las peripecias policiales de Murphy, acción pura y dura.  Pero no molesta porque está sobradamente compensada por la parte más moderna, que es la aproximación a la clave más “política” que gira en torno a la derogación de la Ley Dreyfuss contra los robots y las intrigas y conspiraciones que giran en torno a la creación de Robocop y el laboratorio de Frankenstein-Goldman.

Es de agradecer que incluso con un tono más oscuro que el original de Verhoeven en algunos momentos, la película mantenga algunos toques de humor, como las alusiones al color, El mago de Oz, o esa parodia que ya he mencionado desarrollada por Samuel L. Jackson.

El resultado es una de las películas de evasión con un conjunto de elementos que consiguen esquivar lo peor de su naturaleza más tópica a través de un equilibrio de líneas argumentales que redistribuyen a su manera los temas de la película de Paul Verhoeven.

Por último, una aclaración: el debate no es si ésta película es mejor o peor que el Robocop de Paul Verhoeven. Robocop de Verhoeven fue la primera y en su momento originalísima versión de este asunto, incluso reciclando temas clásicos del género fantástico, de ciencia ficción y terror como El Golem, Frankenstein o Metrópolis. De manera que el objetivo no era tanto superarla como actualizarla con dignidad y eficacia y, dentro de lo posible, homenajearla sin que la versión nueva perdiera por ello su propia identidad. Creo que ese objetivo se ha cumplido. El nuevo Robocop es una digna heredera de la película de Verhoeven, en mi opinión sin duda superior a las secuelas de aquella, Robocop 2 y Robocop 3. Pero lo que más me gusta es que tiene su propia personalidad, lo que le permite no limitarse a ser simplemente una nueva visita a lo ya conocido y de paso construirse su propia nueva mitología en torno al personaje.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película El lobo de Wall Street de Martin Scorsese con Leonardo DiCaprio

El lobo de Wall Street. Scorsese borda una sátira a ritmo frenético en una de sus mejores películas.

La han criticado mucho. Lógico. Especialmente en Wall Street. No gusta esta versión descarnada, brutal, cruel, sin concesiones, de cómo se construyen las grandes fortunas, los tejemanejes de la Bolsa, la economía de farsa y engaño y todos esos excesos dignos de la decadencia del Imperio romano que nos han llevado hasta la crisis devastadora para tantas vidas que hoy sufrimos los mismos de siempre mientras los otros mismos de siempre se siguen forrando a nuestra costa y presentan anualmente cuentas de beneficios astronómicas.

Martin Scorsese mete el dedo en la llaga y, claro, eso resulta molesto. Especialmente porque lo hace sin falso melodramatismo de salón, sin lágrimas de cocodrilo, sin mensaje buenrrollista. Muy al contrario. Su última película es un disparate con el que ilustra ese otro disparate pero sin rasgarse las vestiduras, esto es, sin subirse al púlpito y pontificar como hacen otros. Muy al contrario: Scorsese nos hace partícipes como espectadores de ese disparate en todo momento, hasta el punto de que al acabar la proyección de su película, que alcanza un metraje próximo a las tres horas pero pasa rauda y veloz ante nuestras córneas como si sólo durara hora y media merced a su endemoniado ritmo de orgía continua, estamos tan exhaustos como los propios protagonistas, tal y como si hubiéramos participado en esa orgía de sexo, drogas y excesos personalmente. Scorsese consigue con El lobo de Wall Street un ritmo y una complicidad del espectador que consigue los mismos resultados e incluso supera la de los videojuegos de guerra en primera persona. Desde la primera secuencia de su película estamos ahí dentro, en la pantalla, somos los invitados del protagonista interpretado por Leonardo Di Caprio mirando a cámara y hablando con el espectador desde el primer momento como una especie de paso más allá de la ruptura de la cuarta pared, llevando hasta las últimas consecuencias el camino que Scorsese iniciara ya en el arranque de su carrera con los diálogos airados y desafiantes de Harvey Keitel con Dios en Malas calles, el monólogo de Travis De Niro ante el espejo en Taxi Driver, las confesiones en clave de comedia de Jake La Mota en Toro salvaje o el monólogo de Ray Liotta en Uno de los nuestros. Jordan Belfort, el sinvergüenza pícaro y seductor que interpreta Di Caprio, nos sirve como cicerone y guía en su mundo de depravación, triunfo y decadencia desde el primer momento, mostrándonos el lado más enloquecido de la doctrina del “hombre hecho a sí mismo” a ritmo de esperpento (los enanos lanzados contra las dianas, la joven secretaria que acepta raparse el pelo al cero a cambio de dinero…). Y cuando terminamos ese viaje de casi tres horas por su triunfo y caída, que por otra parte es la versión más irreflexiva y caótica de los descensos al infierno de los antihéroes de Scorsese, en coherencia con el relato basado en hechos reales que nos está contando y la personalidad volcánica, caótica e imprevisible de su protagonista, el director hace su jugada maestra, definitiva, y nos señala a todos con el dedo con ese plano del público crédulo capaz de dejarse engañar continuamente por la misma gentuza y con los mismos trucos y mensajes absurdos que han hecho del abominable mensaje “persigue tus sueños”, los libros de autoayuda y la teletienda tres de las más repugnantes muestras de la farsa en la que se han convertido nuestras vidas.

Lo que Scorsese nos dice en ese plano final y en general en toda El lobo de Wall Street, es que nosotros somos cómplices de esa farsa porque, como los clientes de Belfort y las víctimas del timo de la estampita que practicaban Tony Leblanc y Antonio Ozores en los aledaños de la madrileña estación de Atocha en una de las escenas más cómicas de Los tramposos (Pedro Lazaga, 1959), somos codiciosos, tan codiciosos que estamos incluso dispuestos a engañarnos a nosotros mismos y dejarnos engañar con tal de dar de comer a nuestros sueños de fortuna y gloria. Por eso Scorsese hace un notable trabajo de montaje y planificación para invitarnos  y hacernos partícipes de las orgías y excesos de Belfort y nos convierte en sus cómplices desde el primer minuto de proyección. Incluso el único personaje ético de su historia, el agente del FBI interpretado por Kyle Chandler, tiene ese momento final de regreso a casa en el metro en el que comparte con nosotros a través de una simple mirada a sus compañeros de vagón, una reflexión sobre si esa es realmente la vida que le gustaría vivir, y recuerda lo que le dijo Belfort/Di Caprio en su yate en una de las mejores secuencias de la película. ¿Acaso no nos gustaría a todos ser Jordan Belfort? Esa es la duda que Scorsese consigue sembrar en nuestras mentes, la misma duda que utiliza el propio Belfort y otros muchos vendedores de humos y sueños de nuestro tiempo para vaciarnos los bolsillos de sus víctimas de dinero.

Y todo eso lo hace Scorsese con el respaldo de un Leonardo Di Caprio imparable e impagable, secundado por el mejor trabajo que he visto de Jonah Hill y por la espectacular contribución de un elenco de secundarios que capitanea la breve pero contundente aparición de Matthew McConaughey, seguido por las pinceladas que aportan a esta pintura sobre el caos Rob Reiner, John Bernthal, Jon Favreau, Jean Dujardin, el ya citado Kyle Chandler, Shea Whigam (el “hermano” de la serie Boardwalk Empire aparece poco pero deja su huella con ese personaje de capitán de barco con la personalidad totalmente secuestrada por el protagonista), Kenneth Choi (memorable su manera de solucionar el robo del dinero en casa del protagonista, estallando desde ese segundo plano de repente como si reclamara más protagonismo en la historia), la impresionante Margot Robbie, que es como una mezcla de Sofía Loren con Anita Ekberg, y Joanna Lumley.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Ismael con Belén Rueda y Mario Casas

Drama familiar de buenos sentimientos y un reparto ejemplar. Y tras las cámaras un director que sabe lo que quiere y cómo quiere contarlo. Marcelo Piñeyro es un magnífico director argentino, al que muchas veces olvidamos debido al talento impresionante de gente como Juan José Campanella, pero que tiene en su haber películas tan interesante como Plata Quemada o El Método, o directamente joyas como Kamchatka (es difícil olvidar ese enorme y agridulce final), y que además tiene la virtud de saber aprovechar la posibilidad de rodar en Argentina y España. Aunque en esta ocasión no llega al nivel de trabajos anteriores, pero no por su elegante y precioso trabajo. Pero nos deja una más que apreciable película para las Navidades.

La historia de un niño de ocho años que se fuga de casa y viaja a Barcelona para conocer a su padre biológico, que no sabe nada de él. Allí conocerá a su abuela y a su padre, y, juntos, toda la familia intentará encontrar un camino que cierre viejas heridas y abra nuevos caminos. Una perfecta historia para esta época del año, con un par de giros interesantes, un muy buen director y un reparto que está a la altura de las circunstancias y nos ofrece humanidad, cercanía y sencillez en sus interpretaciones, para contar esta pequeña gran historia. Aunque, claro, habrá que quien la ataque sin piedad por su actor protagonista, lo cual empieza a ser tan obvio y ridículo que asusta.

Negarle a Mario Casas su talento a estas alturas de película resulta absurdo. El actor ha protagonizado un buen puñado de películas en las que se come la pantalla, por no hablar de lo mucho que atrae al público su presencia en una pantalla. Grupo 7, La Mula, Las Brujas de Zugarramurdi y ahora Ismael, deberían bastar para demostrar la variedad de registros y el enorme talento del actor, muchas veces encasillado por crítica y público. Si lo acompañamos de Belén Rueda (mucho más ligera y cómica que de costumbre, y se agradece ver que le dan otros papeles), el siempre enorme Sergi López, Juan Diego Botto o Ella Kweku, quien debuta junto al alma de la película, el niño Larsson do Amaral, cuya frescura resulta difícil de igualar.

Piñeyro sabe contar la historia, colocar el humor y dejar escenas muy bellas, conmovedoras, sencillas pero únicas, de tal forma que su elegancia narrativa hace que suba puntos la película, cuyo mayor pero es el guión, que no es ni mucho menos malo, pero tiene detalles que son bastante mejorables (el tema del racismo en el bar de carretera, la escena en el paseo marítimo, el pasado de la pareja, algún diálogo…). Si tirase menos de la historia romántica y más de la paternal, la película ganaría enteros. Pero con todo eso, Ismael hace sonreír, emociona y tiene golpes de humor geniales. Tiene corazón y tiene verdad detrás, tiene actores y un gran director. Y tiene detalles de Kamchatka, más que de Plata Quemada, para que me entiendan. De la vida real. Del futuro por escribir y las promesas por cumplir. Por todo ello merece la pena verla.

Jesús Usero

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Crítica de la película La leyenda del Samurái: 47 Ronin

La leyenda del samurái. 47 ronin. Entretenida fábula de espada y brujería, eficaz cine de evasión.

Me ha gustado más que El llanero solitario. Me ha gustado más que aquella absurda revisión de los clásicos del cine de artes marciales producidos por Shaw Brothers que dio en titularse El hombre de los puños de hierro. Y para ser sincero, me lo he pasado mucho mejor que viendo El último samurái. Por otro lado, es cierto que no alcanza, ni de lejos, a otras muestras esenciales recientes del cine de samuráis producidas en Japón, auténticas joyas de las que está muy lejos. Me refiero a Zatoichi, dirigida por Takeshi Kitano y 13 asesinos y Hara-Kiri: muerte de un samurái, ambas dirigidas por Takashi Miike. Con El llanero solitario tiene en común ese intento desesperado de crear espectáculo visual para ganarse el éxito en la taquilla que sufre el cine estadounidense de presupuestos más abultados. He leído cifras de presupuesto de La leyenda del samurái que van de los 175 a los 225 millones de dólares. Mucha inversión para no intentar jugar sobre seguro. Así es como entran en este baile las brujas, los dragones y la inconografía visual de gran despliegue de efectos visuales y espectáculo circense que amenaza con comerse a los personajes, el conflicto, la trama, el guión, devorándolo casi todo en beneficio de los simples fuegos artificiales. Y la copia de lo que ya ha funcionado antes, claro. Esa copia es lo que incorpora a la película influencias, apuntes o referencias de 300, Gladiator y El señor de los anillos. Pero presumo que en este tema, los árboles no les dejan ver el bosque a algunos críticos y espectadores. Lo cierto es que la película es mucho más coherente y tiene las cosas más claras de lo que nunca las tuvo El llanero solitario, que no sabía si quedarse a pares o nones, si ser comedia o ir en serio. Creo que La leyenda del samurái tiene las cosas más claras en cuanto a su tono, o dicho de otro modo, despista mucho menos al espectador en general. Está claramente afincada en el territorio del género de espada y brujería, esto es, más cerca de las historias de Conan el Bárbaro que de una reconstrucción sería de la leyenda de los 47 ronin. Y eso me lleva a trazar su parentesco con El hombre de los puños de hierro y explicar por qué creo que es mejor que aquella. Comparte con esa otra película su intento de explotar y trasladar fórmulas de las historias de caballería de oriente a occidente. Ardua tarea, especialmente si cae en manos de alguien que no pertenece a esas culturas e inevitablemente va a convertir todo eso en un pastiche, puro tópico, visita a todas las claves más superficiales del asunto. Pero en ese ejercicio, El hombre de los puños de hierro se limitaba a amontonar estereotipos sin gracia ni ritmo narrativo, desperdiciando sus mejores bazas y metiendo con calzador a un protagonista negro interpretado por el rapero Rza, director y actor principal, que no pintaba nada en la historia y era sistemáticamente devorado sin pestañear por el personaje secundario interpretado por Russell Crowe, francamente lo único que merecía la pena salvarse de aquel despropósito. La leyenda del samurái se enfrenta también a esa imposición de reforzar la presencia de Keanu Reeves en el relato, pero al menos tiene la decencia de mantener el protagonismo del personaje interpretado por Hiroyuki Sanada en el papel de Oishi, y aunque meta con calzador al personaje que encarna Reeves, Kai, su presencia en el relato no se convierte en un lastre, como sí ocurriera con la subtrama tipo Django desencadenado que se marcó Rza en El hombre de los puños de hierro. Con Oishi al frente del relato, la película mejora bastante y hasta se acerca más al trasfondo japonés de la trama de lo que nunca consiguió acercarse El último samurái. Lo cual me lleva a completar este comentario en clave de comparación aclarando que si me ha gustado más La leyenda del samurái que las aventuras de Tom Cruise en Japón no es porque crea que sea mejor película, sino porque se me antoja más descarada, más friqui y más gamberra que aquella a la hora de entrar a saco en una cultura ajena. De hecho, desde el punto de vista meramente cinematográfico, creo que es mejor El último samurái, porque si El hombre de los puños de hierro era claramente tributaria del videoclip musical más ramplón, La leyenda del samurái es visualmente heredera del videojuego más epiléptico en muchas de sus imágenes. Así que en lo referido a narración cinematográfica, está por encima El último samurái. Lo que ocurre es que aquella de Tom Cruise pretendía algo imposible, como es venderse en clave de homenaje a las tradiciones y cultura japonesas desde la americanización del argumento y protagonista, y le salió lo mismo que a John Huston cuando enganchó a John Wayne para rodar El bárbaro y la Geisha: un quiero y no puedo etnocentrista, racista y chovinista. ¡Pero de buen rollo, eh! En plan: mira los japonesitos, qué majos ellos con sus espadas y sus kimonos coloristas y tal, y tal, y tal. Por el contrario, La leyenda del samurái decide entrar a saco en una de las tramas fundacionales del espíritu de sacrificio japonés, los 47 ronin, adaptada al cine en numerosas ocasiones, y se la pasa por la piedra con singular impudicia para convertirla en el pretexto de una peripecia de espada y brujería propia de las narraciones pulp y la literatura de quiosco, digna heredera de los seriales de Fu-Manchú y las películas de serie B que veíamos en programa doble y sesión continua. Y desde esa caradura que se gasta, nos vende uno de los espectáculos más trepidantes y entretenidos que hemos podido ver en el cine este año. Algunos quizá no le perdonarán que siendo tan descaradamente serie B tenga presupuesto de serie A, pero esa es la lacra del cine de evasión de nuestros días, amigos, y La leyenda del samurái no es la primera película norteamericana que transita por esa contradicción de contar con personajes y argumentos de serie B camuflados como producción de serie A. Así que, vale, es cierto: La leyenda del samurái no es una adaptación respetuosa, ni histórica, ni siquiera digna de la historia de los 47 ronin. Observen que sólo al principio le he puesto ese apellido que no merece, 47 ronin. Secuestra y viola con enorme desvergüenza la trama de los 47 guerreros que vengan a su señor, para conocer y disfrutar la cual recomiendo cualquiera de las otras películas que le ha dedicado el cine japonés, especialmente La venganza de los cuarenta y siete samuráis, dirigida por Kenji Mizoguchi en 1941 atendiendo a una petición del gobierno militarista nipón para fabricar una película de propaganda patriótica en el escenario de la Segunda Guerra mundial. O si prefieren algo menos vinculado a la propaganda bélica, pueden probar con Chûsingura (1958), de Kunio Watanabe, que saca el máximo partido al color y el gran formato de pantalla y es cinematográficamente mucho más épica que La leyenda del samurái, lo mismo que 47 ronin, dirigida por Hiroshi Inagaki en 1962.

Entiendo que los japoneses puedan pensar que les han entrado a robar en casa, con alevosía y nocturnidad, para llevarse un monumento esencial de su cultura que es equivalente a la ressistencia en El Álamo para los tejanos, el 2 de mayo para los españoles o la resistencia de los 300 espartanos en las Termópilas para toda la cultura occidental. Pero entiendo menos que haya tantos no japoneses rasgándose las vestiduras por este acto de latrocinio tan divertido y desvergonzado. Sospecho que muchos japoneses no se sienten tan indignados como algunos gaijin simpatizantes de la cultura nipona que reaccionan ante esta película como si hubieran pillado a su parienta fornicándose a Keanu Reeves en el futón que compraron en Ikea después de mearse en la ración de sushi que habían comprado para celebrar su aniversario de boda (por cierto, incautos gaijin, aunque suene a algo japonés, Ikea es una empresa sueca y el sushi nació en China, así que tampoco nos pongamos tremendistas). Imagino que muchos japoneses pueden sentirse indignados con toda la razón, pero imagino también que muchos otros japoneses se lo tomarán a cachondeo o entre el estupor y la sonrisa, como cuando los españoles vimos a Frank Sinatra interpretando a un guerrillero de la Guerra de la Independencia contra los franceses en Orgullo y pasión, a Peter O´Toole interpretando el papel de Don Quijote en El hombre de La Mancha o a Charlton Heston dando vida a Rodrigo Díaz de Vivar en El Cid… tres películas que, dicho sea de paso, compartían un poderoso imán para que nuestra sangre española empezara a hervir y nos olvidáramos de los furores patrióticos mientras la libido se desbordaba desde nuestras córneas cuando mirábamos a Sofía Loren interpretando a una paisana guerrillera, a Dulcinea del Toboso o a Doña Jimena.

Creo que ante La leyenda del samurái toca no ser más papista que el Papa o más japonés que los japoneses (especialmente si eres un gaijin gafapasta), y entregarse con sumo cachondeo simplemente al disfrute de una de las películas más espectaculares y friquis que se asomado a la cartelera este año. Vayan verla como lo que es: una gamberrada de entre 175 y 225 millones de dólares que sólo se le puede ocurrir y puede permitirse la industria del cine estadounidense.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película El Hobbit, La Desolación de Smaug

Más espectacular, oscura y visualmente poderosa que la primera. Obligatorio verla. Lo que no sé es si será obligatorio verla en 3D o en 2D, pero eso pasaremos a comentarlo en unos momentos. Por ahora puedo garantizar que para mí, como sucedió con la saga de El Señor de los Anillos, la segunda entrega es muy superior a la primera en muchos aspectos, sobre todo a nivel de madurez de personajes y tramas, y además a nivel visual y de espectáculo puro, que es por lo que la mayoría de gente va a acudir al final a las salas de cine a ver la película. Es puro entretenimiento del bueno, bien construido, que además recupera algunas de las claves de El Señor de los Anillos. Los buenos, por así decirlo.

Digo los buenos porque, según han ido pasando los años, a un servidor (y aquí me juego una lluvia de capones) El Señor de los Anillos cada vez le convence menos. No se confunda la gente, sigue gustándome mucho la saga de Peter Jackson, pero adolece, y con los años cada vez me lo parece más, de algunas fórmulas demasiado… blandas. Demasiada pureza, demasiada poca mala baba, demasiado buenos los buenos y malos los malos, si me quieren entender. Lo que me ha llevado con el tiempo a apreciar mucho ciertas cosas (las batallas, la camaradería, el sentimiento de épica, las tragedias…) y otras que antes no me llamaban la atención cada vez me descolocan más (los elfos, los árboles, los hobbits, el poco jugo que le sacaban a Saruman al final…).

Muchos de esos aspectos que me dejaban fuera de juego de El Señor de los Anillos fueron corregidos en El Hobbit, que me gustó, sin duda, y me parece una buena película, pero que seguía sin cuadrarme en algunos aspectos. Las canciones (llegó un momento en el que me parecía un musical), lo poco desarrolladas que estaban algunas posibilidades, siempre llevando a los buenos al camino de la luz, lo blandito de algunas secuencias… Era un buen comienzo pero le pedía más, necesitaba más chicha. Y aunque a la larga me ha gustado El Hobbit tanto o más que El Señor de los Anillos, lo que le pedía a La Desolación de Smaug es que me convenciese tanto o más que Las Dos Torres. Porque los cimientos estaban puestos, sólo faltaba que alguien construyese algo realmente sólido sobre ellos. Algo que fuese más que épico, que nos presentase a los personajes con un aire más maduro, más oscuro. Más siniestro. Y vaya que si lo han conseguido.

Como detalle, con las dichosas estrellas de siempre, decir que la película es de cuatro estrellas y media, para mí, a un pasito de la perfección. Pero no tenemos medias estrellas, y como sigue habiendo un par de detalles que no terminan de hacerme tilín, lo dejamos en cuatro y santas pascuas. Lo dejo explicado claramente para que nadie se confunda luego. Son cuatro estrellas y media. Y bien merecidas. Lo que me hace pensar que con este ritmo la tercera película puede ser la cumbre de Peter Jackson en la Tierra Media, y en este caso una película a la que la mano de Guillermo del Toro se le nota aún más que a la anterior. En el guión, en el que sigue estando acreditado. En lo visual ya es otro cantar. Pero la historia tiene detalles que parecen especialmente señalados por el director mexicano. Cosas que no se veían tanto en las anteriores. La historia continúa justo donde la dejamos, con una pequeña visita al pasado, con Thorin de protagonista, la semilla del viaje. Y a partir de ahí todo es aventura casi sin fin y un ritmo sensacional en casi todo momento. La persecución de los enanos, el viaje a través del bosque, el encuentro con las arañas, los elfos, el lago... todo para llevarnos a la presentación de Smaug y el final de la película, con ganas de que llegue pronto la última entrega.

Creo sinceramente que es la película en la que mejor funcionan los elfos. El rey elfo Thranduil, lejos de otros gobernantes élficos, es una especie de psicópata torturado con un trono. Légolas es mucho más oscuro, violento y menos razonable de lo que conocimos. Y la aportación de Evangeline Lilly como Tauriel añade un toque femenino que le hacía mucha falta. La historia de Thorin y cómo se desarrolla el personaje, también ayudan mucho a la oscuridad general del relato. No todo es blanco y negro. Thorin es un personaje torturado, con muchas luces y sombras… y cómo se revela eso hacia el final es magnífico. Como lo es Martin Freeman en su versión Bilbo, con un cambio que le hace casi irreconocible al hobbit que abandonó la comarca. Nunca sabemos a qué están jugando realmente algunos personajes, los supuestamente buenos, y eso se nota, y se agradece. Es mucho más ambigua, como lo es el gran personaje de Bardo, interpretado por Luke Evans. Un tipo de lo más interesante y que da mucho juego. Esos aspectos me suenan a del Toro.

La película además juega, como en la primera saga, a dividir al grupo de héroes en un momento determinado, lo que nos lleva a un final a tres bandas que no dejará a nadie indiferente. Por un lado, una lucha en el pueblo con los orcos y los elfos, por otro el destino de Gandalf, y por último, cómo no, Smaug. Porque mucha gente lo esperaba con ansias, porque es el personaje estrella aunque se haga de rogar y tarde en aparecer, y porque su presencia llena la pantalla no sólo en lo físico, sino como terrible y todopoderosa amenaza. Sus momentos, desde el encuentro con Bilbo a la lucha final, son épicos, impactantes a nivel visual y caminan entre el terror y la acción con mucho brío. Smaug es un gran villano, sin duda, inteligente, vengativo, poderoso, sensacional. Y saber que tras él está la mano de Cumberbatch ayuda bastante (lo entenderán cuando lo vean, sobre todo en versión original aunque la voz esté alterada por ordenador). En una película que además es más violenta que la anterior y con muchas más batallas (lo de las arañas es memorable, como los orcos en cada aparición…). Quien haya jugado a Dungeons and Dragons, por ejemplo, se sentirá en su salsa en más de un momento.

Pero no es perfecta. El 3D, por muy brillante que sea, le resta a las escenas de acción, que a veces resultan confusas (estoy deseando verla en 2D para disfrutarlas completamente). Hay un tema romántico que tampoco termina de funcionar y que, como algunas caídas en el ritmo (la ciudad pesquera, algunas conversaciones alargadas…) que parecen simplemente una justificación para llegar a las tres películas. Y aunque me fusilen, algunos efectos especiales sufren… Pero la película nos deja con ganas de más. De más aventura, de más batallas, de más lucha, de más oscuridad… Y a mí me ha parecido, por todo ello, mejor que El Hobbit.

Jesús Usero.

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Crítica de la película Los juegos del hambre, en llamas.

Variante muy mejorada y superior a la película anterior. Me gusta más que la primera.

La primera no fue una sorpresa para los seguidores de la novela y para mi gusto se quedó algo por debajo de la misma, pero cumplió el objetivo de arrancar la serie en el cine. En mi opinión es en esa segunda película donde se refleja mejor el verdadero espíritu de las novelas de Los juegos del hambre. Cierto es que repite la misma fórmula argumental que su precedente, o muy parecida, pero con más recursos, tanto materiales, de presupuesto, como argumentales. Así que es como la versión 2.0 muy mejorada y claramente superior a la primera entrega. Es lógico, dado que una vez presentados los personajes pueden mover libremente la trama hacia un territorio más interesante, que en este caso es el de los juguetes rotos de la fama y el éxito, tan actual en una sociedad como la nuestra, que cada vez se parece más a la hortera y siniestra sociedad del Capitolio, con su tono superficial, vacío, ominosamente inútil, tan de nuestra época: todo exterior bonito, o como le dijo un personaje a otro en una serie francesa sobre Napoleón: pura mierda envuelta en medias de seda. Que la película arranque después del éxito, o mejor dicho, cuando el éxito empieza a pasarles factura a los protagonistas, devolviéndoles a una realidad gris y sin duda mucho más oscura y siniestra que la de la película anterior, obra a favor de esta segunda entrega proporcionándole un arranque mucho más sólido que en su desarrollo me ha recordado el fenómeno que se produjo en El imperio contraataca frente a La guerra de las galaxias: la segunda entrega no sólo es mejor que la primera, sino que explota mejor todos los elementos de su precedente dando como resultado una trama y un desarrollo de personajes mucho más sólidos. Comparte con la trilogía galáctica de Lucas en su primera y original salida a la cartelera (los episodios IV, V y VI) ese aire de serial del que se nutre para desarrollarse con mejor ritmo, ya que encontramos a los personajes ya sumidos en el centro de la aventura, y cuando acaba la película los acontecimientos se han precipitado sobre estos héroes de ciencia ficción juvenil con uniforme de neopreno de manera mucho más entretenida y con un final que deja suficientes flecos en el aire como para que nos entren ganas de empezar a ver la tercera película de inmediato, algo que debo confesar no me ocurrió con la primera entrega.

            Salvando todas las distancias, encuentro muchos puntos en común en el concepto comercial y narrativo que anima estas dos primeras entregas de Los juegos del hambre con los episodios IV y V de la saga de Lucas, incluyendo ese incremento de los héroes implicados en el argumento y el final totalmente abierto y con fragmentación del grupo.

            Además de empezar desde las cenizas del éxito y tratar con héroes rotos, lo mejor que tiene esta versión 2.0 de la primera entrega de Los juegos del hambre, es que ha reforzado bastante su elenco de secundarios dando más papel a Donald Sutherland e incorporando a Phillip Seymour Hoffman, Jeffrey Wright y Amanda Plummer. Calidad para respaldar a los protagonistas, que claramente, sobre todo en el caso de Jennifer Lawrence, están mucho más cómodos en sus personajes y les sacan más partido. Lawerence da vida a una versión interpretativamente más completa en esta segunda entrega sobre el boceto más limitado de la primera, aprovechando que su personaje está en una situación más compleja y moralmente ambigua. Gana también a su predecesora en las secuencias de acción y en un recorrido más amplio no sólo por el mundo exterior de la saga, los distritos, dando un telón de fondo a la peripecia de Katniss y Peta, sino también explorando y explotando mejor una nueva arena con nuevas amenazas y recursos. Por ejemplo hay un papel más claro para las tropas represivas del Capitolio lideradas por el comandante Thread interpretado por Patrick St. Esprit, que aparece poco pero deja una contundente huella en la audiencia.

            La parte más floja de la propuesta sigue siendo ese triángulo sentimental un tanto forzado en el que vive la protagonista, que no llega a ser un lastre porque está mucho más controlado y mejor tratado para cumplir con esa supuesta obligación de caer en el lugar común romántico que parecen arrastrar tras de sí estas producciones del género fantástico para jóvenes de nuestros días. Es en ese enredo romántico donde la ficción parece imitarse a sí misma y de repente el triángulo entre Katniss, Peta y Gale nos suena a montaje del mismísimo Capitolio.  Afortunadamente el director no deja que esta especie de recurso dramático de obligado cumplimiento para explotación de la película entre adolescentes le estropee el espectáculo de ciencia ficción (género del que esta segunda entrega tiene elementos más abundantes), aventuras e intriga.

            Otro punto flaco es que finalmente el enfrentamiento en la arena con los profesionales, ese del que Haymitch, el personaje interpretado por Woody Harrelson, promete en el diálogo: “El año pasado fue un juego de niños. Este año os enfrentáis a asesinos”, se queda algo corto. Hay poco cuerpo a cuerpo, aunque esa parquedad quede compensada por el tono más siniestro que aportan otras amenazas preparadas por el Capitolio para acosar a estos gladiadores perdidos a medio camino entre la ciencia ficción y el western. El otro factor que compensa esa falta de enfrentamiento físico más directo es la incorporación de Jena Malone en el papel de Johanna Mason, la chica del hacha, que hace amplio despliegue de carisma y se gana un papel muy destacado entre las nuevas incorporaciones al reparto de esta segunda entrega.

            Resumiendo para terminar: más divertida que la primera. Con más medios que la primera. Mejor y más interesante que la primera. Salvando todas las distancias (la saga original de Lucas era mejor), es para la saga de Los juegos del hambre lo que en su momento fuera para la saga de Star Wars El imperio contraataca, con la que coincide en un final abierto impactante que nos deja con ganas de más.

Miguel Juan Payán

 

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Crítica de la película La cabaña en el bosque

La cabaña en el bosque, un hilarante disparate que homenajea el cine de terror en todas sus formas.

El cine de terror, la fabricación del miedo en la pantalla grande, es el verdadero tema de esta broma que recorre y se regodea en los tópicos de todas las variantes de cine de terror, desde las películas de asesino en serie persiguiendo jovenzuelos descerebrados hasta los falsos documentales rodados con cámara al hombro o las criaturas sobrenaturales de las tramas de H.P. Lovecraft, sin olvidar las intrigas de conspiración elevadas a escala cósmica. Lo mejor es que visitando todas esas variantes, nunca pierde ritmo o nos somete a cortes abruptos. Una de sus características a destacar es la fluidez de su guión, su capacidad de mantener el interés del espectador introduciendo nuevos giros en los momentos más oportunos para no quedarse estancada o aburrirnos con las repeticiones, su facilidad para sacar lo mejor de cada tópico del género, y sobre todo la astucia con la que construye su argumento para hacer que en todo momento se mantenga una incógnita creciente sobre a dónde vamos a ir a parar con estos disparatados narradores que lo mismo se ríen de una variante terrorífica de programas como Supervivientes o Gran Hermano que se carcajean desde el guiño cómplice de clásicos como Posesión infernal, Viernes 13, La noche de Halloween, La matanza de Tejas… o se sacan de la chistera personajes tan chispeantes como esos dos maestros de ceremonias que sirven como una especie de jefes de pista de este circo del metagénero, los ejecutivos de esa siniestra pero al mismo tiempo cómica cadena de televisión interpretados por Richard Jenkins y Bradley Whitford. Sólo por ver a estos dos tipos asociados ya merece la pena pasarse a ver la película.

La cabaña en el bosque es lo que debería haber sido y no fue R.I.P.D. Y acierta en todo lo que se equivocó aquella otra película de la que ya hablé en esta misma página. Se mueve con gran flexibilidad entre las fronteras de los distintos géneros y subgéneros que nos propone (en su variado menú hay incluso algo de híbrido de terror con la ciencia ficción estilo cine fantástico norteamericano de los años cincuenta, esa especie de zoológico final desatado en plan “los monstruos invaden la Tierra”), consiguiendo además que los elementos de su carácter más satírico, sus bromas, encajen a la perfección con algunos momentos inquietantes. Y precisamente por su carácter de sátira de los reality show de televisión, consigue incorporar la sátira y la parodia a un argumento que es mucho más que mero amontonamiento de guiños jugosos para los friquis de todos los géneros incluidos en su abanico de posibilidades.

Lo que hace La cabaña en el bosque es hablarnos de nuestra sociedad cuando nos habla de todo aquello que los medios de comunicación y especialmente el cine, el cómic, la televisión y los videojuegos, nos proponen como alternativas de ocio. Somos lo que comemos, pero también somos lo que vemos y nos define cómo y con qué nos gusta entretenernos.

Y en eso, La cabaña en el bosque acierta en la diana y nos deja un paisaje ciertamente terrorífico con un homenaje final y a lo bestia a todos los cliffhanger con los que suelen terminar las series de televisión, que también forman parte de las parodias y homenajes de esta muy recomendable película.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película El juego de Ender

El juego de Ender, ciencia ficción de calidad, imprescindible para los amigos del género y recomendable para aficionados al buen cine.

La adaptación al cine de El juego de Ender, la novela de Orson Scott Card, no era nada fácil y de hecho todo apunta que muy posiblemente el mejor terreno para trasladarla al audiovisual era el de la serie o miniserie de televisión. A pesar de ello, el resultado final de esta adaptación a la pantalla grande de la fábula sobre sobre la corrupción de niños soldados convertidos en asesinos tiene una excelente factura visual, saca el máximo partido a su despliegue de efectos visuales, y propone una forma de entender la ciencia ficción más madura y cercana a los planteamientos literarios del género. Esa misma tendencia marcó las películas de ciencia ficción en su paso a la edad adulta, iniciada con 2001 de Kubrick a finales de los sesenta, y finalizada abruptamente con ele estreno de La guerra de las galaxias de George Lucas más o menos una década más tarde. El juego de Ender en su forma como película es el perfecto ejemplo para definir esa frontera que separa las versiones cinematográficas de las historias que adaptan, en una lógica mutación que impone las necesidades del medio cinematográfico sobre las necesidades y logros de la literatura. La película elige centrarse en el personaje que da título al libro, podando el resto de las subtramas implicadas en el relato original Fundamentalmente la gran sacrificada es la subtrama que protagonizan la hermana y el hermano de Ender, que en el momento de aparición de la novela fue un excelente ejercicio de prospectiva de su autor, anticipando el papel de internet y las redes sociales en el devenir político. Eso elimina casi totalmente el papel del hermano de Ender, que en la novela era un antagonista, la gran amenaza, y deja el papel de la hermana bastante mermado narrativamente. Teniendo en cuenta que todas las novelas de Orson Scott Carr hablan de la familia, es una pérdida que muchos seguidores del libro podrían considerar lógicamente muy sensible. Pero al leer los créditos de la película se me ocurrió que el término “basado en…” tiene un significado que quizá a muchos se nos podría haber escapado cuando hacemos balance de las adaptaciones de la novela al cine. Lo cierto es que dentro de una novela no hay nunca una sola, sino muchas historias distintas, y como ejemplo basta citar una destacada obra maestra de la ciencia ficción cinematográfica, Blade Runner, que dejó fuera de su relato varios elementos y subtramas interesantes de la novela de Phillip K. Dick que la inspiró, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, especialmente el tema del Mercerismo. Es un excelente motivo, entre muchos otros, paras volver a insistir en que es esencial leer, porque además leer sigue siendo el mejor pasatiempo que conozco. Teniendo en cuenta esa pluralidad de historias que habitan en toda novela y el hecho de que leer sigue siendo mi pasatiempo favorito, incluso por delante del cine, no me causa mucho problema ni escrúpulo ver versiones cinematográficas que adaptan la parte del libro original que a sus creadores les parece más significativa. Siempre y cuando sigan siendo fieles a eso que algunos llaman “el espíritu” del original y yo prefiero calificar simplemente como las tripas del asunto. Ese “espíritu” y esas tripas están plenamente presentes en esta versión cinematográfica de El juego de Ender, aunque inevitablemente sus artífices hayan decidido podar toda la parte “política” de la novela, que servía como contrapeso de equilibrio de la parte más belicista de la misma. Lo cierto es que me molesta más que la simplificación que se impone en la versión cinematográfica nos deje una peripecia de formación de Ender más concentrada en lo referido a su largo periodo de aprendizaje, promoción y liderazgo, una reducción de las batallas que debe librar y del papel del libro que da título a la historia así como un resumen del papel que tiene el videojuego como alternativa de género de fantasía y cuentos infantiles que en la obra de Orson Scott Card complementa con excelentes resultados las claves de ciencia ficción.

Lo que ocurre con esta versión cinematográfica de El juego de Ender, es que mirada desde la experiencia de haber leído la novela puede hacernos caer en la trampa del purista fundamentalista, llevándonos a pensar que esa poda de elementos de la misma es perjudicial para el relato, porque rompe la trinidad de distintas caras que presentaba el mismo: la peripecia de formación y superación de Ender en el entorno militar, que es un excelente ejemplo de la ciencia ficción militarista aplicada a reflexiones humanistas; las fábulas fantásticas desplegadas en el videojuego del gigante que introduce la fantasía en esa fórmula narrativa de ciencia ficción, incorporando elementos grotescos que son como un eco de las aventura de Alicia en el país de las maravillas, y finalmente la trama de manipulación y ascenso al poder de los dos hermanos en el frente civil, que añade una nota de distopía tecnológica al conjunto, además de constituirse en principal valedora del relato como interesante ejercicio de prospectiva y anticipación dentro de la ciencia ficción de carácter sociológico.

Pero lo mejor de El juego de Ender es que contrarresta esa pérdida de personajes, elementos y subtramas con un vigor visual que emparenta la película con el gran clásico entre las obras maestras del género, 2001 una odisea del espacio, y aunque el director cita como influencia al cine de David Lean en la vídeoentrevista que le hicimos para esta misma página, lo cierto es que a quien esto escribe le parece que la principal influencia de El juego de Ender está en las películas de Stanley Kubrick. Además de la lógica presencia como referente en clave de eco visual que se incorpora desde 2001, la película se desarrolla argumentalmente como una especie de variante de La chaqueta metálica en todo lo referido al entorno cuartelero que rodea al protagonista y su educación para dar la muerte a sus enemigos, incluyendo su antagonismo con el superior inmediato, Bonzo Madrid, o la manipulación emocional a que es sometido por el encargado de su formación, interpretado por Harrison Ford, y por el responsable de su entrenamiento como líder de la flota, interpretado por Ben Kingsley, dos “padrinos” del protagonista que incorporan a la historia el tema de la suplantación de la paternidad y la familia por el ejército. El tema de los niños convertidos en guerreros encuentra además una forma de desarrollarse que convierte a los jóvenes reclutas en una variante de los Drugos que protagonizaban La naranja mecánica, aunque para satisfacer las necesidades de amortización del presupuesto se hayan limado los momentos más violentos de la novela original en los duelos de Ender con sus compañeros, especialmente en el caso del personaje de Bonzo Madrid.  Por otro lado, el viaje de búsqueda de aceptación y definición de sí mismo que emprende Ender lo aproxima al antihéroe más completo de la filmografía de Kubrick: Barry Lyndon. Todo eso mientras la película bascula en lo referido a su escenografía entre 2001 (en el interior de la base y el espacio exterior) y Teléfono rojo: ¿volamos hacia Moscú? (en el diseño y la iluminación de los fragmentos que transcurren en el juego final con los mandos contemplando el resultado de la batalla).

De manera que cabe asegurar que todo aquello que la película ha podado de la novela original, está equilibrado sobradamente con su factura visual, sus referentes cinematográficos y un reparto que realmente consigue meternos incluso más que las propias imágenes en esta muy recomendable y madura propuesta de ciencia ficción cinematográfica, que además consigue hacernos reflexionar sin perder un ápice de su poder de entretenimiento.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Thor, el mundo oscuro.

Mejor que Thor, me gusta más que Iron Man 3 y es más cercana a Los Vengadores.

Esta segunda película sobre Thor tiene las cosas más claras sobre su identidad como producto Marvel que la primera. Dicho de otro modo: es más cercana a los comics en que se basa en todos sus aspectos. Y conste que la película dirigida por Kenneth Branagh siempre me ha parecido buena, aunque personalmente me divirtiera más viendo la película de El Capitán América. Además Thor el mundo oscuro tiene gran habilidad para administrar el protagonismo de sus distintos personajes en diferentes fases del relato, lo que fue sin duda uno de los mayores aciertos de Los Vengadores y es una característica que define los comics de superhéroes de la editorial Marvel. En éstos los superhéroes propiamente dichos son sin duda los principales protagonistas, pero nunca son los únicos protagonistas. Por eso la película nos propone primero el reencuentro con Loki, antes de saltar a un momento que deja claro que Thor el mundo oscuro es mucho más cercana a las viñetas de la Marvel que la película anterior: la batalla en Vannaheim. Ahí es donde empieza a hacerse patente que Sif va a tener mayor peso en la trama, lo mismo que los compañeros guerreros del protagonista. Esa apertura de carácter épico marca la pauta del resto de la película, que mezcla con habilidad elementos de las historias de Espada y Brujería y el género de aventuras con la ciencia ficción. Además deja claro que estamos ante una visión del universo Marvel en el cine perfectamente conjuntada con las estrategias narrativas y de explotación cinematográfica de los cómics de esa editorial aplicadas en Los Vengadores. Continuidad total que se extiende tanto a una broma visual entre Thor y Loki a mitad de la película en clave de cameo de otro personaje como al primer fragmento post-créditos en el que se deja bastante claro cuál será el tema y el villano de Los Vengadores 2. La continuidad que toma como epicentro del universo Marvel en el cine Los Vengadores es probablemente lo que buscaba la productora cuando cambió al autor de la música de la película propuesto por el director por el compositor de Iron Man 3, Brian Tyler. Otro elemento de continuidad de las claves que propiciaron el éxito de Los Vengadores lo encontramos en el uso del sentido del humor. Tras el comienzo en Asgard con los “dioses”, entra en el relato la Tierra y los humanos aportando la parte más humorística al argumento, antes de convertir a Jane Foster (Natalie Portman) nuevamente en el puente entre el mundo de Thor y nuestro planeta y al mismo tiempo en una especie de variante de Alicia en el país de las maravillas que pasa al otro lado del espejo.

Thor, el mundo oscuro desarrolla un papel más interesante para Loki, y con un conflicto que da más juego que el tradicional encuentro entre protagonista y antagonista.  En esta película, Loki se confirma como el gran villano o antagonista de las producciones de superhéroes producidas por Marvel. Además los elfos oscuros son más sólidos y tienen más personalidad que los gigantes del hielo de la primera entrega. Frente a la primera entrega, ésta cuenta con más secuencias de acción (la batalla de Vannaheim, las mazmorras, el ataque a Asgard en plan batalla de Inglaterra, el enfrentamiento final …), saca el máximo partido a la misión imposible de Thor y sus compañeros en la línea de explotación del grupo de personajes, cada cual con su momento de protagonismo. Además la película exhibe una gran capacidad para aportar información con un solo plano a modo de viñeta de cómic (por ejemplo el plano de Thor, Odin, Frigga y Jane Foster después del ataque de los elfos a Asgard). Y para completar el trabajo cierra su trama con una batalla espectacular y con un final de cliffhanger imposible de superar que además encaja perfectamente con la personalidad del relato y los personajes del comic en el que se basa la película. El guión se mueve con más libertad y ritmo que en la primera entrega una vez que presentara en aquella a los personajes, los actores están más cómodos en sus papeles, Hiddleston tiene totalmente dominado su papel como Loki y sus secuencias con Hemsworth interpretando a Thor son mejores que las de la primera entrega. Todos los actores del reparto sacan partido del mejor aprovechamiento de sus personajes en el guión, empezando por Stellan Skarsgaard y su breve pero hilarante papel como contrapunto cómico o Idris Elba dando vida a la clave más épica de su papel como Heimdall, el guardián del puente, o Kat Dennings ejerciendo como la chispeante becaria/amiga de la protagonista.  

Aviso: es preciso quedarse hasta el final de todos los títulos de crédito para conocer el verdadero desenlace de este relato. Además del guiño de anticipo para próximos proyectos Marvel, esta es la primera película de los superhéroes de la compañía que termina el arco dramático de su argumento después de los créditos finales. Sospecho que más de un impaciente se va a quedar sin ver el verdadero desenlace de la película.

En cuanto a verla o no en 3D, opino que ésta es una de esas ocasiones en las que merece pagar el sobreprecio por la carga de acción constante que nos propone el argumento. Thor el mundo oscuro tiene más acción y de forma más continuada que cualquier otra película producida por la Marvel, excepto Los Vengadores. Y realmente en las escenas de batalla saca buen partido a la aplicación del 3D.

Miguel Juan Payán

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