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Crítica de la película Resident Evil: Venganza.

Más videojuego y menos cine. Todo acción, poco diálogo, puro espectáculo visual sin argumento.

La quinta entrega de Resident Evil ha decidido quitarse la careta definitivamente y no se anda por las ramas. Quienes acudan a verla van a encontrarse menos película y más videojuego. De toda la saga es la que, tanto por su fórmula argumental como por la manera de expresarse visualmente y la convocatoria de personajes, nuevos y ya conocidos, es más cercana a los planteamientos del videojuego que inspiró la saga cinematográfica.

Bajo el punto de vista de quien esto escribe, eso no es bueno ni malo, sino simplemente una opción en la propuesta que los gestores de la franquicia han decidido hacerle al público en esta ocasión. Corre por nuestra cuenta aceptar dicha propuesta o no. Por ejemplo a mí no me ha gustado esa entrega incondicional al videojuego, aunque haya disfrutado el despliegue visual, ese alarde de acción constante y esa forma de trabajar el 3D, especialmente en las escenas de arranque que enlazan directamente con el final de la película anterior y sobre todo en su primera mitad, con ese enfrentamiento con los tipos del martillo-hacha gigante. También me ha gustado volver a ver a Milla. Siempre me gusta. Es grato para mis córneas. De ahí que en reconocimiento a mi friquismo por esta saga y a todos los friquis que la siguen, y como homenaje a los fanáticos del videojuego, le casco tres estrellas. No le puedo poner menos porque no me ha aburrido, no me ha engañado, y sobre todo es coherente con su propia propuesta interior. No le puedo poner más porque es la que más le ha dado la espalda al cine y conocedora de sus limitaciones ha decidido abrazar descaradamente su naturaleza como variante del videojuego ,sin complejos ni engaños. Un streptease definitivo de la franquicia.

Sin embargo es la más floja de toda la saga, que para mi gusto es un ejemplo perfecto de lo que le está pasando al cine comercial en los últimos años. De manera que Resident Evil cada vez me deja menos satisfecho como película y cada vez me interesa más como fenómeno cinematográfico y termómetro de la mutación y deterioro del cine de acción en beneficio de híbridos de otras formas de evasión y entretenimiento, como pueden ser el cómic, el videojuego, la televisión o el videoclip.

Lo curioso es que Resident Evil: Venganza es plenamente coherente consigo misma y se define voluntariamente a través de sus limitaciones, aceptando así plenamente su verdadera naturaleza. Sus carencias son una elección de sus creadores, no errores involuntarios. Por ejemplo no hay la menor intención de plantear una trama sólida. Muy al contrario: copian descaradamente la estructura narrativa de un videojuego, reduciendo al máximo el argumento para convertirlo en un paso de una pantalla a otra, o lo que es lo mismo, de un escenario recreado en la base submarina de Umbrella, réplicas de Nueva York, Tokio… al siguiente.

Tampoco intentan crear personajes o conflicto alguno entre los mismos. En su lugar, reclutan a clones que se dedican a agredirse indiscriminadamente e incluso pueden cambiar de bando constantemente, volviendo loco al espectador profano en la saga, por mucho que incluyan un prólogo explicativo de todo lo ocurrido en las entregas anteriores. En ese sentido la secuencia en la que Alice y la niña entran en la cadena de montaje de los clones es toda una declaración de principios, además de un guiño, no sé si voluntario o no, sobre la secuelización como fenómeno de explotación del cine convertido en franquicia que actualmente llega a la cartelera.

Esto entraña un riesgo para la película: haciendo de buena parte de sus personajes un ejército de clones hiperactivos cuya única motivación parece ser apretar el gatillo, éstos pierden automáticamente interés dramático para el espectador. No hay tensión dramática en toda la película, desprovista de argumento y sometida a diálogos muy tontorrones en los que Alice le repite una y otra vez a la niña la misma pregunta: ¿estás herida?... Y poco más.

Otro riesgo que trae aparejada esta fórmula de negación de toda construcción dramática para hiperbolizar la acción es la saturación del espectador. Las secuencias de acción encadenadas con nulo conflicto argumental conducen a un agotamiento de la atención del público, que encuentra dificultoso implicarse con la historia y los personajes y se convierte así en sujeto totalmente pasivo que apenas participa en lo que se le muestra en la pantalla. La acción necesita respirar con momentos de estructura narrativa más sólida, necesita un conflicto que construya el argumento, aunque sea tan leve como el que presentaba la saga de Resident Evil en sus cuatro entregas anteriores. La acción por la acción, sin argumento ni diálogos, conduce a ese cansancio que se hace notar especialmente en la pelea final en el hielo, que se alarga además innecesariamente y llega a hacerse algo pesada antes de encontrar su culminación.

Entiendo que el objetivo era darle al aficionado a la franquicia y al videojuego una sucesión de momentos anecdóticos en los que Resident Evil: Venganza se comporta como una especie de eco cinematográfico del videojuego, incorporando a personajes como Leon o Ada, recuperando a Rain y poniendo a Jill Valentine a darse de tortas con Alice… pero así el ritmo y el tono de la película acaba teniendo los mismos problemas que Underworld: el despertar o Ultravioleta, otra película protagonizada por Milla Jovovich. La acción y el espectáculo visual lo llenan y devoran todo, sin dar descanso al espectador ni dejar respirar una historia que queda reducida a mera anécdota argumental en su expresión más básica y cercana al videojuego: los personajes han de ir del punto A al punto B. Eso es todo.

Ojalá en próximas entregas recuperen algo del tono inquietante de la primera y deje de lado esta hipertrofia de lo trepidante que está dejando a la saga bastante desnuda de atractivos, si bien no deja de ser un entretenido espectáculo de acción y violencia inofensiva, ya sin el terror como compañero, o en todo caso convertido en un adorno más en esta tarta explosiva donde reina el gatillo fácil que me hace pensar si esa imagen del desenlace sobre el fin del mundo, que tiene la épica que le falta al resto del relato, no será una instantánea de la propia muerte del cine comercial o su mutación definitiva en un complemento de los videojuegos o de cualquier otra forma de ocio.

Inquietante, ¿verdad?

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Venganza: conexión Estambul.

Una continuación que no defrauda, aunque resulte menos frenética que la primera.

La primera entrega de Venganza fue una grata sorpresa por su desenfadada propuesta de cine de acción sin complejos, dispuesta a explotar un argumento convencional sacando el máximo partido a su protagonista. Ver a Liam Neeson, con todo su talento y su presencia ante las cámaras, convertido en una especie de versión serie A del tipo de personajes que suelen protagonizar actores icónicos del cine de acción como Steven Segal resultó muy refrescante. Neeson se pasó hora y cuarto de metraje repartiendo puñetazos y apretando el gatillo hasta encontrar a su hija secuestrada para regocijo de los espectadores y demostró que el cine de acción podía levantar una taquilla que en aquel momento estaba algo moribunda.

Ahora la secuela de aquella película intenta repetir la jugada. Suprimido el factor sorpresa, Venganza: conexión Estambul acude a explotar lo que ya conocemos de su protagonista, el padre vengador, al que se le amontona el trabajo de rescatador de la familia cuando se convierte de cazador en presa y es acosado por los parientes de todos los tipos a los que liquidó en la película anterior. La novedad, si es que hay alguna, está en la localización donde se desarrolla la trama, Estambul, y en el hecho de que esta vez el protagonista comparta la odisea con su esposa y con su hija al mismo tiempo.

Más reposada que la primera entrega en su arranque, esta segunda película parece tomarse las cosas con más calma a la hora de presentar los personajes y antes de que estalle la acción, pero tiene el mismo acierto en hacer de la sencillez de su planteamiento un poderoso aliado para contar su historia y en explotar con astucia la capacidad de Neeson para vendernos cualquier tipo de historia. En alguna ocasión he comentado ya que el actor es hoy algo así como una especie de John Wayne que por sí mismo puede sustentar cualquier tipo de argumento sólo con aparecer en pantalla y mirar al prójimo con cara de malas pulgas.

La fórmula sobre la que funciona Venganza 2 es la misma que se ha venido aplicando a la explotación del carisma de los protagonistas principales desde el momento en que el cine descubrió esa poderosa arma para vender historias que son las estrellas. En la película anterior era preciso que nos presentaran a personaje de Neeson, pero en ésta no. Basta con que nos planteemos: ¿qué va a pasar cuando estos pobres tipos mosqueen a Liam Neeson? Es algo similar a lo que ocurría con Bruce Willis en las secuelas de Jungla de cristal, con Arnold Schwarzenegger cuando le secuestraban a su hija en Commando, con Stallone cuando protagonizó Rambo, con cualquier película de John Wayne en su última época, con Clint Eastwood interpretando a Harry el Sucio, con Charles Bronson encarnando al vengativo justiciero de la ciudad en la saga de Death Wish… El espectador acude al cine esperando ver lo que ocurre cuando una de estas estrellas del cine de acción es provocada para desatar su justa venganza contra quienes osan molestarle de cualquier forma. En definitiva, la clave es la previsibilidad. Lo bueno de la serie de Venganza es que su protagonista es uno de los mejores actores de su generación y además ha demostrado ser notablemente competente en las secuencias de acción. El talento de Neeson como actor es el que sustenta las situaciones a las que es sometido su personaje, por tópicas o poco verosímiles que nos parezcan. Su carisma como estrella ante la cámara hace el resto del trabajo en las secuencias de acción. Pero lo realmente interesante de las dos películas de Venganza es que le da la vuelta a la fórmula más convencional del cine de acción, haciendo que sean las escenas más sosegadas e incluso cotidianas –en esta segunda película el personaje de Neeson limpiando el coche, hablando con su mujer, buscando a su hija en casa del novio, esperando que su hija acabe el examen de conducir- lo que sirve como cemento esencial para dar sentido a las escenas de acción, en lugar de lo contrario. Lo más habitual en el cine de acción es que sea la propia acción, el espectáculo visual, lo que nos “vende” la historia. En Venganza 2 la clave de esta franquicia es la solvencia de Neeson para construir sólidamente su personaje en esos momentos cotidianos lo que sustenta todo el disparatado rosario de secuencias de acción trepidante que viene a continuación. Porque en este caso, como en la película anterior, una vez que se dispare el mecanismo que arranca la acción, ésta ya no parará hasta que acabe la película. De manera que ese arranque, esos primeros momentos de la historia, son los más importantes y los que establecen la diferencia de la franquicia de Venganza respecto a otras propuestas de cine de acción que llegan a la cartelera.

Neeson es el encargado de otorgarle toda su personalidad a esta fórmula de evasión, distanciándola de la media de este tipo de espectáculos que suele ofrecernos el cine comercial. Sólo Neeson hace que aceptemos las inaceptables elipsis de esta saga. En la primera entrega, el salto desde el final del rescate en el barco a la llegada al aeropuerto en Estados Unidos, sin consecuencias para el protagonista a pesar del destrozo que organiza en París. En ésta segunda entrega la elipsis entre la entrada en la Embajada norteamericana en Estambul y la continuación de la misión de rescate. Aceptamos estas y otras inverosimilitudes porque Neeson nos vende su personaje y la historia con la solvencia de un John Wayne vendiéndonos Río Bravo, El Dorado o Los cuatro hijos de Katie Elder.

Se le podría reprochar a Venganza: conexión Estambul esa visión de la realidad etnocentrista al estilo americano, según la cual la inseguridad y el miedo habitan siempre en el exterior y quedan automáticamente anuladas cuando entras en la embajada norteamericana. Igualmente esta segunda entrega ha perdido la amargura que acompañaba al personaje de Neeson en el arranque de la película anterior y opta por proporcionarle un entorno más feliz. Pero, seamos sinceros: todos sabemos lo que queremos ver en Venganza 2. El planteamiento es el mismo que ante Los mercenarios 2, La jungla de cristal 2, etcétera: hemos ido a ver cómo el personaje de Liam Neeson se cabrea y se pone a repartir leña hasta que se le canse la mano. Queremos que los malos sean muy malos, incontestablemente perversos. Queremos que Neeson les dé una paliza y recupere a sus parientes. En definitiva: queremos simplemente evadirnos con una fórmula argumental sencilla. Hemos pagado para ello y al terminar la película nos dan lo que nos prometieron.

No podemos pedir más.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Salvajes de Oliver Stone

Buena dirección de Oliver Stone en una clave disparatada que despista y arriesga. Lo mejor: los antagonistas.

Cuidado porque Salvajes viene con sorpresa y doble lectura. No es lo que puede parecer en principio.

El regreso de Oliver Stone a la cartelera siempre es una propuesta interesante para el aficionado al cine. En esta ocasión ese interés queda reforzado porque su película adapta una novela de Don Winslow, escritor de novela policíaca que destaca entre los de su generación por su tratamiento épico del género. Su novela El poder del perro, es una de las mejores que se han publicado en los últimos años sobre el tráfico de drogas y los problemas fronterizos de Méjico y Estados Unidos. La narrativa de Winslow, con su mezcla de historia épica de las organizaciones criminales, tipo El Padrino de Mario Puzo y Francis Coppola, los elementos de corte más informativo del libro-reportaje y la violencia tipo Grupo salvaje de Sam Peckimpah, todo ello envuelto en ecos de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, ofrece numerosos puntos de contacto con la filmografía de Oliver Stone. De ahí el interés de ver cómo resultaba la alianza de ambos en pantalla. Lástima que hayan optado por adaptar Salvajes, que en mi opinión es una obra menor frente a El poder del perro, más propicia a las formas de Stone como director.

Crítica de la película Desafío Total

Total Recall. Muy buena. Dos horas de persecución trepidante en un futuro que mezcla elementos de Blade Runner, Minority Report y Star Wars.

La nueva versión de Desafío total ha sido una de las sorpresas más gratas que me ha dado el cine este año. La noche antes de asistir al pase de prensa volví a ver la versión protagonizada por Arnold Schwarzenegger y dirigida por Paul Verhoeven, en la que según explican los títulos de crédito finales se basa esta revisión o remake. Ambas tienen el mismo punto de partida, el relato de Phillip K. Dick, pero lo han abordado de manera radicalmente distinta. Las dos películas me parecen igualmente válidas, cada una en su época. Lo que ocurre es que a primera vista la versión Wiseman puede parecer más madura, más seria y sólida en su planteamiento argumental, construcción de personajes y situaciones y diálogos, aunque no lo es tanto porque carece de la segunda lectura más morbosa presente en la versión Verhoeven que explicaré más adelante al hablar de los personajes femeninos.

En todo caso, la nueva versión gana puntos en verosimilitud despejando de la fórmula argumental a Marte y manteniéndose pegada a la Tierra. Plantea así una fábula más interesante y menos fantástica, sin elemento extraterrestre. Es más curiosa desde el punto de vista geopolítico con ese frágil equilibrio entre la Unión Federal Británica y la Colonia que admite todo tipo de interpretaciones pero esencialmente vuelve a poner en la pantalla el duelo Europa-Estados Unidos trasladándolo a un hipotético futuro. Tiene además algunas características que la hacen más atractiva como hipótesis futurista, metiéndonos de lleno en la ciencia ficción prospectiva. Es en ese sentido de construcción de un mundo futuro mucho más rica y verosímil como creación de ciencia ficción que la versión Verhoeven, con elementos tan atractivos como la Catarata, la Policía Federal Sintética, etcétera.

Visualmente está construida como una pieza a medio camino entre los paisajes urbanos de Blade Runner de Ridley Scott y Minority Report de Steven Spielberg, con un guiño paisajístico a Asesinos cibernéticos (Screamers), la adaptación de otro relato de Phillip K. Dick dirigida por Christian Duguay en 1996, y una pincelada muy hábil de homenaje a la trilogía más reciente de Star Wars.

En sus primeros minutos y en todo lo referido a la Colonia, el paisaje es claramente tributario de Blade Runner. Pero a mitad de película, en todo lo referido a la Unión Federal Británica, el paisaje es heredero de Minority Report. La llamada Zona Prohibida es un guiño a los paisajes agrestes y tóxicos de la adaptación del relato Segunda variedad que fue Asesinos cibernéticos. Y el despliegue de la Policía Federal Sintética es un guiño muy claro a Star Wars y sus ejércitos de clones. Las referencias a la versión Verhoeven se quedan en pinceladas de complicidad con el espectador, como la prostituta de tres tetas o el disfraz de la señora gorda en el paso por el control de aduanas.

Vista así, la nueva versión de Total Recall es una celebración de la ciencia ficción que no rechaza las influencias de sus antecedentes más ilustres o comerciales, pero consigue desarrollarse plenamente según sus propios planteamientos.

La ciencia ficción con androides taxistas, cabezas explosivas, mutantes y prostitutas de tres tetas por la que se paseó Arnold Schwarzenegger en la versión Verhoeven era en su superficie una especie de parque de atracciones, una feria pintada con acuarelas de brillantes colores.

La ciencia ficción que nos propone esta nueva versión protagonizada por Colin Farrell es aparentemente más sobria, más madura, si bien no deja de ser una celebración del género.

Las diferencias entre ambas parten de la personalidad y objetivos de sus directores. Verhoeven quería distanciarse lo más posible de Blade Runner para imponer su propio estilo como realizador frente a la obra maestra de Ridley Scott. De hecho, Verhoeven afirmó después de rodar Desafío total que su versión de las fantasías paranoides de Phillip K. Dick era más optimista que la de Scott, a la que calificó de “sórdida y deprimente”. Su versión de Desafío total era más cercana al gran guiñol y el teatro de lo grotesco, en coherencia con el resto de su filmografía.

Por el contrario a Len Wiseman no le importa rendir tributo a sus precedentes e incluso busca insistentemente mezclarse con ellos, como si quisiera que su visión de Total Recall fuera una pieza intermedia entre las dos adaptaciones de las obras de Phillip K. Dick dirigidas por Ridley Scott y Steven Spielberg.

Por otro lado en mi opinión una de las mejores aportaciones de la versión Verhoeven era sin duda el personaje interpretado por Sharon Stone, que con este trabajo fue, junto con Sigourney Weaver en Alien y Aliens el regreso y Linda Hamilton en Terminator 2, pionera en dar una visión más equilibrada, activa e independiente de las féminas en el cine de acción. Parecía difícil que la versión Wiseman pudiera hacer honor a ese antecedente, pero me atrevo a decir que la manera de presentar el personaje de Lori interpretado ahora por Kate Beckinsale está a la altura de su precedente y en algunos aspectos incluso lo mejora.

Otra cosa diferente es lo que ocurre con el personaje de Melina interpretado por Jessica Biel, en mi opinión algo más endeble que el que encarnó Rachel Ticotin en la versión anterior.

El guión y la construcción argumental de esta segunda versión parece sacar más partido a los personajes femeninos, aunque el recurso de la conversión del mal al bien del personaje por motivos sentimentales que se plantea en una frase de diálogo me parece más falsa y endeble que en la película anterior. A pesar del detalle de la bala y las manos, muy emotivo, pero sensiblero. En la versión Verhoeven, más machista, más venérea y menos romántica, el enganche erótico del protagonista con Melina era más tórrido y morboso, más carnal, más creíble. Eso da lugar a algo curioso: paradójicamente en su exterior la versión Verhoeven es más infantiloide, pero en su fondo y sugerencia es más siniestra y oscura, invoca pulsiones más profundas del subconsciente relacionadas con las fantasías eróticas que están sin embargo desterradas del planteamiento argumental de esta nueva versión de Len Wiseman.

Pero aquí han sacado más jugo al personaje de Lori, que tiene más rasgos de humor. Suprimiendo el personaje del perseguidor masculino y el triángulo formado por éste, el protagonista y la falsa esposa, el guión opta por la sencillez, unificando la figura del perseguidor en un solo personaje, el de la “esposa”, con más pinceladas de humor que en la versión de Verhoeven y más protagonismo. El protagonista masculino queda así entre las dos féminas guerreras pero sin ese trasfondo más erótico de la versión Verhoeven. Ellas son más compañeras de aventuras que de cama, polos opuestos representativos de los dos entornos urbanos entre los que se desarrolla la aventura, la Unión Federal Británica y la Colonia que contribuyen a dar una visión de la trama más juvenil y menos perversa que la de Verhoeven, donde el usuario del programa de recuerdos a la carta puede incluso elegir el tipo de mujer con la que desea compartir la aventura.

Ese paso de lo exteriormente más festivo y verbenero pero internamente más morboso y sexual que tenía la versión Verhoeven a lo más inocente, inofensivo y juvenil de la versión Wiseman hace que ésta última se decante por constituirse eminentemente como una película de acción constante, donde el encadenamiento de secuencias de carrera y persecución no impide que la intriga de características paranoides tenga un lugar reservado como hilo conductor de la trama, pero sin visitar los lados más oscuros de la misma. De ese modo, también pierde fuerza esa ambigüedad en la situación del protagonista. La versión Verhoeven, más onírica, prefiere dejar menos claro si realmente está viviendo una realidad o una ficción inducida por el programa de Memory Call, mientras que la versión Wiseman prefiere mostrarnos todo como si fuera la realidad del protagonista, especialmente a partir del momento en que se produce la entrada del amigo que intenta convencerlo para que renuncie al sueño.

De ahí la paradoja que mencionaba. La versión Verhoeven puede parecer más infantiloide y sencilla en sus diálogos y situaciones y resulta menos creíble, pero en realidad es una fantasía para adultos. La versión Wiseman es más una fantasía para adolescentes, en la que un tipo normal y corriente ve cómo dos féminas muy atractivas luchan por él y acaba convertido realmente en héroe. Pero cuando termina la versión de Verhoeven no tenemos nada claro si el pobre tipo, obrero de la construcción, no se lo habrá inventado todo y habrá acabado lobotomizado.

Conclusión: no hay que fiarse de las primeras impresiones, un mensaje que le habría encantado a Phillip K. Dick.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Step Up Revolution

Cuarta entrega de la saga de baile, que en esta ocasión se traslada a Miami. Sorprende encontrarse con una saga de estas características, que nunca ha sido un taquillazo rotundo, aunque ha dado a luz a alguna estrella actual como Channing Tatum, pero que con todo sigue sacando entregas en salas de cine en lugar de directamente a vídeo. No es una crítica, ni mucho menos. Imagino que el coste es tan pequeño y que anda tras ella una compañía tan potente como Disney, que con poco que recaude ya es un éxito. Pero me sorprende con la de películas con grandes repartos que pasan de puntillas por la taquilla americana, (esta misma semana vemos un ejemplo, Shanghai), Step Up sigue gozando de gran salud.

Y eso que la trama tiene poco donde rascar. Grupo de jóvenes rebeldes que baila en las calles paralizando a quienes les rodean, para obtener un premio que les saque del anonimato, joven bailarina que quiere ser una estrella pese a la oposición del padre e historia de amor entre el joven líder del grupo y ella. Que por el camino empleen el baile para luchar contra una inmobiliaria que pretende acabar con el barrio de Miami donde viven y trabajan… es lo de menos.

Porque, reconozcámoslo, actores casi amateurs que destacan por sus habilidades como bailarines y su belleza, no porque sean actores en sí, cuerpos esculpidos, diálogos llenos de tópicos, personajes algo planos, historia de amor de andar por casa… Todos sabemos a lo que nos enfrentamos cuando vemos una película como ésta. No engaña a nadie. Es honesta de principio a fin. No sólo desde el principio de la película, sino desde el principio de la saga. Y es más, ¿a quién le importa? Lo que interesa realmente, y creo que cualquiera que haya visto alguna película de la sala coincidirá conmigo, son las coreografías y los bailes, los cuerpos sudorosos para los adolescentes y que al terminar la película sientas que has disfrutado las coreografías. Que sean buenas, espectaculares.

Y de eso la película anda sobrada. Desde el baile inicial en la calle, cada vez que el grupo the Mob se pone en marcha con una nueva locura nos sorprenden creando algo realmente brillante, que llena la pantalla, más allá incluso del baile. Desde la insuperable performance en el museo hasta el baile final, cada escena es aún más compleja que la anterior, como esa cena en un restaurante donde The Mob se presenta con un espectáculo basado en las máscaras venecianas.

Así que no se engañen. Aquí se viene a ver bailar a la gente. Y vaya que si lo hacen bien. Posiblemente sea la mejor película desde la original, aunque el único actor de verdad sea el genial Peter Gallagher. El resto, música, baile y entretenimiento que no llegará a mejor película del año, pero que cumple con lo que ofrece de sobra y que, con poco que te guste el baile, se disfruta desde el primer al último minuto sin aburrir ni un instante.

Jesús Usero.

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Crítica de la película Tengo Ganas de Ti

 

Fiel adaptación de la novela que hará las delicias de quien disfrutó de la primera entrega. Babi y Hache vuelven a la gran pantalla para completar esa gran historia de amor escrita por Federico Moccia con las novelas A 3 Metros sobre el Cielo y Tengo Ganas de Ti, que ya fueron adaptadas en su Italia natal y que ahora, un año y medio después del estreno de la primera adaptación española, regresan para volver a llenar las salas de cine como también lo consiguió 3 Metros sobre el Cielo con más de 10 millones de euros recaudados, cifra a la que aspira, sin duda, Tengo Ganas de Ti. Y en una época en la que el cine español anda de capa caída y el fútbol mantiene al público alejado de las salas, una película como ésta, destinada mayoritariamente al público femenino, puede resucitar la taquilla y dar una alegría a nuestro cine, que buena falta le hace.

Crítica de la película Safe

Safe es una recomendable cita con el cine de acción total. Un Jason Statham en plena forma no defrauda a sus seguidores. Imaginen la película Gloria de John Cassavetes (e intenten olvidar la versión con Charito Stones que dirigió Sidney Lumet, hecho inexplicable), pero cruzada con un cómic de Punishser, el justiciero urbano con la calavera en el pecho de los cómics de la Marvel. De hecho, me atrevería a decir que en algunos momentos Safe es mejor versión de las viñetas de Punisher que cualquiera de las tres películas sobre ese personaje que se han rodado hasta el momento, aunque no se base directamente en el mismo… Dar cera, pulir cera. Esa es la consigna que sigue Jason Statham en su filmografía, y le va de maravilla. Le va de maravilla a él y a sus seguidores, aficionados al cine de acción puro y duro, sin contemplaciones ni componendas, sin “mensajes” ni vainas. Lo que ocurre es que, al contrario de lo que puedan pensar muchos “iluminados gafapastas”, el hecho de que muchos seamos aficionados a pasarlo bien el cine y a hacer algo tan sencillos como evadirnos viendo películas de acción no significa que nos tengamos que tragar cualquier cosa con puñetazos, patadas y apretamiento de gatillos que nos pongan delante del hocico. Queremos acción de calidad, bien escrita, bien construida. Nos gustan las tramas de intriga coherentes, sin agujeros en el guión, sin repeticiones tontas, sin rolletes eróticofestivos metidos con calzador. Y por supuesto no nos gusta la acción por la acción, porque además eso es aburrido, a menos que pongas de tu parte unos botellines de cerveza para poder echarte unas risas con lo absurdo de algunas situaciones que te escupe la pantalla y acabes viendo Cobra, el brazo fuerte de la ley con la carcajada puesta durante toda la proyección. El arrollador éxito en la taquilla de Los Vengadores ha reivindicado una vez más la pertinencia del cine como entretenimiento y producto de ocio y evasión, poniendo otra vez las cosas en su sitio y demostrando que lo que lleva a la gente a las salas no es simplemente una película con mucho dinero dentro, sino una película con mucho dinero dentro bien parida. El público de hoy no es tonto, aunque algunos críticos se empeñen en tratarlo como tal. Muchos, la mayoría, van (vamos) al cine la mayor parte de las veces esencialmente a evadirnos y no a angustiarnos. No queremos encontrar el sentido de la vida o repasarnos los conceptos del amigo Kierkegaard mientras vemos la película. Y sospecho que nos importa poco que luego haya por ahí sueltos algunos fundamentalistas de la intelectualidad partidarios de disciplinarnos a todos como a niños díscolos como si se hubieran formado para ejercer la crítica cinematográfica bajo las consignas del fallecido líder cinéfilo norcoreano Kim Jong Il. Así las cosas me parece un momento excelente para disfrutar de la última propuesta que nos hace ese repartidor de tortas y evasión cinematográfica que es Jason Statham, al que por dedicarse esencialmente a protagonizar películas de acción tantos sobrados de la crítica ningunean y miran por encima del hombro, olvidando que el hombre se dedica a lo suyo, no pretende recitar a Shakespeare (como si hiciera Arnold Schwarzegenner en sus tiempos, en El último gran héroe, parodiándose, o mejor dicho, parodiando su propia imagen cinematográfica y los palos que le metían los críticos a su trabajo ante las cámaras). En Safe, Statham no se autoparodia, simplemente se limita a hacer su trabajo. Un gran trabajo. Un trabajo del mismo tipo del que realizaba John Wayne cuando aparecía con su sombrero, su revólver, su rifle y su caballo en cualquier película del oeste. O como el que hacía Jean-Paul Belmondo, que después de ser estrella de la Nouvelle Vague con Godard se pasó al bando de los maestros del entretenimiento y la evasión, convirtiéndose en una de las grandes estrellas del acción del cine europeo. Statham demuestra en Safe lo mismo que ya había demostrado en otras de sus películas recientes, que está hecho de la pasta de un Charles Bronson o un Belmondo para replanteado para el cine de nuestros días. Vale, no es un Lee Marvin o un Jack Palance, no es un Robert Mitchum o un Steve McQueen, pero en su propia liga es imbatible, y con todos mis respetos para los seguidores de Bruce Willis, me cae más simpático que el de la Jungla de Cristal. Ya está, ya lo he dicho. Ahora pueden empezar a disparar sus tomates, que los esquivaré intentando moverme como Neo delante de las balas en Matrix, aunque con la tripa cervecera lo voy a tener un poco fastidiado. Se hará lo que se pueda. Volviendo a Safe, el primer acierto es dividir el protagonismo de la trama en dos personajes, comenzando la historia con la niña perseguida, lo que propicia un planteamiento argumental más interesante, ya que será la niña, y no el personaje de Statham, el que nos meta en esa fábula de guerra de bandas. Además han tenido mucho cuidado de no caer en más tópicos de los estrictamente necesarios, y te tragas, cuela, es verosímil y no chirría, la relación que se establece entre la niña y su protector, al menos durante la mayor parte de la película. La reunión y asociación del personaje d de la niña, que conduce la historia en su principio, con el personaje de su protector, Statham, es fluida, coherente, perfectamente asumible sin despertar en principio el escepticismo del espectador. Es una lástima que en un momento determinado del relato, los guionistas hayan decidido darle al protagonista una nueva identidad, montando una trama sobre su pasado que nos resulta menos creíble que todo lo anterior y nos saca de la película. Un error tolerable por lo bien que funciona el asunto como espectáculo de acción hasta ese momento. Creo que en la parte final del guión les han faltado agallas para tirar la historia por el camino que habían emprendido en principio, con todas las consecuencias. No era necesario explicar “más” el personaje de Luke, ni buscar esa especie de giro o sorpresa innecesaria en el relato, que me suena a virguería inspirada por las estrategias y libros de guión escritos desde las escuelas, más que desde el día a día de la narración cinematográfica. Eso de que hay que justificar todo, cuando de partida te están poniendo delante de las narices a un pavo que con las manos desnudas se lleva por delante a tres o cuatro tíos armados y con pinta de armario de dos puertas. La suspensión de la credibilidad y la complicidad del público era ya total en la primera parte del relato, no era necesario adornar la fábula para explicar nada. De hecho, el personaje de Statham deja de ser creíble precisamente cuando se empeñan en “explicárnoslo” y justificar su capacidad de supervivencia y su habilidad para dar cera y pulir cera. Afortunadamente, al final lo arreglan con dos detalles: el asalto al casino estilo Grupo salvaje y el desenlace del combate final entre protagonista antagonista, presentado de manera muy astuta como una especie de eco de planificación y planteamiento visual del cine de acción ochentero más ramplón, en plan duelo singular… pero solventado con astucia y sorpresa que además estrecha el vínculo entre el personaje de la niña y su protector. Después de eso: ¡quiero ver la secuela! Me gustaría ver cómo se desenvuelven estos dos personajes en el futuro que les espera.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Battleship

Battleship es como un tráiler de hazañas bélicas de dos horas y pico con arrollador despliegue visual estilo Transformers.

Somos muchos los que nos preguntábamos cómo demonios iban a poder organizar algún argumento en torno al juego de los barquitos que practicábamos con desigual fortuna siendo chavales, armados únicamente con un lápiz y una hoja cuadriculada, generalmente en el momento más soporífero de la clase de matemáticas (seamos sinceros: ¡que levante la mano el que haya tenido un profe de matemáticas que le hiciera amar esa interesante asignatura y le damos un pin al más suertudo del planeta!). Luego, claro, suspendíamos las matemáticas. Mi asignatura más odiada. Así me va en lo económico… Pero esa es otra historia. Volviendo a Battleship y el juego de los barquitos, si todo se hubiera quedado en un papel cuadriculado y un lápiz y los barquitos repartidos estratégicamente, la cosa no habría dado para una película. Pero si incorporamos a la fórmula a la firma juguetera Hasbro la cosa cambia. Porque Hasbro parece empeñada en aprovechar la ocasión y sus líneas de juguetes para abrirse paso en la industria del cine y ponerse tras la pista de la editorial Marvel y su explotación de sus personajes de cómic. El desembarco de la juguetera en la pantalla grande tuvo sus dos primeras cabezas de playa con Transformers y G.I. Joe, y ahora hasta su versión del juego de los barquitos de toda la vida, que en las tiendas de juguetes españolas creo recordar que se bautizó como Hundir la flota, o algo por el estilo, es su tercera andanada de juguete transformado en ficción cinematográfica.

Así que sí: se puede escribir un guión para una película sobre el juego de los barquitos, y el resultado es Battleship, una película larga que pasa de las dos horas y que a pesar de algunos momentos ciertamente chirriantes, se me ha hecho más corta de lo previsto. Incluso me ha convencido más que las dos primeras entregas de Transformers. Quizá porque aquí no hay robots gigantes transformándose en camiones y furgonetas varias (¿había un robot transformado en carricoche de helados en alguna o lo he imaginado en mis pesadillas sobre el particular?). O quizá porque tiene muchos elementos de la ciencia ficción militarista que me gusta leer de vez en cuando sobre personajes como Miles Vorkosigan, protagonista de las novelas de Lois McMaster Bujold, la heroína de la space opera Honor Harrington, de las novelas de David Weber, el capitán John Black Jack Geary de la saga La flota perdida, de Jack Campbell, o el guardiamarina Seafort de las novelas de David Feintuch… entre otras.

Digo esto para que quede claro que la fórmula de ciencia ficción militarista aplicada al argumento de Battleship no despierta rechazo alguno en quien esto escribe. Antes al contrario: el militarismo aplicado a la ciencia ficción no me molesta en absoluto, de hecho creo que forma parte de una curiosa manera de exorcizar miedos y fantasmas político sociales que aquejan a la sociedad norteamericana de nuestros días, así que me ofrece la oportunidad de ver plasmados en pantalla todas esas cuestiones y de paso entretenerme con algunos momentos de acción. Por otra parte militarismo había, y mucho, en el ciclo de la caballería de John Ford, y no por eso pone nadie en cuestión joyas del cine como Fort Apache, La legión invencible o Misión de audaces. De hecho la última entrega de Star Trek dirigida por J.J. Abrams tenía también algunos elementos de ciencia ficción militarista muy claros que vuelven a aparecer en Battleship, como el protagonismo del joven alocado pero líder nato que encuentra su “camino” y la manera de honrar a su familia ejerciendo como héroe en el seno del ejército, que se convierte en su otra “familia” (el concepto de ejército y familia está en John Ford repetido hasta la saciedad). Que de ese modo el alocado del principio se convierta en un hombre ponderado, equilibrado y respetable me parece más de ciencia ficción que la hipótesis de una invasión extraterrestre, pero eso es otro asunto.

De manera que, insisto, el militarismo de película de reclutamiento más bien descarada, así estilo Top Gun u Oficial y caballero que luce Battleship, ya saben: prota gamberrete y alocado encuentra churri macizorra y se pone el uniforme para conseguirla, no me molesta en exceso, quizá porque siempre me río mucho viendo a Clint Eastwood en El sargento de hierro, no me trago nada de lo que me cuentan este tipo de fórmulas argumentales y para su tranquilidad les aseguro que por muchas películas bélicas de propaganda que haya visto y mucha churri macizorra que me incluyan en la ecuación nunca se me ha pasado por la cabeza apuntarme a la Legión Extranjera o similar. Mi escepticismo me lo impide. No cuela. No me lo trago. Y como afortunadamente a mi familia la tengo en casa, no tengo que ir a buscar sucedáneos en un cuartel.

Dicho todo lo anterior, la verdad es que Battleship tiene momentos muy entretenidos y alguna que otra aportación que me ha divertido mucho, como esas ruedas alienígenas de metal destripadoras de todo lo que pillan a su paso (no me vendrían mal un par de esos bichos para abrirme paso en las procelosas aguas de la vida cotidiana), o esa manera de traducir al cine con los destructores proyectiles extraterrestres la fórmula de letra y número -D4… tocado… D5, D6,D7… ¡hundido!- que tanto nos divertían siendo chavales (lo confieso: me encantaba el juego de los barquitos, aunque pase de lo militarista olímpicamente).

Lo que no aguanto de la película, quizá porque no soy norteamericano, sino español, por la gracia de Dios, es ese descaro en meter la propaganda patriótica en el argumento poniendo en riesgo la propia credibilidad de la historia, algo que nunca hizo John Ford, algo que Clint Eastwood supo revestir de autoparodia y sentido del humor en El sargento de hierro, algo que en las novelas de ciencia ficción militarista más logradas suele estar convenientemente revestido de una tajante profilaxis en lo que a identificación de los personajes con un país concreto real y actual se refiere. Porque, miren ustedes, héroes con y sin uniforme los hay en todas partes y debajo de cada bandera que ondee al viento, tenga barras y estrellas o colores en rojo y gualda, como la bandera española, por poner un ejemplo. Pero ese panfleto de resurrección del acorazado USS Missouri y sus veteranos, derrapando entre las olas como la motocicleta del Motorista Fantasma para salvar el mundo a los acordes de una banda sonora en la que brillan, como no podía ser menos, las aportaciones de AC/DC, se me ha hecho particularmente difícil de tragar. Igual si fuera norteamericano lo vería de otro modo, pero ya digo: soy español, por la gracia de Dios. Y no cuela el alarde patriotero y la entrega de medallas a los veteranos. Así que vale: es entretenido ver cómo los alienígenas vuelven a invadir otra vez el planeta y los norteamericanos salvan por enésima vez el mundo, pero el guión es demasiado obvio como producto de reclutamiento y el desarrollo de personajes es mínimo, esquemático. Eso por no hablar de que podrían haber sacado mayor y mejor partido a los invasores propiamente dichos, en lugar de encelarse tanto con el despliegue visual dedicado a sus máquinas –imagino que lo han hecho movidos por la necesidad de replicar la fórmula de la saga Transformers que tanta pasta ha dejado en la taquilla-, además de no aprovechar la presencia de Liam Neeson en el reparto. Battleship es como un largo tráiler de dos horas y pico, trepidante, visualmente entretenido, brillante en sus efectos visuales, pero que no llega a cobrar entidad sólida como película, desplegándose sólo como un espectáculo de acción continua. Eso sí: aviso que hay una secuencia final después de unos largos títulos de crédito.  


Miguel Juan Payán

 

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Crítica de la película Grupo 7.

No es sólo buena. Es muy buena. Una película policíaca redonda, con todos los elementos del género. No lo duden: hay que verla. Retrocedemos a finales de los ochenta en una Sevilla que se prepara para celebrar la Exposición Universal a principios de los noventa y nos encontramos con una película policíaca ejemplar capaz de demostrar que se puede hacer cine de género sin perder las características del cine de autor, con escenas de acción trepidantes como la persecución por los tejados que se marca Mario Casas al principio de la película, y con interpretaciones tan contenidas y sobresalientes como la del co-protagonista, Antonio de la Torre. Con historias de policías corruptos o a medio corromper, que nos creemos más que las de sus tópicos equivalentes norteamericanos porque en el fondo son gente más cercana, y no me refiero sólo al idioma, sino a su manera de bromear, quedar para tomar cañas en un bar, pasar el domingo con la familia o apañarse la vida entre redada y redada de camellos en una calles ejemplarmente tratadas como un protagonista más de la película. Esa conversación entre el poli veterano y el novato, que se repite luego, sobre la foto del niño, “mu bonito”, es parte del alma de una película que además de la trama policial central tiene distintas subtramas bien construidas, capaces de dar vida y verdad a las peripecias de esos cuatro policías enfrentados además a uno de los antagonistas mejor construidos del cine policíaco que hemos visto en los últimos años. Mejor construido y mejor administrado en el guión, porque va creciendo y definiéndose apenas con algunas pinceladas a lo largo de toda la película, hasta aparecer finalmente en una secuencia de ajuste de cuentas que tiene la capacidad para no dejar que la tentación de montar un estallido melodramático exagerado se cargue la credibilidad con la que el director ha venido construyendo su historia y la existencia de sus personajes hasta ese momento.

Esto no es cine norteamericano, amigos, y se nota. Se nota para bien. Se nota en esa trama del policía Rafael poniendo velas a la virgen con el aplomo de un tipo duro del polar francés clásico, de esos que hablan poco con la boca y mucho con los ojos y con los gestos, pero sin perder su identidad española, más aún, su identidad sevillana. Se nota en ese trepa con buenas intenciones, pero no por ello menos trepa (una especie muy española, todos para nuestra desgracia conocemos alguno) que interpreta Mario Casas, un actor que por encima de ser un icono mediático en clave de sex-symbol demuestra aquí que puede echarse a la espalda un papel protagonista tranquilamente sin descomponer el gesto y ganándose a la cámara y al espectador sin despeinarse. Se nota en esos tres papeles femeninos, breves pero fundamentales, Elena (Inma Cuesta), Lucía (Lucía Guerrero) y Marisa (Diana Lázaro), que abren otro paisaje de la trama principal. O en esos dos segundos protagonistas, no secundarios, porque tienen su propio peso en el relato, Mateo (Joaquín Núñez) y Miguel (José Manuel Poga), y en ese chota, chivato o confite que le pasa información al policía, encarnado por Julián Villagrán, al que no hace mucho le hemos visto construyendo otro papel completamente distinto en Extraterrestre de Nacho Vigalondo, y que si me permiten la opinión, puede hacer el papel que le dé la gana, porque va a clavarlo fijo. En esos actores es en lo que se basa la calidad de una película que además visualmente está bien servida de talento por un director que consigue captar no sólo en las localizaciones, sino en la forma de presentar su historia, una especie de alma del cine policíaco de los ochenta, el buen cine policíaco de los ochenta quiero decir, hasta el punto de que con esos planos para situarnos cronológicamente y con la música que los acompaña, me recordó o puso tras la pista de una de las mejores películas del género que produjo la década de los 80: Vivir y morir en Los Ángeles, dirigida por William Friedkin en 1985. De manera que Grupo 7 es un buen ejercicio de cine de autor desde las claves del género, o un buen ejercicio del cine de género desde las claves de autor. Tanto da. Elijan ustedes lo que más les guste, pero tengan claro que es una de las mejores películas españolas que vamos a ver este año. Y una de las mejores películas policíacas, españolas o no, que he visto en mucho tiempo. Bien construida, con personajes interesantes, con un reparto que borda su trabajo. Y narrada con pulso firme y con habilidad para meter calidad entre las imprescindibles claves del género que aborda. En mi opinión, este es el tipo de cine español que hay que apoyar en la taquilla, porque sin ceder terreno en hacer una propuesta de calidad, busca entretener a la mayoría, hacer que salgan ustedes del cine con la impresión de haber recibido aquello por lo que pagaron: evasión. Creo que en estos tiempos de crisis que vivimos, el cine de género abordado con la calidad y el talento que exhibe Grupo 7 es la mejor forma para mantener la industria en marcha. Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Contraband

Contrabando es una buena propuesta de cine policíaco con intriga creciente y elementos del cine de aventuras. Versión norteamericana de la coproducción europea Reykjavic Rotterdam, dirigido por el protagonista de aquélla, Baltasar Kormákur, Contrabando juega muy bien sus cartas para convertirse en una propuesta de cine policíaco con personalidad propia construida sobre su curioso argumento que acaba dando lugar a una de las propuestas de cine policíaco más interesante que he visto en los últimos años. Empieza como una trama más o menos convencional que les voy a resumir en lenguaje sencillo. En esencia: chico malo (Wahlberg en uno de sus papeles hechos a medida, como un traje, tipo Cinco hermanos), que se salió del mundo criminal y ahora es autónomo y está casado con un pibón (Kate Beckinsale, no hace falta decir más, señores), fue ladrón y se ha pasado a instalar sistemas de seguridad (eso suena bonito, pero es como poner a la zorra a cuidar gallinas). Pero el gilipuertas de su cuñado, un niñato que tiene dos buenos guantazos aplicados con la mano llena desde el principio de la película, se mete en una movida de contrabando de drogas y le obliga a volver al mundo criminal para salvarle el culo de un tipo muy chungo, interpretado por Giovanni Ribisi a medio camino entre una versión gótico-siniestra (como dirían en La chispa de la vida) del capitán Jack Sparrow de Johnny Depp y una traca valenciana. Ribisi es bueno, pero aquí está ligeramente pasado de vueltas y tan caricaturesco que acaba por hacer que la interpretación del otro destacado secundario del reparto, Ben Foster, nos recuerde el estilo contenido de Ryan Gosling en Drive, no digo más.

Así las cosas, nuestro protagonista, hombre con pelotas e ingenio, se nos presenta casi como una criatura que parece salida de las novelas de Elmore Leonard, un héroe que no quiere serlo pero que como se ponga a la tarea les va a dar sopas con ondas a todo el resto de pringados que hay metidos en el lío. Incluido el macarra de Ribisi, que también tiene, como el personaje de Sebastián interpretado por Foster, mucho en común con los personajes de antihéroes y villanos que componen la fauna criminal de las novelas de Elmore Leonard. Un ejemplo: la escena de paliza Wahlberg-Ribisi, con la niña mirando. Otro ejemplo: los problemas con el alcohol de Sebastian/Foster. En ambos casos, una muy astuta y talentosa manera de darle trasfondo a las vidas de esos personajes “secundarios”, construyendo más solidez y verosimilitud para la historia en general. Y con la máxima economía de planos, diálogo y metraje.

La construcción de personajes y la forma de tratarlos visualmente, alternando esos planos cercanos e incluso muy cercanos de los rostros, se asocia con una narración de las secuencias de acción creíble y trepidante para meternos de cabeza dentro del relato. En ese sentido, ojo al trabajo de iluminación sobre Kate Beckinsale, que rompe totalmente la imagen de heroína de fantasía que se ha ido construyendo sobre ella en la saga Underworld y le devuelve claves de actriz y belleza que no tienen nada que ver con ese estereotipo, sin hacer que deje de ser una de las mujeres más atractivas que se asoman al cine actual.

Hasta ahí la cosa les habría quedado como un aseado relato criminal, más o menos convencional en algunos momentos y personajes, algo previsible, pero visualmente bien servido y competente como entretenimiento. Pero llegados al punto en el que la fábula va camino de estancarse en el más de lo mismo, se produce un giro en la historia, nos subimos a un barco con el protagonista y sus socios, entre ellos Lukas Haas, que tiene papel breve pero significativo, y el argumento se aproxima más a un relato de aventuras, con viaje incluido, en el que se instala la acción, la intriga y lo novedoso con una fluidez que hacen crecer el relato en el momento preciso, para convertirlo, como he dicho antes, en una de las propuestas más interesantes que vamos a ver este año de cine policíaco con elementos de aventuras e intriga creciente que nos garantiza evasión y tensión creciente durante el resto del metraje. Incluye esa fase más aventurera una peripecia con atraco y tiroteo muy competente situada en el lugar idóneo para abrir paso a la fase final en la que el guión acumula acciones en paralelo acelerando los acontecimientos con Kate Beckinsale ganando protagonismo en el slalom final y haciendo crecer el personaje de Sebastian.

No es magia del cine, sino buena ingeniería de guión servida por un grupo de actores muy competentes. Ribisi no interpreta así de caricaturesco por su gusto. Es que le han marcado esa pauta a su personaje, precisamente para que contribuya al mejor funcionamiento de la evolución del personaje de Ben Foster, edificando una trama secundaria de relación entre ambos muy curiosa que refuerza la aventura central de Mark Wahlberg, proporcionando al espectador una subtrama complementaria a la que más tarde se unirá la del calvario que habrá de sufrir Kate Beckinsale en la parte final del relato. Si esto se hubiera quedado sólo en la peripecia de Wahlberg y la aventura en barco, el resultado sería mucho más limitado en eficacia, pero esa eficacia se multiplica cuando al final tenemos tres tramas en el aire que se complementan a la perfección y permiten hacer esa construcción narrativa de acciones en paralelo que dan lugar a una intriga creciente.

Se le podría reprochar un final excesivamente optimista para mi gusto que se corresponde más con el género de aventuras mezcladas con elementos policiales tipo Ocean´s Eleven, que con el cine negro de criminales vertiente crook story, pero se lo perdono porque me ha proporcionado una hora y media de evasión bien construida y novedosa, o por lo menos diferente a lo que nos tiene acostumbrados el cine norteamericano de acción. Así que no dudo en recomendarla con esas cuatro estrellas que le he puesto más arriba.

Miguel Juan Payán

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