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Crítica de la película Nowhere Boy

Otra película que llega a España con un considerable retraso, lo cual se está convirtiendo en una triste costumbre cada vez más habitual, no sé si debido a la dichosa crisis o a que el mercado cinematográfico español es cada día menos rentable para las compañías que se ven obligadas a abandonar películas o a estrenarlas con años de retraso. Nowhere Boy vio la luz en diciembre de 2009 en las carteleras británicas y ya se las vio y se las deseó para ser estrenada en USA casi un año después. En nuestro país aparece con año y medio de retraso.

Y sí, es una película pequeña, de corte independiente, casi, aunque con un considerable reparto y un tema que podría interesar a bastante gente, el de la vida adolescente de uno de los músicos más importantes del siglo XX y quizá de la historia de la música. Hablamos del desaparecido John Lennon, miembro de los Beatles, como todo el mundo sabe, y que aquí nos muestra su cara menos conocida, más juvenil, sus primeros años en la música desde que tenía 15 años hasta que se muda a Hamburgo con el grupo. Su juventud en Liverpool en una etapa que abarca de 1955 a 1960.

Siempre me ha gustado la música de Los Beatles, así que de partida la película tiene para cualquiera que sea como yo, aficionado al grupo, el interés por conocer y descubrir la juventud, en clave de ficción, claro está, esto no es un documental, de una de las leyendas de la música, sus años de instituto, su primer grupo, sus relaciones y su universo en la ciudad británica, marcado desde joven por la tragedia. Y la verdad es que la película permanece bastante fiel a lo que las biografías de Lennon nos cuentan sobre esos años, incluyendo su relación con su madre y su madre adoptiva, ambas hermanas muy dispares entre sí y brillantemente interpretadas por Kristin Scott Thomas, su tía Mimi, y Anne Marie Duff su madre biológica.

De hecho la película hace girar la mayor parte del drama en esas relaciones de dos madres, dos mujeres de fuerte personalidad pero muy dispar carácter, que influirán notablemente en su vida y entre las que surge una rivalidad maternal por Lennon. Ese choque de titanes con el músico en medio, es el motor de la película, lo que le da la fuerza dramática y lo que hace a Lennon crecer y madurar como persona y como músico. Desde la austera y severa tía Mimi a Julia, mucho más liberal y alocada, con otra familia ya a sus espaldas y muchos secretos en la cartera. Con revelaciones que harán tambalearse los cimientos del joven músico.

Un buen drama se aposenta en un buen conflicto, y quizá ese sea el problema de la película. Los actores están sensacionales, pero el conflicto es menor porque se ve y se entiende que Lennon es querido por ambas mujeres, que intentan marcar su personalidad y su vida futura. No es que no se preocupen por él, sino que a veces no saben encontrarle el lugar perfecto en sus vidas. No hay tanto conflicto aunque la película se esfuerce enormemente en mostrarlo. A veces ese exceso de llevar al drama lo que no es drama le sienta mal a una buena y sólida cinta, por eso mismo, por excesivo, por forzar la situación haciéndola inverosímil.

La labor del director debutante Sam Taylor Wood, fotógrafo y artista, es de lo más interesante por su clasicismo formal, no exento de unas pinceladas de artista que le confieren mucha personalidad al conjunto. El tipo, pese a ser director novel, sabe perfectamente componer y narrar su historia de forma clásica, sin estridencias ni salidas de tono, pero añadiendo ciertas pinceladas de autor muy coherentes con su estilo y con el universo en el que se centra la película. La escena de Lennon tocando el banjo o el atropello en mitad de la calle, con el cuerpo quedando tendido y el plano como si fuese una fotografía… son buenos ejemplos de un trabajo de lo más interesante y que hace la película visualmente mucho más interesante al espectador. Como el flashback sobre lo sucedido en el pasado realmente con el padre de Lennon, la gran figura ausente de la película.

Además el director es suficientemente inteligente para dejarse guiar por el trabajo de sus actores, para que ellos sean realmente la guía de la película. Si antes mencionábamos el trabajo de las dos actrices principales, que es magistral (sobre todo la contención y sutileza de Scott Thomas, simplemente brillante), no menos lo es la de Aaron Johson, el protagonista de Kick Ass, en la piel de John Lennon, haciendo de él un joven cercano, rebelde, algo payaso, líder nato… humano. Convierte a la leyenda en un adolescente normal y corriente. Que encima interpreta sus canciones y pueden encontrarse en la banda sonora de la película como los Nowhere Boys, junto a Thomas Brodie-Sangster, el actor que hace de McCartney y que fue niño prodigio en Love Actually.

Y el resto es historia. Tenemos de todo. Desde el primer encuentro entre Lennon y McCartney o George Harrison, al desarrollo de su amistad, sus primeras clases de música (la escena de la armónica presenta al personaje perfectamente, pero el momento entre Paul y John ensayando con el primero enseñando al segundo… a los fans les encantará). Incluso la película explica, mediante un chiste recurrente, el uso de Lennon de sus míticas gafas. Y pese a la dureza de algunas situaciones y momentos duros, y las licencias artísticas, siempre lo hace con cariño hacia los personajes. Con ternura. Quizá demasiada.

Tenemos aquí una buena muestra de lo que un biopic menos habitual, por ser británico, nos puede llegar a dar. Una buena cinta, quizá demasiado enfocada a los fans, pero disfrutable por todo tipo de público, una historia de juventud, mucho antes de la leyenda, y sin caer en lugares habituales como el abuso de drogas o la caída en picado al infierno. Eso quizá vendrá después. La película se centra en otra historia. Algo blanda al final y demasiado tierna, pero muy disfrutable por los fans del grupo, con unos actores en estado de gracia y un prometedor director.

Si alguien empieza a oír el “Please Please Me” es lo normal con esta película…

Jesús Usero

Crítica de la película El Castor

Hace no mucho tiempo la alianza en un mismo proyecto de Jodie Foster como actriz y directora y Mel Gibson como protagonista habría sido un plato muy apetecible para la mayoría del público. Mañana viernes El Castor ofrece la posibilidad de asistir a ese reencuentro, que es principalmente otra muestra del talento de Foster como directora y de la notable capacidad de Gibson como actor. Pocos actores del Hollywood actual podrían sostener este tipo de personaje deprimido y convertirlo en algo tan interesante y diferente a lo que el actor nos tiene acostumbrados. Y pocos directores/as sabrían sacar tan buen provecho del talento de su protagonista rodando además una película que se aleja de los clichés del melodrama para internarse en el drama más sólido a la vez que insólito que podemos contemplar ahora mismo en la cartelera.

Foster no hace concesiones a la galería y cuenta una historia que clava en la pantalla las características esenciales de uno de esos males de nuestro tiempo no siempre suficientemente tenido en cuenta por la mayoría. Lo que nos ofrece El Castor es un intenso viaje por la depresión y sus consecuencias. Pero no se asusten. Parte del talento de la directora consiste en hacer lo mismo que hizo en sus películas anteriores como tal, las igualmente recomendables El pequeño Tate y A casa por vacaciones, esto es: pillar un tipo de historia que en otras manos podría convertirse en el tópico melodrama o comedia disparatada y hacer de ella una historia sólida, entretenida pero que se toma en serio a sí misma y a sus personajes.

Imaginen lo que podría haber salido con otro director al frente del proyecto de esta historia en la que un empresario de juguetes víctima de la depresión que ha perdido a su familia se inventa su propia terapia a base de interactuar con el prójimo y relacionarse con el resto del mundo a través de un castor de peluche. Podría haber sido una comedia absurda, difícilmente digerible o totalmente disparatada, pero Foster sabe mantener el pulso de la historia, y lo que nos ofrece en la primera  parte de su relato, que personalmente me recordó en esos primeros treinta minutos algo así como una visión de pesadilla de la comedia El invisible Harvey (Henry Koster, 1950), en la que James Stewart se paseaba por el mundo afirmando que tenía como amigo a un conejo gigante al que sólo podía ver él.

Pero la película no se queda ahí. Foster acierta a enriquecerla más allá de la anécdota que le sirve como punto de arranque imponiendo con una aparente facilidad que oculta una estructura dramática mucho más compleja el protagonismo coral en su película. Desde el principio Foster acierta a dejarle muy claro al espectador cuál va a ser ese camino: arranca con la imagen de Gibson flotando en la piscina, pero rápidamente nos introduce en la vida de ese personaje, su depresión, y en cómo esa depresión afecta al resto de los miembros de su familia, que nos son presentados en un breve prólogo a la trama en su característica más significativa y con una economía narrativa ejemplar. Eso le permite a Foster manejar luego esa misma estructura para conseguir que la película no se convierta en un monólogo de estrella de Gibson, sino en un relato donde además acierta a darle a Anton Yelchin un papel realmente interesante que nos descubre otra faceta de ese actor al que el público general puede identificar más recientemente en trepidantes peripecias como las últimas entregas de Star Trek y Terminator. Yelchin es la representación de los jóvenes en este relato donde con apenas un par de escenas Foster establece la posibilidad de que los hijos no sólo hereden las enfermedades, sino de algún modo también los errores de los padres. Su propia peripecia abre otra ventana a la historia, contribuyendo así a hacerla más amena y acercarla al público más joven, sin entender por jóvenes las representaciones tirando a descerebradas o utópicamente románticas que suelen enchufarnos en el cine americano más reciente y que, francamente, nos parecen auténticas marcianadas alejadas de la más inmediata realidad.

Sin hacer de ello un panfleto o un caballo de batalla o denuncia, lo que habría sido cansinamente pedante, Foster procura apartarse de los tópicos y las imágenes idealizadas que siempre nos ha servido el cine estadounidense con la misma elegancia que aplicó a sus trabajos anteriores tras las cámaras, y viniendo como viene de la profesión de actriz, sabe cómo darle a cada uno de sus actores oportunidad de lucirse sin caer en el exceso, dosificándose, sin apartarse de la más realista representación de sus personajes, que es la mejor manera de mantener cerca de la historia al espectador.

Es por eso que la película gana bastante si se ve en versión original, no por esnobismo cultureta, sino simplemente porque el trabajo de Gibson jugando a ser ventrílocuo con el castor de peluche se pierde totalmente en el doblaje.

Hay además una escena en particular que puede ayudar a dejar más claro por qué creo que Foster es una gran directora, una de esas realizadoras de las que interesa ver todo lo que estrene tras las cámaras porque ofrece muchas posibilidades de ver buen cine. Me refiero al momento de padre e hijo en el hospital, en el que se produce un curioso ejercicio que nos dice mucho de cómo se puede manejar el cine conseguir momentos casi mágicos, como pretendía Orson Welles. Gibson está sentado, Yelchin se acerca, ambos hablan, y la cámara se va retirando hasta mostrarnos a Foster de espaldas en la puerta: es en ese momento tanto la Foster/personaje/madre como la Foster/directora la que contempla a ambos, y decide retirarse elegantemente para dejar a esos personajes sumidos en su privacidad, lo que es toda una declaración de principios de cómo ha decidido manejar toda la película. Renuncia a convertir a sus personajes en meras marionetas para crear emociones en el espectador por el camino fácil del melodrama y la sobreexposición, la sobreactuación, la hipérbole de las emociones. Impone un respeto en la mirada sobre los mismos incluso en la manera de planificar y trabajar con la cámara. Ese plano es por tanto un resumen no sólo del tema esencial que aborda la película, sino de cómo Foster ha elegido abordar narrativa y estéticamente su película: discretamente, sin falsos alardes, ni parafernalia de abalorios emocionales, sin histrionismo.

Es por todo eso que también creo que El Castor, que es una película con buen ritmo, entretenida de ver pero con contenido, debería ganarse un puesto en la taquilla, al menos para quienes pensamos que el cine tiene que ser algo más que superhéroes salvándonos el culo en cada nueva entrega de sus aventuras, no porque esas otras películas no me entretengan, al contrario: simplemente porque me gusta la variedad frente a la monotonía, y estoy convencido de que el respeto a los personajes es la mejor manera de respetar al espectador.

Y me gusta que me respeten como espectador, cosa que El Castor hace sobradamente.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Piratas del Caribe, en mareas misteriosas

El estreno de la última entrega de la saga Piratas del Caribe me recuerda, en cierta y simpática medida, a un Madrid-Barça de los que se han vivido últimamente. Deja de ser fútbol para convertirse en algo más, en un evento. Ahora tenemos la cuarta película con Johnny Depp a la cabeza del reparto y ha dejado de ser película para convertirse en un evento cinematográfico, uno de los más importantes del año y uno al que pocos faltarán.

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Es una de las películas más esperadas, y es normal. No son pocos los motivos, la verdad. Piratas del Caribe es la saga que convirtió a Depp en la estrella que hoy conocemos, cuando antes era un actor de prestigio que los estudios consideraban veneno para la taquilla. Además trajo de vuelta el género de piratas que tantos quebraderos de cabeza daba a Hollywood y que solía significar símbolo de fiasco. Sin olvidarnos de que se trata del regreso de uno de los iconos más importantes del cine del nuevo milenio, el capitán Jack Sparrow. Y encima la presencia de Penélope Cruz, (sin olvidarnos de Óscar Jaenada, que aparece aquí justo mientras se emite la serie Piratas, que él protagoniza). Motivos para el evento, los que quieran. Motivos para aplaudir la película por sí misma… analicémosla de cerca.

Porque, seamos sinceros, del mismo modo que la saga fue un rotundo éxito, la segunda y tercera entregas dejaron a los espectadores con un sabor de boca agridulce, muy por debajo de las sensaciones que produjo la primera película. Muy por debajo de las expectativas del público. Quizá eso suponga un lastre para la nueva película, pero lo que está claro es que se han puesto las pilas intentando devolver la película a lo que era en un principio, al origen, al planteamiento inicial con Jack Sparrow como líder indiscutible. Aventuras mezcladas con el rollito sobrenatural y unas pinceladas de humor. Una aventura única que no se detiene para casi nada de principio a fin. Divertida, emocionante, simpática y sin pretensiones. Puede perfectamente ser el renacer de la saga. Si siguen su propio camino.

Otra cosa es que vuelvan al modo ladrillero de las otras películas y la gente acabe más que harta de dar vueltas sin que nada suceda. Aquí por lo menos siempre parece estar pasando algo en pantalla. Y eso sólo, ya hace la mitad de la película.

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Una película que, por otro lado, se abre con un inicio que nos mete de lleno en el humor y la aventura, que nos recuerda plenamente lo mejor de la saga y los mejores momentos del personaje central. Deja de ser el cobarde torpe y algo payaso, para volver a ser el capitán Jack Sparrow que añorábamos. Con sus peculiaridades pero también con su talento. No os perdáis la fuga, tremenda, que le lleva del rey a las calles de Londres.

Esa apertura que nos trae hasta el personaje de Penélope Cruz y que nos mete de lleno en la película, es el mejor acierto de la misma y la mejor forma de recuperar el favor del público. Tanto los guionistas habituales de la saga, como el director nuevo en la misma Rob Marshall, que sustituye al habitual Gore Verbinski, saben lo que se hacen para que la gente recupere la ilusión desde el primer minuto. Un primer minuto en el que aparece Cádiz, el rey de España y dos marineros. Y se agradece que la producción haya contado en gran medida con actores españoles de verdad.

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Algo que a Cruz le viene que ni pintado porque puede hablar con su acento sin necesidad de enmascararlo, y soltar varios improperios en perfecto castellano por el camino (algo que sólo se disfrutará en la versión original). Quizá su química con Depp no sea lo mejor de la película, pero no cabe duda que la actriz se lo pasó pipa interpretando a su personaje, aunque en muchas escenas de acción y en planos generales fuese doblada por su hermana, debido a su embarazo.

Hay un par de momentos de la cinta, sobre todo tras el motín y hasta la llegada de las sirenas, en los que pierde un poco el norte, pese a la brillante presentación y presencia del pirata Barbanegra y con el gran Ian McShane. Es como si el viaje tuviese que alargarse, y no llega a funcionar del todo. Se ralentiza. Pero entonces hacen acto de presencia las sirenas y todo vuelve a su sitio.

La imponente presencia de Astrid Bergés-Frisbey, la actriz franco-española que da vida a la principal sirena, ayuda a superar una historia de amor algo ñoña e inconclusa con Sam Claflin (lo más flojo de las nuevas incorporaciones), que no intenta emular la de Keira Knightley y Orlando Bloom en la primera película, sino buscar su propio camino, algo que logra a medias. La película se preocupa más, lógicamente, por el dúo Cruz-Depp. Sin dejar de lado al gran Geoffrey Rush y su nueva apariencia.

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Si algo le podemos achacar realmente a la cuarta película es, además de que el 3D sobra y no era necesario, que parece como si hubiesen ahorrado dinero con ella. No hay batallas navales, hay bastante rodaje en interior y hasta escenas espectaculares como la mencionada de las sirenas, saben a poco. Saben a recortes en el presupuesto, algo que los responsables de Disney ya avisaban, que querían que la película fuese más pequeña que las últimas, dentro de su gran presupuesto. Por ejemplo, el ejército español y Jaenada están muy desaprovechados, y hay una lucha en el mar que deseamos haber visto de cerca y no al fondo del plano.

Lo que está claro es que Piratas del Caribe, en Mareas Misteriosas, recupera lo mejor de la saga para hacernos recordar lo que fue La Maldición de la Perla Negra, añade un par de magníficos secundarios a la serie y nos lleva a un paraje de ensueño y lleno de peligros para buscar la fuente de la vida en compañía de Jack Sparrow.

Y más no se puede pedir.

Jesús Usero

 

 

Crítica de la película Arthur y la guerra de los mundos

Aunque muchos traten de exponer su cine como una muestra de la filmografía gala, siempre he visto a Luc Besson más como un director de cine con una sensibilidad más cercana a las películas americanas, tanto en su contenido como por las claves narrativas que atesora. Sin duda con gotas francesas, claro, pero mayoritariamente decantado por el cine como espectáculo, el cine de palomitas yankee que llena las salas de cine. Hasta en su deseo de contratar estrellas internacionales o de rodar muchas de sus películas en inglés, se nota ese apego por el cine americano.

Es más, si analizamos sus guiones y producciones, como la saga Transporter o Venganza entre muchas otras (es un tipo muy muy prolífico, la verdad), nos seguimos encontrando esas claves. Quizá su mayor diferencia con el cine de acción yankee actual es que no tiene tantos remilgos a la hora de plantear la violencia en pantalla, mientras que los americanos cada vez hacen sus productos más y más light (¿he oído La Jungla 4.0 por ahí?). Y es cierto que a veces el cine de Besson, como director, guionista o productor, tiene que ser censurado en su llegada a USA.

Hasta películas de aventuras como Adele no pueden ser exhibidas en países anglosajones sin pasar por la censura, pese al tono familiar de la película, debido al topless en la bañera de la protagonista. Es más, Besson da lo mejor de sí, a nivel creativo y a nivel de taquilla, cuando se intenta acercar a los productos americanos que más admira. Cuando se sale de ello y trata de hacer cosas más europeas y/o francesas, el público parece menos interesado y la crítica le cose a palos, como en el caso de la mencionada Adele y el Misterio de la Momia o en películas como Juana de Arco.

La saga de Arthur y los Minimoys es el perfecto ejemplo de lo que decimos. Película rodada en inglés que intenta emular el cine de aventuras para toda la familia americano, en este caso mezclando animación y personajes reales, de un modo, irónicamente, bastante superior a las mezclas que hemos visto en las películas que llegan desde el otro lado del Atlántico, ya sea Hop, El Oso Yogui o Alvin y las Ardillas. Sobre todo porque Besson tiene claro que desea que toda la familia se lo pase bien y disfrute del viaje, no sólo los niños.

Y lo consigue. De hecho, tras tres películas nos encontramos con el hecho de que ésta es la mejor de la franquicia, la más animada y entretenida, donde con los personajes ya presentados y admirados por sus seguidores (que los tiene), se dedica a montar una escena de aventuras tras otra, con un ritmo trepidante, bastante sentido del humor y ganas de emocionar a las familias que acuden a ver la película de la mejor forma posible. Ante todo con continuos homenajes a películas que van desde La Guerra de las Galaxias (la más reconocible de todas) a Indiana Jones, pasando por Los Goonies o Cariño he Encogido a los Niños.

El caso es mezclar la coctelera y meter al espectador en una montaña rusa de continuas aventuras, un no parar de cosas sucediendo en pantalla que no dejan tiempo a uno para que se aburra en el poco más de hora y media de duración de la película. De hecho permite que nos olvidemos de la segunda entrega, que era con diferencia la más aburrida de las tres y no llevaba a ninguna parte. Con la ausencia del factor sorpresa que pudo suponer la primera película de Arthur y los Minimoys. No hay mucho con lo que sorprender argumentalmente en esta entrega, así que la película trata de cerrar todas las tramas por el camino de la acción y lo visualmente interesante o atractivo.

Y lo consigue. Al menos en el mundo de la animación. Quizá el mayor lastre sea el del mundo de los humanos, más decantado hacia el humor absurdo (y poco gracioso), durante gran parte del metraje, y no es hasta el último tramo con el asalto al pueblo por parte del ejército de Maltazard cuando realmente el mundo real toma un cierto interés y las cosas se animan. Algún chiste funciona, como el de la hormiga, pero ver a los guerreros zulúes triscando por la casa o a Maltazard disfrazado o incluso a los padres de Arthur haciendo cosas raras para evitar que los bomberos acaben con una colmena… pues eso, que son las partes más flojas.

El resto, aventuras hasta decir basta. La escena del tren es brillante, lo mismo que la batalla final a lomos de extraños animales. La persecución de burbujas bajo el agua, la llegada a la colmena… son momentos de entretenimiento puro que funcionan a las mil maravillas y que nos llevan a emocionarse con el universo de los Minimoys. Alguna escena, de hecho, se hace corta, aunque parece más por culpa del presupuesto que por falta de ganas. Y poco importa que la animación sea más tosca que las mejores películas americanas del género. La diversión está garantizada. Hasta la guerra de sexos entre la princesa Selenia y Arthur parece funcionar mejor que en otras películas y termina como se supone en estos casos.

Es más, sólo el chiste de Darth Vader y George Lucas, ya merecen la pena el precio de la entrada. Ojo a ese joven periodista clavado a Lucas entrevistando a Vader (recordemos que la película se ambienta en los 50 o 60). Impagable. Si uno tiene que llevar a la familia a ver una película este fin de semana, la verdad es que pocas opciones serán tan entretenidas para todos como esta, aunque no sea una película perfecta ni tampoco quiera serlo. Es lo que es y no engaña. Sin duda la más entretenida de la saga y posiblemente la más divertida. Quizá no la mejor, pero se disfruta mejor que las otras. Y eso es mucho.

Jesús Usero

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Crítica de la película Carta blanca

Los Hermanos Farrelly vuelven a la carga. Hacía tiempo que no sabíamos nada de ellos, pero aquí les tenemos otra vez, intentando reverdecer los laureles de un éxito que una vez fue suyo y que últimamente les elude de forma considerable. Y eso que Carta Blanca fue número 1 de taquilla en USA durante el fin de semana de su estreno. Pero ni con esas. El resultado final en la taquilla ha sido otro fiasco, otra película de la que se esperaba mucho más y que al final no ha sido tan tanto como prometía ser.

También es cierto que los Farrelly vuelven pero sobre todo vuelven en nombre, no tanto como aquel par de directores y guionistas totalmente salvajes y descacharrantes que hacían chistes sobre prácticamente lo que fuese sin importar el mal gusto o lo políticamente correcto, sólo hacer reír al espectador con películas como Algo pasa con Mary o Dos Tontos muy Tontos. Parece ser que el paso de los años ha terminado por irlos domesticando poco a poco y hacer que su cine se vuelva cada vez más común, más para todos los públicos. En ese sentido Carta Blanca era una especie de intento de recuperar su vertiente más salvaje y gamberra.

Claro que, no nos engañemos, tras todas las capas de humor soez y vulgar del cine de los Farrelly, siempre se escondían historias más o menos bienintencionadas y con final feliz en el que lo que realmente importa es el amor, la familia, la historia de “chico se queda con chica”, etc. Algunos de sus chistes son memorables, pero el contenido de sus películas es más bien blandito. Tierno si se quiere.

No cuesta mucho imaginar que Carta Blanca nace a la luz del éxito de Resacón en las Vegas. Es una película que, incluso por temática, cae en las redes de lo políticamente incorrecto, con un grupo de amigos que intentan recuperar el tiempo perdido, la juventud y el ligoteo, las fiestas salvajes, cuando sus mujeres les conceden una semana para hacer lo que deseen sin repercusiones para su matrimonio. El sueño de cualquier hetero sapiens, según los directores. Aunque uno se plantea si estando casado con Christina Applegate realmente se necesita ir a buscar mujeres de mejor ver… No tiene mucho sentido, porque al menos la historia de Owen Wilson está planteada de forma que podamos entender cierta frustración sexual en el matrimonio.

Pero lo que en Resacón en Las vegas se convierte en gamberrismo puro y duro, en un trío de personajes completamente fuera de lugar que montan un pollo de padre y muy señor mío, lleno de secuencias cada una más bestia que la anterior, y donde al ir recordando la noche perdida las cosas se salen aún más de madre, y en la que pese al final feliz, las fotos nos recuerdan que de niños buenos estos tipos no tienen nada, aquí todo es mucho más sencillito, más calmado, más inocente. Tienen momentos gamberros e incluso asquerosos, pero no son Bradley Cooper y compañía. Les falta mala baba.

Es por eso que el guión no termina de funcionar y nos lleva de un lado a otro sin lanzarse nunca del todo a la piscina, sin llegar a rematar la faena ofreciéndonos la cara más salvaje de este grupo de amigos que pronto se convierte en pareja debido a que la mitad de ellos abandona la aventura. Ese par de amigos que se enfrentan a su semana en soledad son un par de ositos de peluche algo despistados. No son un par de cafres, y ahí es donde se equivoca la película. Este tipo de cinta necesita cafres, frikis o similares para llegar a buen puerto. O gente drogada que no sepa lo que anda haciendo. Aquí se desaprovecha el momento de las drogas en un campo de golf. Y es una pena.

Por supuesto que tiene momentos memorables en los Farrelly recuperan todo su esplendor como directores y nos recuerdan que siempre queda algo de su anterior magia. EL chiste de la masturbación en el coche (mudo, en el que todo se dice con los gestos), la salida del jacuzzi en el gimnasio (ofensivo a más no poder, hace daño a la vista), la visita a la mansión de los amigos sin saber que la cámara les espía… Son instantes en los que las risas se elevan, son los mejores momentos de la cinta.

Esos y la presencia de Stephen Merchant, productor, guionista y actor ocasional, el que era representante de Ricky Gervais en la brillante serie Extras (además de responsable junto al actor), aparece lo justo en la película para que no lleguemos a olvidarnos de su cara tan particular, de su voz y sus expresiones británicas, y de un personaje y un actor que son unos robaplanos de mucho cuidados. Suyo es el genial chiste final, suyo el mejor momento con las drogas. Cuando termina la película, es a él al que más echamos de menos. Y su ausencia se nota en gran parte del metraje.

Wilson y Sudeikis tiene buena química, y se nota. Y la película es tiene momentos muy divertidos. Pero le puede ese final ultraconvencional que acaba con nuestras esperanzas de ver algo distinto (además de ser altamente inverosímil), a veces le pierde la escatología, algo común en los directores, y a veces se pierde en largas escenas que no llevan a ninguna parte y no hacen reír.

Pero acompañando de un grupo de amigos y unas birras, es la película perfecta para ver el fin de semana sin prestarle mucha atención a la trama y sí a sus momentos de salvajadas extremas, que los tiene y con toda seguridad arrancarán más de una carcajada en la platea. Quizá no vuelvan a ser los directores que una vez conocimos, pero el que tuvo, retuvo, y a lo mejor poco a poco les recuperamos para la gran pantalla.

Eso sí, Merchant se merece una película para él solo a la voz de ya. Si acaso acompañado por su amigo Gervais.

Jesús Usero



Crítica de la película Agua para elefantes

Otra nueva película con Robert Pattison de protagonista y otro nuevo intento de colocar al actor como ídolo romántico a raíz de su papel en la saga Crepúsculo. Aún no está claro si Pattison conseguirá tener una carrera alejado del vampiro que le ha dado fama, pero está claro que sus intentos van encaminados en esa línea de imagen romántica de príncipe de cuento de hadas. Al menos eso intentaron vendernos en su anterior película, aunque fuese más un drama familiar, y al menos eso es lo que se desprende de esta nueva película que llega a nuestras carteleras.

No sé si se trata de una prueba de fuego o no de cara a la taquilla (en USA ha funcionado correctamente, no de forma espectacular, pero sí correctamente), pero está claro que el actor puede caer en cierto encasillamiento si no deja pronto este tipo de papeles. A finales de año llega una nueva entrega de la saga vampírica que no le va a ayudar en esa labor. El chico necesita un cambio de rumbo y de imagen lo antes posible si quiere que su carrera avance de verdad.

Como siempre en estos casos, no podemos juzgar la película con respecto a la novela en la que se basa, porque no sería justo para ninguna de las dos. Son dos medios completamente distintos y todo lo que aparece en una novela no puede ser incluido en una película. Se convertiría en una serie de televisión. El libro de Agua para Elefantes cuenta con muchos seguidores a lo largo del mundo. Para ellos una recomendación, la misma que para cualquier lector que ve convertida una obra que adora al cine, no hacer comparaciones. Mejor quedarse con la esencia de lo que cuentan. Y que sea fiel a eso.

La historia de un joven estudiante de veterinaria que lo pierde todo con la muerte de sus padres y se une a un circo buscando trabajo es la esencia de la historia de la película. Todo ello narrado desde los ojos de un anciano que lo recuerda todo con nostalgia y melancolía y que nos traslada a la América de la gran Depresión con un circo en un tren recorriendo el país. Y por supuesto con Marlene, la mujer de la que se enamora, la fruta prohibida sobre la que gira toda la trama. No vamos a creer que la película va sobre limpiar elefantes.

Aunque servidor tiene cierta debilidad por este tipo de historias, las de un anciano que recuerda un tiempo mejor, un tiempo de magia y en el que todo era posible, la película no sabe manejar del todo ambos tiempos y lugares y sólo se centra en el pasado, mientras que el tiempo futuro con la presencia del siempre excelente Hal Holbrook no queda apenas desarrollado más allá que por su voz y las escenas de inicio y final, que saben a poco, la verdad.

El problema de Agua para Elefantes, a fin de cuentas, no es la menor presencia de Holbrook. Es el exceso de ñoñería que inunda la cinta. Para gente que busque el drama más facilón y sin demasiada garra, es posible que la película les dé justo lo que pedían. Pero para espectadores algo más exigentes el nivel de azúcar en sangre que la película despliega puede ser excesivo y hacer la proyección demasiado larga. No tengo nada en contra del romanticismo y de las películas románticas. De hecho disfruto de las tramas románticas cuando están bien planteadas y desarrolladas (mi compañero Miguel Juan Payán me llamaría moñas sin lugar a dudas), es cuando se superan los límites permisibles sin ofrecer nada a cambio cuando uno empieza a fijarse en las flaquezas de la película. Y Agua para Elefantes recae demasiado en los cruces de miradas lánguidas y los quiero y no puedo, para hacer avanzar la trama. Y eso no hace avanzar la trama, la hace desaparecer.

El otro problema recae no en las interpretaciones, sino en la falta de química entre la pareja romántica, entre los dos protagonistas de la película. Ahí es donde realmente pierde fuerza la historia de amor. Pattison y Whiterspoon no transmiten pasión, no transmiten fuerza o un entendimiento más allá de las palabras. Y cuando basas tu historia de amor central en la química entre ambos y sus miradas en lugar de en el guión y las situaciones, los diálogos y el desarrollo de personajes. Eso es lo que impide que sea verdaderamente una buena película.

Porque mala tampoco es. Maneja bien el ritmo pausado de una historia de este estilo y sobre todo mantiene con interés la historia sobre el circo y el mundo que rodea ese peculiar universo de payasos y contorsionistas que conforman una gran familia. Eso lo mueve de forma excelente y siempre nos deja con ganas de más (como la huida del elefante a la ciudad, los viajes en tren o el momento debajo de la tienda cuando el elefante busca bebida pese a estar encadenado al suelo).

Y por supuesto está Christophe Waltz, esa fuerza de la naturaleza capaz de coger a un supuesto villano de la historia y darle una profundidad y una tridimensionalidad a través de su rabia, de su inteligencia y de sus pequeños gestos que convierten a este actor en uno de los mejores del momento. No sé por qué pero cada vez que le veo pienso en el gran Mark Strong también…

En definitiva, una película para ver en pareja y con ganas de achucharse, inofensiva y quizá algo larga, con sus pros y sus contras, a la que los lastres le pesan demasiado en cierto sentido, pero que posee momentos muy interesantes y a Waltz, por el cual ya merece la pena ver la película. No llega a cansar ni ofende, pero se observa entre bambalinas que esa historia de circo y amor podía haber dado mucho más de sí si se la hubiesen currado un poco más.

Eso sí, a las fans de Pattison les va a encantar seguro…

Jesús Usero

Crítica de la película Fast and Furious 5

Confieso que nunca he sido demasiado aficionado a la saga de A todo Gas (o Fast and Furious, como ustedes prefieran). No soy muy fan de los coches y quien me conoce sabe que hasta hace bien poco no tenía siquiera carnet de conducir. Así que toda la fiebre desatada por Vin Diesel y compañía en sus competiciones callejeras con sus coches “tuneados” me motivaba de inicio más bien poco, la verdad. Y vistas hoy día, no es que sean precisamente joyas del séptimo arte. Es más, alguna de ellas es un tostón de padre y muy señor mío.

No sólo porque carezcan de personajes interesantes, una mínima construcción argumental, algún giro de guión interesante o algo de verosimilitud en lo que cuentan. Es que muchas veces, las estrellas de la función, las escenas de acción, quedaban desdibujadas por falta de empatía con los personajes o de calidad en la puesta en escena y la narración. Sí, lo sé, me estoy poniendo tiquismiquis con una saga que sólo pretende entretener al espectador durante dos horas con chicas guapas, tíos recién salidos del gimnasio y coches potentes. Pero Tokio Drift, por ejemplo, había que cogerla con pinzas y muchas ganas para no dormirse.

Por cierto que lo curioso es que tras esa tercera entrega, resulta que su director, quien ha seguido al cargo de la saga, ha decidido hacer como si la película nunca hubiese existido, como si fuese el futuro lejano de la saga, o sacándola de la línea temporal oficial de la misma, haciendo que uno de los personajes de aquella resucite para esta. Un cacao argumental que, lejos de sentarle mal al productor, ayuda en su composición interna dándole un aire a la franquicia que hasta ahora no había tenido. O no del todo. El aspecto de la continuidad.

Fast Five nos revela que toda la saga al completo, es una serie de cómics. Una suerte de Vengadores de los coches potentes y los robos a toda mecha. Viendo esta película uno tiene la curiosa sensación de que todo dentro de las cinco películas cobra sentido. Todo tenía un por qué. Todo cuadra más o menos entre los personajes centrales y sus relaciones. Es curioso porque no creo que nadie pensase en ello cuando comenzó todo con la primera película. Pero aquí lo consiguen. Y la escena final de los títulos de crédito (Sorprendente y original, sin duda) refuerza esa sensación.

Porque, admitámoslo, Fast Five es la más entretenida, imposible y divertida, de las cinco películas. La mejor, vamos. O quizá la menos mala. La más compacta y bien llevada. La menos boba, dentro de la credulidad que tenga cada espectador. Porque hay que recordar que esto es A todo Gas, y aquí las reglas de la física no existen o existen muy poco, y bien puede uno saltar a un río desde un cañón de cien metros de altura, o recorrer las calles acarreando una cámara acorazada de varias toneladas, que aquí todo es posible. Lo bueno es que los personajes se lo toman con envidiable sentido del humor. Como conociendo ese carácter de cómic que ha adquirido la película.

No hay mucho momento para el respiro en la película. Entre asaltos al tren, peleas, tiroteos, carreras y demás zarandajas, se cumplen de sobra las más de dos horas de metraje que no dejan descansar a nadie en su butaca. No hay tiempo para pensar mucho las cosas. Todo es frenético y extremo. Y divertido, qué demonios. La película conoce sus limitaciones artísticas y se dedica a extraer lo mejor del puro entretenimiento. Esta vez dejando algo más de lado los coches para centrarse en otro tipo de escenas de acción. Y todo ello desde el marco incomparable de Rio de Janeiro. Es mucho mejor tarjeta de presentación de la ciudad esta película que la animada Rio, que venía dirigida por un brasileño. Cosas del cine.

Y sí, todo son personajes títeres, muñecos de trapo, acción imposible, diálogos de risa y poses de chuleta contra el capó del coche. Pero está servido a un ritmo tan tremendo que resulta entretenida. Y trata de poner mimbres hasta a los personajes más secundarios, como la tragedia personal del personaje de Elsa Pataky, el lío amoroso entre dos secundarios, las charlas entre los músicos Tego Calderón y Don Omar, o la cena en el sillón del garaje compartiendo sueños de Ludacris y Tyrese Gibson. No es que haga mucho, pero tiene más información esta película sobre sus personajes que toda la saga junta.

Es decir, que el guión de Chris Morgan se acerca más a su excelente trabajo en Wanted que a Tokio Drift. Salvando las distancias. La película ni es ni quiere ser Wanted. No busca tener una doble lectura, un trasfondo (más allá del tema favorito de Disney, la familia es lo que más importa), busca ser entretenida, divertida y crear una coherencia de continuidad más propia de los tebeos o de las series de televisión.

Por supuesto los actores no tienen ni que actuar y les sirve la pose de rigor para meterse en el papel que, de tanto repetirlo, se saben de carrerilla. Destaca, cómo no, la presencia arrolladora de Dwayne Johnson, realmente impagable, y la llegada de Elsa Pataky a la franquicia. Los demás, saben perfectamente a qué se están enfrentando. Y se lo pasan en grande, cosa que el espectador agradece.

La gente corea las escenas de acción, se ríe, aplaude… El público de la saga sale contento, aunque algunas escenas de acción están montadas de tal forma que no te enteras de nada (¿eran necesarios 3 montadores?). Aunque hay un tramo de película que se hace largo como un día sin pan. Aunque la película sea simplona y boba. La gente se lo pasa en grande. Así que ya saben, si son fans de la saga o buscan un entretenimiento de acción descerebrada, ésta es su película. Si quieren algo más de miga en el género, en la sala de al lado echan Thor. Yo no soy fan de la saga y ésta me ha entretenido.

Es la mejor de las cinco, repito. Aunque eso no sea mucho decir…

Jesús Usero

Crítica de la película Scream 4

Parece mentira la de años que han pasado desde que aquella primera Scream apareciese en los cines convirtiéndose en uno de los éxitos revelación de la temporada y una de las películas más taquilleras del cine de terror, dando lugar a una saga que ahora, cuando todo el mundo pensaba que la serie había muerto, regresa con todos sus responsables a la cabeza y con unas supuestas nuevas reglas. Claro que tras cuatro películas, lo de las reglas y la originalidad puede que no sean tan importantes como quieren hacernos creer.

Wes Craven siempre me ha parecido un director de carácter artesanal. Con muy buenas ideas, pero no siempre bien ejecutadas. Buenos proyectos, buenas presentaciones, buenas ideas, pero a la hora de desarrollar la trama, todo quedaba a medias, más o menos. Artesano del suspense, que creó uno de los iconos del cine de terror moderno, Freddy, y puso en pantalla a otro icono del cine de miedo, el asesino Ghostface de Scream. Pero sus películas nunca terminan de encajar, de funcionar por completo. Le falta algo de chispa, de inventiva visual. De magia del cine. Por eso creo que Pesadilla en Elm Street nunca estuvo a la altura de otros clásicos del género y acabó derivando en las gracias y coñas de Freddy a la hora de matar adolescentes. Y por eso Scream funcionaba mejor como broma que como suspense. Aunque Scream 2 tiene un par de secuencias de suspense muy conseguidas…

Pero no desvariemos demasiado. Scream 4 llega ahora, una década después de la última entrega, y recupera las mejores cosas de la serie, mientras que en aquellas en las que funcionaba con cierta consistencia, como el miedo y las sorpresas, empieza a hacer más aguas que el Titanic. Vamos que la supuesta sorpresa de quién es el asesino (o asesinos, que en esta saga suelen venir de dos en dos…) se ve venir de lejos por puro imposible. O lo que viene a ser lo mismo, Scream 4 tiene lo mejor y lo peor de toda la saga en menos de dos horas de proyección. Y lo que en la primera película eran suspense y cierta tensión, aquí sólo produce tedio.

Que no, que no es que sea una mala película. Tiene un inicio fascinante, divertido, lleno de cine dentro de cine dentro de cine. Una especie de broma metalingüística que no deja de ser brillante en su concepción y realización, con seis estrellas de la televisión siendo acosadas y asesinadas, por supuesto, una detrás de otra, desde Stab 6 con las protagonistas de 90210 y Pretty Little Liars, a Stab 7, con Anna Paquin y Kristen Bell (impagables las dos) a la historia real de Scream 4, con las chicas de Friday Night Lights y Life Unexpected. Seis estrellas de la tele, seis, asesinadas en menos de 10 minutos. ¿Un mensaje claro de que la televisión debe morir?

Pues no sé si andaremos muy desencaminados, cuando el resto del metraje más estrellas televisivas aparecen una detrás de otra. Parece como si Kevin Williamson y Wes Craven, guionista y director, hubiesen hecho acopio de todas las estrellas televisivas habidas y por haber para felicidad del espectador, que verá a Hayden Panettiere, Mary McDonnell, Adam Brody, Anthony Anderson o Allison Brie, pasear por la pantalla con papeles más o menos importantes. Desde Héroes a The OC pasando por Galactica o Community… aquí no falta nadie.

Eso consigue hacernos sonreír. Incluso reír en muchas ocasiones. Las continuas bromas y referencias al cine dentro del cine, a la saga que dentro de la propia película se ha generado, a las nuevas normas del juego, las de los remakes… Todo ello, para los aficionados al género y al cine en general, conseguirá arrancarnos muchas sonrisas. Porque ni ellos mismos se toman en serio. Porque saben que todo es un juego y que ya van por la cuarta entrega y aquí nadie se cree ya nada.

Simplemente la norma de que en los remakes ya no hay normas y que para sobrevivir hay que, sencillamente, ser gay (Williamson es uno de los miembros de la comunidad gay más respetados de Hollywood), o la perfecta definición de Neve Campbell de la otra clave de los remakes “Don’t fuck with the original”, hacen que merezca la pena ver la película entera. Pero por el camino se cae todo lo demás.

El suspense nunca funciona del todo, sólo en la escena del asesinato al otro lado de la calle hace pensar que existe algo de tensión, los sustos están fuera de lugar y no asustan a nadie. La película se alarga hasta lo indecible con giros y más giros imposibles sin llegar a ninguna parte, los personajes son meras marionetas y ni siquiera las estrellas originales nos hacen más creíble la historia. Porque, si alguien lo dudaba, Neve Campbell sigue viva. No, no su personaje. La actriz.

Es como ver de nuevo las tres películas anteriores, como caer una y otra vez en los mismos lugares previsibles y comunes (el ataque en el parking… lamentable) y uno acaba animando normalmente al asesino. Que, de nuevo, tiene los huesos de goma y nada puede dañarle.

Más que una película estamos ante una caricatura. Y si esto es el inicio, como se pretende, de una nueva trilogía, apañados estamos, porque entonces ya está todo visto. Y tampoco es plan de que el público siga pagando por lo mismo una y otra vez. A veces hay que dejar morir a las sagas.

Lo dicho. Mucha coña limonera, mucho homenaje a Halloween y Carpenter, que se nota que Williamson ha vuelto a la saga como guionista, pero cero tensión y suspense. Para una película de terror, eso nunca es bueno. Si lo toman medio en broma, tiene sus momentos cinéfilos. Si buscan miedo… Parece que Wes Craven no estaba muy interesado en asustar a nadie. Una película simpática y harto predecible que sobrevive mejor gracias a su innegable sentido del humor, aunque no llega a las cotas de Piraña 3D, por ejemplo. Casi que la próxima entrega se la pueden guardar… o lanzarla directa a video.

Jesús Usero

Crítica de la película Águila Roja

Sírvase el lector de esta pequeña introducción si lo desea o salte directamente a párrafos posteriores donde desgranaremos la película a fondo. Pero no puedo irme sin mencionar que puede que sea uno de los pocos que vayan a defender Águila Roja, La Película, en los próximos días o semanas. Lo digo por la sensación que me ha producido a la salida del pase de prensa donde he podido verla y donde la impresión generalizada no era demasiado buena. Vamos, que no habían pasado dos minutos cuando empezaban a llover los cuchillos.

Esto en sí no es malo, cada cuál es libre de decir lo que piense y de opinar con cierto fundamento, al menos. Pero es que me sigue dando la impresión de que medimos con distinto rasero lo de casa a lo que nos llega de fuera. Águila Roja es una producción española de aventuras. Pero de aventuras clásicas, con capa y espada, batallas, duelos a muerte y héroes románticos. Vamos, lo que viene siendo la serie de televisión con formato panorámico, más presupuesto y mayor duración. Ni engaña ni pretende engañar a nadie. Va a intentar ganarse en las salas de cine al público, cerca de 6 millones de espectadores, que ya se ha ganado en casa, en la pequeña pantalla. No es una tarea fácil, que la gente no acostumbra a pagar por lo que tiene gratis, pero es un notable esfuerzo.

Quiero decir, parece mentira que no sepamos a qué nos enfrentamos. Yo no soy un gran seguidor de la serie, aunque la he visto bastante a menudo y me resulta la mar de distraída. Con escenas de acción, coreografías y tramas superheroicas para la televisión española moderna. Que se dice pronto. A mí si la película me ha convencido es porque creo que el rasero con el que ha de medirse es justamente ese, el del público al que va dirigida la película. El de la gente que va a disfrutarla por mucha moto que le vendamos los críticos. No, Águila Roja no es mala. Es que le exigimos el doble que a las demás.

No puedo creerme que quienes sepan dónde se están metiendo y los fans de la serie de televisión, salgan demasiado decepcionados de la sala de cine cuando vean esta película. Si acaso habrán pasado un buen rato en el cine, con una película muy cuidada a nivel de producción y además entretenida. Con defectos, que los tiene y algunos son bastante remarcables, pero también con muchos aciertos y con una sensación que me ha dejado bastante peculiar. Creo que a sus fans les va a encantar. Y digo que es peculiar por eso mismo, porque yo no soy fan de la serie, sólo un televidente distraído.

Águila Roja, La Película, mezcla los elementos que han hecho popular a la serie con otros quizá algo olvidados, pero no por ello menos apreciables. Con un esfuerzo notable por homenajear a los clásicos de Alejandro Dumas (mosqueteros, reyes de Francia y cardenales incluidos en conspiraciones con cárceles perdidas y luchas imposibles) sin nunca perder el norte de lo que realmente le interesa a sus seguidores. Tratando de que todos los personajes tengan su momento de gloria, en una especie de película coral que, en este caso sí, no siempre acaba de funcionar.

Ese reparto coral es la mayor de sus deudas, porque acaba por no centrarse en lo que importa del relato y se preocupa por divagar buscando esos momentos mágicos de los personajes. No se puede satisfacer a todo el mundo, y muchas de esas historias quedan relegadas al olvido o resueltas deprisa y corriendo, como ocurre con la Marquesa y su hijo o con el personaje de Francis Lorenzo. Quizá sus seguidores sean los que más tengan de qué quejarse con la película.

A veces la historia se atropella y se acelera, con ese momento que (sin destripar la sorpresa a nadie) desmonta lo que los trailers y lo que nos habían contado, prometían con la película, resolviendo antes de tiempo una de las novedades más interesantes que planteaba el salto de la tele al cine. Sabe a poco y sabe a algo que sucede antes de tiempo, sin venir a cuento. Pese a que la escena en que sucede es una de las mejores escenas de acción de la película.

También al final la cosa se desmelena un poco con la batalla campal en el camino y con la aparición de un animal que ni pinta nada ni acaba de crear tensión. O cuando el ritmo decae seriamente a mitad de la cinta para darle vueltas a la conspiración palaciega. Pero es quizá lo de menos. La sensación que me ha dejado la película es la mar de positiva.

Y lo es porque me lo he pasado muy bien. Porque las escenas de acción están bien rodadas, coreografiadas y resueltas. Porque la intriga se mueve con bastante soltura y con la suficiente inteligencia como para no terminar de aburrir. Porque la química entre Janer y Klein es interesante y apetece ver al personaje de nuevo en la serie. Porque se nota el presupuesto (ojo a los ejércitos acampados, al rodaje en exteriores y a los muchos decorados). Porque, en definitiva, la película no tiene ningún complejo y sabe perfectamente que es cine de evasión, de entretenimiento, de escapismo puro y duro.

Y, lo que es entretener, entretiene. Hay cosas mejorables, por supuesto, y cosas que quizá deberían suavizarse, como el humor de Satur que a veces chirría. Pero no podemos, por ejemplo, pedirle rigor histórico a una película de aventuras. Ni pedir Gladiator con los presupuestos que tenemos aquí. Se puede y se debe disfrutar de Águila Roja porque para eso está. No le busquen tres pies al gato. Eso sí, si al final le hubiese echado agallas la nueva temporada se podía haber planteado de una forma más que suculenta. Pero son las ganas de contentar a todo el mundo. A lo mejor es eso. Quien no siga la serie, quizá no vaya a disfrutar la película.

O a lo mejor es que nos pasamos de exigentes.

Jesús Usero

Crítica de la película Soy el número cuatro

Los extraterrestres vuelven a invadirnos, pero esta semana con un registro que les acerca más a Crepúsculo que a lo que vimos en Invasión a la Tierra. Soy el número cuatro es ciencia ficción que pinta bien al principio, o por lo menos resulta  casi entretenida, pero luego se enreda en el típico ceremonial de replicación de los relatos para adolescentes con personajes inadaptados y patina dándole más cancha a los enredos sentimentales y estudiantiles del prota de turno que a la leña fantástica, equivocadamente aplazada para la última media hora de metraje. Eso hace que resulte menos distraída y eficaz de lo que podría haber sido organizándose mejor para contar una historia que por otra parte está clonada casi paso por paso de las aventuras de Supermán…

Aquí el alienígena con superpoderes no viene del planeta Krypton, pero debe venir de un planeta vecino, porque se parece mucho a Kal-El, alias Supermán (o a lo mejor no es el de Tierra 1, sino el de Tierra 2, Kal-L, si me permiten el desvarío friki). No he leído las novelas en las que se basa esta nueva franquicia cinematográfica de Soy el número cuatro, pero mientras veía la película no podía evitar que me sonara en la cabeza el tema musical de la serie Smallville, “saaave meeee…”, etcétera.

Cierto es que este tipo de sagas literarias cocinadas para el consumo de la juventud, nacidas en muchos casos a la sombra del éxito de Harry Potter, manejan ya en su versión de negro sobre blanco una muy limitada gama de ideas originales, o por decirlo de forma menos fina: saquean a diestro y siniestro cualquier tipo de personaje, situación o referencia que les salga al paso y cuadre con el boceto de su línea argumental. Dicha línea argumental tampoco suele ser precisamente una tragedia de Shakespeare o un paseo por el existencialismo de Sartre, y con seguridad no lo necesita para conseguirse un nicho y un público. Pero lo cierto es que cuando pasan al cine esa rapacidad para tomar prestados elementos de todas las mitologías conocidas, ya sean éstas clásicas como la griega o más modernas como los cómics y las series de televisión, se manifiesta de manera aún más radical si cabe. Y en Soy el número cuatro se les ha ido un poco la mano en lo de ser una especie de eco de las aventuras de Supermán, cruzadas con algo del rollito “soy el hijo de Zeus” de Percy Jackson, su puntito mesiánico del Nuevo Testamento, que siempre es muy resultón, y el enredo sentimentaloide y algo babillas cuando no inaguantablemente moñas de “chico nuevo en el insti” con pinta de malote marginado que hace furor entre las ávidas coleccionistas de peripecias románticas que implican a vampiros, licántropos, ángeles caídos y cualquier otro bicho sobrenatural. Si me permiten el exabrupto, en una historia para tíos estos personajes serían bestezuelas a exterminar a la mayor brevedad y con la más sangrienta contundencia posible, pero en las fábulas que toman como objetivo a las féminas y levantan todo un castillo argumental en torno a la temida pérdida de la virginidad acaban siendo algo así como peluches cedidos en adopción que se convierten en altamente improbables e increíbles guías de la protagonista camino de la primera cópula.

Hay mucho tajo en el análisis de todas estas historias para los antropólogos que se atrevan a tirarse a la piscina y lidiar con el análisis científico de las mismas, porque explican mucho más sobre lo que realmente está ocurriendo en los bajos de nuestra sociedad que los titulares de prensa, pero en este caso no me pagan por internarme en tan procelosas aguas y dejo el pantano de las fantasías erótico-festivas para adolescentes de nuestros días a un lado al efecto de centrarme en la versión cinematográfica de Soy el número cuatro propiamente dicha.

Y una vez centrado, tengo que confesar que con todos sus tópicos, el principio en plan Predator mosqueado cazando primos me atrajo, que luego me desfondé al ver al típico prota surfista haciendo el chulángano con su moto acuática, que recuperé algo de esperanza al aparecer Timothy Olyphant, protagonista de las series Deadwood y Justified, en plan clon de Obi-Wan Kenobi, y que casi me animé cuando entreví al personaje de la rubia con superpoderes y moto… pero luego me metieron de cabeza en el instituto y durante más tiempo de metraje del que quiero recordar me atraparon en una soporífera repetición de la travesía habitual en plan “Rebelde sin causa y sin pausa”, pero sin James Dean ni Natalie Wood. Esa exhibición de hormonas revueltas me apartó más de lo debido de la parte fantástica del relato, que llega al final y me hizo preguntar: ¿esto no lo podían haber metido antes y haber tirado por ahí? Percy Jackson y el ladrón del rayo gestionó mejor sus contenidos, manteniendo en todo momento la peripecia en una clave fantástica que tampoco era nada del otro mundo, pero por lo menos me resultó más entretenida que ésta.

Ni Olyphant-Kenobi salvó la cuestión.

Y, bueno, el enredo con el friki de los ovnis ya ni les cuento cómo contribuye a que lo que está ocurriendo en la pantalla resulte menos verosímil todavía.

Flojillo, muy flojillo este número cuatro que me recordó aquella otra de Jumper, pero me hizo menos gracia, porque aquella por lo menos no me mezclaba las ovejas churras con las ovejas merinas y me metía de clavo y por la puerta de atrás el rollete romántico de instituto sin venir a cuento.

Lo dicho: “¡Saaaave meeee!”

Miguel Juan Payán

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