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Luc Besson vuelve a facturar esa especie de subgénero raro que se ha inventado y que son las películas de género estilo Hollywood pero cocinadas a la francesa. Es lo que viene haciendo tanto en su faceta como productor como cuando decide situarse detrás de las cámaras. Aquí ejerce como guionista y productor y deja que se ocupe de la dirección uno de sus acólitos más capaces, Pierre Morel (realizador de Distrito 13, Venganza y próximamente la nueva versión de Dune anunciada para 2012). Y el resultado es entretenido.

Tras un arranque que por su ritmo pausado y por el hecho de tomarse su tiempo para presentar a uno de los protagonistas parecía ir a tirar por la vía del cine de espionaje con reminiscencias del que se facturaba en Hollywood en la interesante década de los setenta, Morel no tarda en poner las cartas sobre la mesa y entregarse al desarrollo de una serie de secuencias de acción inevitablemente vinculadas a la aparición del personaje de Travolta. Éste llega al asunto caracterizado con las pintas de una especie de Vin Diesel algo más talludito, más hortera y con los modos y maneras de Vincent Vega, el papel con el que Tarantino le sacó del olvido en Pulp Fiction. De hecho y por si alguien no lo pilla así por las buenas, incluso se permiten un chiste con la hamburguesa Royale con queso que la primera vez hace gracia pero la segunda, ya en el desenlace, no tanto (un consejo: por bueno que os parezca, nunca repitáis un chiste, es como hacer desandar camino a los personajes).

El  chiste de la Royale con queso  es bastante clarificador sobre cómo se construye la película, que no es otra cosa que un entretenido ejercicio de imitación del cine de acción estadounidense cocinado en las calles de la capital francesa por unos admiradores del cine de Tarantino y de las buddy movies. Inicialmente salen bien parados del intento pero en su empeño por tocar demasiados palos a la vez acaban bastante despistados y finalmente se entregan a una sucesión de secuencias de acción encadenadas sin demasiado orden ni concierto donde los personajes desaparecen para convertirse en marionetas.

Le ocurre tanto al personaje de Rhys Davies como al del propio Travolta, que no obstante es el que sujeta la historia, porque de no ser por sus salidas de tono y su chulería, el resto sería bastante monótono y previsible. Digamos que Travolta con su topicazo de personaje y con una caracterización que compite en lo más hortera que le hemos visto con el rastafari extraterrestre de Campo de batalla: la Tierra, es no obstante lo más entretenido de la película, mayormente porque se la pasa disparando contra alguien, soltando exabruptos y repartiendo cera limonera a todo el que se le pone por delante en una especie de sátira-homenaje (más homenaje que sátira, me temo) al héroe de acción estilo yanqui años 80 y 90, empeñado en salvar el mundo en plan Bruce Willis, Arnold Schwarzenegger… aunque para ser sincero creo que el estilo Steven Seagal le pilla más cerca que el de las criaturitas de Tarantino.

Vamos que la supuesta sorpresa sobre la verdadera identidad y función en la trama de algunos personajes no es en modo alguno tal sorpresa y al menos yo me la veía venir desde la primera escenita romántica (por cierto, bastante aburrida de puro tópica).

En las escenas de acción la cosa se anima y vuelven a aplicar la fórmula de Venganza, pero como dice mi colega, y sin embargo amigo, Jesús Usero, en ésa otra lo gracioso era ver al gran Liam Neeson ejerciendo de quebrantahuesos al estilo Steven “Stopa” Seagal, y en ésta otra es menos gracioso ver a Travolta ejerciendo como Vin Diesel pero igualmente nos conformamos porque al menos hasta que intentan resolver la trama y acaban empantanados en un huerto de intriga que claramente les supera, la cosa tenía su gracia.

Pero vamos que ver saltar a Travolta por los tejados de Frenético y pasearse a tortas por París como Jet Li en El beso del dragón, tiene cierta gracia, así que, como decían en el anuncio aquél de un célebre juego de mesa: “Aceptamos barco como animal de compañía”.

Eso sí, la persecución por carretera con el lanzacohetes en ristre les ha salido más tipo película chunga de acción de Eddie Murphy en sus peores tiempos, estilo El negociador (supongo que porque no tenían tanta pasta como para marcarse un clon de Morfeo  repartiendo leña en la segunda entrega de Matrix), y más que realista resulta algo pobreta de medios para lo que se supone que quiere conseguir. La falta de medios no cuela como intento de realismo, porque además a esas alturas y en una historieta tan pasada de vueltas, el realismo no pintaría absolutamente nada.

Y por supuesto la exhibición de pistolas en la última escena suena a duelo infantil para medirse la minga en los retretes del jardín de infancia.

Lo dicho: moderadamente entretenida, pero con un tramo final francamente torpe. Sus ambiciones de clonación de Tarantino se quedan en una de “Stopa” Seagal con más dinero de lo habitual y Travolta parodiando a Vin Diesel.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película King Kong de Peter Jackson

El estreno, a principios de este 2010, de The Lovely Bones, la última película de Peter Jackson, me hizo caer en un detalle curioso, que se repitió en la gran mayoría de medios de comunicación que se hacían eco del estreno. King Kong, la anterior película del director, estrenada en todo el mundo el 14 de diciembre de 2005, no existía. En otras palabras, The Lovely Bones era el siguiente trabajo de Jackson tras su exitosa trilogía de El Señor de los Anillos, o al menos eso era lo que cualquier aficionado al cine poco espabilado podía concluir.

No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de los motivos de semejante indiferencia hacia aquella revisión de la mítica película de 1935 que Jackson abordó con desmedido entusiasmo. La película no gustó, no fue bien tratada por el público, y mucho menos por la crítica. El director neozelandés pasó de la gloria absoluta con su adaptación de los libros de Tolkien, a las críticas más severas con su Kong. Y, como en el anterior artículo del blog dedicado a Superman Returns, aquí estoy yo para llevar la contraria a tantas opiniones negativas. Porque, en mi opinión, el King Kong de Peter Jackson tampoco era tan malo...

Si Bryan Singer había apostado por ignorar absolutamente la tercera y cuarta películas sobre Superman, Jackson hizo lo propio respecto a aquel despropósito que el prolífico Dino de Laurentiis perpetró en los 70 con el simio gigante. John Gullermin, eficaz artesano, había dirigido en 1976 una versión horrible protagonizada por Jeff Bridges y Jessica Lange, que para colmo de males había tenido una infecta secuela diez años después. Jackson hizo hincapié en su intención de homenajear al Kong original, al de 1933, aquel que él había descubierto, como yo, en recordadas veladas televisivas cuando era niño, y que nos permitió otorgarle otro sentido al término “aventura”. Y es que el King Kong de Schoedak y Cooper era, sin duda, la aventura más grande jamás contada. Por eso  el proyecto de Peter Jackson despertó tanto interés desde que fue anunciado, y por eso, la decepción fue tan grande.

Han pasado casi cinco años del estreno, y vista hoy, resultan evidentes los motivos del descalabro. Pero ojo, que el Kong de Peter Jackson sí obtuvo beneficios, aunque todos sabemos ya cuál es la manera de proceder de los grandes estudios: no te gastas 200 millones de dólares para recaudar 550 (sólo 218 en territorio estadounidense). Semejante presupuesto requiere una taquilla mucho más basta, para que la película se considere rentable. Lo que ocurrió fue que la cinta se enfrentó a problemas que hubiesen sido fácilmente evitables, ya que provenían de la misma concepción del proyecto. Puede decirse que Peter Jackson murió de éxito, el que le había proporcionado su maravillosa trilogía de los anillos, venerada por todos, crítica y público. Aprovechó la descomunal repercusión de aquellas tres películas para darse un festín con su mito cinematográfico de la infancia, y, sencillamente, se pasó.

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Peter Jackson no era un director mediático antes de El Señor de los Anillos. Era un cineasta muy reconocido en los ámbitos del cine de género, el irreverente neozelandés que había divertido al personal con aquellas pequeñas películas gore a finales de los 80, y que había cambiado de rumbo con Criaturas Celestiales ya en los 90, justo antes de acogerse a los preceptos del sistema de grandes estudios con la divertida Agárrame Esos Fantasmas, un proyecto personal con el que Universal le acogió en su seno. Pero la película, protagonizada por Michael J. Fox, sólo gustó a los fans del Jackson de siempre, los mismos que habían disfrutado con Mal Gusto y Braindead. Peter Jackson no contaba con ningún taquillazo, era relativamente poco conocido, muy lejos, para entendernos, del nivel de popularidad de tipos como Spielberg, James Cameron o Tim Burton. Pero se le puso a tiro la obra de Tolkien, y lo bordó. Y de ahí, claro, a King Kong, el tipo de proyecto que Universal no pone en manos de cualquiera. En Hollywood vales lo que haya recaudado tu última película, y la última de Jackson (o mejor, las tres últimas) habían recaudado muchísimo…

Con semejante status, el director podría pedir lo que quisiera. Y no se quedó corto. Uno puede entender a priori el planteamiento: te dedicas a hacer películas, y una major pone en tus manos la posibilidad de hacer un remake de uno de los personajes más famosos e icónicos de la historia del cine, personaje que, por otra parte, forma parte de tu imaginario particular desde tu infancia, esa película que te sabes de memoria y con la que, muy probablemente, has descubierto el cine y por la que has decidido dedicar tu vida a este oficio. Como seguro haríamos cualquiera de nosotros, nuestra nueva versión sería grande, ambiciosa y excesiva. Y de eso pecó este King Kong.

El exceso llegó en dos aspectos fundamentales. El King Kong de 1933 duraba 100 minutos. Peter Jackson, y sus colaboradoras habituales en las tareas de guión, Fran Walsh y Philippa Boyens, escribieron un libreto que dio como resultado una película de 187 minutos. Más de tres horas para contar exactamente la misma historia. Es cierto que tampoco ayudaba la irregularidad narrativa, con momentos ágiles que se alternaban con otros algo plúmbeos, pero las aventuras en Isla Calavera requerían menos metraje que, por ejemplo, las películas de El Señor de los Anillos, que superaban también las tres horas, pero se debían al extensísimo material que adaptaban, que les permitía además, una importante fluidez narrativa. Es muy complicado que una película arrase en taquilla sobrepasando las tres horas. Si damos por hecho que Jackson buscaba jugar en la liga de las grandes, de las más rentables, habrá que convenir que se equivocó con semejante duración: Avatar duraba 162 minutos, la tercera entrega de Piratas del Caribe 151, El Caballero Oscuro 152, el primer Harry Potter 150, La Amenaza Fantasma 136…Son algunas de las películas más taquilleras de la historia del cine, muchas de ellas bastante más aburridas que King Kong, pero con el tirón que proporcionan las sagas populares. Y hay que tener en cuenta que la versión que finalmente pudimos ver en los cines no era la que Jackson tuvo en mente desde el principio, sino una recortada que tuvo que aceptar por exigencias del estudio. Efectivamente, el Kong de Peter Jackson era demasiado largo…

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Y, como no podía ser de otro modo, la película estaba repleta de efectos visuales. Es probable que en los últimos años hayamos visto cintas con un número de planos virtuales parecido (la reciente Furia de Titanes es un claro ejemplo), pero yo, que voy al cine una media de cuatro veces por semana y veo todo tipo de cine, blockbusters incluídos, tuve la sensación viendo King Kong de que no había visto nada igual en mi vida: cada escena, cada plano tenía algún tipo de efecto visual. El abuso de la infografía fue, en mi opinión, un error clamoroso. Desde la primera parte de la película, en la que los ordenadores ayudaban a recrear la Nueva York de los años 30, hasta el grueso de la trama, en esa Isla Calavera rebosante de bichos mastodónticos. Todo era demasiado virtual, demasiado tecnológico. Nuestro querido Kong estaba hecho de forma sublime, le notábamos respirar, le notábamos sufrir y amar a Naomi Watts, pero esa perfección se convertía en abrumadora cuando le veíamos interactuar con los dinosaurios o con la tribu de la isla. Algo chirriaba, algo se “salía de madre”. Los 200 millones de presupuesto tenían que notarse en algo, y se notaba, sobre todo, en los abundantes efectos visuales. Eran buenos, pero eran demasiados…

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Pero yo no puedo olvidarme del cásting, en mi opinión, uno de los más fallidos de los últimos tiempos. Y mira que el director había acertado de lleno en el amplio reparto de El Señor de los Anillos, pero aquí metió la pata. Uno no logra identificar a Jack Black con ese espíritu libre y aventurero que era Carl Denham en la película de 1933, en la que le puso cara y cuerpo Robert Armstrong. Tampoco Adrien Brody era el más adecuado para el papel de Jack Driscoll, un galán que a fin de cuentas pugnará con el simio por el amor de Anne, encarnada aquí por una Naomi Watts que cumplía sin más, pero que carecía del encanto de aquella intrépida Fay Wray. Individualmente no eran los más adecuados, y en conjunto tampoco lograban encandilar.

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Y vamos ya con lo bueno. El King Kong de Peter Jackson era una delicia, como comenté en mi artículo sobre Superman Returns, desde el punto de vista de la nostalgia y el homenaje a aquella maravilla de 1933. Si la versión del Hombre de Acero de Bryan Singer se deshacía en elogios y recuerdos a la película anterior, este Kong multiplicaba por mil el espíritu de Schoedak y Cooper. Se buscaba la AVENTURA, con mayúsculas, y por ello no se reparó ni en gastos ni en metros de celuloide. La película comenzaba como comienzan las grandes aventuras, con unos personajes sin oficio ni beneficio, de vidas vacías que embarcan en un viaje de desconocidas e inesperadas consecuencias. La primera hora de película era de una belleza memorable, con esa recreación de la ciudad de Nueva York justo después de la gran depresión, que parecía cebarse con los artistas, con los creadores, gentes como la actriz Anne o el guionista Jack. La llegada a Isla Calavera era también grandiosa, así como el descubrimiento del simio gigante. Después nos adentrábamos en un festival de imágenes generadas por ordenador, hasta un final emotivo, espectacular y sobrecogedor, con Kong en lo alto del Empire State. No tenía, claro, en encanto de la antigua, pero le rendía un sentido homenaje.

A mi me pasa algo curioso. Comprendo que es difícil mejorar un original, y menos uno con la grandeza de aquel King Kong de 1933. Todos tendemos a despreciar las nuevas versiones, los remakes de películas que amamos, porque consideramos que es imposible mejorarlas. Pero yo no puedo evitar emocionarme cuando veo estos lavados de cara de alguna de mis obras favoritas, aunque soy consciente de que empequeñecen en la comparación con las primeras. Evidentemente no me ocurrió con El Planeta de los Simios de Tim Burton, ni con la Psicosis de Gus Van Sant, pero cuando me ofrecen un poquito de entretenimiento mezclado con un venerable respeto al original, me ganan para su causa…

King Kong llegó a finales de 2005 nuevamente, pero no se quedó…Y estoy convencido de que tardaremos mucho tiempo en volver a verle en la gran pantalla. De hecho creo que nunca volveremos a verle. En los 70 más que un homenaje sufrió un insulto, y treinta años más tarde Peter Jackson le trató con cariño, con mimo, pero le atiborró de tecnología. Y Kong es un niño, tanto como lo éramos nosotros cuando le descubrimos, y no debe de ser mal criado. Las intenciones eran buenas, pero las expectativas no se cumplieron. Pero yo agradezco a Peter Jackson su intento por devolvernos a Isla Calavera, para vivir la aventura más grandiosa que el cine nos ha contado. Yo disfruté con este King Kong, por lo que tuvo de respetuoso y porque me hizo recordar que sólo el cine puede contarnos historias como ésta. Y qué vértigo pasé en lo alto del Empire State…

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Crítica de la película Green Zone: Distrito protegido

En principio lo que hace Paul Greengrass en Green Zone: Distrito protegido no es otra cosa que trasladar las claves de su replanteamiento del cine de espionaje en la saga de Jason Bourne a los primeros tiempos de la invasión de Irak, cuando el tema de las armas de destrucción masiva que supuestamente tenían los iraquíes preparadas para conquistar el planeta, cual marcianos de Tim Burton, se convirtieron en el McGuffin más buscado de la era Bush. No era para menos, ya que si hacemos memoria tal asunto fue la excusa esgrimida por los Estados Unidos y sus aliados para invadir el país… y luego no aparecieron las dichas armas por parte alguna.

Pero hay más cosas interesantes en la película.

Habría resultado no obstante muy fácil para el director zambullirse gustosamente en un espectáculo de acción sin trabas o ponerse panfletario con el tema de la conspiración, pero ése no sería el estilo Greengrass. Lo que más interesa de esta película es precisamente esa otra vuelta de tuerca que se le da al tema central: la manipulación de la verdad y la execrable sumisión de los medios de comunicación al poder, alentada por el terror desatado por los atentados del 11-S y amparada bajo la sombra de la resurrección del estado como paternalista sobreprotector de los ciudadanos totalmente liberado de las trabas morales y los controles de rigor.

Ese “papá estado” del “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, al que solemos invocar cuando la realidad nos impone el zarpazo del miedo, inoculado en esta ocasión en las venas de nuestra sociedad autocomplaciente a través de los ataques terroristas, es el verdadero Kraken que se ha adueñado de la historia reciente, más temible que el bicho que aparece en Furia de titanes. Porque, señores, conviene no olvidarlo: vivimos en estado de guerra.

Simplemente, estamos en guerra, no en “misión de paz”, como pretenden algunos de nuestros políticos en un impúdico alarde de optimismo injustificado en cuanto a su limitadísima capacidad para vendernos humo.

Greengrass es más cauto a la hora de hablarnos del asunto, y disfraza astutamente el posible mensaje que pudiera tener su película, en definitiva una trama de denuncia de la conspiración bastante fiel a la fórmula de este tipo de relatos, con los abalorios más elaborados y brillantes del cine de acción, llevándonos al epicentro de la invasión de Iraq, el distrito protegido que se cita en el título elegido para acompañar a la película en la cartelera española.

Su intriga en pleno entorno bélico tiene toda la capacidad de evocación y seducción que exhiben los mejores ejercicios de hibridación de géneros del cine reciente y además da muestras de una coherencia y equilibrio ejemplar en las dos historias principales que centran el relato.

La historia principal es obviamente la búsqueda de las armas de destrucción masiva, que evoluciona hacia una búsqueda de la verdad por parte del protagonista. Pero la película no está completa y sería menos brillante sin el punto de compensación y equilibrio que aporta la subtrama, no menos importante. Nace ésta en esa especie de isla en el paisaje bélico que es el distrito protegido. En ella reina el político manipulador y sinvergüenza interpretado por Greg Kinnear, cuyo pulso con la periodista-mascota y “domesticada” a la que da vida Amy Ryan va creciendo a medida que avanza la trama, mostrándose finalmente incluso más importante como tema central de la misma que la búsqueda de la verdad por parte del héroe, toda vez que dicha búsqueda se salda con el descubrimiento de una trágica mentira que se despliega como una especie de rosario de engaños y corrupción, recordándonos la frase “planes dentro de planes” que pronunciaba la bruja Bene Gesserit en la novela Dune de Frank Herbert.

En el desenlace entendemos que el verdadero corazón de la historia está representado por esa doble búsqueda de la verdad que llevan a cabo los personajes del soldado y la periodista, el primero esperando encontrar respuestas y la segunda temiendo encontrar las respuestas que ya se ha dado a sí misma. Y ambos representan el desengaño que preside el acto final de toda la trama y nos alcanza doblemente como espectadores de la película y como espectadores en la vida real de esta lamentable representación de la mentira que forma ya parte vergonzosa e indeleble de nuestra historia reciente.

Pero no teman. Para llegar a todo ello Greengrass no cocina un paseo panfletario y aburrido desde el púlpito de la tragedia, sino que nos sube a un trepidante tren de secuencias de acción lanzado a toda velocidad por las calles de Bagdad, en una trama de intriga con tensión creciente a la que se van incorporando nuevos personajes y situaciones con la narrativa reportajeada de que hacen gala las mejores series de acción facturadas por la pequeña pantalla en nuestros días y que tan buenos resultados suele dar cuando se aplica con coherencia y eficacia en las películas concebidas para la pantalla grande.

Quiere esto decir, para ser aún más claro, que Greengrass nos sitúa en el mismo centro de la acción, justo tras los talones del protagonista, dando como resultado una de las mejores películas de acción del año.

Visualmente intensa y narrativamente muy clara en su manera de exponer la trama de conspiración, Green Zone pone sobre la mesa uno de los principales talentos de su director: facturar eficaces películas de acción sin poner en duda ni ofender la inteligencia del espectador.

Llama además la atención lo hábil que es para hablarnos de la prostitución de los medios de comunicación sin cargar las tintas, a través de ese personaje de la periodista que pasa casi como una sombra por el relato arrastrando sus miserias de un modo más sobrio y contenido e incluso más demoledor, por ser menos obvio y no tirar de justificación personal alguna, que el que en su momento exhibiera el personaje interpretado por Meryl Streep en Leones por corderos, otra interesante película que se planteaba la sumisión de la prensa al poder. El duelo que en aquella mantuvieron Streep y Tom Cruise como periodista y político alcanza nuevas cotas y una plasmación en pantalla más verosímil y menos hollywoodiense en el que en esta otra película mantienen Amy Ryan y Greg Kinnear.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Millennium 3. La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire

Es bastante difícil para cualquier saga cinematográfica mantener el hilo narrativo y el interés del espectador durante tres películas sin que la trama, los personajes o el ritmo de la cinta sufran. En ese sentido, Millennium 3, La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire, consigue mantenerse a la altura con muy buen resultado, aunque no perfecto. La película funciona a muchos niveles, de forma más que correcta, pero en algunos otros baja las expectativas hasta causar la risa del espectador. Los primeros momentos se elevan por encima de los segundos, pero aún así estos permanecen en el espectador dejándole un sabor agridulce, como si la guinda del pastel de esta trilogía estuviese pocha.

Dos horas y media de proyección para finiquitar una trilogía que la mayor parte del público sabe inconclusa. Nunca sabremos qué tenía pensado Stieg Larsson para la continuación de su saga literaria. Se supone que la historia continuaría durante al menos unos cuantos libros más (o al menos eso aseguran todos sus allegados. Su viuda asegura que acababa de empezar la cuarta novela), pero la repentina muerte del autor nos lleva decir adiós a la saga aquí y ahora. No con un final abrupto e injustificado, ni mucho menos, pero sí con ganas de más. Una puerta al futuro abierta que nunca se llegará a cruzar.

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Mucha gente ha llegado a comentar que la llegada de Daniel Alfredson sustituyendo a Niels Arden Oplev entre la primera y segunda películas se debieron a problemas entre director y productores. Observando el cuadro completo, con Millennium 3 también dirigida pro Alfredson... Bueno, los motivos para el cambio quizá nunca se entiendan, pero debido a la mayor continuidad entre la anterior película y esta, nos encontramos ante un acierto con respecto a la narrativa y el estilo. Las dos últimas películas están mucho más interconectadas de lo que está la primera, lo que no quiere decir que Los Hombres que No amaban a las mujeres no pertenezca a la trilogía, simplemente que las conexiones entre estas dos son mayores, empezando por el hecho de que La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire y pretende resolver la mayor parte de tramas que quedaron abiertas en aquella. Y lo consigue. Las tramas se cierran, no quedan cabos sueltos, no quedan historias pendientes, sino esa puerta al futuro a la que nos referíamos antes.

Por supuesto el dúo protagonista, Michael Nyqvist y Noomi Rapace, se encuentran tan cómodos en sus papeles que bordan las interpretaciones. Siendo personajes tan dispares, pero en el fondo tan similares, sus interpretaciones son diferentes en matices, pero están intrínsecamente unidas por la contención y la mesura. No hay gestos de más, no hay palabras que sobren, porque saben de sobra quienes son Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander. De hecho, Rapace es quien más beneficiada sale del guión y consigue algunos de los momentos más interesantes de la película, sobre todo con el médico/cómplice que tiene en el hospital, con el que pasa de comportarse como una niña con miedo (lógico con todo lo que ha pasado, ese temor), a defenderse con rabia contenida, como la Lisbeth que todos conocemos. O su contención durante todo el juicio pese a su aspecto en el peinado y el maquillaje. La imagen de una fiera, sí, pero en sus ojos se puede ver todo el dolor, la rabia y la humillación que los recuerdos y hablar de ello en voz alta le trae a la cabeza.

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Lo mejor de la trama es que no se hace nada pesada pese a sus dos horas y media de duración. Sí, algo más de concisión y quizá alguna elipsis no le sentarían nada mal. El metraje se hace en algunos momentos algo denso, debido a que la historia frena de cuando en cuando, sobre todo en la mencionada parte de Lisbeth en el hospital. Pero son sólo ciertas partes de la película, algunos momentos. Pero la mezcla de género negro e intriga política, como la de los thrillers políticos americanos de los años 70, funciona a la perfección. La caza de Mikael sobre la sección, con tintes de ese cine pero con la esencia de las obras del cine europeo, convierten Millennium 3 en un gran entretenimiento que se disfruta de principio a fin sin problemas y que entusiasmará a los seguidores de la obra. Incluso los alicientes del más típico slasher americano de terror, con ese asesino gigante silente, que ni siente ni padece (la escena bajo al lluvia posee una atmósfera excelente), son otro aliciente más para el gran público. Además el sexo pierde parte de protagonismo, algo que distraía un poco en las anteriores películas, pese a servir para definir a los personajes y sus acciones. Un entretenimiento de primer orden.

Los problemas con la película vienen por otro camino. Primero la dirección de Alfredson, con el formato reducido, en lugar del scope empleado por Arden Oplev, su forma de contar la película... resultan demasiado televisivos. A veces emplea cámara al hombro para tratar de dinamizar las escenas más pausadas, pero no siempre funciona, y llega a abusar de sistemas de narración propios de la televisión, como el plano/contraplano en los diálogos entre personajes. Y las escenas de acción... Ahí sí reside un gran problema, un enorme pero a la película. Hay momentos básicamente ridículos que arrancan carcajadas de la platea por estar mal planificados y mal rodados (hay, por ejemplo, un lanzamiento de un bote de pintura a un metro de distancia en el que se ve perfectamente al actor que lo hace fallar a drede para no dar a la protagonista. La gente se ríe mucho con eso).

Son algunas cosas que te sacan de quicio brevemente durante la proyección y que terminan por no redondear una película que podía haber sido mejor, pero que es un buen ejemplo de cine de suspense. Eso sí, siempre que hayamos visto las dos anteriores.

Crítica de la película Shutter Island de Martin Scorsese

Impresionante es el mejor calificativo que  le cuadra al trabajo de dirección realizado por Martin Scorsese en Shutter Island, y  el mismo calificativo vale para su protagonista, Leonardo Di Caprio, que cada vez que se pone delante de una cámara deja en franca evidencia a muchos de los cromos y peluches de Hollywood que a base de lucir palmito se han abierto hueco entre las estrellas masculinas de nuestros días. Di Caprio sigue confirmándose como el actor con más talento de su generación y uno de los más competentes en cualquier tipo de registro entre los que actualmente circulan por Hollywood. No es extraño que Scorsese le haya elegido como socio creativo para esta etapa más reciente de su carrera, porque reúne todas las características de los buenos actores del cine clásico  que servidos sobradamente de talento podían permitirse el lujo de ser al mismo tiempo estrellas sin dejar de ser grandes actores, algo raro de ver en nuestros días.

Esa reunión de lo clásico y moderno, del cine más puro necesitado de la pantalla grande con las fórmulas narrativas de lo policíaco más innovadoras de nuestros días, aportadas a esta película por la novela de Dennis Lehane de la que parte, le permiten a Scorsese facturar con Shutter Island uno de sus mejores largometrajes de los últimos años, con el que ha conseguido encontrar ese camino de excelencia en la dirección de cine de suspense que se le escapó en la fallida El cabo del miedo.

Un ejemplo: la manera en la que nos presenta la primera visita a la celda de la paciente desaparecida, con un plano desde el suelo, luego en picado, luego con un montaje más rápido de planos más cortos que acaban por hacernos sentir confinados en esa celda que revisan Di Caprio y su compañero pistas.

Otro ejemplo, la forma en la que Scorsese muestra el interrogatorio de Di Caprio a Solando dentro de esa misma celda más tarde, una secuencia que acaba siendo intimista y lleva al director a jugar sobre el plano contra plano de ellos dos, sin abrir a planos de los otros personajes que están presentes en la celda, aunque Di Caprio mire en algún momento hacia ellos, porque es una secuencia esencial de máxima intimidad entre ambos personajes, y porque es un momento que al final se revelará como una de las muchas pistas sembradas a lo largo de todo el relato por el director para que entendamos que hemos estado viendo no una, sino dos películas distintas contenidas en la misma.

En ese mismo sentido llama también la atención el curioso ejercicio de arco de desarrollo de los personajes. El investigador interpretado por Di Caprio camina en un sentido contrario al progreso, crecimiento y desarrollo de los personajes que le rodean, todos ellos servidos por un reparto  perfectamente calibrado a modo de coro griego que acompaña esta terrorífica versión de lo que podría ser tanto el viaje del héroe como el recorrido por el laberinto mítico del legendario Teseo buscando las pistas que le conducirán hasta el Minotauro.

Aunque nos encontramos, o creemos encontrarnos inicialmente en un relato policial con elegante estética de cine negro, a posteriori, una vez terminada la película, descubriremos que en realidad hemos estado habitando con el atribulado y un tanto sonambúlico Di Caprio en una pesadilla terrorífica digna del gabinete del Doctor Caligari o de El resplandor, obviamente salvando todas las distancias que separan la manera de contar de Scorsese y la manera de contar de Kubrick (aunque ambos compartan ese plano aéreo sobre el vehículo que se acerca al lugar de pesadilla, el hotel vacío en la primera y el sanatorio mental aislado en Shutter Island).

Al final queda en el aire la gran incógnita: ¿es mejor vivir como un monstruo o morir como un héroe? A través de la misma Scorsese nos está planteando un montón de preguntas sobre el mundo en el que vivimos y sobre cómo hemos elegido vivir nuestra existencia, pero al mismo tiempo está enlazando con algunos de los temas clave de su filmografía, repleta de monstruos y héroes desde que dirigió Malas calles. El dilema al que se enfrenta su protagonista en esta ocasión es el mismo que ha acompañado a todos los grandes personajes de su filmografía, desde Charlie en Malas calles y Travis en Taxi Driver a Jake La Motta en Toro Salvaje o Billy Costigan en Infiltrados. Shutter Island nos confirma una vez más que el tema central de la filmografía de Scorsese es la búsqueda de la redención, lo cual en un cine como el estadounidense, cuyas fábulas tienen tendencia a centrarse más la búsqueda del éxito, no sólo le honra, sino que le sitúa en un nivel o estadio superior como autor de una filmografía única que sigue siendo excepcional por la capacidad para ejercer como un tapiz repleto de matices que convierten casi todas sus películas no sólo en una escuela de cine en sí misma, sino en una especie de reto para el espectador que como recompensa por su trabajo en el puzle recibe la garantía de ver cómo la película crece con cada nuevo visionado.

Shutter Island es efectivamente una de esas películas que crecerá cada vez que volvamos a verla, revelándonos cosas que antes no habíamos advertido, proporcionándonos otras piezas de un puzle apasionante del que debo decir que por otra parte es la película que más miedo me ha dado de todas las que he visto en el último año.

Y cuando digo miedo, me refiero a miedo de verdad, no al sus fácil. Si alguien espera encontrarse aquí con el terror del “buhhh” que te hace saltar de la butaca, que busque en otro sitio.

En Shutter Island encontrará algo mucho más difícil de conseguir: el terror existencial que se va a casa contigo y te acompaña durante un tiempo como recordatorio de que todos somos humanos y estamos sometidos a los mismos miedos .  Por eso me parece una película de cinco estrellas, porque, en contra de lo que me comentó algún colega el otro día después de verla, no importa si me sorprende o no su desenlace. Su juego con la intriga o el suspense es otro completamente distinto, e igualmente eficaz, haya caído el espectador o no en las trampas que se le tienden a lo largo del relato.

Su final es sobradamente explicativo de lo que se pretendía en el resto del metraje.

Hacernos dudar.

O lo que es lo mismo: convertirnos en protagonistas de la pesadilla en un grado que sólo un gran director con una planificación impecable  puede conseguir.

No importa si desciframos o no, ni tampoco cuándo descifremos las claves del puzle: seguiremos estando igualmente atrapados por la película.

Eso es lo que la hace grande.

Miguel Juan Payán



Para quien va al cine con la frecuencia con la que yo lo hago, ciertas películas se delatan desde el primer minuto de metraje. En estos tiempos de  blockbusters, de adaptaciones comiqueras, de secuelas y remakes que yo soy el primero en disfrutar, una obra como Up in the Air se manifiesta enseguida como un elemento extraño. Cierto es que estamos en enero, el primero de esos meses mágicos que componen el primer trimestre de cada año, cuando por aquí tenemos la fortuna de disfrutar con algunas de las películas más destacadas del año, aquéllas que estarán presentes en las principales entregas de premios. Pero en este 2010 ese cine de calidad ha llegado con un regalo sublime, una de esas películas que te sobrecogen, y que, como decía al principio, sobresale de todo lo que hemos visto en los últimos meses desde su primer fotograma. Ya entonces, los asiduos a los cines sabemos que vamos a disfrutar de algo distinto, mejor, mucho mejor...

El trabajo de Jason Reitman ya había sido elogiado en Gracias por Fumar, y, sobre todo, en Juno, dos películas interesantes, correctas, algo sobrevaloradas en mi opinión. Y lo cierto es que ambas palidecen al lado de Up in the Air, una película redonda, auténtico cine con mayúsculas impropio de alguien que todavía está empezando su carrera como cineasta. No es frecuente ver en una tercera película semejante dominio del oficio, y, sobre todo, la perfección en dos aspectos básicos: la historia y la excelente dirección de actores.

Como no podía ser de otra manera, con esos dos elementos tan bien engarzados, el resultado es el que es. Alguien dijo alguna vez que un buen guión no hay director que lo estropee, y que de uno malo no hay cineasta que haga una buena película. Reitman se merece los elogios porque no sólo no ha estropeado el buen libreto sino que además es uno de sus firmantes, junto con Sheldon Turner (responsable de los guiones de cosas tan apartadas de ésta como El Clan de los Rompehuesos o La Matanza de Texas, El Origen), a partir, eso sí, de una elogiada novela de Walter Kirn.

El estupendo guión nos cuenta la historia de  Ryan Bingham, un curioso tipo que no tiene casa, ni familia, ni amigos íntimos. Sólo tiene trabajo, concretamente uno que le permite volar por todos los estados alojándose en hoteles de lujo y viajando en primerísima clase gracias a su condición de pasajero VIP, ésa que ha obtenido al haber alcanzado un gigantesco número de horas de vuelo. Entre aeropuerto y aeropuerto, Ryan se dedica a despedir a los trabajadores de aquellas empresas del país que no se atreven a hacerlo directamente, y que contratan para ello a la empresa de nuestro protagonista, quien dedica parte de sus pocas horas libres a dar conferencias sobre su llamativo estilo de vida.

No es esta historia, por tanto un mal punto de partida para una película, aspecto que se acentúa favorablemente con los audaces diálogos que los personajes disparan con una pasmosa solvencia. Y otro punto a destacar del trabajo del joven director-guionista es la increíble dirección de actores, la que ha permitido a George Clooney estar como nunca antes había estado. El bueno de Clooney había trabajado antes con los Coen, con Soderbergh o con Terrence Malick, cineastas de un talento descomunal que no habían sido capaces de obtener del actor un talento semejante al que Jason Reitman ha obtenido. Alguien podrá restar méritos a ambos aduciendo que el actor casi se auto-interpreta, ya que su personaje es un guaperas que elude los compromisos y las ataduras inquebrantables, pero, en mi opinión, ésa sería una visión ciertamente sesgada de un Ryan Bingham que es capaz de mostrarse comprensivo y paciente con las personas a quienes despide, tratando en todo momento de aliviarles y comprenderles. Clooney, en la piel de Ryan, vuela, ríe, come, baila, despide y vuelve a volar, con una capacidad de emocionar y transmitir impagable. Y, cómo no, terminará siendo presa de ese sentimiento que a todos atrapa finalmente: el amor, el que termina sintiendo hacia el personaje de una Vera Farmiga que no desentona en absoluto. Ese amor hará que nuestro protagonista corra por una terminal como nunca en su vida había hecho, a pesar de llevar toda esa vida en los aeropuertos.

Up in the Air es comedia y drama a partes iguales, con las dosis perfectamente encajadas. Es ese cine que a Hollywood parece por momentos habérsele olvidado, ese cine que cuenta historias magníficas protagonizadas por personajes interesantes, de ésos que permanecen para siempre en nuestra memoria cinéfila. Habla de aspectos tan importantes como la soledad, el desarraigo, el amor, y de un tema tan candente como el del desempleo, que tristemente tantos titulares ocupa en la actualidad. No he encontrado puntos débiles en la película, y no porque no se los haya buscado. Yo, que no me emocioné con Juno, no daba crédito a la contundencia de la obra de un Jason Reitman que, sin duda, ya se ha convertido en mejor director que su papi Ivan, quien en los 80 nos ganó para su causa con la estupenda Los Cazafantasmas, aunque tras ella fuera incapaz de rodar una película que se acerque mínimamente a Up in the Air. Cine de altos vuelos, cine maravilloso...

Crítica de la película Avatar

“A veces la vida depende de una decisión descabellada”.

Esta frase marca el arranque del viaje del héroe que es Avatar pero se le podría aplicar también al propio director de la película, James Cameron, y no sólo en esta ocasión sino en general en toda su filmografía. Las decisiones descabelladas y el riesgo han acompañado la carrera de este cineasta al que ahora más que nunca se puede calificar como visionario.

Es fácil suponer que Avatar va a estar entre las películas más vistas de este año, que será la campeona de taquilla de la temporada navideña y que seguiremos hablando de ella durante años por el alcance que tiene su propuesta visual y los cambios que va a imponer en la manera de entender no sólo la aplicación al cine del 3D, sino la forma de contar historias en pantalla grande. Con ella el cine recupera plenamente su capacidad para proporcionar al espectador algo que es imposible ver con las mismas cualidades en otro soporte que no sea la pantalla más grande que uno pueda conseguir en el cine más moderno y gigantesco que uno pueda encontrar.

Avatar es una de esas películas que puede verse en DVD o en pantallas más pequeñas, incluso en 2D (de hecho va a distribuirse también así en muchos cines españoles), pero para verla en toda su fastuosa brillantez visual y con despliegue total de sus logros hay que verla en pantalla grande y en 3D.

Pandorum

Noviembre 16, 2009



Crítica de la película Pandorum

El cine americano siempre se ha caracterizado por bautizar géneros, o, mejor dicho, sub-géneros, que nacen a partir del éxito monumental de una película adscrita a reglas más o menos convencionales. Ocurrió con Alien, la estupenda película de Ridley Scott que originó multitud de cintas de argumento semejante. Un nuevo sub-género nació con Alien: ese que, englobado en los géneros más amplios del terror o la ciencia-ficción, se basa en las peripecias de un grupete de intrépidos hombres y/o mujeres que se adentran en una misteriosa nave (o barco o casa o...) en donde algo ha sucedido. Y bajo esa premisa, tenemos el miedo, la acción, los aliens, o lo que proceda...

Y, no vamos a negarlo, en ocasiones el resultado es muy bueno. No es el caso de Pandorum, y así aprovecho ya para advertir que es una película realmente floja, pero a uno le vienen a la mente cosas tan estimables como Deep Rising, aquella peli de Stephen Sommers que rezumaba serie B por los cuatro costados y en la que el objeto de investigación era un tétrico barco, u Horizonte Final, de la que bebe indudablemente Pandorum, con esa nave (supuestamente) abandonada en la que han ocurrido mil y una incidencias, y con la que comparte nombre propio: Paul W. S. Anderson, director de aquélla y productor de ésta.

El problema de Pandorum es lo farragoso de su propuesta. Se pretende dosificar la información ofrecida al espectador, no ya sobre los inquietantes sucesos acaecidos en la nave, sino sobre la propia naturaleza de la misma, su misión, su tripulación e incluso su ubicación. Y, lógicamente, es necesario también ir dando pistas sobre qué narices ha ocurrido en ella, y por qué los protagonistas se encuentran en ese estado de indefensión y amnesia.. Y cuando todo eso se explica mal y la información se da de forma torpe, la peli no puede ser buena.

Ni siquiera se aprovechan esos seres malignos de aspecto tan desagradable, de los que poco o nada sabemos, salvo que chillan y corren de forma desatada y que se mueven como pez en el agua en esos planos brevísimos en los que el director Christian Alvart mueve la cámara compulsivamente, siguiendo la nefasta escuela que en su día abrió el inefable Michael Bay, y que provoca que el espectador no se entere absolutamente de nada.

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Horizonte Final no era una maravilla, pero a partir de una premisa mil veces vista y contada, tenía varias virtudes que, desgraciadamente, no encontramos en Pandorum. En primer lugar su guión, muy semejante a éste desde el punto de vista argumental, pero mucho más directo y comprensible para un espectador medio que no entra en una sala de cine a ver un Solaris versión cutre. Y después estaba Sam Neill, auténtico motor de una nave que a partir de la evolución de su personaje surcaba el hiperespacio ofreciendo escenas inquietantes y terroríficas. En Pandorum ese papel trata de asumirlo un Dennis Quaid desastroso, desganado y perdido, que sin embargo ofrece más solvencia que ese actor de limitadísimo talento llamado Ben Foster, a quien pudimos ver interpretando a Angel en X-Men 3.

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Falla el guión, fallan los actores...así que muy buen cineasta hay que ser para salvar la nave, nunca mejor dicho. Y no es el caso del tal Christian Alvart. Anderson, quizás aburrido de rodar siempre películas iguales y encuadradas en este sub-género (Horizonte Final, Resident Evil...¿qué diablos ha ocurrido aquí?) cede el testigo y se limita a ejercer como productor. Chico listo, porque ni siquiera él, que tampoco es precisamente Orson Welles, hubiese sido capaz de hacer de Pandorum una buena película...

 

Celda 211 ★★★★

Noviembre 11, 2009



Crítica de la película Celda 211

Recuerdo a Daniel Monzón a principios de los 90, cuando ejercía de crítico cinematográfico en el programa de cine de Televisión Española que ya por aquel entonces se llamaba, si no recuerdo mal, Días de Cine, junto al entrañable y desaparecido José Luís Guarner. Los dos analizaban una película de estreno, cada uno con un estilo ciertamente particular. Guarner, con la sabiduría y el lenguaje propios de quien llevaba toda una vida dedicada a la crítica cinematográfica, mirando con cierto desdén los estrenos más comerciales; Monzón, con el ímpetu de quien ha mamado cine de otra generación, con otra mirada más ingenua pero también más apasionada. En el año 2000 el crítico Monzón se convirtió en director, y ahora, en 2009 nos regala una película, la cuarta suya como cineasta, fundamental, imprescindible para nuestro cine, y que le convierte en uno de los nombres más importantes de nuestra pequeña industria cinematográfica.

Celda 211 es la película que quienes amamos el cine llevábamos tiempo deseando que se produjese en el cine de aquí. Y no por dar la razón a quienes desprecian a nuestro cine acusándole de repetitivo y de producir sólo comedias soeces o dramas guerra-civilistas, sino más bien por albergar la esperanza de que sea la primera de muchas, la que abra el fuego hacia un cine de género propio, más alla de Alex de la Iglesia o de los primeros trabajos de Amenábar. Que en Espña se produzca un drama carcelario como éste es un acontecimiento fundamental, más aún si se hace con la solvencia y rotundidad con la que Daniel Monzón la ha rodado o con la maestría de Luís Tosar protagonizándola, por nombrar sólo a las dos figuras más importantes de esta película, en la que todos, desde el director hasta el más secundario de los intérpretes, realizan un trabajo soberbio.

Pero todos recordaremos, siempre, A Mala Madre, esa bestia a la que ha dado forma un inmenso Luís Tosar. El actor gallego no ha hecho otra cosa que recibir agradecido el enorme regalo que Monzón le ha hecho con este papel. Pero ojo, que lejos de dar por hecho que simplemente Tosar ha puesto rostro y cuerpo a un personaje bien escrito y definido, hay que destacar cómo lo ha trabajado, modulando su voz y haciendo un uso superlativo de ese regalo que sin duda supone el poder encarnar a un villano que permanecerá para siempre en nuestra memoria cinéfila. Cada mirada, cada movimiento, cada puñalada, cada sonrisa de Tosar como Mala Madre nos invitan a pensar que estamos ante uno de los mejores actores de nuestro cine, alguien que ya llevaba tiempo demostrando su capacidad y que con este personaje alcanza la cima absoluta de nuestro minúsculo star system.

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Y a partir de semejanre creación, todo es un poco más fácil. En Celda 211 disfrutamos de todos los tópicos del género carcelario, adaptados a la idiosincrasia de nuestra realidad. Tenemos al líder absoluto rrpresentado en Mala Madre; al segundón que se cela por los galones que va adquiriendo Juán Oliver, más conocido como Calzones (estupendo Alberto Ammann); al clan sudamericano liderado por Apache, a quien pone rostro un gran Carlos Bardem; al grupo etarra, clave en el desarrollo de la trama; a los funcionarios cabrones (nueva lección de Antonio Resines) y al drama de quien nada puede hacer cuando la persona a la que ama se ve envuelta en todo lo que ocurre en la prisión. Todo ello aderezado con una intriga perfecta, lógica y bien construída, basada en un cine de topos e infiltrados inusual en nuestro cine.

Todo ocurre rápido, todo fluye a velocidad de crucero, la misma con la que Daniel Monzón, con su cuarta película, ha logrado madurar como cineasta y, sobre todo, como guionista. Se perdió a un crítico estupendo, pero el cine español salió ganando sin duda, ya que cuenta entre sus directores con alguien que sabe qué necesita nuestra industria y qué quiere ver el público de aquí. Y a ese público le regala una cinta extraordinaria, que además, y como no podía ser de otra manera, está recibiendo críticas halagadoras.

 

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Luís Tosar acaparará elogios, todos ellos más que merecidos, pero que nadie se olvide de Daniel Monzón. Yo aprovecho para recomendar su segunda película, aquella locura disparatada titulada El Robo Más Grande Jamás Contado, una comedia de suspense divertidísima con unos impagables Antonio Resines y Javier Manquiña, que pasó desapercibida en su momento y que conviene rescatar ahora, aprovechando el enorme éxito que seguro tendrá esta Celda 211. A ver si todo el mundo las ve, una en su casita, la otra en el cine, para que, ya puestos, más de uno cambie su concepción respecto al cine español. Y mientras tanto que Monzón vaya haciendo sitio en su casa a los Goya que se va a llevar...

 

Malditos Bastardos

Septiembre 17, 2009

Crítica de la película Malditos Bastardos

Más Tarantino y menos Tarantiros.

En Malditos Bastardos Quentin Tarantino demuestra que cada vez maneja mejor el lenguaje cinematográfico y la escenificación de sus películas. A modo de ejemplo vale con ver la secuencia de interrogatorio del nazi Hans Landa al propietario de la granja que abre la película. En la misma el director demuestra su excelente pulso para narrar utilizando el encuadre y la composición con gran habilidad ( por ejemplo consigue abrir el espacio con un plano del granjero y tras él la ventana que muestra a los soldados alemanes, fuera de la casa, pero igualmente presentes e integrados, como amenaza futura, dentro del cuadro). Pero aún más significativo es el astuto uso del recurso narrativo y visual de las dos pipas que aparecen en la secuencia, cada una de las cuales marca un giro en el pulso que mantienen los dos personajes que, dicho sea de paso (y tal como insinúa la música de spaghetti western) es como un duelo verbal, sin pistolas, sólo con palabras. Los planos de detalle aplicados a la primera pipa, la del granjero, acaban con la cerilla en el cenicero y permiten mostrar brevemente la gorra de Landa con la ominosa calavera nazi –un aviso de peligro como la imagen de los soldados al otro lado de la ventana-, al tiempo que el granjero cree haber vencido el pulso y sonríe casi imperceptiblemente cuando Landa le pide una información que los nazis ya poseen –número y nombre de los miembros de la familia judía-, lo que cree le permitirá salir del problema sin convertirse en un delator. La segunda pipa, la del propio Landa, es un objeto algo fuera de lugar que atrae inmediatamente la atención del espectador, facilitando la distracción que el director necesita para hacer un salto de eje, maniobra para desorientar al público tanto como el granjero interrogado es desorientado por Landa. Previamente hay un movimiento de cámara en torno al interrogador y el interrogado tan felino y sigiloso como la estrategia de interrogatorio de Landa: el nazi rodea a su presa, esperando para saltar sobre la misma como Tarantino rodea a sus personajes dispuesto a saltar sobre el desenlace de la secuencia, al tiempo que mueve nuevamente la cámara para añadir tensión haciendo una revelación al público. A partir del salto de eje facilitado por la pipa de Landa, entramos en el camino de finalización de esa secuencia que tiene un punto de inflexión y cambio de ritmo en una sucesión de primeros planos… Ese interrogatorio es como un pulso, y equivale a los arranques en tono conversacional de Reservoir Dogs o de Pulp Fiction, uno de los sellos del director, de manera que quienes después de ver la película en Cannes afirmaron que no parecía de Tarantino deberían echarle otro vistazo, más cuidadoso. Malditos Bastardos es Tarantino cien por cien. Lo que ocurre es que no es el Tarantino que algunos habían previsto que fuera, teniendo en cuenta el título y la temática de la película: Segunda Guerra mundial, un comando de judíos americanos se dedican a meterle el miedo en el cuerpo a los soldados alemanes aplicando tácticas de guerrilla apache y haciendo el voto de entregarle 100 cabelleras de soldados alemanes a su jefe, el teniente Aldo Rayne. Quienes esperaban ver Doce del patíbulo, Los cañones de Navarone, La brigada del diablo o El desafio de las águilas quedarán inevitablemente defraudados (a pesar de que el propio Tarantino ya lo avisó en el New York Times: “Esta no es la típica película de Segunda Guerra Mundial que veía tu padre”), pero eso se debe a que la imagen que tienen del cine de Tarantino es equivocada de partida.