Insidious capítulo 2 me ha gustado más que la primera, más equilibrada en ritmo y más inquietante.

A estas alturas no creo que nadie tenga muchas dudas sobre la pericia y eficacia de James Wan a la hora de dirigir cine de terror. Pronto veremos, con su incorporación a la saga de Fast and Furious, si le ocurre lo mismo en otros géneros, aunque ya apuntó maneras en Sentencia de muerte. Dicho esto, no es menos cierto que Wan se ha ganado a la audiencia adicta al escalofrío con sus anteriores incursiones en el miedo cinematográfico, Saw, Silencio desde el mal, Insidious y Expediente Warren. Antes de dar el giro que se le supone a su carrera con la séptima entrega de las aventuras automovilísticas de Toreto y sus muchachos, Wan le da un nuevo repaso a las claves del cine de terror con esta secuela de Insidious que sigue explotando y explorando la fórmula del presupuesto modesto y las características del de la serie B con suficiente habilidad como para medirse comercialmente con las producciones de serie A. Máxima eficacia con la mínima inversión. Esa es la aportación de Wan en sus visitas a este género en el que se ha coronado como una de sus voces más destacadas, Insidious 3 retoma la trama argumental de Insidious justo donde la dejó en la primera entrega, esto es: prolonga y abunda en el seguimiento de los mismos personajes, pero tiene la habilidad de saber aportar cosas nuevas que permiten ampliar el abanico de posibilidades de la trama. Y es ese abanico más amplio de posibilidades lo que más me ha convencido de esta secuela, que sigue la misma tónica de los otros trabajos de Wan. Si este director me interesa no es tanto porque aborde de manera especialmente novedosa los géneros, personajes, situaciones y tramas de sus películas, claramente afincadas en la explotación de los lugares comunes y los tópicos de esos territorios, como por su absoluta dedicación precisamente a esa reiteración, pero siempre buscando una eficacia en la narración y la planificación de sus historias que carece de complejos de inferioridad referidos a su naturaleza como repetición. Wan confía mucho en su capacidad para contarnos otra vez la misma historia consiguiendo  enredarnos en la misma, incluso cuando somos perfectamente conscientes de que lo que nos está contando ya lo hemos visto antes. Esa sensación de algo ya visto es lo que me molesta en su cine. Pero al mismo tiempo le reconozco el aplomo y la habilidad para recorrer caminos ya transitados con una solidez visual que además en Insidious 2 se une a una mejor explotación de los elementos que nos presentó en la primera entrega. En esta ocasión, la secuela no es, en mi opinión, inferior a su precedente, sino incluso mejor que aquel. O por lo menos más equilibrada de ritmo, más completa, y liberada de esa necesidad de presentar personajes y situaciones que buscando la sorpresa final hacía en la primera película un cambio de protagonismo brusco y forzado  desde la madre al padre de la familia.

Insidious 2 parte con la ventaja de todo lo que ya nos contó en la primera entrega, y además hace valer lo que el propio James Wan sabe de sus personajes principales. Creo que es un acierto que haya mantenido el mismo reparto. Pero además da en el blanco desarrollando el personaje de la abuela de los niños, madre del protagonista, interpretada por Barbara Hershey, volviendo al pasado de los personajes, a la residencia Lambert en el año 1986, y desarrollando más el origen de esa especie de patología o maldición que pesa sobre esa familia, junto con su primer contacto con la enigmática Elise. El juego argumental es además más completo desde el guión, que fundamentalmente se construye sobre las acciones en paralelo, pero en una estructura en vario planos, tiempos y dimensiones que recuerdan los grabados tipo rompecabezas de Escher. Así tenemos por un lado el pasado ambientado en los ochenta, con las primeras manifestaciones de lo sobrenatural durante la infancia del protagonista, luego la peripecia de investigación de esa variante de los Ghostfacers  de la serie Sobrenatural, aquí convocados ya en la trama desde el principio, acompañando a la abuela interpretada por Barba Hershey en su investigación de lo que ocurrió en ese pasado y el origen del mal, y en un tercer lugar las nuevas manifestaciones inquietantes del mundo de los muertos en la vida cotidiana de la familia protagonista, padre, madre e hijos, que Wan deja, con notable astucia en una especie de segundo plano hasta el estallido final de acción en el tercer acto. Es una estrategia muy eficaz, porque de ese modo la secuela evita caer en la repetición de lo que ya nos contó en la primera entrega, que tenía como epicentro las peripecias fantasmagóricas sufridas por la familia, desarrollando una intriga interesante sobre los orígenes de ese contacto con el mundo de los muertos a base de darle mayor protagonismo en la trama a la abuela, tanto en su versión joven ochentera como en su versión madura. Además eso le permite sacar más partido a los viajes al otro lado, cuya poca explotación en la primera entrega me parecía un error de la misma. Aquí hay más tiempo en el mundo de los muertos y además esas tres líneas de acción en paralelo hacen mucho más entretenida e interesante la propuesta que Insidious. Además me da la impresión de que Wan manifiesta en esta secuela un mayor aplomo a la hora de citar sus referentes y las fuentes de inspiración o copia que animan sus películas, con ese plano inicial de Elise llegando a la casa y replicando El exorcista de William Friedkin, por ejemplo. Además mantiene su estilo visual, en el que las emociones se expresan y manipulan al espectador con la elegante coreografía de la cámara, más depurada incluso en sus momentos de descarado efectismo, de la que encontramos en la primera entrega. El paseo por la casa en un juego de caliente o frío, el partido que le saca a los objetos cotidianos como los armarios o el taca-taca del bebé,  el estallido del sonido con la música infantil como gran protagonista del cine de terror estruendoso y efectista, y sobre todo esos movimientos de la cámara tras los personajes que consiguen que pasemos de la mirada objetiva del espectador convencional, desde fuera, a entrar en la casa con ellos, rompiendo la frontera y cumpliendo con el objetivo de hacernos atravesar al otro lado del espejo como Alicia en el país de las maravillas, pero en clave grotesca y tenebrosa (plano general y luego travelling para seguir a los actores, por ejemplo en la entrada de los dos cazafantasmas en la casa de Elise), son elementos que en su conjunto evidencian a través del descaro más absoluto en el abordaje de los tópicos del género que James Wan se siente mucho más cómodo y seguro de sus recursos en esta segunda entrega que en la primera.

Miguel Juan Payán

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