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Máximo Riesgo (Cliffhanger) (1993)

Crítica de la película Máximo Riesgo (Cliffhanger) (1993).

Director: Renny Harlin; Intérpretes: Sylvester Stallone, John Lithgow, Michael Rooker, Janine Turner, Rex Linn, Caroline Goodall, Leon, Craig Fairbrass, Gregory Scott Cummins, Denis Forest, Michelle Joyner, Max Perlich, Paul Winfield, Ralph Waite, Trey Brownell, Zach Grenier, Vyto Ruginis, Don S. Davis, Scott Hoxby, John Finn, Bruce McGill, Rosemary Dunsmore, Kim Robillard, Jeff McCarthy, Mike Weis, Duncan Prentice, Kevin Donald, Jeff Blynn, Billy D. Lucas, Dickey Beer, Simon Crane, Mark De Alessandro, Debbie Evans, Norman Kent, Joel Kramer, Lane Leavitt, Lisa McCullough, Jeff O’Haco, Georgia Phipps, J. Suzanne Rampe, Scott Rogers, Oswald Santin, Kevin Swigert, David Walling, William Washington, David Brashears, Wolfgang Güllich. Año de producción: 1993; Nacionalidad: EE. UU., Italia, Francia; Guion: Michael France, Sylvester Stallone, John Long. Fotografía: Alex Thompson; Música: Trevor Jones; Color; Duración: 112/124 minutos.

Cliffhanger, que en España conocimos con el título de Máximo riesgo, es una de las películas que hizo remontar la carrera de Sylvester Stallone nuevamente en la taquilla tras una etapa irregular de recaudaciones. Stallone puede ser considerado como el campeón de las películas de “antihéroe salvando el día” ya que en algunos aspectos fue él quien prologó las propuestas de vulnerabilidad, humanización y redención del antihéroe con el éxito de Acorralado, sentando las bases de lo que iba a estallar posteriormente en Jungla de cristal con el personaje de John McClane. De hecho, el personaje de Bruce Willis tiene muchos elementos de vulnerabilidad inicial y una curva o arco de desarrollo argumental que corre paralelo al de John Rambo en Acorralado. Ambos tipos son protagonistas a la fuerza, solo quieren ir a lo suyo, arreglar sus asuntos personales, solucionar sus miserias en un mundo que parece haberles dejado en la cuneta, pero ambos se ven metido en una guerra desde la que van a reinventarse a sí mismos. Y ambos son gente de clase trabajadora capaces de enfrentarse a todo un sistema –policías brutales de entorno rural y guardia nacional o ladrones disfrazados de terroristas– en camiseta. El bosque de Acorralado se convierte en la jungla de acero y cristal del edificio Nakatomi Plaza. Lo rural se transforma en urbano.

Lo interesante, porque proporciona una especie de curva del diseño del cine comercial de evasión fabricado en cadena en la industria norteamericana, es que la tercera pieza de esa especie de puzle de la fórmula de antihéroe salvando el día que ahora nos reencontramos en la cartelera personificada por Dwayne Johnson en Rascacielos, es cómo Máximo riesgo completa ese viaje regresando desde el paisaje urbanita al entorno rural y convirtiendo a Stallone en una especie de híbrido que opera argumentalmente en la intriga del robo como variante del John McClane que contribuyera a crear con John Rambo, al mismo tiempo que rescata muchas características de este segundo personaje que se enfrenta a su propio reto existencial nuevamente ante ladrones con maneras de actuación próximas al terrorismo (la secuencia de piratería aérea anticipa de hecho lo que veremos luego con Bane como protagonista en el arranque de El caballero oscuro: la leyenda renace). Dicho sea de paso, sobre esto de hacer de los terroristas ladrones y de los ladrones terroristas, me parece evidente que al cine estadounidense le cuesta llamar a las cosas por su nombre y tiende a disfrazar la realidad tanto como puede para no meterse en huertos, y como ejemplo de ello reparen en lo que tardaron en abordar de manera seria la Guerra de Vietnam y lo que han tardado en hacer lo propio con los atentados del 11-S de 2001. Cuestión de no inquietar al público acercándose demasiado, o demasiado pronto, a la realidad, no sea que dejen de pasar por taquilla, lo cual por otra parte dice mucho de la manera en la que la sociedad norteamericana entiende el cine esencialmente como herramienta para el escapismo y reconstrucción ficticia de la realidad adversa.

Llegado a este punto hay que destacar la principal diferencia entre el tipo de antihéroe de clase trabajadora que propone Stallone y Acorralado y Máximo riesgo frente al John McClane de Jungla de cristal. El de Willis es un tipo golfo y simpático, tiene en su ADN una especie de vena improvisadora de Indiana Jones y desde su cinismo se lo pasa bien y además no le guarda rencor a la realidad. Por el contrario los antihéroes de Stallone en estas películas son hombres tristes que arrastran una tragedia en su pasado y en ambos casos intentan superar el síndrome del sobreviviente que formuló el psicoanalista W. Niederland después de estudiar a víctimas directas del Holocausto, descubriendo una serie de manifestaciones psicológicas con rasgos constantes como temores, insomnio, fobias, pesadillas recurrentes y persecutorias, tendencia al aislamiento, depresiones crónicas de distinta intensidad y manifestaciones psicosomáticas.

Dicho más claramente: John Rambo y Gabe Walker sufren mucho. Por el contrario, John McClane es un gamberro y se ríe en la cara del peligro incluso cuando se va clavando cristales en los pies descalzos mientras suelta sapos y culebras por la boca.

Walker es una reconstrucción del personaje de Rambo mirando de reojo McClane y Máximo riesgo es un resumen perfecto y un tanto crepuscular de una manera de entender el cine de acción como superproducción que parece haberse perdido casi totalmente arrasada y desplazada por el cine de superhéroes. Stallone, al que al margen de su imagen cinematográfica como antihéroe ingenuo tipo Rocky Balboa o como Rambo es una de las entidades creativas más astutas de la industria del cine estadounidense de las últimas décadas y ha demostrado reiteradamente su conocimiento afinado de las claves del negocio del ocio audiovisual y su probada capacidad para ganarse al espectador que paga entrada en taquilla, supo advertir en clave profética la influencia que iban a tener los superhéroes como alternativa al tipo de héroes que él, Willis, Schwarzenegger, Van Damme y Steven Seagal, entre otros, representaban cuando, tras ver a Michael Keaton “blindado” con su traje de hombre murciélago en Batman, de Tim Burton, manifestó su estupor ante los resultados afirmando que de haber sabido que con un disfraz podía conseguir esos efectos se habría ahorrado los cientos de horas levantando pesas y machacándose en el gimnasio. Y cuando finalmente se puso a rodar Máximo riesgo, película de 70 millones de presupuesto, que consiguió una recaudación de 171 millones de dólares en todo el mundo, lo primero que encontró fue un cómplice en el director Renny Harlin, que por un lado buscaba una alternativa a esta fórmula de cine que no le llevara exactamente por el mismo camino de lo que ya había hecho en La jungla 2 (Alerta roja) en 1990, y por otro quería hacer del personaje interpretado por Stallone una figura creíble sin pasarse al lado de lo superheróico en las secuencias de acción, lo que le llevó a eliminar la secuencia en la que Gabe Walker saltaba sobre un abismo en la escena culminante de la película. Eso además de poner a Stallone en posiciones particularmente incómodas con las escaladas y el frío para mostrar cómo se va desgastando físicamente en el enfrentamiento con los antagonistas, que a su vez van sufriendo su propio deterioro como grupo hasta llegar a un punto de ruptura final con traiciones incluidas, liderados por John Lithgow, que destaca como uno de los mejores antagonistas de este tipo de cine, en un papel para el que inicialmente ficharon a Christopher Walken y barajaron los nombres de David Bowie y el líder de Roxy Music, Bryan Ferry.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Martes, 20 Noviembre 2018 11:55
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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