Jaume Balagueró le da otra vuelta de tuerca al género de intriga con sus gotas de terror, algo que parecía imposible, o como mínimo muy difícil, consiguiendo que en Mientras duermes nos identifiquemos con la figura del monstruo, la amenaza, el motor del miedo en el relato. Vemos toda la trama a través de los ojos del portero protagonista de esta historia, hombre siniestro,  pero que nos expone sus justificaciones desde el principio y a partir de ese momento no va a dejar que nos escapemos de la trama, obligándonos a seguirle en su tortuosa senda de acoso a sus víctimas.

Balagueró saca petróleo con elementos mínimos y una sencillez elegante al tratar el cine de género, construyendo una trama en la que se dejan ver influencias de los terrores de interior de la filmografía de Polanski, como Repulsión (llevando un poco  más allá en lo sangriento la escena de asesinato en la bañera) o El quimérico inquilino, y a medida que avanza el relato deja que el ritmo se vaya acelerando en unas claves que nos recuerdan el cine de Alfred Hitchcock, y más concretamente Psicosis (salvo que Mientras duermes consigue que nos identifiquemos con el monstruo desde el principio y lo veamos todo a través de sus ojos, incluso temiendo que le descubran en sus miserables maquinaciones, con esos planos bajo la cama de su principal víctima, mientras que nuestra identificación con el temible Norman era más inocente, pues en principio desconocíamos su verdadera naturaleza como amenaza). Incluso estamos atrapados en esa inquietante identificación con el agente del terror a través del humor (su entrada en el apartamento infestado con su fingido desconocimiento del lugar, por ejemplo). De ese modo, nos ocurre algo similar a lo que sucede con el protagonista de un clásico, Pickpocket, de Robert Bresson: nos identificamos plenamente con el protagonista. Sabemos que es un tipo miserable, pero de la misma manera que él no puede escapar de esa ausencia absoluta de felicidad en su vida, nosotros no podemos escapar durante la proyección de sus actos, de manera que en cierto modo somos también un poco sus víctimas.

Destaca también la manera astuta en la que Balagueró dosifica las claves de su fábula, narrada totalmente en interiores en los cuales estamos encerrados con la amenaza y con sus víctimas, como si no pudiéramos escapar. Una clave aplicada, pero con otra fórmula y resultados totalmente distintos, en la saga de REC. La herramienta para ello es la cotidianeidad, elemento esencial para asentar las buenas fábulas de terror, como aquí ocurre. El director nos muestra en varias ocasiones la cotidianeidad de sus personajes a primera hora de la mañana, dejando que nos confiemos en esas vidas ajenas, antes de apretar el acelerador y conducirnos a un ritmo más acelerado hasta los acontecimientos que van a precipitar la tragedia haciendo que se haga plenamente presente la amenaza.

En todo ello tiene Balagueró unos aliados esenciales: los actores. Luis Tosar, Marta Etura y el resto del reparto son las mejores herramientas del director  para sembrar la inquietud  en el espectador, junto con un juego de iluminación y trabajo con el espacio que como he comentado me recuerda los terrores en interior de Polanski.

Miguel Juan Payán

Celda 211 ★★★★

Noviembre 11, 2009



Crítica de la película Celda 211

Recuerdo a Daniel Monzón a principios de los 90, cuando ejercía de crítico cinematográfico en el programa de cine de Televisión Española que ya por aquel entonces se llamaba, si no recuerdo mal, Días de Cine, junto al entrañable y desaparecido José Luís Guarner. Los dos analizaban una película de estreno, cada uno con un estilo ciertamente particular. Guarner, con la sabiduría y el lenguaje propios de quien llevaba toda una vida dedicada a la crítica cinematográfica, mirando con cierto desdén los estrenos más comerciales; Monzón, con el ímpetu de quien ha mamado cine de otra generación, con otra mirada más ingenua pero también más apasionada. En el año 2000 el crítico Monzón se convirtió en director, y ahora, en 2009 nos regala una película, la cuarta suya como cineasta, fundamental, imprescindible para nuestro cine, y que le convierte en uno de los nombres más importantes de nuestra pequeña industria cinematográfica.

Celda 211 es la película que quienes amamos el cine llevábamos tiempo deseando que se produjese en el cine de aquí. Y no por dar la razón a quienes desprecian a nuestro cine acusándole de repetitivo y de producir sólo comedias soeces o dramas guerra-civilistas, sino más bien por albergar la esperanza de que sea la primera de muchas, la que abra el fuego hacia un cine de género propio, más alla de Alex de la Iglesia o de los primeros trabajos de Amenábar. Que en Espña se produzca un drama carcelario como éste es un acontecimiento fundamental, más aún si se hace con la solvencia y rotundidad con la que Daniel Monzón la ha rodado o con la maestría de Luís Tosar protagonizándola, por nombrar sólo a las dos figuras más importantes de esta película, en la que todos, desde el director hasta el más secundario de los intérpretes, realizan un trabajo soberbio.

Pero todos recordaremos, siempre, A Mala Madre, esa bestia a la que ha dado forma un inmenso Luís Tosar. El actor gallego no ha hecho otra cosa que recibir agradecido el enorme regalo que Monzón le ha hecho con este papel. Pero ojo, que lejos de dar por hecho que simplemente Tosar ha puesto rostro y cuerpo a un personaje bien escrito y definido, hay que destacar cómo lo ha trabajado, modulando su voz y haciendo un uso superlativo de ese regalo que sin duda supone el poder encarnar a un villano que permanecerá para siempre en nuestra memoria cinéfila. Cada mirada, cada movimiento, cada puñalada, cada sonrisa de Tosar como Mala Madre nos invitan a pensar que estamos ante uno de los mejores actores de nuestro cine, alguien que ya llevaba tiempo demostrando su capacidad y que con este personaje alcanza la cima absoluta de nuestro minúsculo star system.

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Y a partir de semejanre creación, todo es un poco más fácil. En Celda 211 disfrutamos de todos los tópicos del género carcelario, adaptados a la idiosincrasia de nuestra realidad. Tenemos al líder absoluto rrpresentado en Mala Madre; al segundón que se cela por los galones que va adquiriendo Juán Oliver, más conocido como Calzones (estupendo Alberto Ammann); al clan sudamericano liderado por Apache, a quien pone rostro un gran Carlos Bardem; al grupo etarra, clave en el desarrollo de la trama; a los funcionarios cabrones (nueva lección de Antonio Resines) y al drama de quien nada puede hacer cuando la persona a la que ama se ve envuelta en todo lo que ocurre en la prisión. Todo ello aderezado con una intriga perfecta, lógica y bien construída, basada en un cine de topos e infiltrados inusual en nuestro cine.

Todo ocurre rápido, todo fluye a velocidad de crucero, la misma con la que Daniel Monzón, con su cuarta película, ha logrado madurar como cineasta y, sobre todo, como guionista. Se perdió a un crítico estupendo, pero el cine español salió ganando sin duda, ya que cuenta entre sus directores con alguien que sabe qué necesita nuestra industria y qué quiere ver el público de aquí. Y a ese público le regala una cinta extraordinaria, que además, y como no podía ser de otra manera, está recibiendo críticas halagadoras.

 

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Luís Tosar acaparará elogios, todos ellos más que merecidos, pero que nadie se olvide de Daniel Monzón. Yo aprovecho para recomendar su segunda película, aquella locura disparatada titulada El Robo Más Grande Jamás Contado, una comedia de suspense divertidísima con unos impagables Antonio Resines y Javier Manquiña, que pasó desapercibida en su momento y que conviene rescatar ahora, aprovechando el enorme éxito que seguro tendrá esta Celda 211. A ver si todo el mundo las ve, una en su casita, la otra en el cine, para que, ya puestos, más de uno cambie su concepción respecto al cine español. Y mientras tanto que Monzón vaya haciendo sitio en su casa a los Goya que se va a llevar...

 

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