Crítica de la película Mi vida con Amanda

Emotivo y accidentalmente muy oportuno viaje de reflexión ante la pérdida.

    “Cuando en el plato hay algo que no te gusta ¿Lo comes al principio o al final?”. Es lo que le pregunta Amanda, la niña de la película, a su tío, encargado de cuidarla, en uno de esos momentos en que, ya para empezar, la película formula la clave argumental del asunto que se nos propones, esto es: los adultos-niños frente a los niños que enseñan a los adultos. O dicho de otro modo, lo que los adultos pueden llegar a aprender de los niños, especialmente si sus vidas no son precisamente organizadas, y necesitan un toque de responsabilidad.

     La infalible asociación niño-adulto suele funcionar bien en el cine casi siempre, el 95 por ciento de las veces. En el peor de los casos resulta en una historia entretenida por ese choque de mundos distintos y porque los viajes de quienes los representan puestos en paralelo da casi siempre buen juego argumental. Pero en este caso el dúo formado por David y Amanda, un adulto aniñado y una niña obligada quizá a crecer demasiado pronto desde la inocencia demoledora de sus siete años, consigue ser además un buen cebo de arranque para plantearnos un puñado de cuestiones interesantes.