Paula Ortiz convierte Bodas de sangre en un western andaluz.

Un desierto imaginario, tan espectral como sobrecogedor, es el lugar donde transcurre esta nueva versión de una de las obras más viscerales de Federico García Lorca. Los amores malsanos y adúlteros entre Leonardo y “La novia” hierven sulfuro con las palabras del genial rapsoda, para formar un cuadro de traiciones que ha inspirado a numerosos creadores a lo largo de la historia. Tal texto evocó en Carlos Saura y Antonio Gades taconeos flamencos, mientras que a Paula Ortiz parece haberle susurrado duelos a lo Far West con raíces españolas.

La directora imagina un universo de rostros aciagos y ojeras en los semblantes: paisaje que en ciertos momentos podría remitir incluso al de Kill Bill, de Quentin Tarantino. Un infierno de rojos intensos que queda enmarcado por la desasosegante entonación de los versos del poeta nacido en Fuente Vaqueros, ejecutados por los actores con la precisión del bisturí.

Ortiz confía semejantes diálogos humanos e hirientes a un grupo de profesionales que sienten con profundidad las frases del autor de La casa de Bernarda Alba, y confeccionan con ellas un entramado de insinuaciones vertiginosas, en el que el aura mortuoria se convierte en guía y salvaguarda del trágico desenlace.

Sin embargo, hay un cierto desequilibro entre las imágenes (demasiado artificiales y un tanto excesivas en su simbolismo) y la dramaturgia lorquiana. PO respeta las expresiones del texto original, pero sucumbe ante una adaptación que suscita muchas preguntas sin respuesta. Silencios que quedan vacíos a pesar de los alardes visuales que la directora ofrece, con el objetivo de vestir un poco el minimalismo general.

En medio de ese juego destinado a tapar agujeros, las excelentes interpretaciones de Inma Cuesta y Álex García se erigen como motores de gran valía escénica, siempre a lomos de unas caracterizaciones cargadas de amargura y condenación. Un tránsito al abismo creíble y pasional, en el que también ponen los dos pies Leticia Dolera, Asier Etxeandía, Luisa Gavasa y el tristemente fallecido Carlos Álvarez-Nóvoa, entre otros.

El trabajo del elenco al completo -acomodado en el esfuerzo colectivo- es el mejor aval de una película con demasiados puntos negros, ante los que Ortiz solo propone la alternativa de la plasticidad carente de solidez. Una senda que contribuye a generar la desconexión con respecto a un argumento de esencias perturbadoras.

Dentro de este laberinto de cuestiones misteriosas, quedan un tanto extraños los flashbacks que explican la relación desde niños del triángulo protagonista; y, sobre todo, los relativos a la enemistad ancestral de las familias del novio y del rebelde Leonardo.

Frente a tal pliego de huidas narrativas, la responsable de De tu ventana a la mía muestra falta de claridad al reflejar asuntos de vital trascendencia en la trama, como ocurre con la explicación de por qué Leonardo accedió a casarse con el papel de Leticia Dolera.

Jesús Martín

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Modificado por última vez en Viernes, 08 Enero 2016 09:16
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Jesús Martín

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