Ramón Térmens firma una película en la que la huella de Quentin Tarantino está presenta en cada plano. Violenta y excesiva, la historia y su desarrollo no dejan indiferente a nadie.

En un paisaje tan desolado como el de un falso almacén cárnico, el director catalán Ramón Térmens explora los límites del salvajismo humano. Una frase de William Shakespeare permite al creador español montar un argumento plagado de comportamientos al borde de la locura sanguinolenta, montado en torno a las bandas de narcotraficantes que dominan México y el territorio fronterizo con Estados Unidos.

Encerrados en una factoría convertida en museo de los horrores, Santiago (Daniel Faraldo) y Benny (Andrew Tarbet) llevan a cabo los descuartizamientos y asesinatos que les ordena un capo de la droga llamado Lucho (José Sefami). Sin embargo, el macabro trabajo de estos mercenarios de la muerte les exige un plus de bestialidad, cuando deben encargarse de asesinar a una niña de corta edad (Priscilla Delgado). Ante tal comedido, y por si su decisión es la de liberar a la pequeña víctima, el jefe mafioso envía al lugar a su sobrino Martín (Sergio Peris-Mencheta): un psicópata sin escrúpulos, con la única misión de acabar con todo rastro de vida en el matadero cárnico.

La lúgubre puesta en escena ayuda a que el mensaje de El mal que hacen los hombres sea percibido en toda su dimensión como un infierno constante, del que es imposible escapar indemne. En medio de ese Averno de hormigón y sierras eléctricas, Santiago se muestra como un ser tocado por el apego a la sangre desde que era un adolescente. Este individuo es el que se encarga de mantener en plena actividad homicida a su compañero estadounidense: un antiguo médico condenado a diez años de prisión, que tiene que pagar su excarcelación al orondo Lucho.

Estos dos sicarios son los personajes sobre los que Térmens construye la endeble conciencia de un universo destructivo y carente de moral. Papeles que quedan enmarcados perfectamente por el hieratismo comprensible de Faraldo y Tarbet. Un mimetismo de viscerales consecuencias, al que se opone la caracterización voluntariamente maquiavélica y ambigua de Sergio Peris-Mencheta.

Con una estructura tomada directamente del teatro filmado, el cineasta encierra al terceto (más a la asustada niña) en un lugar sellado a cal y canto, amueblado con los miedos y el ansia frenética y criminal que circunda la evolución de la historia.

Si hubiera que buscar una inspiración para la obra de RT, sin duda esta sería la del cine de Quentin Tarantino; y, en concreto, la de Reservoir Dogs. El parecido entre ambas movies es más que evidente, y deja traslucir el similar amor hacia los libretos teñidos de sangre hasta en los temas musicales que acompañan a las imágenes.

No obstante, El mal que hacen los hombres no goza de la misma pegada que su supuesto modelo cinematográfico, ya que la resolución del largo de Térmens se atisba como demasiado artificiosa y rocambolesca. En este sentido, la sorprendente modificación en el comportamiento de Santiago es bastante inverosímil, y su recién dibujada vulnerabilidad queda como un apaño un tanto chapucero.

Sin embargo, es de agradecer la fuerza explícita de esta oscura aventura, cuyo poder de enganche baila al ritmo de la notable labor del elenco artístico al completo.

Jesús Martín

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Modificado por última vez en Martes, 15 Marzo 2016 08:23
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Jesús Martín

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