Crítica de la película Invasión a la Tierra: Batalla de Los Angeles

Me lo he pasado como un chaval viendo esta película. He gozado como un marrano en un cenagal. He recuperado mi infancia toda de golpe. Así que vayan preparando la munición de tomates para ponerme a caldo por decir que Invasión a la Tierra: Batalla Los Ángeles me parece una gozada, una película de evasión pura y dura, sin concesiones, entretenida, muy divertida, con acción a raudales y sin ninguna intención de revolucionar el arte cinematográfico, la estética del audiovisual o nuestra manera de pensar sobre nada en particular. Es puro entretenimiento. Se le podrán sacar pegas, sin duda, y casi seguro que alguna aparecerá en las líneas que siguen, pero como espectáculo de evasión en mi opinión es impecable e implacable.

Lo implacable alude a que no da cuartel. Va a la yugular del entretenimiento desde el principio, y no ahorra ni munición visual ni munición sonora para meternos de cabeza en esa batalla de Los Ángeles del título que cobra forma a nuestro alrededor como si fuéramos casi el cámara que la está filmando.

El planteamiento visual es el mismo que el aplicado en las series de televisión de acción más recientes, con la cámara pegada a los personajes, al hombro, moviéndose con ellos, lo cual, exagerado, llega a molestar, y en pantalla pequeña funciona mejor que en pantalla grande, todo hay que decirlo. Aquí me ha molestado algo tanto meneo en las secuencias de acción, pero lo he pasado tan bien viendo la película que se lo perdono. Es además una estrategia que ya empleó en su momento Ridley Scott en Black Hawk derribado, película con la que Invasión la Tierra tiene muchos puntos en común. De hecho, es uno de sus dos referentes. El otro referente inmediato, salido además de la televisión, sería la serie Generation Kill, una aproximación a la guerra de Irak ciertamente más interesante y novedosa que la mayor parte de las películas bélicas que nos llegan sobre ese conflicto.

El tercer referente es de tipo narrativo, y es el que me parece más interesante. Lo que ha hecho el director es adaptar nuevamente La guerra de los mundos de H. G. Wells, pero empleando además el mismo esquema y motivación: trae la guerra de Irak a territorio americano, o lo que es lo mismo, hace que los americanos se pongan en el lugar de los iraquíes ante una invasión exterior arrolladora, tecnológicamente superior, que quiebra casi de un solo golpe toda la resistencia humana a nivel militar. Pasando de invasores a invadidos, los marines estadounidenses recuperan el espíritu heroico de la que muchos conocen como “la última guerra justa”, esto es, la Segunda Guerra Mundial. No es extraño por ello que uno de los iconos cinematográficos del cine de propaganda bélica en aquel conflicto, John Wayne, aparezca citado en el diálogo de ésta película. Pasando a sus militares por el filtro o más bien el altar sacrificial de la invasión de su propio suelo, el director recupera el heroísmo épico del cine bélico de toda la vida.

En ese mismo sentido ejecuta una fórmula de hibridación de géneros que le da buenos resultados mezclando el bélico con la ciencia ficción. El ejercicio tiene el mismo esquema o fórmula que en su momento aplicara Ridley Scott cuando hibridó ciencia ficción con terror en Alien, y como en aquella, también aquí el director es suficientemente astuto para dejar claro desde el primer momento que la ciencia ficción es sólo el envoltorio iconográfico que prepara al espectador para el dominio posterior de la puesta en escena del género dominante en el resto del metraje (el terror en Alien, aquí el bélico).

Esta mañana, al salir del pase de prensa, un colega afirmaba categóricamente: “a mí el cine bélico me aburre”. He pasado de contestarle lo más obvio ante tamaña declaración: “eso es que no has visto buen cine bélico”.

Invasión a la Tierra es buen cine bélico, y como no podía ser de otro modo en ese género, tiene su ración de inevitable propaganda militarista. Su “momento John Wayne”, sus “Semper Fi”, sus saludos, su buen rollito con la infancia, y sí, su paternalismo de los militares frente a la sociedad civil. Como no soy militar, podría quejarme ahora de que a los periodistas (mi profesión,  a mí me pagan por esto) no están convenientemente representados. Pero si me permiten el exabrupto, eso sería una gilipollez y además un ejercicio de mediocridad por mi parte: el periodismo y la sociedad civil no pintan nada en este baile. Seamos serios y dejemos de pensar que somos el ombligo del planeta y el resto del personal está aquí para servir como secundarios y figurantes en la película de nuestra vida, que algunos cuanto más humanismo predican menos se les nota en la maneras que son humanistas y les sale el ego herido hasta por la costuras de los calzoncillos o las bragas.

No es cine antibelicista, sino cine bélico. Tampoco es cine pacifista. Ni una declaración de principios de nada. No hay que confundirse. Es simplemente una película de guerra, en la que inevitablemente, como ocurre en toda película del género cocinada en Estados Unidos, brota su segunda naturaleza como herramienta de reclutamiento. No estoy ciego ante tal evidencia. Lo que ocurre es que entiendo que allí en Estados Unidos las cosas son distintas y, dado que estoy viendo una película norteamericana, además con ese título, mi cabeza da lo suficiente de sí como para tener claro de qué va el asunto. Sabiendo lo que me espera, me predispongo a favor de ello o, caso contrario, si sintiera animadversión por la propuesta, me metería en otra sala a ver otra película. Lo que no puedo hacer como espectador es llamarme a engaño. Recuerdo que cuando salí de ver Black Hawk derribado una compañera me dejó bastante pasmado representando una especie de ceremonia de indignación teledirigid, por otra parte muy hilarante, afirmando que la película de Scott le parecía políticamente incorrecta ¡porque no reflejaba el punto de vista de los somalíes!

Para prevenir ese tipo de mítines de adoctrinamiento entre la parroquia al salir de ver esta otra película, aviso ya: en Invasión a la Tierra ¡no está el punto de vista de los extraterrestres!

Ahora bien, volviendo a lo que comentaba antes, creo que hay algo más detrás de la pirotecnia visual y el ejercicio de cine de género, vertiente bélica, desde el momento en que su ejercicio argumental admite interpretar la película como una variante válida de La guerra de los mundos de H.G. Wells. Wells con su novela quería trasladar a los lectores cómo se habían sentido los nativos de las aldeas de los lugares colonizados por las potencias europeas cuando se les venía encima un enemigo superior dispuesto a expoliar sus recursos naturales y sus riquezas en general. Para ello tuvo que convertir a los ingleses en nativos invadidos, y a los colonialistas en marcianos invasores. Más allá de la fábula estaba la importante reflexión de ponerse en el pellejo de los otros, intentar ver el mundo desde los ojos de los nativos invadidos, expoliados, violados y masacrados.

Y me pregunto yo si en esta Invasión a la Tierra, haciendo de los invasores los invadidos, no estamos en ese mismo ejercicio de cambiar la perspectiva para mirar con los ojos del otro.

El hecho de que los extraterrestres vengan a nuestro planeta buscando agua, que casualmente es su petróleo, esto es, su combustible, creo que habla por sí mismo sobre ese intento de permuta de papeles entre invasores e invadidos, esa intención de llevar la guerra de Irak a las calles de Los Ángeles.

Pero, ya digo, aquí de punto de vista de los alienígenas, nada de nada.  Para eso hay que ir a ver Distrito nueve, que también está bastante bien.

Aclaro también que ésta es una visión mucho más completa, mucho mejor, mucho más pertrechada de medios y mejor construida, narrada y pensada que Skyline, a la que también defendí en estas líneas y en las páginas de la revista, aunque por ello me cayera la del pulpo.

Aquella era serie B, pura y dura, barata, limitada y a mi parecer pasablemente distraída. Aseado producto de segunda división.

Ésta juega en la primera división. Es mucho mejor, pero además es más entretenida.

Señores, me confieso: yo al cine voy a divertirme en primer lugar. Luego si además me aportan algo más, perfecto, pero lo primero es la diversión. No voy a que me hagan soñar, ni a que me conquisten como prosélito para ideología alguna o me recluten para el ejército. Tampoco voy a hacerme pajas mentales. Ni quiero que las películas me ofrezcan una vida supletoria porque ya estoy suficientemente pleno en mi propia existencia real. Al cine voy sobre todo a pasar el rato. Y si me pongo una película en casa persigo lo mismo. A ser posible un buen rato y sin que ofendan a mi inteligencia, con un buen ejercicio cinematográfico.

Invasión a la Tierra es una buena película de guerra. El que busque otra cosa, que se vaya a otra sala.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Millennium 3. La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire

Es bastante difícil para cualquier saga cinematográfica mantener el hilo narrativo y el interés del espectador durante tres películas sin que la trama, los personajes o el ritmo de la cinta sufran. En ese sentido, Millennium 3, La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire, consigue mantenerse a la altura con muy buen resultado, aunque no perfecto. La película funciona a muchos niveles, de forma más que correcta, pero en algunos otros baja las expectativas hasta causar la risa del espectador. Los primeros momentos se elevan por encima de los segundos, pero aún así estos permanecen en el espectador dejándole un sabor agridulce, como si la guinda del pastel de esta trilogía estuviese pocha.

Dos horas y media de proyección para finiquitar una trilogía que la mayor parte del público sabe inconclusa. Nunca sabremos qué tenía pensado Stieg Larsson para la continuación de su saga literaria. Se supone que la historia continuaría durante al menos unos cuantos libros más (o al menos eso aseguran todos sus allegados. Su viuda asegura que acababa de empezar la cuarta novela), pero la repentina muerte del autor nos lleva decir adiós a la saga aquí y ahora. No con un final abrupto e injustificado, ni mucho menos, pero sí con ganas de más. Una puerta al futuro abierta que nunca se llegará a cruzar.

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Mucha gente ha llegado a comentar que la llegada de Daniel Alfredson sustituyendo a Niels Arden Oplev entre la primera y segunda películas se debieron a problemas entre director y productores. Observando el cuadro completo, con Millennium 3 también dirigida pro Alfredson... Bueno, los motivos para el cambio quizá nunca se entiendan, pero debido a la mayor continuidad entre la anterior película y esta, nos encontramos ante un acierto con respecto a la narrativa y el estilo. Las dos últimas películas están mucho más interconectadas de lo que está la primera, lo que no quiere decir que Los Hombres que No amaban a las mujeres no pertenezca a la trilogía, simplemente que las conexiones entre estas dos son mayores, empezando por el hecho de que La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire y pretende resolver la mayor parte de tramas que quedaron abiertas en aquella. Y lo consigue. Las tramas se cierran, no quedan cabos sueltos, no quedan historias pendientes, sino esa puerta al futuro a la que nos referíamos antes.

Por supuesto el dúo protagonista, Michael Nyqvist y Noomi Rapace, se encuentran tan cómodos en sus papeles que bordan las interpretaciones. Siendo personajes tan dispares, pero en el fondo tan similares, sus interpretaciones son diferentes en matices, pero están intrínsecamente unidas por la contención y la mesura. No hay gestos de más, no hay palabras que sobren, porque saben de sobra quienes son Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander. De hecho, Rapace es quien más beneficiada sale del guión y consigue algunos de los momentos más interesantes de la película, sobre todo con el médico/cómplice que tiene en el hospital, con el que pasa de comportarse como una niña con miedo (lógico con todo lo que ha pasado, ese temor), a defenderse con rabia contenida, como la Lisbeth que todos conocemos. O su contención durante todo el juicio pese a su aspecto en el peinado y el maquillaje. La imagen de una fiera, sí, pero en sus ojos se puede ver todo el dolor, la rabia y la humillación que los recuerdos y hablar de ello en voz alta le trae a la cabeza.

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Lo mejor de la trama es que no se hace nada pesada pese a sus dos horas y media de duración. Sí, algo más de concisión y quizá alguna elipsis no le sentarían nada mal. El metraje se hace en algunos momentos algo denso, debido a que la historia frena de cuando en cuando, sobre todo en la mencionada parte de Lisbeth en el hospital. Pero son sólo ciertas partes de la película, algunos momentos. Pero la mezcla de género negro e intriga política, como la de los thrillers políticos americanos de los años 70, funciona a la perfección. La caza de Mikael sobre la sección, con tintes de ese cine pero con la esencia de las obras del cine europeo, convierten Millennium 3 en un gran entretenimiento que se disfruta de principio a fin sin problemas y que entusiasmará a los seguidores de la obra. Incluso los alicientes del más típico slasher americano de terror, con ese asesino gigante silente, que ni siente ni padece (la escena bajo al lluvia posee una atmósfera excelente), son otro aliciente más para el gran público. Además el sexo pierde parte de protagonismo, algo que distraía un poco en las anteriores películas, pese a servir para definir a los personajes y sus acciones. Un entretenimiento de primer orden.

Los problemas con la película vienen por otro camino. Primero la dirección de Alfredson, con el formato reducido, en lugar del scope empleado por Arden Oplev, su forma de contar la película... resultan demasiado televisivos. A veces emplea cámara al hombro para tratar de dinamizar las escenas más pausadas, pero no siempre funciona, y llega a abusar de sistemas de narración propios de la televisión, como el plano/contraplano en los diálogos entre personajes. Y las escenas de acción... Ahí sí reside un gran problema, un enorme pero a la película. Hay momentos básicamente ridículos que arrancan carcajadas de la platea por estar mal planificados y mal rodados (hay, por ejemplo, un lanzamiento de un bote de pintura a un metro de distancia en el que se ve perfectamente al actor que lo hace fallar a drede para no dar a la protagonista. La gente se ríe mucho con eso).

Son algunas cosas que te sacan de quicio brevemente durante la proyección y que terminan por no redondear una película que podía haber sido mejor, pero que es un buen ejemplo de cine de suspense. Eso sí, siempre que hayamos visto las dos anteriores.



Para quien va al cine con la frecuencia con la que yo lo hago, ciertas películas se delatan desde el primer minuto de metraje. En estos tiempos de  blockbusters, de adaptaciones comiqueras, de secuelas y remakes que yo soy el primero en disfrutar, una obra como Up in the Air se manifiesta enseguida como un elemento extraño. Cierto es que estamos en enero, el primero de esos meses mágicos que componen el primer trimestre de cada año, cuando por aquí tenemos la fortuna de disfrutar con algunas de las películas más destacadas del año, aquéllas que estarán presentes en las principales entregas de premios. Pero en este 2010 ese cine de calidad ha llegado con un regalo sublime, una de esas películas que te sobrecogen, y que, como decía al principio, sobresale de todo lo que hemos visto en los últimos meses desde su primer fotograma. Ya entonces, los asiduos a los cines sabemos que vamos a disfrutar de algo distinto, mejor, mucho mejor...

El trabajo de Jason Reitman ya había sido elogiado en Gracias por Fumar, y, sobre todo, en Juno, dos películas interesantes, correctas, algo sobrevaloradas en mi opinión. Y lo cierto es que ambas palidecen al lado de Up in the Air, una película redonda, auténtico cine con mayúsculas impropio de alguien que todavía está empezando su carrera como cineasta. No es frecuente ver en una tercera película semejante dominio del oficio, y, sobre todo, la perfección en dos aspectos básicos: la historia y la excelente dirección de actores.

Como no podía ser de otra manera, con esos dos elementos tan bien engarzados, el resultado es el que es. Alguien dijo alguna vez que un buen guión no hay director que lo estropee, y que de uno malo no hay cineasta que haga una buena película. Reitman se merece los elogios porque no sólo no ha estropeado el buen libreto sino que además es uno de sus firmantes, junto con Sheldon Turner (responsable de los guiones de cosas tan apartadas de ésta como El Clan de los Rompehuesos o La Matanza de Texas, El Origen), a partir, eso sí, de una elogiada novela de Walter Kirn.

El estupendo guión nos cuenta la historia de  Ryan Bingham, un curioso tipo que no tiene casa, ni familia, ni amigos íntimos. Sólo tiene trabajo, concretamente uno que le permite volar por todos los estados alojándose en hoteles de lujo y viajando en primerísima clase gracias a su condición de pasajero VIP, ésa que ha obtenido al haber alcanzado un gigantesco número de horas de vuelo. Entre aeropuerto y aeropuerto, Ryan se dedica a despedir a los trabajadores de aquellas empresas del país que no se atreven a hacerlo directamente, y que contratan para ello a la empresa de nuestro protagonista, quien dedica parte de sus pocas horas libres a dar conferencias sobre su llamativo estilo de vida.

No es esta historia, por tanto un mal punto de partida para una película, aspecto que se acentúa favorablemente con los audaces diálogos que los personajes disparan con una pasmosa solvencia. Y otro punto a destacar del trabajo del joven director-guionista es la increíble dirección de actores, la que ha permitido a George Clooney estar como nunca antes había estado. El bueno de Clooney había trabajado antes con los Coen, con Soderbergh o con Terrence Malick, cineastas de un talento descomunal que no habían sido capaces de obtener del actor un talento semejante al que Jason Reitman ha obtenido. Alguien podrá restar méritos a ambos aduciendo que el actor casi se auto-interpreta, ya que su personaje es un guaperas que elude los compromisos y las ataduras inquebrantables, pero, en mi opinión, ésa sería una visión ciertamente sesgada de un Ryan Bingham que es capaz de mostrarse comprensivo y paciente con las personas a quienes despide, tratando en todo momento de aliviarles y comprenderles. Clooney, en la piel de Ryan, vuela, ríe, come, baila, despide y vuelve a volar, con una capacidad de emocionar y transmitir impagable. Y, cómo no, terminará siendo presa de ese sentimiento que a todos atrapa finalmente: el amor, el que termina sintiendo hacia el personaje de una Vera Farmiga que no desentona en absoluto. Ese amor hará que nuestro protagonista corra por una terminal como nunca en su vida había hecho, a pesar de llevar toda esa vida en los aeropuertos.

Up in the Air es comedia y drama a partes iguales, con las dosis perfectamente encajadas. Es ese cine que a Hollywood parece por momentos habérsele olvidado, ese cine que cuenta historias magníficas protagonizadas por personajes interesantes, de ésos que permanecen para siempre en nuestra memoria cinéfila. Habla de aspectos tan importantes como la soledad, el desarraigo, el amor, y de un tema tan candente como el del desempleo, que tristemente tantos titulares ocupa en la actualidad. No he encontrado puntos débiles en la película, y no porque no se los haya buscado. Yo, que no me emocioné con Juno, no daba crédito a la contundencia de la obra de un Jason Reitman que, sin duda, ya se ha convertido en mejor director que su papi Ivan, quien en los 80 nos ganó para su causa con la estupenda Los Cazafantasmas, aunque tras ella fuera incapaz de rodar una película que se acerque mínimamente a Up in the Air. Cine de altos vuelos, cine maravilloso...