Crazy, Stupid, Love ***

Cuando uno entra a ver una película como Crazy Stupid Love, si sabe en principio a lo que se enfrenta, si conoce de qué va la película y qué ofrece su argumento más o menos, se le plantean dos dudas iniciales que son los dos escollos que tienen que salvar los responsables de la misma para convertir la cinta en una buena película. El primero tratándose de una película coral como esta, superar la inercia de una estrella como Steve Carell y conseguir que todos los personajes disfruten de suficiente tiempo en pantalla como para que sus historias nos interesen y no queden eclipsados por el actor.

El segundo y más complicado es acercarse a una trama romántica como ésta y hacerlo sin exceso de babas ni sentimentalismos baratos, con ternura pero con un punto ácido y suficientemente divertido como para que sea una película entretenida para todos los públicos y no sólo para seguidores de la comedia romántica. Es el más difícil de bordear sin duda, y es el que más problemas acaba acarreándole a la que es, por otro lado, una buena película cargada de humor y grandes actores. Pero tarda más en sucumbir que muchas otras compañeras de fatigas.

Si hace una semana teníamos Prom, que era la versión estudiantil de una película de este género, ahora llega Crazy, Stupid, Love, su vertiente más adulta siempre dentro de la comedia romántica. Y aunque en el artículo que escribí para la revista Acción de este mes, señalaba algunas de las más famosas obras dentro de las películas corales, sí es verdad que ésta encuentra su mejor reflejo en aquella joya británica que fue Love Actually, con un brillante reparto y una madurez que pocas veces se puede observar en el cine americano más comercial. Love Actually tenía un punto amargo, un punto canalla y poco convencional en sus relaciones y en su final, donde no todo era dulce y armonioso, sino que era un comienzo o la continuación de la vida. Quizá eso es lo que le falta a Crazy, Stupid, Love, una comedia mucho más blanca que aquella. Llena de historias que se cruzan relacionadas con el amor, pero mucho más luminosa a fin de cuentas, lo que le resta en lugar de añadirle. Para ser una muy buena película dentro del género a ésta le falta ese punto de amargura final.

La historia es sencilla y los personajes entrañables. Un padre de familia que descubre que su mujer le engaña y decide separarse, lo que le llevará a conocer a un joven ligón que le enseñará a ser un hombre de nuevo. Al mismo tiempo una joven debe descubrir si la vida que quiere es la que le han ofrecido desde joven o si para ser feliz deberá dejarse llevar por sus impulsos. Y una madre separada encontrará en soledad que la persona que dejó escapar quizá no era tan mala… Así son todas las historias que, evidentemente, se cruzan poco a poco y van elaborando una trama más compleja e interesante, con algún elaborado giro de guión que reanima la historia cuando uno piensa que ya no tiene nada más que contar. Un punto extra para los guionistas que saben exprimir la historia hasta las últimas gotas.

En una película así, los actores son gran parte de su éxito o su fracaso. Y los principales están simplemente soberbios. A Julianne Moore no voy a descubrirla yo ahora, la verdad, y Carell tiene la comedia grabada en la sangre de tal manera que puede hacernos reír o sentir lástima de su personaje con una misma mirada. En este caso mucho más cercano a Little Miss Sunshine que a La Cena de los Idiotas, por ejemplo. Ryan Gosling es uno de los mejores actores de su edad que hay, y Emma Stone es uno de los rostros jóvenes más interesantes que ha dado Hollywood en mucho tiempo.

Pero sin los secundarios todo quedaría en agua de borrajas. Son las apariciones de secundarios de lujo como Kevin Bacon y Marisa Tomei, revelaciones como las de Jonah Bobo y Analeigh Tipton, o rostros conocidos como Liza Lapira o Josh Groban los que le aplican sentido y humor a la película. Sin ellos, a fin de cuentas, nada terminaría de encajar en este peculiar puzzle.

Sí, quizá no llegue a la maestría de Love Actually, pero la película pronto encuentra su propia personalidad y sabe mover a los personajes como peces en el agua, con un sentido del humor excelente que bordea lo absurdo para hacernos soltar más de una carcajada (el encuentro sexual entre dos personajes maduros, Julianne Moore fusilando Crepúsculo, el chiste del Photoshop que se ha convertido en la muletilla de la película…) a veces en los momentos más inesperados, como los golpes que reparte Ryan Gosling emulando casi al gran Gibbs de NCIS y que, en un momento dado, dejan de ser lo que esperábamos que fuesen. Todo ello hace que la parte de comedia funcione con elegancia y buen tino, dando pie a una película humana, sencilla, entrañable y muy divertida. Y eso que es romántica.

El problema viene por esa ausencia acidez real, de algo más de cinismo, de mala uva. Todo termina por ser demasiado blanco lo que, en más de una trama, no pega ni con cola. Como en más de una ocasión he dicho, es de esas cosas que afea el gesto a la película y le impide ser redonda. Podría haber llegado mucho más lejos. Y para encandilar a una mayor parte del público.

Pero lo cortés no quita lo valiente. La película es buena. Algo raro con las comedias románticas y que sorprende porque llevamos dos buenas películas en pocas semanas. Es sólida, es divertida, no se excede con el azúcar hasta el final, no marea a la perdiz… no tiene exceso de babas. Es perfecta incluso para aquellos que no soportan la comedia romántica o las películas corales. Que más de uno hay.

Jesús Usero

 

Modificado por última vez en Jueves, 13 Octubre 2011 16:46
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