La conspiración ****

Miguel Juan Payán Noviembre 26, 2011

Robert Redford nos da una lección de cine en una de las mejores películas del año. La conspiración es cine de género, concretamente de juicios, pero servido con singular maestría visual por el director, que desde su madurez es capaz de incorporar nuevas estrategias del lenguaje cinematográfico, como el frenético seguimiento de la cámara sobre los personajes en el prólogo de su historia, donde narra el atentado contra Abraham Lincoln, adoptando estrategias de narración que nos acercan a los personajes. Pasado ese primer estadio del relato, Redford empieza a desplegar un lenguaje más clásico, construyendo una sólida muestra de cine comercial de calidad en el que tienen también cabida el talento del autor, tal y como suele ocurrir con las películas dirigidas por Clint Eastwood, otro actor pasado a la dirección con singular solvencia que además sabe sacarle el máximo partido a los actores por haber estado a ambos lados de la trinchera cuya frontera queda marcada por la cámara.

Un ejemplo del talento del director es su capacidad para forjar y presentar toda la personalidad del protagonista en una sola escena de arranque, en la guerra civil, cuando, herido, pide que los camilleros se lleven antes a su compañero que a él. Para ello ha de ejercer el mando, afirmando que es una orden, un detalle esencial que de paso introduce el que, junto con la culpa, es el tema central sobre el que gravita toda la historia: el ejercicio del poder. Y los sacrificios que comporta. Redford ha sido suficientemente astuto como para no caer en lo maniqueo ni buscar héroes y villanos. En su película hay un protagonista obligado a ponerse del lado de la coherencia durante la mayor parte del metraje. Es además un protagonista condenado a seguir el mismo camino que siguieron la mayor parte de los personajes que interpretó el director durante su etapa como actor: personajes marcados por el fracaso. Pero lo que no hay en su película son villanos, si bien hay antagonistas, porque son necesarios para exponer una idea central: la democracia tiene reglas claras que impiden la venganza del estado incluso contra los perpetradores de los actos más execrables y sangrientos que quepa imaginar. Hay límites. Traduzcan eso como discurso o advertencia política poniéndole el filtro de Guantánamo, por poner un ejemplo. O de la guerra contra el terrorismo iniciada después de los atentados del 11-S. El antagonista en esta ocasión es Edwin Stanton (Kevin Kline), encargado de dirigir un país que está saliendo de una guerra civil y necesita estabilidad, en su opinión incluso a costa del estado de derecho y la vida de una inocente.  Su papel como antagonista se prolonga y multiplica en el papel del fiscal interpretado por Danny Huston. La razón de estado es la que domina sus acciones, y el espectador es quien debe decidir si dicha razón de estado los justifica o no. Frente a  ellos, el protagonista, un abogado al que da vida con su notable y habitual solvencia James McAvoy, lo que podríamos definir como “héroe a la fuerza”. Es clave esa reticencia que el defensor arrastra durante todo el metraje a la hora primero de creer y luego de apoyar a su defendida, Mary Surratt, la cabeza de turco del escarmiento a los perpetradores y conspiradores del magnicidio, servida por una impresionante Robin Wright que, si me permiten la opinión, bien podría ser la más merecedora del Oscar a la mejor actriz principal del año.

Ya con estos y otros pesos pesados en el reparto, y proponiendo una reflexión interesante, como ¿hasta dónde se pueden conculcar o manipular los principios constitucionales en aras de un beneficio común en tiempos de crisis?, tenía Redford todos los elementos para construir una película interesante. Lo que convierte La conspiración en una lección de cine y en una gran película es que a todo lo anterior le añade una maestría para mantener visualmente el pulso de la historia que atrapa al espectador casi con cualidades hipnóticas.

El primer elemento de esa maestría es la sobriedad. En primer lugar en el guión, en los diálogos. La película es capaz de explicar muchas cosas del momento que atraviesa el país con una cualidad casi periodística para reducir la información al quién, cómo, cuándo, dónde, por qué, y sacar de ello un titular y una entradilla. Lo cual es coherente con el papel que según nos explica el epílogo jugará con posterioridad al asunto que se nos cuenta el protagonista de la película. Un ejemplo es la frase de Edwin Stanton cuando le dicen que el vicepresidente quiere presentar sus respetos tras el atentado: “¡Apártele del licor! Presentará sus respetos cuando yo se lo diga”. Se dice mucho con muy poco: sobre el poder que ejerce Stanton en ese momento, sobre el papel de segundón político del vicepresidente, sobre el vicio por las bebidas espirituosas del buen hombre… Estoy seguro de que a los seguidores de la serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca este fragmento les habrá traído tan buenos recuerdos como a mí.

Luego esa sobriedad en guión y diálogos, con personajes que dicen mucho con muy poca frase, se extiende al tratamiento visual. Un ejemplo es la escena que muestra a la hija de la acusada recogiendo la piedra que han tirado contra la ventana de su casa y poniéndola sobre la repisa de la chimenea junto a otra piedra más grande que los agresores anónimos tiraron anteriormente.  Sirve para investir de arrolladora dignidad a ese personaje atrapado por la ira, los deseos de venganza y la tendencia al linchamiento de nuestra sociedad, pero además nos muestra cómo es y cómo va a ser la vida de esa joven inocente perseguida por los actos de su hermano.  Es uno de esos momentos en los que el cine consigue convertirse en un espejo perfecto para reflejar la realidad. Y sin palabras. La imagen lo dice todo sobriamente. La película está repleta de esos momentos basados en las miradas de los personajes tanto como en la mirada del espectador, como ese plano general de los miembros de la compañía teatral agrupados tras las rejas de la celda cuando el protagonista acude por primera vez a la cárcel para ver a su defendida. Redford transmite no ya en una escena como la de la piedra, sino incluso en un solo plano el terrible momento que viven esos personajes de los que no volveremos a saber nada, que quedan así congelados en esa mirada, como náufragos perdidos en los giros kafkianos del laberinto del proceso judicial.

Finalmente encontramos la manera en la que Redford aborda todos y cada uno de los elementos que integran la intriga del relato judicial propiamente dicho. El enlace perfecto entre todos los elementos de la trama, con momentos intensos en los que domina la sobriedad y una manera muy sencilla de explicar y dejar claras las cosas al espectador. En el primer encuentro del defensor con su defendida, en la celda, una luz casi beatífica envuelve al abogado, investido en su ánimo de prístinos y casi virginales deseos y ambiciones de justicia social, incluso contra una persona a la que no quiere defender porque la considera culpable del más horrible crimen. Frente a él, la acusada parece habitar en las sombras. Pero posteriormente la película va a ocuparse de reducir esa distancia inicial entre los personajes y acercarlos físicamente, al tiempo que invierte el tratamiento de la luz sobre los mismos, de forma que ella irá saliendo de la oscuridad hacia la luz y él viajará desde ese falso halo que le cubría en principio hacia una paulatina oscuridad, a medida que avanza el proceso. Más tarde, cuando ambos están el patio de la cárcel, Redford consigue que ella acabe poniéndose visualmente por encima de él merced al juego de plano contra plano, y en la celda, en el momento en que ella confiesa, él acaba estando desdibujado en un segundo plano para no quitarle protagonismo a ella, pero no desaparece, sólo queda desdibujado, porque él es nosotros que escuchamos esa confesión de la acusada. Finalmente, en lo referido a la columna vertebral del relato, que es la relación entre el abogado y su defendida, es interesante fijarse en cómo se filman los planos de entrada y salida del abogado del juicio y de la cárcel, que tienen su propio significado en el relato.

El desenlace de esa primera escena de encuentro entre abogado y defendida que he mencionado es otra clave de sencillez que además de abrir paso a la entrada en el relato de otro personaje que hace avanzar la trama y la intriga, sirve para dejar claro el cruce de caminos, el terreno de frontera en el que está entrando el abogado: la acusada le pide que vaya a visitar a su hija, y él recibe el encargo atrapado en el quicio de la puerta de la celda, a mitad de camino entre el encierro de ella y la libertad hacia la que se dirige. Otro aspecto interesante es el juego de planos que integran la escena en la que registra la habitación del hijo, empezando por la entrada en la misma con un ligero contrapicado desde dentro de la habitación, hasta la revelación de la nota escrita. O la manera en la que, durante el juicio, Redford deforma visualmente el flashback del tipo que está declarando en falso, para evidenciar la mentira y romper el curso del relato con ese falso testimonio.

Cada momento de la película merece ser revisado para aprender de la manera en que el director aborda esta impecable narración de clave judicial.

Lo dicho: una de las mejores películas del año.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Lunes, 05 Diciembre 2011 14:14