War Horse (Caballo de batalla) ****

Miguel Juan Payán Febrero 07, 2012

War Horse nos mete de cabeza en la Primera Guerra Mundial con una cabalgada espectacular que rinde homenaje a los clásicos de Hollywood.
Lo que nos propone Steven Spielberg en su última película es un ejercicio narrativo que puede parecer en principio poco original, porque se basa en la fórmula del animal  u objeto que va pasando de una mano a otra, revelando un puzzle de personajes en el recorrido, pero ese es sólo el principio del esquema argumental que le permite dibujarnos un cuadro visualmente impresionante de distintos aspedctos del conflicto que ha elegido visitar en esta nueva incursión en el cine bélico del director que hace años decidió visitar los escenarios de la Segunda Guerra Mundial en Salvar al soldado Ryan. A lomos de este caballo de guerra que da título a la película, conoceremos ahora otra guerra distinta, confirmándose que distintas guerras dan como resultado distintos tipos de película. Spielberg, conocedor de la historia en general y de la historia del cine en particular, es plenamente consciente de ello y por eso en esta ocasión toma el pulso visual del paisaje dantesco de las trincheras de la que fuera llamada también Gran Guerra consiguiendo por un lado retratar dicho conflicto a base de inspirarse más en los cuadros dibujados sobre el mismo por algunos artistas que llegaron a conocer y sufrir esa tragedia en carne propia que en las películas filmadas sobre el mismo, si bien en algunos planos, escenas y secuencias se advierte la alargada sombra de títulos clásicos que han abordado este mismo asunto, como El gran desfile (King Vidor, 1925), Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930), que incorporó por primera vez el sonido a la descripción de la guerra, haciendo que la experiencia de combate fuera mucho más intensa para el espectador, Cuatro de infantería (G.W. Pabst, 1930), Adiós a las armas (Frank Borzage, 1932) o Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957). Por otro lado, el director logra que su mensaje antibelicista  pueda aplicarse igualmente a cualquier guerra y más concretamente a las guerras que se libran en este siglo XXI. La afirmación lapidaria –nunca mejor dicho- del oficial alemán al abuelo de la niña es un buen ejemplo de ello: “La guerra se lo quita todo a todo el mundo”.
Además en este brillante cuadro bélico, Spielberg ha optado por jugar astutamente la baza del contraste y el enfrentamiento entre opuestos. Me explico: introduce la película con un prólogo de carácter sosegado, casi contemplativo de los grandes horizontes, los espacios abiertos, en un fragmento que está dominado esencialmente por el paisaje, en una obertura que acerca esta fábula a los territorios y las armas del western. Y más tarde nos saca de ese entorno en el que hemos empezado a compartir cierto grado de épica cotidiana para meternos casi de cabeza en una carga de caballería que es el último rasgo de un mundo y unas formas de combate que están a punto de desaparecer, destacando así una de las características más definitorias de por qué la Primera Guerra Mundial resultó  ser una carnicería: simplemente porque la guerra adquirió naturaleza industrial servida fielmente por letales avances científicos y tecnológicos. Esa última carga y la subsiguiente masacre son un dibujo perfecto del ocaso de unos valores y unas formas de hacer la guerra que dejan paso a otras mucho más terribles, y la mirada del oficial británico al sable que cuelga de la silla sobre el caballo protagonista es uno de esos momentos de cine puro que lo dice todo sin palabras, sólo con la imagen.

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El final terrible de ese primer fragmento bélico a los pies del molino abre paso a un interludio nuevamente paisajístico y bucólico, más sosegado, en el que incluso parecería que hemos cambiado de película, o que la película va a cambiar de rumbo. He escuchado algunas críticas afirmando que ese cambio de ritmo, personajes y paisajes es una apuesta por la sensiblería gratuita, pero discrepo. Es preciso tener en cuenta la construcción de la película en su conjunto, en lugar de parcelarla en sus distintas fases. La película es un todo, y mirada como un todo entendemos mejor cómo Spielberg utiliza esa historia intermedia de la niña, el abuelo y los caballos como un paréntesis de serenidad en el crispado paisaje de la guerra, cuya función consiste en primer lugar en mostrar toda aquella riqueza de la paz que nos roba la guerra. De ahí la frase ya mencionada del oficial alemán que cierra ese paréntesis, que llega a la pantalla por otra parte precedido por una de las imágenes más terribles de la filmografía del director: el fusilamiento en la noche, mostrado en un plano en picado. En segundo lugar, ese epígrafe más paisajístico y relajado refuerza la crispación salvaje que nos produce el encuentro con el paisaje sangriento que nos espera en la parte final de la historia, cuando volvemos al frente con el caballo protagonista.
En ese retorno a las trincheras nos reencontramos no sólo con el personaje humano que arrancó la historia, sino con la temible guerra de trincheras, que aporta a la historia una dosis de horror superior a la que hemos visto hasta ese momento en los epígrafes anteriores de esta historia-río, construida según los mimbres de la novela-río. Sipielberg insiste así en mantener con el espectador ese pulso derivado del protagonismo del caballo, que pone a prueba y se enfrenta frontalmente a las expectativas del espectador, lógicamente más inclinado a identificarse con personajes humanos que con el cuadrúpedo, por motivos meramente antropológicos, pero que finalmente habrá de acabar aceptando al equino como héroe y al mismo tiempo víctima – la escena de los gigantescos cañones en el barro es ejemplar en ese sentido-, que se desvela plenamente en esa fase épica que camina hacia el final del relato. El director sabe mantenerse en sus trece e imponer el protagonismo del caballo reforzando el mismo con la baza de los personajes humanos que rodean al animal, como muestra la escena del soldado francés y el soldado alemán dejando de lado sus diferencias para luchar contra un enemigo común: la alambrada.     

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Llegados a este punto del comentario, hay que aclarar que para hacer todo lo anterior, Steven Spielberg elije seguirle la pista e incluso homenajear a uno de sus directores favoritos, del que ha tomado muchas de las características de su cine: John Ford.
Esto es evidente en el arranque de la película, todo ese prólogo en las verdes colinas y ese paseo por el mundo rural y sus pintorescos personajes, que nos recuerda el paisaje natural desplegado por Ford en películas como Qué verde era mi valle y El hombre tranquilo, incluyendo una escena de humor típicamente fordiana: el ganso persiguiendo a los visitantes indeseables hasta echarlos de la granja de los protagonistas.
Pero es que en la parte final del relato, la escena de la huida del caballo en la noche le ha recordado a quien esto escribe una de las secuencias de acción más bellas rodadas por Ford, la carga de caballería contra el campamento indio y la estampida de caballos de la parte final de La legión invencible, película que presenta además una clave cromática muy similar a la de War Horse en sus escenas finales con el sol en un ocaso imposible de rabiosos tonos rojos que parecen haber dejado su huella en Spielberg a la hora de poner punto final a uno de sus trabajos más brillantes.
Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Lunes, 13 Febrero 2012 15:12