Infierno blanco ★★★★

Miguel Juan Payán Febrero 12, 2012

Crítica de la película Infierno blanco

Una poderosa película que devuelve el cine de aventuras a la cartelera con un inmenso Liam Neeson.

Salí del cine con ganas de meterme otra vez a verla desde el principio. No digo más. Eso sí, un aviso importante: hay que tragarse unos largos títulos de crédito hasta el final para ver la verdadera última escena de la película.

El arranque con un plano protagonizado por la naturaleza llenando la pantalla seguido en la secuencia siguiente por la industrializada imagen de la planta en la que trabaja el protagonista pone sobre la pantalla desde el primer momento la claves de naturaleza contra civilización que caracterizan al género más cinematográfico que quepa imaginar, el western, dando una pista respecto al tono épico, mítico, que va a servirle al director para desarrollar esta muestra ejemplar de relato de aventuras y supervivencia servida además por uno de los actores que puede presumir de ser capaz de ejercer como heredero de las grandes estrellas del género de épocas anteriores. Liam Neeson es lo más próximo a John Wayne, James Stewart o Henry Fonda que tenemos en nuestros días, así que esperemos que nos dure mucho tiempo, porque esa materia prima no abunda entre los actores de actuales.

No es la primera vez que se aplica el título de Infierno blanco a una película de aventuras y superviencia. Hay que recordar que como El infierno blanco (con artículo delante) llegó a las pantallas españolas y más recientemente al mercado del DVD una peripecia protagonizada por John Wayne y dirigida por William A. Wellman en 1953 que no tiene nada que ver con la que en este artículo nos ocupa, pero que recomiendo igualmente porque es una excelente compañía para hacer programa doble con la protagonizada por Neeson.

Ambas películas comparten una misma mirada épica al tema de la superviviencia, si bien inevitablemente la que estrena el próximo viernes Joe Carnahan en la cartelera española incluye a unos personajes que lo son todo en el desarrollo de su trama: los lobos. A ratos, se diría que estamos viendo un fragmento de Tiburón cambiando el escualo por los canis lupus, porque en cierto momento la película deja de lado un posible desarrollo de la trama en clave de odisea de supervivencia tipo Viven, Camino a la libertad, Bajo cero o Hasta donde los pies me lleven, para decantarse por un desarrollo de persecución y caza en el que los supervivientes de un accidente aéreo astutamente narrado en todo momento desde el punto de vista del protagonista,  tienen que convertirse prácticamente en una manada de lobos para enfrentarse a unos depredadores cuyo territorio de caza han invadido sin proponérselo.

Neeson clava el papel de líder de esa manada humana integrada por el habitualmente variopinto grupo de individuos que tienen sus enfrentamientos y en algunos momentos son, cierto es, presas del tópico, pero se le pueden perdonar esos momentos previsibles del pasado y las ensoñaciones de los personajes porque están cuidadosamente insertados en flashback en la narración y consiguen no romper el ritmo de la aventura propiamente dicha. Se le puede perdonar también que esa supuesta sorpresa final sobre el motivo que llevó al personaje de Neeson a separarse de su esposa no sea tanta sorpresa porque lo veíamos venir de lejos. Se le pueden perdonar ambas cosas porque están respaldadas por otro flashback, el del protagonista en la infancia, con su padre, y por esa poesía que marca y hace crecer el tono épico de la lucha del personaje de Neeson contra los lobos: “De nuevo en la lucha/el último gran combate que yo conoceré/Vivir y morir en este día/Vivir y morir en este día”

El tono de ese poema otorga a esta adaptación del relato Caminante fantasma de Ian Makenzie Jeffers, que ha escrito el guión junto con el propio director, un tinte épico que no es fácil ver en el cine en nuestro tiempo y que lamentablemente pocos actores pueden servir con solvencia, lo que me recuerda el papel de Ed Harris en Camino a la libertad, por ejemplo. El resultado es la mejor película dirigida hasta el momento por un director, Carnahan, que siempre me entretiene y me resulta convincente como dispensador de cine de evasión, pero hasta ahora nunca había conseguido incorporar en sus trabajos – Sangre, balas y gasolina, Narc, Ases calientes, El equipo A- ese giro final que consigue que una película nos deje con ganas de volver a entrar a verla otra vez. Con Infierno blanco, por lo menos en lo que a mí respecta, lo ha conseguido.

¿Por qué? En primer lugar por su gran capacidad para entretenerme con una trama que suele invitar a caer en el tópico, tanto en el tratamiento de los personajes como de las situaciones. De hecho, yo diría que es inevitable. Incluso el gran Robert Aldrich incurrió en algunas trampas, tópicos y estereotipos en una película que por otra parte me parece un buen ejemplo de cine de aventuras, El vuelo del Fénix, allá por 1965. No pasa nada por ello. La clave está en darle al espectador suficiente materia prima más o menos diferente o sorpresiva para que pueda tolerar esos lugares comunes casi inevitables, y Carnahan lo consigue haciendo de su película una astuta mezcla de cine de aventuras, historia de superviviencia y… ¡terror! Los ataques de los lobos permiten establecer una pauta de inquietud añadida a todo el relato,  que se convierte así en una historia de perseguidores y perseguidos en la que la belleza de los entornos naturales presente en todos y cada uno de los planos no consigue sobreponerse en protagonismo a la tensión que provoca esa carrera para huir de las dentelladas.

En segundo lugar, Infierno blanco incluye una de las escenas de muerte más inquietantes que hemos visto en los últimos meses en la pantalla. Me refiero a la que ocurre casi al principio de la odisea de supervivencia, dentro del refugio en el que se convierte el fuselaje del avión.

Finalmente, y temo que por tratarse de una muy entretenida película de aventuras esto que voy a comentar sea injustamente pasado por alto, Liam Neeson hace una composición ejemplar de su personaje en conflicto, y no me refiero tanto a las escenas de anuncio de perfume bajo la sábana con su esposa perdida, sino a esos primeros planos sobre su rostro, por ejemplo el que nos lo muestra bebiendo en el bar al principio, donde con una sola mirada perdida nos explica que su personaje lo ha perdido todo. Sospecho que el profundo dolor que aparece en los ojos de Neeson en esas secuencias nace desafortunadamente de su propia experiencia como viudo de Natasha Richardson, fallecida en un desafortunado accidente en marzo de 2009. Y esa mirada al abismo de la pérdida es lo que otorga mayor verosimilitud y consistencia a una historia que sin este enorme actor al frente sería sin duda algo menos interesante.
Por otra parte, ese final con un par de agallas hace aún más grande la película, y la convierte en una invitación a seguir luchando con uñas y dientes, algo muy esencial en estos desafortunados tiempos que vivimos.
Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Domingo, 02 Diciembre 2018 20:11