Intocable ★★★★

Miguel Juan Payán Marzo 07, 2012

Crítica de la película Intocable.

Divertida e imprescindible comedia para mirar la realidad con un poco más de optimismo y menos corrección política.

Lo he dicho y no me cansaré de decirlo: la corrección política me parece castrante. Por eso me ha resultado especialmente liberadora esta comedia de origen francés que ha batido todos los récords de recaudación del país vecino y demuestra ser capaz de meterse en el bolsillo a todo tipo de audiencias, independientemente de la edad, sexo, color, procedencia cultural o cualquier otra cosa que nos separa a cada uno de nosotros de nuestro prójimo. ¿Su secreto? La sencillez.

Partiendo de una historia real, la película nos habla de algo que ha estado ocurriendo, ocurre y afortunadamente ocurrirá en nuestra sociedad, sin que ningún ministro de igualdad o bicharraco de similar calibre tenga que marcarnos la pauta de cómo hablar o cómo escribir o cómo dirigirnos a un público: gente muy distinta, de distintos estratos sociales, con distinta educación, distintos intereses, distinta condición física, color, raza, sexo, etcétera, es protagonista y como suele suceder a ratos también víctima, de un pequeño milagro consistente en descubrir que en lo esencial, todos somos iguales.

Ojo, he dicho en lo esencial. Sin eliminar las particularidades ni las características, costumbres, raíces culturales, lastres sociales o manías persecutorias que nos caracterizan como individuos y en muchos casos son las que nos hacen sacar los pies de la cama cada mañana para seguir jugando a vivir.

Intocable cuenta la historia de un tipo, negro, de suburbio, recién salido de la cárcel, que encuentra a otro tipo, blanco, con abultada fortuna y obligado a convivir con una silla de ruedas. De tan improbable asociación, que no obstante su poca probabilidad acabó dando frutos en la vida real, como nos demuestran las imágenes finales en los créditos presentándonos a los verdaderos protagonistas de la historia, sale una de las películas más frescas y humorísticamente plenas que  ha llegado a la cartelera en mucho tiempo. La asociación de la naturaleza eminentemente gamberra, pero además esencialmente ingenua de uno de los personajes, y las ganas de mandar a tomar por saco las babas y atenciones de quienes le rodean de otro, consiguen tender los puentes para que la alianza sea posible. La explicación de por qué el adinerado en silla de ruedas reconoce a su asistente torpe y básicamente ajeno como un igual radica en que éste, desde su físico en pleno funcionamiento y desde su juventud, realmente le ve como un igual,  tan igual que la mayor parte de las veces ni siquiera se acuerda de que el otro está en una silla de ruedas y no puede mover más que la cabeza, así que ni siquiera se molesta en acercarle las cosas. Más aún, el de los suburbios ni siquiera  trata al otro como su jefe, sino más bien como a un tío plasta que le puede conseguir un documento para seguir cobrando el paro al principio y más tarde simplemente como a un amiguete algo excéntrico que vive en un palacio y tiene una bañera y una secretaria que está muy buena y a la que le gustaría meter en la bañera. De la silla de ruedas, nada. Bueno, sí, algo, es un coñazo y no piensa ir con ella en una furgoneta si tiene un cochazo deportivo en el que puede acomodarse con su colega para ir a dar un paseo y correr como el demonio.

No se equivoquen: no hay un mínimo atisbo de deleznable baba buenrrollista en toda la película, no hay discursitos ministeriales de sociedad humanista perfecta y tolerancia. Lo de estos tipos no es algo tan infumable como la “tolerancia”, ese término tan curioso que básicamente consiste en que yo “tolero” a otro, es decir, le aguanto, me fastidio y soporto con los pocos gramos de humanismo gafapasta que algún otro tenga la tremenda osadía de ser distinto a mí, aunque no me guste un pelo esa diferencia. Lo exige la civilización.

Aquí simplemente lo que hay es que los dos protagonistas simplemente se reconocen como iguales pasando por encima de todas sus diferencias y de todo aquello que les separa, pero sin cometer el tremendo error de ignorar las muchas cosas en las que difieren. En lugar de barrer toda la basura bajo la alfombra y esconderla para que no se vea, aunque sigue estando allí, que viene a ser la doctrina de lo políticamente correcto y la tolerancia de las narices, asumen lo que son y tiran para adelante, porque no les queda otra, y si hay que bailar con la más fea (¡Sí, sorpréndanse, en este mundo hay gente fea! ¡y guapa! ¡y gorda! ¡y baja! ¡y demasiado alta!....), se baila, a ver si cae algo por algún sitio, que todo pudiera ser.

Esa filosofía de la vida es lo mejor de lo que nos transmite al salir del cine Intocable, un título que imagino alude a ambos protagonistas, la pareja humorística con más química y mejor conjuntada que he visto en el cine desde que Walter Matthau se peleaba con Jack Lemmon en las películas de Billy Wilder.

La película se construye sobre el protagonismo bicéfalo de estos dos personajes, y tiene mucho cuidado de no cargar las tintas en lo más dramático de sus vidas, aunque sin esconderlo. Por ejemplo la relación del tipo de suburbio con su madre y sus hermanos y hermanas queda expresada con muy pocas secuencias, eminentemente visuales, sin diálogo, pero bastante emotivas, del mismo modo que se aborda su pasado. Lo mismo ocurre con la vida que lleva el tipo de la silla de ruedas, con su hija, con esa amiga y la relación que mantiene con ella por carta, y por supuesto con la propia silla de ruedas…

Sólo hay una escena que realmente corre el riesgo de caer en lo excesivamente poético y discursivo: el vuelo en ala delta o similar –tampoco me fijé mucho en qué tipo de chisme estaban utilizando para pasearse entre las nubes-, pero se la perdonamos, porque antes tiene esa entrada decidida y sin hacer prisioneros en la historia, con la persecución de la policía, que convierte hábilmente todo el relato en una especie de flashback incorporando un cierto toque de intriga muy saludable para el relato, que se mantiene casi hasta el final sobre la pregunta: ¿qué les pasó a estos dos tipos para acabar así en esa carretera? ¿Cómo dos tíos tan distintos llegaron a esa amistad?

Si quieren pasar un buen rato y ver una buena comedia que quizá ayude de paso a cambiar algo su forma de mirar e incluso ver algunas cosas y personas que nos rodean, vayan a ver Intocable. Está entre lo más recomendable de la cartelera de este fin de semana.

Miguel Juan Payán

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