Abraham Lincoln, cazador de vampiros ***

Abraham Lincoln, cazador de vampiros, acción a raudales en una entretenida trama que merecía ser adaptada en dos largometrajes.

Dos películas parecen convivir en la adaptación al cine de la novela Seth Grahame- Smith dirigida por Timur Bekmambetov y producida por Tim Burton. La primera es una propuesta muy divertida, incluso gamberra. Es la más próxima a otra película anterior de Bekmambetov, Wanted. Asistimos en esa primera parte a la forja del superhéroe Abraham Lincoln, su entrenamiento para matar vampiros y su conversión en un ejecutor. El gran momento de esa primera mitad es la pelea en la estampida de caballos. Espectacular y descarada. La segunda parte llega tras una elipsis temporal de varios años y nos presenta a Abraham Lincoln convertido ya en presidente de los Estados Unidos, tras haber abandonado durante años la caza de vampiros. Es en esa segunda parte donde todo lo que era festivo y divertido en la primera adquiere un tono más trascendente y denso. Es coherente con el planteamiento argumental de la película y la evolución del protagonista, pero en esa segunda mitad echamos de menos el aire gamberro de la primera mitad, que tan bien imita al cine de serie B y por ello resulta mucho más divertida.

El problema es que en su segunda mitad la película está sometida a una tensión entre su personalidad como producto de fantasía y el intento de ser también un drama de época y épica. Asistimos en esa segunda mitad a la guerra entre la Unión y la Confederación hasta llegar a la batalla de Gettysburg. La manera de presentar a los confederados como villanos aliados de los vampiros parece haber despertado polémica en Estados Unidos, quizá por la simplificación de esa segunda mitad, que trata los acontecimientos históricos de manera esquemática y con ligereza. La película somete la Historia, con mayúscula, a su historia, con minúscula, de una forma un tanto simplona. Eso provoca aún más tensión entre sus aspiraciones como relato de época que conviven con la fábula de terror. Como historia de época, el diseño de producción es brillante, pero el tratamiento de las claves de la Guerra Civil es tópico e ingenuo, especialmente a la hora de abordar el tema de la liberación de los esclavos. Creo que a la segunda mitad le perjudica esa moralina simplista y el alarde de maniqueísmo en el conflicto del Norte contra el Sur. Además le falta un despliegue más amplio de medios en la batalla de Gettysburg.

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Ese desequilibrio entre la primera y la segunda mitad indica que habría sido buena idea rodar dos películas sobre la novela de Seth Grahame-Smith, siguiendo la estrategia de adaptación de El Hobbit planteada por Peter Jackson. El arco de desarrollo del personaje y el entorno histórico que lo rodea son tan amplios que meterlo todo en 105 minutos de metraje ha generado ese desequilibrio entre la primera y la segunda mitad. La juventud de Lincoln y su formación como ejecutor de vampiros tenía material de sobra para dar lugar a una primera película. La vida de Lincoln como inquilino de la Casa Blanca y la etapa de la Guerra Civil merecían también su propio largometraje. De ese modo se habría evitado desperdiciar algunos personajes, como la vampiresa Vadoma (Erin Wasson), que merecía más desarrollo, lo mismo que ocurre con el personaje de Will Johnson (Anthony Mackie), un pionero del servicio secreto al servicio del presidente.

A pesar de todo ello, la película es un competente producto de acción y evasión en la que destaca una coreografía de secuencias de lucha inspirada por Matrix que nos permite ver con claridad y en cámara lenta la evolución de la verdadera estrella de la función: el hacha que maneja el protagonista. Sin duda una herramienta que todos querríamos tener en nuestra colección.

Otra cosa que me ha gustado mucho es la manera de presentar la transformación y los ataques de los vampiros. Tras los estragos románticos de la saga Crepúsculo y sus variantes agradezco este retorno a los vampiros clásicos presentados como depredadores.

También me ha convencido el personaje de Mary Todd Lincoln (Mary Elizabeth Winstead), aunque creo que no aprovechan esa faceta más aventurera del mismo que surge demasiado tarde cuando la película casi ha terminado.

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Lo mismo ocurre con el antagonista, Adam (Rufus Sewell). Merece más secuencias en esa plantación del sur que me ha recordado una novela sobre vampirismo en el Mississippi escrita por George R.R. Martin, autor de Juego de tronos, titulada Sueño del Fevre. Creo que la película ganaría mucho dándole más protagonismo a los vampiros, algo desdibujados en el conjunto del filme. Volviendo al desequilibrio entre la primera y la segunda mitad, en lo referido a protagonista y antagonista, en la primera mitad funciona mucho mejor el enfrentamiento Lincoln (Benjamin Walker) versus Barts (Marton Csokas) que el duelo Lincoln versus Adam de la segunda mitad.

Es algo que se repite en la filmografía de Timur Bekmambetov: películas con tendencia a ser mejores en su primera mitad que en la segunda. Y tal como ocurre en sus títulos anteriores, donde más brilla el talento visual de este director es en las secuencias de acción, un despliegue arrollador de energía visual. Las escenas de la estampida de los caballos y el ataque al tren son muy buenos ejemplos de sinergia entre el lenguaje del comic y el cine que viene manifestándose en los últimos tiempos en las películas de acción y fantasía. El cine se hace viñeta en movimiento en esos momentos en los que la acción se fragmenta y se prolonga en el tiempo con majestuosa cámara lenta.

Conclusión: un buen producto de entretenimiento que brilla en su primera mitad y nos proporciona un saludable de retorno de los vampiros como protagonistas del cine de terror. Me quedo con el Lincoln superhéroe de la primera mitad y no tanto con el Lincoln presidente de la segunda.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Martes, 11 Septiembre 2012 12:12
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