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Llegan malas noticias desde el universo de Woody Allen: el director de Manhattan parece haber regresado a sus hábitos más anodinos, después del buen sabor de boca que dejó tras el estreno de Midnight In Paris. Quizá, el neoyorquino no haya sentido la misma inspiración ante los jardines de Versalles que frente al Coliseo; pero lo cierto es que este nuevo filme del veterano realizador se queda en un mero vodevil alargado en exceso, donde el elemento de la pantomima -que envuelve cada una de las microhistorias enlazadas- se disuelve a los cinco minutos de proyección.

Ya empieza a resultar preocupante la sinrazón de Allen por transformarse en un guía turístico cinematográfico, iniciado con su periplo profesional a través de las urbes más señeras del Viejo Continente. Aunque las oficinas de viajes, en cada uno de los enclaves que acogen sus proyectos, deben hacer fiesta cada vez que el tipo del clarinete y su nutrido equipo de estrellas recalan en un plató real; los espectadores comienzan a batirse en retirada con el asalto a las salas de estas obras de catálogo operator, normalmente tan insustanciales como gratuitas en calidad fílmica.

A Roma con amor adolece en grandes dosis de esa artritis, que caracteriza muchos de los últimos títulos del compatriota de Arthur Miller. En clave de comedia al estilo transalpino, el estadounidense se pierde en un ejercicio caótico pretendidamente poliédrico, que recuerda al pretérito menos exportable del legado en formato de celuloide made in Italy. De esta manera, Mr. Woody se empeña en someter su visión de la capital del país de la Bota a una identificación a lo Alvaro Vitali que, por momentos, a los españoles puede remontarles a la época de la Transición, con las gestas excesivas de Alfredo Landa, Fernando Esteso y Andrés Pajares.

Una sintonía convenientemente duduá, y de erotismo coral de mercadillo, se encarga de situar al personal; una vez el fogueado creador posiciona a los incautos mediante el Volare y destellos operísticos, desligados de su variante trágica imprescindible. Eso por la parte de lo que se escucha; ya que, en el terreno de la imagen, el asunto se nutre en sus prolegómenos de algo tan típico, estrambótico y estereotipado como un guardia de tráfico al estilo lazial. Tan marcados ritmos, y fotogramas de programa documental costumbrista, avanzan el pálpito de que lo que se avecina no va a distar mucho del chute en retina de un doble CD de Viva la pizza, con toda la parafernalia cantora de por medio. Cuatro piezas saineteras componen realmente el argumento de la cinta. Por un lado, está la de una turista americana que se enamora perdidamente de un abogado latino, defensor de los que carecen de recursos económicos (una relación que se remata con la aparición de los padres de ambas partes). A esta historieta se suma otra sobre la situación desequilibrada de un joven matrimonio, que desembarca en la city de la Piazza di Spagna (a estos se adicionan una prostituta y un actor de cine ligón y embaucador). El tercer libreto en discordia versa sobre un tipo al que le viene la popularidad caída del cielo. Y, por último, está el cuadro relativo a un arquitecto de fama nacido en USA, que se topa con un chico estudiante que le refresca su pasado en la ciudad de la Fontana de Trevi.

Semejantes armazones le sirven a Allen para destilar su particular cosmos audiovisual, en este caso lamentablemente carente del suficiente interés, y con unos trazos tan gruesos que contribuyen a distorsionar un lienzo ya de por sí demasiado oscurecido, embrutecido por los brochazos propios de un pintor con cámara al hombro bastante torpe. Bajo estas premisas, el ex de Mia Farrow deambula sin acierto intentando mejorar las tramas, con la aparición de papeles supuestamente estimulantes, del tipo de una prostituta (Penélope Cruz) encargada de hacerse pasar por la esposa de un individuo un tanto inocentón, un director de orquesta en camino de su retiro (el mismo Woody, que vuelve a actuar en uno de sus largos), una psiquiatra realmente lúcida (Judy Davis), un cantante de ópera que solamente vierte sus trinos arropado por el agua de la ducha (Fabio Armiliato) o una actriz en paro de frenética y libertaria vida sexual (Ellen Page). Todo este cartel artístico contribuye a procurar, sin los resultados esperados, que la nave no naufrague; y no lo consigue por un problema de fondo notablemente problemático: la poca capacidad sorpresiva del guion original.

Pocas veces el responsable de La rosa púrpura del Cairo se ha mostrado tan anclado en la decepción cansina como en A Roma con amor. Incluso la colaboración de intérpretes de eficacia contrastada como Alec Baldwin, Jesse Eisenberg, Roberto Bengnini o las citadas Penélope Cruz y Judy Davies no maquilla la artificial evolución a cuatro bandas de una película aquejada de insustancialidad y mimetismo, copia en pleno siglo XXI de tropiezos graciosos de complejo localista, engalanados con la vitola de su paso por la pantalla grande.

Tal vez va siendo hora de que al señor Allen se le exija un mayor rigor en cada una de sus incursiones profesionales de carácter anual, con las que se empeña en tirotear la cartelera. Tanto bandazo radical en el péndulo de lo perdurable no es muy aconsejable de cara a animar a sus fans a seguir creyendo en su talento para profundizar en su senda curricular. Nadie le va a negar a estas alturas al excelente dialoguista sus virtudes para encontrar las musas, cuando se trata de elaborar bobinas resaltables en vistas de su futura proyección; pero productos como A Roma con amor no van a ayudar a proporcionarle un sitio más preferente en las enciclopedias de los logros a golpe de claqueta. Con todo, la movie tiene chispazos de lubricante comediógrafo, como algunas ocurrencias de los personajes en forma situacional y fraseada (chistes como lo del cambio de euros a dólares y comentarios de la gachí que encarna Penélope, por ejemplo); sin embargo, al final se impone la incongruencia pedante de un conjunto en el que la imprecisión es la norma.

Jesús Martín

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Modificado por última vez en Lunes, 24 Septiembre 2012 10:03
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Jesús Martín

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