Contrarreloj ***

Miguel Juan Payán 14 Sep 2012

Contrarreloj, competente entretenimiento de carrera y persecución explotando la fórmula de Jungla de cristal 3 y 4.

Simon West juega sobre seguro y en Contrarreloj homenajea los productos cinematográficos taquilleros que disfrutó como espectador en su infancia y juventud. Tiene muy claro que el cliente es el público y al público hay que darle en primer lugar entretenimiento. West siempre trabaja sobre la explotación de fórmulas ya conocidas que actualiza según conviene a cada historia. En el Hollywood clásico habría sido un artesano eficaz y competente en el sistema de estudios capaz de tratar con casi cualquier género siguiendo la pauta de las fórmulas de explotación. Nunca arriesga. Va a lo que sabe que funciona para el mayor número de espectadores posibles y sabe cómo vender la propuesta desde los títulos de crédito, que en este caso me han recordado los de las películas de atracos de los años setenta, aunque comenzada la película los tiros van por otro sitio. ¿Por dónde van? Pues precisamente por dónde indica el propio título de le película, que en la frase promocional del cartel norteamericano lo deja todo aún más claro: 12 horas. 10 millones. 1 hija secuestrada. Y luego el título Stolen. Así es la película y así se comporta durante todo su metraje: contundente, directa y eficaz.

West no se anda por las ramas. Tira de la fórmula de las dos últimas entregas de Jungla de cristal, y la ajusta al actor con el que debutara en su primer trabajo como director, Con Air, convictos en el aire, allá por 1997. Sabe que el tiro no falla. West se crió como espectador en los setenta viendo a Clint Eastwood, Charles Bronson, Lee Marvin y Burt Reynolds levantar cualquier argumento, por endeble que fuera, con su sola presencia. Y él tiene a Nicolas Cage. Aligera el metraje de las junglas de cristal, pero por lo demás está jugando en el mismo campo. Un arranque tipo Un trabajo en Italia y una progresión con elementos de Celular salpicados con una ración de misión de rescate contra el tiempo con Nicolas Cage en plan “el hermano chorizo de John McClane” (Bruce Willis en Jungla de cristal: la venganza). El protagonista reclama la ayuda de las autoridades, pero no le sirve de nada, aunque eso permite que la historia quede aligerada con esa asociación de amor/odio que acerca y al mismo tiempo distancia al chorizo del agente del FBI interpretado por el gran Danny Huston (“Que lo admire no significa que me guste”), que se fabrica un personaje estilo Walter Matthau en los años setenta, por ejemplo en la primera versión de Pelham 1,2,3, o en Pánico en la calle 110, con su sombrerito y todo. Hay chica guapa, la impresionante Malin Akerman, pero no hay tiempo para rollete sentimental (una decisión astuta, porque no habría colado, habría estado metido con calzador). Hay villano curioso con trasfondo de homenaje al monstruo del terror como agente del caos, pero sin pasarse (renacido, mutilado y enajenado, y con pinta de estrella del heavy metal venida a menos y desnortada). Hay polis tontarras que no valen más que para lucir la chapa. Y siempre se mantiene la fidelidad al entretenimiento como primer objetivo de todo el asunto.

Además quiero romper aquí una lanza a favor de Nicolas Cage y en contra de los prejuicios contra sus trabajos. Por muchos palos que le de la crítica a Nicolas Cage y por muchas películas discutibles que acumule este hombre en su irregular carrera, sigue siendo un actor sobradamente competente y capaz de llenar la pantalla con ese carisma que tienen las estrellas del cine de acción entregadas a la causa. Quiero recordar aquí además que este señor ganó un Oscar por su trabajo en Leaving Las Vegas, donde muchos críticos y analistas de esto de las películas le hicieron la ola. En muchas secuencias de aquella película metía el mismo talento que mete en La roca, Con Air, Cara a cara y otras peripecias suyas de carácter más trepidante. Lo que ocurre es que éstas son cine de acción, evasión y entretenimiento, sin complejos. Y eso aparentemente abre las puertas a una excesiva devaluación crítica de su trabajo.

Seamos sinceros: Nicolas tiene problemas capilares que le han llevado a lucir unos pelucones infames en algunas de sus películas, en lugar de aceptar su alopecia con la gallardía de un Bruce Willis y raparse al cero con la tranquilidad de un Yul Brynner o un Telly Savalas. Pero Nicolas no es ni ha sido nunca un mal actor. Simplemente acepta rodar películas muy malas porque lleva años bastante desorientado y arrastrando serios problemas de carácter económico que le obligan a una hiperactividad contraproducente para su carrera. El tío lo hace todo, y hace de todo en casi todo. No le hace ascos a casi nada. Así se le cuelan truños muy importantes en la filmografía. Pero sigue siendo un actor de talento. Y además en los últimos meses ha protagonizado una película bastante interesante, El pacto, dirigida por Roger Donaldson, un buen director de intriga y rodada, como Contrarreloj, en Nueva Orleans. Ambas son unas propuestas bastante dignas, cada una en su género, con Nicolas aparcando el pelucón y poniéndose las pilas, así que no caigamos en la trampa de que los árboles, y los postizos capilares, como los árboles, no nos dejen ver el bosque.

Curiosamente en ambas películas el protagonismo de la ciudad maltratada por el huracán Katryna, algunos de cuyos zarpazos se dejan ver todavía en sus calles, tiene un papel destacado, aunque es más acentuado como entorno urbano en Contrarreloj.

Repleta de guiños, la película emplea los más resolutivos trucos del cine de acción y evasión de los ochenta y noventa y así se gana la complicidad del espectador, perfectamente consciente de que está viendo la aplicación de una fórmula, lo cual no le importa siempre que dicha fórmula lo mantenga entretenido. Tenemos un prólogo de acción, el robo del dinero, en el que se plantea el robo aplazado (del oro), para tirar de ello posteriormente. Y no nos importa que apliquen trucos ya muy conocidos, como que la sorpresa, que finalmente no es tal, de que los ladrones no estén donde parece que están, o ese plano final con las dos chicas pasando frente al cementerio.

El falso engaño forma parte del pacto que la película firma con el espectador, en el cual el entretenimiento y la evasión están en primer lugar sobre la sorpresa. Es una elección del director en las cláusulas del contrato que firma con el espectador perfectamente lícita. Esta misma historia, sin cambiar casi ni una coma del guión, podría contarse con claves más cercanas al cine negro, más duras y siniestras en los personajes y situaciones (por ejemplo, no hay que trabajar mucho para convertir esta historia en un cuento siniestro con monstruo incluido narrando la trama desde el punto de vista de la hija secuestrada), pero el director ha elegido seguir un camino más fácil y rendir su particular homenaje al cine de acción de los ochenta que él mismo ha trabajado en el cine y la televisión de los noventa y del año 2000 en adelante. La clave de cómo debemos interpretar la película está en su villano, un antagonista que ha sido construido a conciencia como una caricatura de los tópicos de los villanos del género y en el que la exageración de esa caracterización como lugar común nos da la clave de su verdadera naturaleza como homenaje satírico a un cine que sólo pretende entretener al espectador.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Miércoles, 03 Octubre 2012 11:22
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