El Nombre (Le Prènom) ***

Jesús Usero Septiembre 14, 2012

Nueva comedia francesa de gran éxito en el país galo. Más de cuatro millones de espectadores, lo cual te hace sentir cierta envidia sana por la salud de la que goza el cine francés, en todo el mundo, sólo hay que recordar el éxito de Intocable. Pero es que además no importa que las películas sean grandes producciones al estilo Luc Besson o pequeñas comedias domésticas como la que nos ocupa hoy, el asunto es que saben vender su producto, saben darle al público lo que desea ver en pantalla, saben encandilar a la audiencia. Y eso hace que la audiencia quiera repetir y repita. Y eso crea industria, una industria fuerte, que no depende de Estados Unidos para mantenerse a flote. No me digan que no da envidia…

En El Nombre nos encontramos con una cena entre amigos, donde todo son formalidades y buenas caras, pero en la que, poco a poco, la noche va degenerando y las rencillas y odios particulares de cada uno de ellos acaban saliendo a la luz y sacando lo peor de todos ellos. Y todo por una buena noticia, la elección del nombre del hijo que va a nacer de una de las parejas… Basada en la obra de teatro de los mismos responsables de la película, Alexander de la Patelliere y Mathieu Delaporte, y con gran parte del reparto original de la obra, la película analiza con mucho cinismo y gracia las rencillas y basuras que toda familia trata de esconder debajo de la alfombra. Hasta que un pequeño detonante lanza todo por los aires (por cierto que no os cuenten el nombre antes de ir al cine, oírlo por vez primera es uno de los grandes momentos cómicos de la película).

Aunque hay escenas fuera del apartamento donde suceden los hechos principales, la mayor parte de la historia tiene lugar entre esas cuatro paredes, en esa casa, lo que emparenta a la película con la reciente, y superior, para qué engañarnos, Un Dios Salvaje. Primero porque Polanski es mejor director y sabe cómo sacar provecho a cada momento en un espacio tan reducido, mientras que aquí hay un abuso de planos medios, teatrales. Segundo porque la historia de Polanski tenía más mala baba que ésta y era más terrenal, menos improbable, aunque a veces también mucho menos divertida.

Aquí la magia está en los diálogos rápidos, efectivos, directos como machetes. A la yugular, burlándose de todo y de todos, de los liberales y los conservadores, de las parejas, de la familia, de la supuesta homosexualidad de uno de los personajes (otra charla sin desperdicio), de los excesos de cultura, de la sociedad en sí misma, que de puertas para afuera pone una cara y de puertas para adentro… Nadie es perfecto. Le falta rematar la faena, llegar hasta el fondo en algunas cuestiones, tener un punto más de mala baba… Pero nos queda una comedia divertida, ácida y muy acorde con los tiempos que nos ha tocado vivir. Dan envidia estos franceses.

Jesús Usero.

Modificado por última vez en Sábado, 15 Septiembre 2012 18:59