El artista y la modelo *****

Miguel Juan Payán Septiembre 15, 2012

El artista y la modelo, es la película más bella de este año. Una obra maestra que devuelve la poesía al cine.

Dirigida por Fernando Trueba, El artista y la modelo es la candidata más firme y lógica para representar a España en la próxima entrega de los Oscar de la Academia de Hollywood. Las otras dos candidatas, Grupo Siete y Blancanieves, son muy buenas películas que contribuyen a un año de cine español notablemente interesante y merecen tener su propio recorrido internacional en el apartado de festivales y galardones, y sobre todo el gran premio para el cine que es encontrarse con el público con buenos resultados de taquilla. Reconozco incluso mi personal inclinación por Grupo 7, una gran película de género policial que está entre lo mejor que he visto este año. Grupo 7 es además el tipo de película que creo que necesita el cine español para reencontrarse con su público, una impecable producción de género con gran calidad y reparto notable que consigue interesar al espectador desde su primera imagen y desde ahí construye un producto de evasión en el que tienen también cabida las características del cine de autor. Además, es exportable al extranjero, más si cabe que otras muestras de cine de autor, porque el lenguaje de los géneros cinematográficos es universal. En cuanto a Blancanieves, es otra de las piezas a tener muy en cuenta en la producción del cine español, desde el lado de la exploración y el riesgo, tan imprescindibles para crear una cinematografía con personalidad propia capaz de llegar a cubrir todo el espectro de oferta cinematográfica posible. Junto con la película de Trueba, ambas forman un triunvirato que ejemplifica muy bien las distintas vías por las que cabe desarrollar el cine español en el futuro. Así que a los gestores del cine del país, sean cuales sean sus luces o inclinaciones personales o amistades en el negocio audiovisual, este trío de películas les pone las cosas bastante fáciles a la hora de tomar las decisiones oportunas para no sumir a la producción audiovisual española en una crisis más profunda, y quizá irreversible, de la que sufre de forma endémica casi desde el mismo momento en que se rodó la primera película de producción nacional, allá en los tiempos en que el cine ni siquiera había empezado todavía a hablar. Por si dichos gestores del cine español están más desorientados de lo que suele ser habitual, ahí van unas pistas: las tres películas son producción de calidad, no son localistas y sí perfectamente exportables y ninguna de ellas ofende al espectador con un panfleto político, lo cual no quiere decir que carezcan de valores o sus artífices hayan prescindido de intentar dar una visión digna y éticamente viable de la vida.

Sin embargo, hay que ser realistas. Frente a Grupo 7 y Blancanieves, la película dirigida por Fernando Trueba reúne muchas más características necesarias para ser seleccionada como finalista a los premios de la Academia de Hollywood. Y no me refiero sólo al hecho de que el director haya subido ya a recoger un Oscar a la mejor película de lengua no inglesa que le entregó Anthony Hopkins por Belle Époque (1992), circunstancia que sin duda tiene su importancia, o a la experiencia que Trueba haya podido adquirir en las complicadas maniobras de táctica y estrategia necesarias para moverse en lo que algunos denominan la “carrera hacia el Oscar”, sino fundamentalmente a los méritos exclusivamente cinematográficos que reúne El artista y la modelo.

Después de ver la película dan ganas de salir de la sala y ponerse a pensar y esculpir, pero sobre todo, de saborear con más cuidado y más interés la propia vida. La alianza de Trueba en la dirección y Jean-Claude Carrière en el guión saca el máximo partido a la arcilla del cine, esculpiendo una película repleta de momentos mágicos en los que buena parte de esa magia llega también de sus actores. La aparición de Claudia Cardinale en el papel de la esposa del artista que siendo más joven fue su modelo más bella tiene la magia de los ecos del pasado glorioso que se reflejan en el personaje de Aida Folch, en un trabajo brillante de interpretación. Un trabajo tremendamente complejo y difícil al que Folch le da un aspecto de sencillez y fragilidad impresionantes que en algunos momentos nos remiten a la memoria de los primeros tiempos del cine, los gloriosos tiempos de la etapa muda que alcanzó altas cotas de expresión eminentemente visual antes de que la palabra se impusiera como novedad llevando a las películas a mantener una relación distinta con el espectador. El trabajo de Aida Folch, la modelo que debe permanecer en silencio y expresarse simplemente con su cuerpo inmóvil, encaja a la perfección con la igualmente notable interpretación del artista al que da vida Jean Rochefort aportando a su personaje una poesía del ocaso de la existencia que es al mismo tiempo celebración de la vida que a los espectadores más receptivos les va a ser difícil olvidar como motivación personal a la hora de enfrentar sus propios paseos por este mundo.

La arcilla de Trueba en esta película es la notable química entre Folch y Rochefort en esas circunstancias tan especiales y en una película donde la imagen, las miradas y los gestos dominan absolutamente sobre las palabras. Una película donde el silencio es un protagonista esencial y el tiempo parece congelarse en un puñado de momentos mágicos, de forma que en algún momento el cine se convierte en pintura y escultura, y nuestra percepción del mismo se modifica en ese mismo sentido, ayudados por un trabajo de fotografía igualmente notable de Daniel Vilar con un blanco y negro que no es fruto del capricho o del alarde visual, sino coherencia esencial con el tema de la película.

La química entre Rochefort y Folch, entre el artista y la modelo del título, nos trae de vuelta esa magia del cine mudo sin dejar de ser plenamente actual, porque las obras maestras no entienden del paso del tiempo. Y esta película es una obra maestra. Una bella historia sobre la belleza cuyo corazón bien podría estar en esa secuencia en la que el artista le explica a su modelo el dibujo de Rembrandt, y que no por casualidad da paso en la trama central a esa subtrama de la Resistencia en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Dentro de la magia que convocan para esta película, Trueba y Carrière consiguen mantener un pulso notable en el relato que es plenamente coherente con el tema del mismo: el arte intenta mantener fuera de su mundo la guerra, que es la muerte, durante casi todo el metraje, aunque esporádicamente se filtren en su mundo, cada vez con mayor frecuencia, pinceladas del horror que está allí fuera, como el uniforme del alumno alemán del artista que acude a visitarle, o el miembro de la resistencia al que acoge y ayuda la modelo. Al final, la guerra se impone y los personajes son lanzados a su mundo devastado cuando el dique que fuera el artista para mantener ese río de muerte lejos de su isla de belleza acaba quebrándose en una de las secuencias más bellas y al mismo tiempo más inquietantes de la película que encaja a la perfección con las primeras imágenes de este relato, con el artista paseando por el bosque y recogiendo el cráneo del pajarillo.

Cine en estado puro. Gran cine. Cine convertido en poesía visual que se basa en el único elemento que necesita desesperadamente toda obra maestra para poder seguir respirando: verdad. Una película que merece un Oscar.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Miércoles, 03 Octubre 2012 11:22