Django Desencadenado ★★★★★

Miguel Juan Payán Enero 08, 2013

Crítica de la película Django desencadenado

Casi tres horas del mejor cine de Quentin Tarantino mezclando el western mediterráneo con la blaxploitation.

Más que de Django desencadenado, hay que hablar de Tarantino desencadenado. Claramente superior en sus resultados a Malditos bastardos, la revisión del mítico personaje de Django, clave en la historia del western europeo, permite al director de Reservoir Dogs lucir la panoplia completa de sus recursos narrativos, jugando mejor que nunca con esa fórmula de reciclaje cinematográfico que tan buenos resultados le ha rendido durante toda su carrera.

En Django desencadenado ese juego con lo que ya existe previamente en forma de guiño, nunca de plagio descarado, aunque como siempre el descaro y el gamberrismo forma parte de la fórmula Tarantino, arranca con la música original compuesta por Luis Bacalov para la película original dirigida por Sergio Corbucci en 1966. A partir de ahí, Tarantino va acumulando distintos elementos y características de las historias originales del western mediterráneo, tanto en situaciones como en personajes, diálogos, paisajes e incluso expresión plástica (los primeros planos o esos zoom en momentos clave, la presentación del villano encarnado por Di Caprio…). Incluso demuestra que entiende el western mediterráneo en sus claves esenciales como variante europea del western clásico americano incorporando a su relato la mezcla de los personajes y paisajes del lejano y salvaje oeste con la mitología clásica europea. Si el western mediterráneo incorporaba personajes y argumentos universales desde la mitología griega y romana, Tarantino hace lo mismo pero añadiendo al relato una leyenda nórdica, la de Brunhilda, hija de Odín, rescatada de la vigilancia de un dragón por el héroe. La escena de justificación de la venganza en flashback o la paliza y maltrato del héroe a manos de los villanos como paso previo a su retorno de redención por el camino de la venganza, una especie de ceremonia de resurrección vinculada al argumento universal del mesías que regresa de la muerte para imponer justicia, son también dos elementos clásicos del western mediterráneo que Tarantino incorpora hábilmente a su Django desencadenado.

Naturalmente el director no se queda sólo en ese trabajo de emulación o réplica de las claves del western mediterráneo, sino que las transforma en materia prima esencial para su propia fábula, añadiendo sus propias notas y estilo al relato (como las largas secuencias de diálogo, la verborrea de sus personajes, sobre todo en el personaje del dentista reciclado en cazador de recompensas interpretado por Waltz, y el contrapunto de esas secuencias de diálogo con estallidos de violencia brutal copiosamente regada con sangre).

En Django desencadenado Tarantino encuentra un mejor equilibrio en esa hibridación de las características del western mediterráneo que toma como inspiración y sus propias constantes de estilo como director-autor del que presentaba Malditos bastardos. De hecho, explota con más habilidad y solvencia en la dirección de actores a Christoph Waltz, que fue la gran baza de Malditos bastardos pero aquí puede lucirse aún más potenciando esa faceta de pícaro parlanchín que se convierte en el guía o maestro del héroe. La relación y la química entre Waltz y Jamie Foxx (Django) es mucho más interesante que las episódicas secuencias de diálogo con distintos personajes que mantenía el nazi cazador de judíos en Malditos bastardos. Igualmente Waltz brilla mucho más en su duelo interpretativo con el gran villano que compone Leonardo Di Caprio de lo que pudo brillar frente a Brad Pitt.

Otra característica habitual del cine de Tarantino, el humor socarrón que aparece inesperadamente en los fragmentos menos previsibles y jugando con la incorrección política como quien se mete en un campo de minas voluntariamente está también en Django desencadenado. Lo encontramos por ejemplo en su sátira sobre el Ku Klux Klan, un momento cómico perfecto. Tal y como suele hacer, Tarantino construye ese momento de comedia sobre un elemento mundano, los sacos con los que los asesinos de la horda de linchamiento se cubren la cabeza, convirtiendo lo terrorífico en cotidiano y por tanto a los monstruos en imbéciles. Es una sabia manera de introducir un elemento dramático desde el humor y superar el miedo a través de la risa. Resulta lamentable que una maniobra tan astuta haya sido malinterpretada por algunos despistados que acusan a Django desencadenado y a su director de racismo. Grave despiste. Muy al contrario: Djando desencadenado no sólo no es racista, sino que desde su tratamiento del asunto desde el punto de vista de los géneros y el cine de evasión, dibuja un paisaje del racismo mucho más temible, inquietante y menos maquillado del que nos vende, por poner un ejemplo, Steven Spielberg en su Lincoln. El motivo es claro: Tarantino desciende al infierno del racismo como en su momento hiciera Spielberg con el genocidio en La lista de Schindler, y aunque lo haga desde una perspectiva de cine de evasión, su película contiene momentos tan descriptivos sobre la esclavitud y la situación de los negros en Norteamérica como la cuerda de esclavos del principio, los flashbacks que introducen en el relato los recuerdos del protagonista, las escenas de negros encadenados con dogales en el cuello, los latigazos, el ataque de los perros, la secuencia de los luchadores (que astutamente el director organiza jugando a contracorriente de lo más habitual para este tipo de escenas, optando por una pelea en una habitación, en lugar de montar un gran despliegue al estilo de las secuencias de lucha callejera de la primera película de Sherlock Holmes dirigida por Guy Ritchie). Y, junto a esos elementos, un personaje, el interpretado por Samuel L. Jackson, que refleja a la perfección la idea del Tío Tom, el negro partícipe del racismo, la figura activa del ataque contra la gente de su propia raza, que tanto el director como el actor encargado de interpretar el papel consiguen resumir lo más inquietante del racismo, incluso con unos chistes de mal gusto (Négrules por Hércules Negro).

Ese tono decadente que impera en la mansión racista de Candyland acompaña la segunda parte de la película, que es un auténtico viaje a un mundo de pesadilla.

Pensar que eso es trivializar el racismo es un grave error.

Miguel Juan Payán

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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