CRÍTICA: SEÑALES DEL FUTURO: el olor del napalm por la mañana

Miguel Juan Payán Abril 22, 2009

Alex Proyas es un director de arrebatos visionarios cuyos planteamientos narrativos y visuales suelen estar por encima de la media en lo que a cine comercial de género cocinado en Estados Unidos se refiere. En El cuervo (1994) anticipó muchas claves visuales de la adaptación de los personajes del cómic al cine que sus colegas de oficio todavía no han llegado a captar como corresponde, a pesar de lo cual marcó estilo y moda en lo que a tendencias góticas dentro y fuera de la pantalla grande se refiere. En Dark City (1998), innegable fuente de inspiración de los Wachowski para Matrix (1999),  realizó un impresionante trabajo de hibridación de géneros que con merecimientos de título de culto,  y explotaba con eficacia claves del cine negro asociadas inevitablemente a las fantasías paranoides de las novelas y relatos del maestro de la ciencia ficción Phillip K. Dick, padre de Blade Runner. Los verdaderos conocedores del género siguen aplaudiendo esta pequeña joya que además mostró la incuestionable capacidad de Alex Proyas para sorprender trabajando desde las convenciones más esenciales de la fórmula de los géneros cinematográficos, pero sin renunciar a hacer algo distinto, dar otra vuelta de tuerca que consiga descolocar al espectador. Incluso cuando trabajó para un gran estudio y sometido a las previsibles exigencias de la era blockbuster, elegido para trasladar a la pantalla el relato de Isaac Asimov Yo, robot, consiguió mantener ese aire siniestro e inquietante que sazona toda su filmografía sin renunciar a ese aroma de serie B bien entendida que impregna todos sus trabajos. Bajo los millones de dólares y el estrellato de Will Smith, la película dejó muy claro que Alex Proyas es el mejor director/autor en esa curiosa tendencia que viene manifestándose en el cine comercial estadounidense desde hace unos años: películas con argumentos, personajes y temas tradicionales de la serie B puestas en pantalla con medios, estrellas y campaña promocional de serie A.

Por otra parte, la filmografía de Proyas es de esas que tiende a crecer con el paso del tiempo. Así lo confirma su último trabajo, Señales del futuro (Knowing, 2009), una fábula de corte milenarista/catastrofista en la que subyace un mensaje religioso y que habita a la sombra del estupor madurado hasta el miedo que sacudió a la sociedad estadounidense, y por extensión al resto del planeta tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

 

            Tejida a la sombra de ese miedo sobrealimentado hoy con la crisis económica, Señales del futuro parte de un arranque inquietante que presenta ecos de M, el vampiro de Düsseldorf de Fritz Lang, dándonos desde el principio una de las claves de la película.  Junto al pulso inquietante que domina durante toda la historia hasta prácticamente el desenlace, alternando la intriga con el miedo sin llegar a zambullirse de lleno en el terror, nos encontramos un relato con numerosos ecos del cine expresionista alemán nacido a la sombra de otra ola de miedo social, la que se desató en la República de Weimar en los años 20 y primeros años 30, preludiando la llegada del nazismo al poder. Observen por ejemplo los personajes siniestros que vigilan a los niños de la película desde una naturaleza ambigua, primos lejanos de las desquiciadas y desquiciantes criaturas expresionistas, como ya lo fueron los habitantes de El Cuervo, Dark City o incluso Yo, Robot, nieta lejana de Metrópolis, otra película de Fritz Lang.

 

 

 

            Esa huella de lo que podríamos aventurarnos a denominar neoexpresionismo, coexiste en Señales del futuro con un guiño de complicidad  con el cine de catástrofes, mejorándolo tanto en el impacto visual de sus secuencias más apocalípticas (especialmente impresionantes son la del avión, el metro y aún más la del fuego consumiendo el bosque en la muy expresionista secuencia onírica y premonitoria del niño), y superándolos por goleada en lo que a su desenlace se refiere, tanto por la coherencia como por esa interesante segunda lectura de corte religioso que dice mucho de cómo la crisis está instigando un retorno a los credos tradicionales, por un lado, y una entrega en brazos de la parapsicología por otro.

 

            La sombra del miedo es alargada, y la idea del hombre llamado a ser dueño de su propio destino, con el mundo puesto a su disposición para cambiar según las actuaciones del sujeto, nacida con la Revolución Francesa, no parece ser ya bálsamo suficiente para calmar las inquietudes de nuestro tiempo. No es casualidad que el mundo haya dejado de ser un instrumento en nuestras manos al tiempo que vuelve a acompañarnos el tema recurrente de la rebelión de la naturaleza, que alimentó al cine catastrofista de los años 70 en títulos tan señeros como La aventura del Poseidón, El coloso en llamas o Terremoto. Todos ellos estaban tocados además por una segunda lectura de corte religioso, más propia del Antiguo que del Nuevo Testamento, cualidad que comparte también Señales del futuro, a cuyo  apocalíptico desenlace, para mi gusto, le sobra ese segundo final demasiado obvio que suena a exigencia de cara al público y traiciona la mucho más evocadora solución del plano desde el espacio, más acorde por otra parte con el final de Dark City.

            Pero incluso con ese doble final edulcorado y un tanto evangélico, que no me convence,  y el Deux ex machina regado en alcohol en la resolución inicial del enigma númérico, la película está entre lo más recomendable que se ha estrenado en las dos últimas semanas, principalmente porque suscita cierta reflexión sobre qué le está pasando a nuestro mundo entregado en brazos del miedo y capaz de producir imágenes tan inquietantes como las que habitan La niebla, el desenlace de Watchmen, o series como Perdidos, Héroes, La hora 11, Fringe

            Al cine de hoy, como al Kilgore de Apocalypse Now, parece que le gusta el olor del napalm por la mañana.

Modificado por última vez en Miércoles, 22 Abril 2009 09:35