Una bala en la cabeza ★★★★

Miguel Juan Payán Marzo 15, 2013

Crítica de la película Una bala en la cabeza

Buena alianza de dos grandes del cine de acción, Stallone y Walter Hill.

Walter Hill es una auténtica institución en el cine de acción, con una filmografía que aporta un buen puñado de títulos esenciales para definir el cine de acción de varias décadas, como Forajidos de leyenda, La presa, The Warriors, Limite 48 horas, Calles de fuego, Danko: calor rojo, El último hombre. Si añadimos a ello su faceta como guionista de La huida, de Sam Peckimpah y su papel en la creación de Alien, queda claro que es uno de los pilares del cine americano desde hace varias décadas. Por eso los aficionados al buen cine de acción esperábamos con interés su encuentro con Sylvester Stallone, que en mi opinión da como resultado un sólido largometraje de acción capaz de suscitar cierta nostalgia ochentera y respetar las claves de autoría del cine de Hill al tiempo que le proporciona al actor uno de los personajes más sólidos que ha interpretado en la pantalla.

Los aficionados al cine policíaco encontrarán en Una bala en la cabeza un esquema argumental con el que sin duda podrán reconocer la fórmula aplicada en otras películas de Walter Hill, que fue el encargado de poner de moda las buddy movies, o películas de amiguetes, en el cine de los ochenta con Límite 48 horas, contribuyendo de paso a que Eddie Murphy pudiera poner el primer ladrillo para su estrellato incluso antes de protagonizar Superdetective en Hollywood. Basado en la improbable amistad entre dos tipos muy distintos sometidos a una situación de peligro relacionada con su arriesgada actividad profesional y obligados a aliarse para sobrevivir, una fórmula que Hill extrajo de la filosofía del cine de acción y evasión de Howard Hawks, John Ford, John Sturges o Robert Aldrich (podríamos rastrearla en clásicos como Dos cabalgan juntos, Duelo de titanes O Comando en el mar de China, entre muchas otras), ese planteamiento argumental ha sido aplicado por el director, heredero de todos estos grandes cineastas, en varias ocasiones, por ejemplo en Danko: Calor rojo y regresa, ligeramente actualizado y algo más oscuro y menos festivo que en películas anteriores, para convertirse en el pretexto argumental de Una bala en la cabeza.

La película podría ser definida como un eficaz entretenimiento con una trama argumental sencilla y ligera, poco más que un boceto acomodado a las características de revival nostálgico del cine de evasión producido en la década de los ochenta que grandes figuras de aquellos tiempos como Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone o Bruce Willis han elegido para mantener viva su carrera en su madurez. No es, evidentemente, Los mercenarios, pero los que en su momento disfrutaron del cine de acción protagonizado por Stallone o dirigido por Hill pueden reencontrarse aquí con un esquema que les resultará tremendamente familiar. Por ejemplo a través del personaje del villano, interpretado por Jason Momoa, el Karl Drogo de la serie Juego de tronos y el Conan del largometraje más reciente estrenado sobre el personaje que creara Robert E. Howard. El hombre es un derivado de todos esos otros villanos de la filmografía de Hill, tipos siempre imprevisibles, físicamente hipertrofiados, más siniestros porque uno nunca sabe por dónde le van a salir y en general, como afirma una línea de diálogo, no parecen interesados por el dinero. Físicamente próximo al villano Billy Oso que encarnara Sonny Landham (el indio de Depredador) en Límite 48 horas y psicológicamente tan pirado e individualista como sus villanos más sádicos: el Raven al que diera vida Willem Dafoe en Calles de fuego o el Hickey encarnado por Christopher Walken en El último hombre. De manera que por estos y otros detalles de estilo y planteamiento hagan el favor, señores críticos de alto standing de no negarle las características de autor a Walter Hill por el mero hecho de que el buen hombre tenga como objetivo prioritario contar historias que nos entretengan.

Una bala en la cabeza puede no ser una de las mejores películas del director, pero sigue siendo eficaz como producto de evasión en el seno del cine policíaco, es muy seria en su planteamiento visual, no cae en la trampa tan habitual del cine actual de acción de hinchar el perro para prolongar el metraje innecesariamente, sino que siguiendo la pauta de honestidad que siempre ha aplicado a sus obras Walter Hill va al grano sin inventarse personajes innecesarios ni subtramas totalmente artificiales y ajenas al relato principal.

Lo que sí es, insisto, es una de las mejores películas y uno de los mejores trabajos que nos ha ofrecido Sylvester Stallone en su etapa más reciente como actor. El argumento y el personaje se ajusta como un guante a Stallone para sacarle el máximo partido a su imagen cinematográfica, y los degustadores del buen cine policíaco pueden pasar un muy buen rato con este largometraje.

No obstante echo en falta un mayor desarrollo del personaje del policía asiático que acompaña al protagonista. En lugar de dirigirse a un protagonismo bicefálico que es lo más habitual en la explotación de la buddy movie, Hill ha optado por darle mayor peso en la trama a Stallone sin dejar que su joven compinche de aventuras pueda acercársele o hacerle la menor sombra. Eso obra en contra de una mayor química y tensión dramática entre ambos, al estilo de la que desarrollaron Nick Nolte y Eddie Murphy en Límite 48 horas. Me ocurre otro tanto con el personaje femenino de la tatuadora, al cual creo que le podrían haber sacado mayor partido.

Sin embargo insisto en ponerle cuatro estrellas porque me parece un producto muy sólido en el marco del cine policíaco y además creo necesaria la vuelta de un estilo más reposado y clásico a este tipo de historias que han tirado en los últimos tiempos por el camino de lo trepidante y precisan un urgente retorno a sus fuentes más reposadas y narrativas, sustentadas sobre un guión competente y un buen trabajo de los actores, más que sobre un puñado de secuencias supuestamente espectaculares que por su abuso han acabado por convertirse en repetitivas.

Miguel Juan Payán

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