Monuments Men ****

Miguel Juan Payán Febrero 15, 2014
Monuments Men, los secundarios se comen con elegancia a las estrellas en este homenaje de Clooney al bélico sesentero.

Los años sesenta asistieron a una reformulación del cine bélico que atenuaba el carácter más propagandístico del mismo, aunque sin renunciar a sus claves de cine de reclutamiento, para otorgarle unas cualidades de espectáculo épico de gran pantalla con protagonismo coral de varias estrellas, largas duraciones y misiones imposibles que lograr en un tiempo récord y luchando con todo en contra. Elementos todos ellos concebidos para que el cine de los grandes estudios pudiera competir eficazmente con la oferta gratuita de ocio audiovisual propuesta por la televisión.  Vamos que este tipo de cine bélico-épico era como el cine de romanos tipo Quo Vadis? o Ben-Hur del cine histórico. Un tipo de cine bélico representado por películas como Los cañones de Navarone, Doce del patíbulo, La gran evasión, Los héroes de Telemark, El desafío de las águilas… que encontró su fuente de inspiración en la fórmula novelística de superventas en las librerías representada por las historias de Alistair MacLean, autor de la novela que inspiró a la primera de las citadas. Ese cine encontraría además su versión más gamberra y satírica en los años setenta con otra película protagonizada por Clint Eastwood, Telly Savalas y Donald Sutherland, Los violentos de Kelly. El hecho de que Sutherland estuviera también en el reparto de otra variante satírica del asunto, M.A.S.H. convierte al actor, que también estuvo en el reparto de Ha llegado el águila, intento de reformular y actualizar esta variante, en algo así como el eslabón perdido que une los títulos clásicos del cine bélico-épico con lo que ha hecho ahora George Clooney en Monuments Men.

Tirando de guiños claros a las películas citadas (como por ejemplo destacar a modo de epílogo a los protagonistas al final del relato, algo que en el cine bélico-épico sesentero recordaba por otra parte las presentaciones de los personajes que encabezaban los títulos de crédito de los capítulos de series de televisión), Clooney se construye su propia versión de cine bélico adaptándose a las reglas del juego del género pero al mismo tiempo sin renunciar a sus inquietudes sociales y culturales. Dicho de otro modo, hay algún tiroteo pero esto no es ni mucho menos Salvar al soldado Ryan. Ni lo pretende. Digamos que el exterior es bélico, pero en el interior la película tiene mucho más en común con las habituales inquietudes y fuentes de inspiración de este actor reciclado en director, esto es: el cine de la generación de directores llegados al oficio en la pantalla grande previo paso por la televisión en programas como Studio One, gentes como John Frankenheimer y Arthur Penn, que co-dirigieron El tren (1964), película que adaptaba la fórmula de cine bélico-épico sesentero a las claves estéticas del cine europeo (si bien que dirigido y protagonizado por norteamericanos) y que tiene en común con Monuments Men el mismo asunto del robo de obras de arte perpetrado por los alemanes. O Sydney Pollack, que dirigió La fortaleza (1969), otra variante de las peripecias bélicas más tradicionales de los sesenta en clave más cercana a las inquietudes de Clooney. Es significativo que ambas películas fueran protagonizadas por un actor reconvertido en productor, Burt Lancaster, que viene a ser como una especie de antecedente de la trayectoria de reconversión de actor estrella en creador cinematográfico con inquietudes de autor que ha seguido el propio George Clooney.

Siguiendo todas estas pistas podemos hacernos una idea de qué inclinaciones animan e influyen en Monuments Men, que es una entretenida historia de intriga en la que Clooney comparte protagonismo e incluso cede una porción importante del protagonismo a sus compañeros de reparto siguiendo escrupulosamente la estrategia del cine bélico sesentero. Eso beneficia al conjunto de la película, que además está lejos de ser el típico relato de guerreros audaces enfrentados a la adversidad e intentando ser respetuosa con los hechos y personajes reales que adapta, se aparta de la épica más ramplona para incursionar con mayor comodidad en el territorio de la intriga, alternándola con un sentido del humor algo fatalista muy acorde con el momento y lugar histórico en el que se desarrolla la acción.

Clooney ha reunido su propia variante de los Ocean´s Eleven y saca el máximo partido a un reparto en el que destaca la aportación de Cate Blanchett en la trama de intriga sobre las obras robadas y las aventuras bélico-anecdóticas de Bill Murray (el mejor del reparto), John Goodman, Jean Dujardin y Bob Balaban. O la clave más madura de redención que personifica el personaje de Hugh Bonneville. Ellos son lo mejor del largometraje. Pero curiosamente lo que resulta más plano, menos interesante, más tópico, es la aportación argumental que protagonizan George Clooney y Matt Damon. Es la parte más previsible y da la sensación de que ambos están un poco perdidos intentando ser los galanes de esta pandilla de abueletes dedicados a recuperar las obras de arte robadas por los nazis con una elegancia que deja en evidencia a sus dos contrapartidas más jóvenes y más populares. Y eso es precisamente lo que más me gusta de la película, porque no es un accidente sino una decisión plenamente consciente del director. Clooney ha rodado una película en la que los secundarios se reivindican ante los protagonistas y los actores de reparto se reivindican ante las estrellas. Y cualquiera que eche un vistazo al resto de su filmografía detrás de las cámaras sabe que eso encaja perfectamente con sus inquietudes personales como narrador. Es casi un toque de estilo. Y en Monuments Men la maniobra le ha quedado simplemente brillante.  Haciendo gala de notable elegancia al narrar, Clooney le da a la productora lo que quiere: una película protagonizada por Clooney y Damon, pero hace que los personajes que éstos interpretan den un paso atrás para ceder todo el peso de la historia al resto del reparto, construyendo así una fábula de heroísmo anónimo de gente corriente que es su mejor homenaje a quienes se dejan el pellejo en las guerras sin airear banderas en plan John Wayne.

Haciéndolo así, como digo de manera brillante, Clooney ha puesto al servicio de esa reivindicación de la gente corriente todas las herramientas, trucos y fanfarrias del cine bélico-épico sesentero. Eso sí: no esperen a Lee Marvin arengando a sus hombres con el dedo en el gatillo como en Doce del patíbulo, sino a Bill Murray duchándose malamente en un chorro de campamento mientras escucha a sus nietas en la que para mí es una de las mejores escenas de la película y uno de los momentos más emotivos que he visto en el cine bélico.

Aunque eso no significa que no haya épica en este relato. El momento de la bomba en la cueva es un perfecto ejemplo de ello, y lo mejor es que es un ejemplo sencillo, simple, sin fanfarria ni música militar, un momento casi cotidiano protagonizado por gente corriente. Un momento en el que podemos y debemos creer, porque recupera esa virtud que el cine está perdiendo para arengarnos de cara a intentar ser más decentes en nuestras vidas cuando salimos del cine. Es el momento del “si caes tú, caemos todos”, que tanto necesitamos en estos días ante tanta basura, tanto torpe y tanto sinvergüenza.

Vayan a verla. No es Doce del patíbulo ni Salvar al soldado Ryan. Es otra cosa. Pero merece la pena.

Miguel Juan Payán

©accioncine

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Modificado por última vez en Domingo, 23 Marzo 2014 12:13