×

Advertencia

JUser: :_load: No se ha podido cargar al usuario con 'ID': 104

Crítica El soplón

Septiembre 25, 2009
El Soplón

El Soplón. El título castellano está particularmente bien escogido, porque define a la perfección la auténtica catadura del tipo de personaje que interpreta Matt Damon en esta comedia de Steven Sodergerbergh. Hay que recordar no obstante que el cine de Soderbergh nunca ha sido obvio. Siempre ha buscado un camino propio para sorprender sin abrazarse a la estridencia, y precisamente por eso me temo que El Soplón puede ser víctima de la confusión. Hay que aclarar que en ningún momento es una comedia de chiste al uso, facilón y sin complicaciones, y que tampoco vamos a encontrarnos con una humorada al estilo de las de los hermanos Coen, por ejemplo Quemar después de leer. Su juego es otro. Nos ofrece la posibilidad de asistir a la construcción impecable, genial a ratos, de un personaje que es como una cebolla y tiene varias capas, circunstancia de la que la película, en un ejercicio de coherencia, se contagia, presentando una evolución desde su arranque en la intriga a la comedia bufa en el desenlace. Si tuviera que buscarle una pareja de baile, sería sin duda El precio de la verdad (2003), pero siendo un dúo perfecto para explicar la mentira como patología, no sería del todo justo compararla con aquella, que es interesante pero tenía menos envergadura que la película de Soderbergh.

Toda El Soplón gira en torno a un ejercicio de interpretación ejemplar de Matt Damon, posiblemente el único actor que podía ponerse en el pellejo de Mark Whitacre y mantenernos en un suspense salpicado con geniales momentos humorísticos durante todo el metraje apoyándose en su imagen de estrella como “buen chico” y “tipo que inspira confianza”. Damon hace un gran trabajo de creación de su personaje que va más allá de lo más obvio, aumentar unos cuantos kilos de peso para acercarse físicamente a los requerimientos del mismo. No es eso lo interesante. Lo interesante es que ese aumento de peso le permite elaborar una forma de moverse (véanse sus entradas en la oficina) que se asienta sobre la misma base de utilización del cuerpo como herramienta del humor aplicada por los grandes maestros de la comedia muda. Sus pasos por esa oficina agarrado a su maletín cual si éste fuera tabla de salvación, y oportunamente acompañados por una banda sonora que no deja lugar a dudas sobre la clave de comedia en la que debe ser traducida la película, son un ejemplo de eficaz sin histrionismo pero con una alta dosis del talento del mimo.

Lo que puede ocurrir es que este ejercicio de pelar la cebolla y ver cuál es la capa más profunda entre las mentiras en las que se va y nos va envolviendo Damon, puede despistar a quien piense que acude a ver una película de intriga, confundiendo El Soplón con El dilema de Michael Mann (o lo que es lo mismo, The Informant con The Insider). Sería un grave error. Un despiste tremendo. Lo que persigue Soderbergh, siempre tan aficionado a traer de vuelta el cine de los años setenta, con sus historias reposadas que se tomaban su tiempo para construir la trama, presentar a los personajes y atrapar al espectador en una telaraña de acontecimientos un poco más compleja a la que hoy estamos acostumbrados, es edificar una fábula ejemplarizante sobre la candidez con la que aceptamos todo lo que se nos cuenta en un mundo donde vivimos rodeados por la mentira, empezando por la manipulación a la que se entregan con alarmante frecuencia los medios de comunicación, y continuando por los políticos, sin olvidar lo mucho que nos mentimos a nosotros mismos cada día para no tener que vernos como realmente somos.

En ese paisaje, Soderbergh y Damon nos presentan a un individuo que nació para ser un antihéroe de cuento moralista y al final acaba pareciéndonos incluso entrañable en su inagotable capacidad para fabular. Y para no engañarnos, desde el principio Soderbergh arranca con una reflexión de este individuo atrapado en el personaje que él mismo se ha construido mientras conduce y debate consigo mismo sobre las peculiaridades del idioma, toda una declaración de principios sobre la idea de que todo es relativo. Con el fin de rematar la aclaración, Soderbergh emplea una banda sonora que no deja espacio a la confusión y machaca la jugada llenando la pantalla de unas letras que nos remiten al pop y nos dan la clave para entender en qué tipo de historia nos hemos metido.

De manera que todo está muy claro desde el principio, aunque quizá sea necesario explicar que, en mi opinión, Damon puede ser el encargado de interpretar el papel protagonista, pero el personaje que representa al público dentro de la historia y con el que más podemos identificarnos es el encarnado por Scott Bakula, cuyo físico recio pero cercano se pone al servicio del personaje del agente especial del FBI Brian Shepard. La creciente perplejidad de éste hacia ese monstruito en crecimiento que es el Whitacre encarnado por Damon hace que sintamos una instantánea empatía y nos veamos metido en el pellejo de este hombre cuyo único pecado ha sido confiar en la buena voluntad de su confidente. Soderbergh construye grandes momentos con piezas muy simples y enorme sencillez, y posiblemente la mejor representación de dicha perplejidad la encontramos justo en el momento en que Shepard, vestido con un polo de rayas que nos deja claro que está fuera de servicio, solo en la mesa de un restaurante, escucha las acusaciones de Whitacre por televisión.

Soderbergh podría haber aplicado tintes más dramáticos e histriónicos a su historia, pero como digo ha elegido la sencillez en todo momento y en todas las parcelas de su película, desde la fotografía hasta el montaje o la planificación, de manera que nos encontramos ante una historia intimista que con frecuencia nos recuerda el cine independiente más modesto, lo cual es bueno, porque nos acerca más a los personajes y proporciona más realismo a las situaciones.

En todo caso la interpretación de Damon y los duelos que su personaje mantiene con Bakula son lo mejor de la película, aunque hay que aclarar que posiblemente el papel más difícil le ha caído encima a Melanie Linskey (la Rose de la serie Dos hombres y medio), que encarna de manera genial a la sufriente esposa del protagonista esquivando todos y cada uno de los tópicos y los tics que podrían haber machacado al personaje en otras manos. Lo clava.

Resumiendo: una comedia sobre la mentira pensada para sacarnos la sonrisa, que no la carcajada, y muy propicia a la mendacidad que nos rodea.

Miguel Juan Payán

Modificado por última vez en Miércoles, 21 Octubre 2009 15:47