Open Windows ****

Junio 30, 2014
Un ejercicio de virtuosismo que te mantiene pegado a la butaca todo el metraje. Nacho Vigalondo puede ser considerado muchas cosas, pero lo que no podemos decir es que sea previsible. El director cántabro saltó al largometraje con Los Cronocrímenes, película que no dejó a nadie indiferente, tras ser nominado al Oscar por su cortometraje 7:35 de la Mañana. Y cuando la gente parecía creer entenderle se sacó de la manga Extraterrestre, otra rareza en el buen sentido del término que dejó a todo el mundo descolocado y sin saber qué pensar. Empezaba a intuirse lo que Open Windows termina de confirmar, que clasificar al director español supone un reto casi imposible de lograr, porque cada película supone una sorpresa, un salto triple mortal con el que puede acertar o no, pero con el que se arriesga para conseguir que el público vea una historia diferente. O quizá no diferente, sino contada de un modo completamente distinto y original. Diferentes en el fondo y en lo formal. Podrán gustar o no, pero no puede negarse que sorprenden al personal y le dejan totalmente fuera de juego. Y le hacen pensar en lo que ha visto. En lo que ha creído ver también.

De hecho cuando uno termina de ver Open Windows se queda con la sensación de que hay cientos de referencias que no ha pillado, que no ha sabido entender pendiente de la trama y de los giros de guión, pendiente de la desventura del protagonista, que podría ser un thriller al uso, una de suspense “aseadita” y poco más, si no fuese porque el juego que propone su director con el espectador hace que seamos partícipes de la aventura, miembros indispensables del juego en el que nos meten de lleno y que parece una trampa de la que no se puede salir. Una historia contada en tiempo real, con muy poco espacio para que nos paremos realmente a pensar lo que está sucediendo. La película se transforma en una carrera contra el tiempo en la que somos partícipes como voyeurs. Una especie de versión moderna de La Ventana Indiscreta, mezclada con la narrativa de La Soga, una especia de múltiple plano secuencia siguiendo al protagonista a través de su web cam y de las diversas ventanas que se abren a su alrededor. Trabajadísima en lo formal, interesantísima como escuela de narración. Distinta a lo que estamos acostumbrados a ver, pero asentada en raíces del Hitchcock más conocido.

La trama de Open Windows nos presenta a un fan de una actriz, joven estrella de Hollywood, que lleva la web sobre ella más conocida, y que ha ganado un premio que le permitirá cenar con su admirada Jill Goddard. Pero cuando llega al hotel y empieza a ver la presentación de la nueva película de Goddard online, una llamada de alguien de producción le indica que la chica ha cancelado la cena. Hundido por la mala noticia, el joven decide aceptar el juego que le propone el representante de producción, poder meterse en el móvil y la vida privada de Jill para devolverle la mala pasada. Poco a poco descubrirá que forma parte de un peligroso juego en el que corre peligro la vida de la actriz y la suya propia, orquestado por un peligroso personaje de identidad desconocida.

Hay que entender, cuando se va a ver Open Windows, que la película tiene unas reglas propias a las que tenemos que sumarnos sin complejos y sin buscarle tres pies al gato. Lo que nos cuentan pasa en la misma pantalla de un ordenador, donde veremos la cámara del protagonista y las cosas que van apareciendo, ya sean cámaras de seguridad, charlas con el villano, accesos a teléfonos, ventanas de webs, terceros participantes… Casi siempre hay varias abiertas a la vez y, aunque la trama se sigue sin problemas, siempre queda la sensación de que nos estamos perdiendo algo importante en otro punto de la pantalla. No es algo negativo, al contrario, una vez revelados todos los secretos tienes ganas de volver a ver la película para desentrañar algún misterio más, algún detalle que nos hemos podido perder. Para resolver de nuevo el misterio, esta vez conociendo de antemano lo que va a suceder. Y, cómo no, la múltiple narración de Vigalondo se presta a todo eso y más, brillante puzzle construido para atraparte desde el primero de los compases.

No tiene malos compañeros de viaje el director y guionista con Elijah Wood, perfecto en el papel de pobre hombre sacado de una peli de Hitchcock, pero con un punto todavía más ingenuo, pusilánime incluso, débil… un mirón pervertido que no se atreve a vivir realmente y lo hace a través de ese altar dedicado a su diosa particular (pero con un giro pervertido… muy interesante). Sasha Grey está perfecta como ese oscuro objeto de deseo, fuerte y a la vez frágil, muñeca rota de Hollywood, manipulada por todos. Se me ocurren pocas personas a las que tener la misma devoción que tiene el personaje de Wood como es la Jill Goddard de Grey. Ayuda mucho la presencia del villano, sobre todo su voz, y el toque de humor, desde el inicio con esa “película” llena de cameos, a los tres secuaces franceses que dan mucho juego y liberan tensión en los momentos adecuados. Eso hace todavía más interesante, divertida y entretenida la película, que, no obstante, tiene dos cosas que no terminaron de cuajarme. Primero, el interés por lo formal hace que en durante un breve lapso el guión divague un poco, con un pequeño tramo que pierde el hilo y el ritmo, y el final hace que pensemos que quizá haya ido demasiado lejos, forzado demasiado la situación, por su resolución más que por su conclusión. Pero incluso con eso nos encontramos ante un gran thriller, una película revolucionaria a la hora de contar historias, brillantemente narrada y con muchos detalles que la convierten sin duda en uno de los estrenos españoles del año. Porque, digan lo que digan, en España se hace también muy buen cine. Y para muestra, un botón.

Miguel Juan Payán

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